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Apéndice 5. El despertar del pueblo negro: de la pasividad a la violencia

De Mienciclo E-books

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TOCQUEVILLE pudo observar en la Revolución Francesa que los hombres no se rebelan solamente por ser pobres y encontrarse oprimidos. Se rebelan porque son conscientes del abismo que separa sus esperanzas de la realidad de su existencia y porque saben que existe la posibilidad de poder saltar al otro lado del abismo. Es decir, se rebelan cuando adquieren conciencia de su propia situación.

Disturbios en Chicago, 1968. Eran los tiempos del «Black Power».
Disturbios en Chicago, 1968. Eran los tiempos del «Black Power».

Algo de esto ha ocurrido en el pueblo negro norteamericano, y no por causas fortuitas. El proceso se ha gestado lentamente. Durante siglos, blancos y negros han coexistido separados, los blancos como señores y los negros como esclavos primero y siervos después de los que detentaban el poder y la riqueza. La posición no podía ser más cómoda para los blancos. Con la mano de obra esclava los colonos llegados de Europa acumularon grandes riquezas en las plantaciones de tabaco y algodón, y después, cuando la esclavitud fue abolida, los negros fueron arrojados a los suburbios de las ciudades del Sur en aglomeraciones de chabolas carentes de toda comodidad, y siguieron facilitando a los blancos una mano de obra barata y servicial: criados domésticos, barrenderos, limpiabotas, cocheros, etc. En todos los núcleos de población sudista se encontraban dos ciudades, una blanca y otra negra, pero esta última completamente aislada y abandonada a la indigencia de sus moradores. Los escasos servicios municipales que poseían no tenían otra finalidad que prevenir complicaciones y riesgos para la salud y la comodidad de la ciudad blanca, bien cuidada y atendida por el ayuntamiento del lugar.


Contenido

La violencia blanca: El Ku Klux Klan

La historia norteamericana es pródiga en la creación de agrupaciones privadas que cultivan la violencia en la defensa de sus intereses e ideales. De todos estos movimientos y agrupaciones que han surgido en diferentes épocas y lugares de la Unión, quizás el más funesto de todos haya sido el famoso y tétrico Ku Klux Klan, creado para mantener a raya a los negros liberados por el presidente Lincoln. Esta sociedad secreta de encapuchados y cruces ardientes se constituyó en 1865 con un programa muy siemple, pero eficiente: «mantener la supremacía del hombre blanco en la República por medio del terror y la intimidación». Su táctica más usual era el linchamiento de los hombres de color o la «razzia» brutal sobre los ghettos negros. El Ku-Klux Klan llegó a contar con 550.000 militantes y se extendió por todos los Estados y muy especialmente por los de Carolina del Sur, Georgia, Alabama, Mississippi, Kentucky y Tennessee. Sus abusos y violencias contra los indefensos negros provocaron numerosos movimientos de protesta entre los liberales blancos y el presidente Harding se propuso acabar con esta organización resurgida en 1915, sin conseguirlo. Pero si el Ku Klux Klan es la más famosa de todas las organizaciones racistas norteamericanas, no es la única. Entre 1880-1890 también funcionó la «White Caps», que ejerció ampliamente el terrorismo contra las minorías de color y los inmigrantes que representaban una amenaza para los trabajadores blancos.


La descolonización africana favorece la libertad del negro en América

Una de las mayores paradojas del imperialismo norteamericano es que no advirtiera sus propias contradicciones internas cuando en los años cuarenta los Estados Unidos se convirtieron en los campeones de la descolonización a escala mundial. Seguramente pensaban que sus negros eran tan felices y dichosos que no tenían conciencia de la situación de coloniaje que vivían en su propio país. Por supuesto, tampoco pensaron que los tantanes que difundían la rebelión africana contra Francia e Inglaterra llegaría a sus ghettos y provocarían verdaderas oleadas de violencia. ¿Acaso no se sentían los negros americanos orgullosos de ser ciudadanos, naturalmente de segunda, de la mayor y más rica democracia del mundo? Sin duda, su nivel de vida, aun siendo miserable en la opulenta sociedad americana, era muy superior al que disfrutaban los habitantes de los países africanos que acababan de acceder a la independencia. Pero muy pronto descubrieron que su orgullo y complejo de superioridad eran falsos. Los negros americanos tenían mucho que envidiar a sus hermanos africanos que habían recuperado la libertad en una sociedad propia.

A pesar de que los negros americanos no disfrutan de los mismos derechos que los blancos y la segregación racial que practican los Estados sureños resulta humillante, sería erróneo suponer que las corrientes integracionistas no han dado resultados positivos, aunque lentos. Desde Lincoln raro es el presidente de los Estados Unidos que no ha dado algún paso legislativo para acortar las distancias. Como dice Raymond Cartier, «lo paradójico es que la condición de los negros va mejorando. Aunque no tengan su prorrateo numérico, el 11 por 100, no por ello dejan de tener ya el 7 por 100 de la fortuna norteamericana. Se reparte una renta de 30.000 millones de dólares, es decir, proporcionalmente más que los franceses. El 30 por 100 de las familias negras viven con una base superior a los 7.000. El número de negros que ejercen profesiones liberales o funciones directoriales se ha duplicado en quince años. Con una generación de diferencia, la nación negra norteamericana sigue exactamente el mismo proceso de enriquecimiento que la nación blanca. La clase media y la burguesía negra se refuerzan de año en año».

Como en todos los procesos descolonizadores, la burguesía y la clase media negra van a jugar un papel decisivo en la lucha por los derechos civiles. Estas élites formadas por los «reverendos», los intelectuales burgueses y los dirigentes de las clases medias de color se alinean junto a los liberales blancos que aspiran a crear una sociedad integrada. El caudillo moral de este movimiento que va a crear las condiciones sociológicos y políticas para iniciar el revisionismo del problema negro americano, es el reverendo Martin Luther King. El «apóstol de la no violencia» va a conseguir en el transcurso de pocos años ganarse la confianza de sus hermanos de raza y comprometer en su empresa a millones de americanos blancos entre los que figuran prominentes intelectuales y políticos. Nunca, antes de ahora, el movimiento en pro de los derechos civiles se ha mostrado de manera tan arrolladora y coherente. Para más, cuenta con la simpatía y compromiso moral del presidente Kennedy, que desde la Casa Blanca se convierte en el adalid de los grupos minoritarios y de los liberales que en la ancha geografía de Norteamérica claman por la igualdad de derechos. Su valor moral y su convicción son indudables, pues en plena crisis de la sociedad americana, cuando los racistas desencadenan la oleada de violencia en aquel 1963, Kennedy plantea ante el 88 Congreso de los Estados Unidos un programa de envergadura en favor de los derechos civiles y proclama ante un país histerizado por los racistas: «Ha llegado la hora de que la nación cumpla su promesa. Los acontecimientos han hecho que aumenten de tal manera los clamores en pro de la igualdad, que ninguna ciudad, ni Estado, ni cuerpo legislativo pueden ignorarlos… Ya es hora de actuar en el Congreso, en vuestro Estado y cuerpo legislativo local, y, sobre todo, en la vida cotidiana de cada uno de nosotros.»

Pero Kennedy, lo mismo que Lincoln un siglo antes, no vería consumada su obra de ver borradas las fronteras raciales de Norteamérica. El 22 de noviembre de aquel agitado 1963 caía asesinado en Dallas. Su sucesor en la presidencia, Lindon B. Johnson, asumió de alguna manera el programa de su antecesor de establecer la igualdad efectiva de derechos para todos los ciudadanos cualesquiera que fuera su color. Con muchos regateos y cortapisas, el 19 de junio de 1964 el Senado aprobaba la Ley de derechos civiles. La nueva ley borraba las discriminaciones legales, pero el presidente Johson no se mostraría capaz de hacerla cumplir, con lo cual se mantenían en pie las fronteras invisibles de la discriminación racial.

La muerte del presidente Kennedy y la pasividad del presidente Johnson en el cumplimiento de la legislación antidiscriminatoria, fueron un rudo golpe para el movimiento de la no violencia acaudilla- do por Luther King. En los ghettos se levantaron voces de protesta contra los líderes conciliadores e integracionistas. Malcon X. líder de los Musulmanes Negros, se proyectó en el ghetto de Harlem como el oponente más radical de los dirigentes cristianos de color. La conciliación, según los jóvenes radicales, había terminado y comenzaba un nuevo período en que los negros responderían a la violencia blanca con su propia violencia.


La rebelión de los ghettos

El ghetto es la ciudad del negro norteamericano, donde éste se siente protegido en su ambiente peculiar, en sus costumbres y en sus tradiciones culturales. Allí tiene su asiento la pobreza, pero también la fraternidad y la alegría de vivir. El negro segregado de la sociedad blanca, a la que sirve, ha creado sus propias condiciones de vida. El más pintoresco de los ghettos negros en Norteamérica es, sin duda, Harlem, en Nueva York, donde se concentra un millón de negros de todas las clases sociales, confesiones religiosas e ideologías políticas. «Vivir en Harlem —escribe Michael Harrington— es ser negro; ser negro es participar en la cultura de la pobreza y del temor, lo cual cala mucho más hondo que cualquier ley en favor o en contra de la discriminación. En este sentido, Harlem podría muy bien ser una advertencia: la de que después de que todos los estatutos racistas hayan sido derribados, después de que la igualdad legal se haya llevado a cabo en las escuelas y en las cortes, queda el daño profundamente institucional y perdurable que la Norteamérica blanca ha causado al negro desde hace tanto tiempo.» Harlem es el testimonio vivo de una economía discriminatoria, una psicología discriminatoria y una sociedad discriminatoria. De lo que es esta populosa barriada neoyorquina y de su grado de concentración y promiscuidad, la Comisión de Derechos Civiles decía en 1959: «Si la densidad de población de algunas de las peores manzanas de Harlem existiera en el resto de la ciudad de Nueva York, toda la población de los Estados Unidos podría encajar en tres barrios de Nueva York.» La acusación no puede ser más grave para el sistema capitalista americano.

En este ambiente profundamente segregado, no es extraño que Malcon X, el jefe musulmán de Harlem, encontrase centenares de activistas para llevar a cabo los actos de represalia contra la violencia racial blanca. Es más, aunque los seguidores del doctor Luther King eran mucho más numerosos en Harlem que los de Malcon X, éste llegaría a imponerse en la década de los sesenta con su radicalismo.

Muchas veces se ha dicho que Harlem es la verdadera capital de los negros norteamericanos. Allí rigen los principios de la solidaridad negra. Tanto es así que cuando Fidel Castro llegó a Nueva York para asistir a una reunión de la ONU, se alojó en Harlem para mayor seguridad.

Nos hemos detenido en reflejar superficialmente la estructura y pintoresquismo del ghetto de Harlem, porque en cierta manera es el prototipo de los centenares de ghettos que existen en todo el país, y en los cuales está germinando la violencia desesperada de los negros contra la sistemática violencia de los racistas blancos.


Los Panteras Negras

El fermento revolucionario de los negros norteamericanos no es una excepción de lo que está ocurriendo en todo el mundo, aunque es preciso recordar que las actitudes violentas entre los negros de los Estados Unidos apenas si tienen tradición y siempre discurren por cauces minoritarios. Por otra parte, el movimiento de lo que se va a llamar en estos años el «Poder Negro» se halla muy dividido.

Un primer antecedente son los grupos de negros armados, que se constituyeron en los años cincuenta con un sentido de autodefensa para protegerse del terror del Ku Klux Klan y otras organizaciones partidarias de la supremacía blanca. Pero estos grupos no tenían otro objeto que proteger las manifestaciones pacíficas durante las campañas por los derechos civiles. En estos grupos armados destacó Robert F. Williams, que posteriormente organizó y fue presidente del Movimiento de Acción Revolucionaria (RAM). Como organizador de distrito de la Asociación Nacional para la Promoción del Pueblo Negro (N.A.A.C.P.), se hizo famoso por la campaña que desplegó a escala nacional contra un tribunal de Carolina del Norte, que había eximido de toda culpa a dos hombres blancos que habían asaltado brutalmente a dos mujeres negras, y había condenado a un retrasado mental negro por discutir con una mujer blanca. Al juzgar este flagrante caso de discriminación, declaró a un periodista: «No podemos aceptar a unas personas que cometen injusticias con nosotros en los tribunales, y es necesario que los castiguemos fuera. Si para que cese el linchamiento hemos de linchar, habremos de estar dispuestos a recurrir a esos métodos.» Williams y su R.A.M. fueron los primeros en concebir la idea de una revolución minoritaria, para lo cual planearon apoderarse de las grandes ciudades del Sur y establecer una república independiente. En 1961, Williams fue acusado de planear el rapto de un matrimonio blanco y del asesinato de algunos dirigentes negros moderados, y tuvo que huir, refugiándose primero en China y luego en Cuba.

El partido de los Panteras Negras se fundó en Oakland, el ghetto de San Francisco, a finales de 1966. Este movimiento se diferenciaba de otros similares, como los Musulmanes Negros de Malcon X, en una mayor amplitud de criterios, pues eran partidarios de la «alianza revolucionaria» entre los militantes negros, los radicales blancos y los movimientos de liberación del tercer mundo. El nombre de Panteras Negras, según Huey Newton, uno de sus fundadores y «ministro de defensa» de la organización, fue elegido porque «las panteras nunca atacan primero, pero cuando se las arrincona, luchan deseperadamente». Durante algún tiempo figuró como «primer ministro» de los Panteras Stokely Carmichael, uno de los militantes más destacados del Poder Negro, pero no tardaría en abandonar la organización por ser contrario a la cooperación con los blancos.

Los Panteras Negras se definieron siempre como organización de «autodefensa». Su sistema ideológico se basaba en la necesidad de utilizar la violencia para contrarrestar la violencia del sistema. En su primer programa figuraban los puntos siguientes:

1. Queremos libertad. Queremos poder para decidir el destino de nuestra comunidad negra.

2. Queremos suficientes puestos de trabajo para nuestra gente.

3. Queremos el fin de la explotación que nuestra comunidad negra sufre bajo los blancos.

4. Queremos casas decorosas, dignas de ser habitadas por seres humanos.

5. Queremos una educación para los nuestros que muestre la verdadera naturaleza de nuestra decadente sociedad americana. Queremos una educación que nos enseñe nuestra verdadera historia y nuestro papel en la sociedad actual.

6. Queremos que todos los hombres negros sean eximidos del servicio militar.

7. Queremos el fin inmediato de la brutalidad policial y de los asesinatos de negros.

8. Queremos la libertad de todos los negros que están detenidos en las cárceles y prisiones federales, estatales, provinciales y de las ciudades.

9. Queremos que todos los negros que tengan que comparecer ante un tribunal, sean juzgados por un jurado compuesto por personas de su mismo grupo o por miembros de sus comunidades negras, como está prescrito en la Constitución de los Estados Unidos.

10. Queremos una patria, pan, viviendas, edu cación, ropas, justicia y paz. Y queremos como nuestro principal objetivo político, un plebiscito supervisado por las Naciones Unidas en toda la comunidad negra y en el que sólo puedan participar los negros sometidos a una situación colonial, con el fin de definir la voluntad del pueblo en cuanto a su destino nacional.

Los Panteras tuvieron un rápido apogeo. Aunque su propósito era desembocar en la rebelión, al principio guardaron las formas para no situarse en la ilegalidad. Su estilo pomposo y ritualista despertó enorme interés en la prensa escandalosa. Tenían un «gobierno en el exilio espiritual», presidido primero por Carmichael y luego por Bobby Seale, y en el que figuraban Rap Brown como ministro de Justicia, y Jin Foreman, otro dirigente del «Blak Power», como ministro de Asuntos Exteriores. Su consigna era «dignidad y poder para el negro», y en su táctica elástica y oportunista aconsejaban «No olvidar que, como dice Mao, el poder sale del cañón de un fusil.»

Su política de alianzas con los radicales blancos resultó más bien precaria, pues sólo consiguieron establecer contacto con algunos grupos políticos marginados. Los que más les protegieron fueron los comunistas. El veterano comunista negro Williams L. Patteson declaró en 1967 que era «la primera organización dirigida por negros que había comprendido la amenaza del anticomunismo y que se había opuesto decididamente a ello». Algunos de los dirigentes de los Pantera, como Eldridge Cleaver y su esposa Katheleen, terminaron inclinándose por el comunismo, y Cleaver se presentó como candidato presidencial del Partido del Progreso y de la Libertad en las elecciones de 1968. «Los Panteras —escribe Robert Moss— querían estar a buenas con la ley hasta que las condiciones propicias a la revolución maduraran. Sus métodos de reclutamiento tenían un tono muy diferente a su programa de los diez puntos. El llamamiento de los Pantera entre los jóvenes negros no era esencialmente político, sino una apelación al «machismo», al deseo de demostrar que se es hombre. Eldridge Cleaver recuerda el impacto que le produjo ver por primera vez un escuadrón de Panteras con sus boinas negras, con sus chaquetas de cuero brillante y sus jerseys azules de cuello vuelto. Y, por encima de todo, las pistolas. Unos meses después de la fundación de los Panteras, Newton y Seale (presidente del partido), irían a la calle mostrando sus pistolas, para decir a los jóvenes que vaganbudeaban por allí, que iban a organizar escuadrillas comando para asesinar policías y arrojar cócteles molotov en instalaciones industriales estratégicas cuando se diese la señal.


La violenta escalada negra

Si la subversión negra tenía escasas posibilidades de alcanzar los objetivos que se proponía, en muchos casos objetivos eminentemente racistas de constituir un Estado negro dentro de la sociedad blanca, sí consiguió crear un espíritu de rebelión en los ghettos y desencadenar la mayor oleada de violencia conocida en los Estados Unidos. La retórica de la violencia y el lenguaje de la difamación fue asumido por las publicaciones de los movimientos subversivos con enorme desparpajo. Incluso los Panteras, que se mantenían al filo de la legalidad, escribían en Pantera Negra, su portavoz, líricos arrebatos como este: «América, serás purificada con fuego, sangre y muerte. Nosotros, los que te purificamos, debemos incrementar nuestro ardor — mayores y más ardientes fuegos, una sola llama para toda América, toda una llama americana; debemos aumentar nuestros saqueos— saquear hasta que desvalijemos tu último tesoro escondido, hasta que nuestros negros pies descalzos aplasten entre tus cenizas tu última joya robada; debemos afinar nuestra puntería hasta que muera el último cerdo, muerto con su propia pistola, con su vientre acribillado con las balas que estaban destinadas a nuestra gente…» En su exacerbación llegaron a proponer públicamente el asesinato del presidente Nixon, y gritaban: «Debemos dibujar al fantasmón de Wallace con el cáncer de boca que le contagió el útero muerto de su bruja…»

Mas no todos los negros se dejan dominar por este lenguaje demagógico. Los dirigentes moderados se sienten achicados, pero no ocultan su desconfianza hacia el sarampión revolucionario inoculado por los partidos de la violencia. Henry Moon, uno de los principales colaboradores de Roy Wilkins, declara en uno de los momentos de mayor tensión: «Los extremistas del Black Power son unos dementes. Sus ideas separatistas no resisten el menor examen. ¿Un Estado negro independiente en el Sur? Esto es imposible. ¿Matar a todos los blancos? No estaría bien. ¿Volver a Africa? Es cosa que no se puede ni pensar. Somos norteamericanos. Pertenecemos a la civilización occidental. La meta de nuestra lucha sólo puede consistir en la conquista de los mismos derechos y privilegios que nuestros compatriotas blancos.» Por otra parte, en los sondeos de opinión efectuados en los años de mayor violencia, la mayoría negra sigue considerando a Martin Luther King y Roy Wilkins como sus verdaderos dirigentes. Rap Brown y Stokely Carmichael van siempre muy por debajo en las encuestas de opinión.


¿Poder negro o política de Apartheid?

1968 fue el año de máxima tensión de la violencia negra. En casi todos los ghettos se desarrollaron actos insurreccionales a cargo de comandos y guerrillas que estimulaban el saqueo y el pillaje de los blancos. La violencia cundió por todo el país de forma diversa, pues los dirigentes de los grupos militantes de acción no acertaron a coordinar la agitación y ni siquiera se pusieron de acuerdo en los fines que perseguían. El objetivo de todos los grupos se encaminaba a conseguir el control de las ciudades negras para constituir una confederación que pudiera negociar con el Gobierno de Washington de igual a igual. «La idea de los teóricos del «Black Power» —escribe Raymond Cartier— es que la Norteamérica blanca no puede prescindir del poder adquisitivo ni de la potencia de trabajo de la Norteamérica negra. Esta está, pues, en situación de dictarle a aquélla las condiciones para una coexistencia pacífica. El Gobierno negro negociaría con las autoridades federales un porcentaje de mano de obra en las empresas blancas, así como una participación previamente concertada en los ingresos del Estado y de los Estados norteamericanos. Sobre esta base económica que, según ellos estiman se les debe, los negros organizarían su sociedad a su modo, con sus instituciones políticas y culturales, sus tribunales, sus escuelas y, probablemente, su religión.»

Como muy bien reconoce el agudo comentarista, las doctrinas del Poder Negro no solamente no tienen nada de original, sino que son en cierta manera contrarias a sus aspiraciones liberadoras, pues se llaman «apartheid» y su inventor fue nada menos que Daniel F. Malan, primer ministro de Africa del Sur y uno de los hombres más odiados por los negros africanos. Raymond Cartier, comenta la semejanza de doctrinas con estas palabras: «Me parece estar viendo y oyendo al doctor Malan exponerme el «apartheid», hace quince años, en su despacho de Capetown, representando con dos dedos separados dos sociedades distintas, destinadas a ser iguales, que él se proponía edificar, una junto a otra, en su país. Una paradoja aparente, en realidad una profunda lógica, hace de Malcon X, de Carmichael, de Pal Brown discípulos del doctor Malan.»

En aquel funesto año de 1968 si los negros fueron más tumultuosos e impregnaron de alborotada violencia las ciudades de los Estados Unidos, la violencia blanca resultó mucho más eficaz, pues además de los centenares de personas de color que cayeron en las confrontaciones callejeras y de los miles que fueron a parar a la cárcel, cayeron los dos grandes líderes, blanco y negro, que luchaban contra la segregación: Martin Luther King (5 de abril) y Robert Kennedy (5 de junio). Con estos dos asesinatos, el movimiento en favor de la integración recibía un duro golpe.

Por otra parte, la Norteamérica blanca había pasado a la ofensiva con sus enormes recursos. «En 1969 —escribe Robert Moss—, todos los dirigentes de los Panteras habían sido encarcelados o (como Cleaver) habían abandonado el país. Según las declaraciones hechas a la prensa por un abogado simpatizante de la organización, entre el 1 de enero y el 25 de diciembre de 1969, fueron veintiocho los Panteras que murieron a manos de la policía, muchas veces en circunstancias extrañas. El caso menos claro fue la muerte de Fred Hampton y Márk Clark, dos Panteras de Chicago, que perecieron el 4 de diciembre de 1969, cuando la policía invadió su apartamento. Ante el jurado federal se demostró que los dos hombres dormían en el momento en que encontraron la muerte y se desestimaron las acusaciones formuladas contra otros siete Panteras que vivían con ellos en el mismo apartamento. El fiscal Edward Hanrahan (un protegido de Richard Daley, alcalde de Chicago), tuvo que comparecer posteriormente ante un gran jurado acusado de haber conspirado para evitar que ocho policías responsables de los asesinatos, comparecieran a su vez ante la justicia.»

Hacer un resumen de la respuesta de la violencia blanca contra la violencia negra resulta verdaderamente imposible por la complejidad de los casos. Sin embargo, como indica Moss, parece evidente que las condiciones en que se les detenía, morían o permanecían en la cárcel durante meses y meses sin juicio, hacían dudar de la actuación de la policía en las ciudades de Chicago y Oakland. La violencia blanca, más o menos protegida por la policía y las autoridades locales, se manifestaba a todos los niveles. Uno de los casos que conmovieron más a la opinión liberal de los Estados Unidos fue el asesinato de George Jackson en la prisión de San Quintín el 21 de agosto de 1971. Aunque los guardianes dieron la versión de que había sido muerto cuando intentaba fugarse, nadie se creyó semejante versión.

Prácticamente, a mediados de 1971, los Panteras dejaron de representar ningún peligro. A la brutal represión sucedió la división de la organización en dos bandos. La escisión se produjo por una disputa personal entre Newton y Cleaver. «Había comenzado —escribe Moss— cuando dos Panteras de Nueva York, Richard Moore y Paul Tabor, que estaban bajo fianza de 150.000 dólares se fugaron a Argelia para reunirse en el exilio con Cleaver Newton molesto con esta acción (que empeoraba la situación de diez Panteras que estaban pendientes de juicio, acusados también de conspiración), los expulsó del partido. Cleaver pidió que fueran readmitidos y entonces se siguió una guerra de acusaciones rastreras, que pronto manchó todo el asunto. Newton acusó a Cleaver de encerrar a su mujer con llave y de perseguir a su amante (al parecer, un miembro de la organización), mientras él se permitía el lujo de tener un harén personal. Entre tanto, los partidarios de uno y otro bando libraban una batalla por la supremacía en Harlem.» El 9 de marzo de 1971, uno de los seguidores de Cleaver, Roben Webb, fue muerto a tiros a plena luz del día, en las calles del barrio. Un mes después, Samuel Napier, del clan de Newton, apareció estrangulado, posiblemente como represalia. A comienzos de mayo, Newton pretendía que estaban bajo su control 38 de las 40 filiales de la organización, pero lo cierto es que había heredado sólo los restos de un naufragio. A finales de este mismos mes, cuando gozaba de una libertad temporal por haberse anulado su juicio, Newton hizo su autocrítica ante una audiencia universitaria. Admitió que el enfrentamiento con la policía había sido concebido de una manera errónea: «Lo único que conseguimos fue una guerra y derramamiento de sangre», y añadió que los Panteras estaban dispuestos a «operar dentro del sistema para ver si es posible cambiarlo. Es equivocado pretender que el sistema no sirve para nada, porque eso no es verdad.» También llegó a decir que prestaría su apoyo a las obras caritativas de la Iglesia. Por otro lado, Eldridge Cleaver sigue pensando que «la situación está madura para que se desencadenen las operaciones guerrilleras en los Estados Unidos». De todo esto se deduce claramente que el más importante movimiento de la violencia negra ha sufrido un colapso del que es muy difícil que resurja.