Apéndice 5. De la Igualdad de Oportunidades al Imperio de las Multinacionales
De Mienciclo E-books
DESDE que los norteamericanos escribieron en su Constitución que «todos los hombres nacen libres e iguales», los ciudadanos de los Estados de la Unión asumieron en conjunto e individualmente el mito de la «igualdad de oportunidades» en su país. Desembarazados de las leyes y costumbres que en Europa concedían grandes privilegios a los nobles y al clero, creadores de la primera democracia del mundo moderno, aquellos hombres creyeron firmemente que todos tenían las mismas posibilidades de llegar a ser presidentes del nuevo Estado, de hacerse millonarios buscando oro o de ser dueños de un gran imperio económico.
El paso del tiempo les dio la razón a unos cuantos. En el momento de la industrialización y el desarrollo, se produjo una cierta movilidad en la estructura social norteamericana, llegando a la cumbre hombres de nacimiento humilde. Los casos del presidente Lincoln (1809-1865), que fue un autodidacta y llegó a la Casa Blanca con la carrera de abogado aprendida a trompicones, y que en su juventud había ejercido multitud de oficios manuales; de Henry Ford (1863-1947), un vulgar mecánico que reparaba maquinaria agrícola de pueblo en pueblo y que acabó siendo el «rey» de la industria automovilística; de John Rockefeller (1839-1937), el magnate del petróleo y de las finanzas que había empezado de ayudante de contable en una tienda de comestibles. Estos fueron los grandes ejemplos que Norteamérica mostró al mundo como expresión de un sistema político casi perfecto, que permitía a todos sus ciudadanos alcanzar el éxito y la fortuna si trabajaban esforzadamente por conseguirlos.
En la familia, en la escuela y en el lugar de trabajo se transmite la fe en la igualdad de oportunidades y el conjunto del cuerpo social presiona al individuo para que no desaproveche las suyas. El ideal americano se va configurando sobre una escala de valores en la que el éxito personal, expresado generalmente en dinero, ocupa el primer puesto.
Aparece entonces una peculiar literatura que anima al individuo a alcanzar la meta propuesta a través del trabajo, la inteligencia y la audacia, a llegar a un puesto en la cumbre que puede y debe conseguir. Algunos títulos son suficientemente ilustrativos: Oportunidades recién aparecidas: un libro para hombres jóvenes, del reverendo Russell H. Conwell, El secreto del éxito, Empujar hacia adelante, Cada hombre un rey, de Orison Swet Marden; son libros alabados por directores de colegios universitarios, por grandes hombres de negocios, por la prensa y por los políticos. Y como lema para sus millones de lectores la frase de un especialista en la materia, Andrew Carnegie: «Sé un rey en tus sueños. Dite a ti mismo: “mi lugar está en la cumbre”».
Pero la interiorización de estos valores por la generalidad de la sociedad norteamericana no está exenta de peligros. El sistema convence a sus ciudadanos de que pueden llegar tan lejos como quieran y les presiona para que lo intenten, pero no les da, en cambio, los medios legales suficientes para que lo realicen. Pasada la época de la colonización de nuevas tierras, de la explotación de ricos yacimientos minerales, de la necesidad de mano de obra para atender el «boom» industrial e incluso del expansionismo exterior, la sociedad norteamericana está tan estratificada como cualquier otra de sus mismas características en el mundo occidental; el paso de una clase social inferior a otra superior es tan difícil para la mayoría de sus individuos como en cualquier sociedad europea. Las «oportunidades» reales escasean y los privilegios abundan. El dinero llama al dinero y la miseria sólo engendra miseria. Y el norteamericano de hoy se encuentra todavía presionado por una escala de valores que le empuja a intentar el éxito y la fortuna, pero con muchas puertas cerradas que le impiden avanzar. El resultado es, en muchos casos, el abandono de las vías legales, que casi siempre suponen barreras infranqueables, y la adopción de métodos extralegales que le prometen la ansiada meta con menos esfuerzo y en menor tiempo. Y en esta contradicción entre valores sociales y medios para obtenerlos habría que situar una de las causas de los altos índices de delincuencia que alcanza la opulenta sociedad norteamericana. El gran sueño americano de la «igualdad de oportunidades» empieza a deshacerse a nivel individual para dar paso a un ambicioso programa de alcance político y de dimensiones mundiales basado en el gran desarrollo de su tecnología y de su potencial económico.
Desde el momento en que los Estados Unidos se convierten en una gran potencia, la investigación científica en todos los campos encuentra en las universidades y laboratorios norteamericanos los mejores medios para su desarrollo y perfeccionamiento; y de su aplicación a la industria nace una de las más avanzadas tecnologías del mundo.
Las empresas multinacionales, con sede en Nueva York, Los Angeles o Chicago, pero con ramificaciones en los cinco continentes, imponen sus productos o sus patentes de fabricación a los países menos desarrollados. Esta imposición tiene como consecuencia complejos problemas económicos que se resumen en una dependencia cada vez mayor de gran parte de los países de la órbita occidental con respecto al gigante americano.
Uno de los aspectos de mayor interés en la actualidad es la cuestión del pago de «royalties», es decir, del precio que las empresas extranjeras deben pagar a las norteamericanas por adquirir el derecho a fabricar máquinas, instrumentos o productos patentados en los Estados Unidos. Para cualquier país con escasa tecnología propia, cubrir los gastos devengados anualmente por el concepto de «royalties» supone una mengua importante en su reserva de divisas que no puede evitar a corto plazo, y que será muy difícil de paliar en el futuro.
Por otra parte, la tecnología USA se asegura un comercio constante con los países compradores a través de las piezas de recambio que se desgastan, sin las cuales las máquinas adquiridas dejarían de funcionar, y que sólo pueden comprarse en el país que ha construido la máquina. Cambiar repentinamente de país suministrador es casi imposible por las pérdidas que supondría carecer de piezas de recambio de todos los instrumentos importados anteriormente. Y cuando algún país intenta cortar el proceso de dependencia por algún medio, las empresas norteamericanas se ven inmediatamente respaldadas por el gobierno de su país, con todo el aparato económico, político y militar que una gran potencia como Estados Unidos posee. El caso de la ITT (una empresa multinacional dedicada a la electricidad y a las comunicaciones) en Chile, aunque extremo, es muy significativo a este respecto: parece estar suficientemente probado que, ante la posibilidad de que el gobierno chileno de Salvador Allende decretara la nacionalización de las multinacionales que operaban en el país, la ITT intervino en la preparación del golpe de Estado que derrocó al gobierno Allende y le sustituyó por un nuevo régimen dispuesto a continuar la dependencia frente a Estados Unidos.
Otro problema derivado de la supremacía tecnológica norteamericana es la «compra de cerebros», esto es, la captación para los centros de investigación estadounidenses de científicos y especialistas no americanos, pero de gran valía, que pueden contribuir al descubrimiento de nuevos avances tecnológicos que USA volverá a vender como si fueran propios. Estos científicos no encuentran en sus países de origen condiciones económicas profesionales para desarrollar su trabajo, y se ven obligados a la emigración en busca de mejores sueldos y suficientes medios de estudio. Se produce así, especialmente en los países de América Latina, un dramático círculo vicioso: los exiguos presupuestos de países subdesarrollados pagan los costosos estudios universitarios de unos futuros investigadores; en cuanto éstos acaban su licenciatura son captados por empresas norteamericanas, que recogen los beneficios de sus investigaciones y los venden a unos países que, por carecer de investigadores propios, deben aceptar la tecnología norteamericana.
Sin embargo, no son sólo las empresas norteamericanas y el gobierno USA los que utilizan de esta forma los avances de su tecnología. Otras potencias industriales como Alemania, Francia, Inglaterra, Sudáfrica, etc., tratan también, aunque en menor escala porque sus medios son más escasos, de imponer a los países técnicamente menos desarrollados su maquinaria, sus patentes y sus descubrimientos. Intentan igualmente captar «cerebros» en sus áreas de influencia y competir para obtener cada vez mayores ingresos en forma de «royalties». El resultado de esta política es desastroso para los países en vías de desarrollo, ya que deben comprar una tecnología a precios muy elevados y vender, a cambio, unas materias primas a precios muy bajos, con lo que las distancias entre países ricos y países pobres son cada vez mayores.
Además, el proceso de monopolización de la técnica que vivimos actualmente dificulta el avance de la investigación científica y, especialmente, de su aplicación a la industria y al bienestar de la sociedad. En cada campo de la técnica hay tres o cuatro empresas grandes, generalmente conectadas entre sí y extendidas por todo el mundo, que controlan y se benefician de cuantas operaciones se realizan dentro de este terreno. Ellas financian y orientan la investigación según sus necesidades, experimentan los nuevos adelantos técnicos y deciden sobre su aplicación. En esta situación es muy difícil que el científico se adentre en una dirección desconocida que no promete buenos resultados a corto o medio plazo o que le puede conducir a un hallazgo poco conveniente para la multinacional que financia su trabajo de investigación. Se dan así casos como el del invento de neumáticos para vehículos que no se desgastan nunca, y que las grandes empresas en este campo se niegan a fabricar porque supondría una cuantiosa merma en su volumen de ventas.
La imagen del científico o del investigador privado, que en su gabinete de trabajo se lanza por caminos desconocidos e inexplorados, sin más armas que su conocimiento y su intuición y sin más freno que el de sus recursos materiales, en busca de un hallazo que redunde en beneficio de toda la humanidad, ha desaparecido ya de nuestro mundo de monopolios, multinacionales, «royalties» y compra de cerebros.
Afortunadamente, la comunidad científica está tomando conciencia de los problemas que este estado de cosas supone para la ciencia: freno para la investigación; excesiva dependencia de las empresas, en el mundo capitalista, y del Estado, en el mundo socialista; desprecio de los auténticos intereses sociales en la aplicación de los nuevos descubrimientos, etc. Cada vez son más fuertes las voces de quienes propugnan la «liberación» de la ciencia, la necesidad de sustituir la competencia por la cooperación, el derecho de todos los países a utilizar libremente los nuevos hallazgos, el esfuerzo para diseminar el saber por todo el mundo en lugar de concentrarlo en manos de los más ricos y poderosos y recortar el presupuesto de investigaciones militares.