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Apéndice 4. Savonarola-Giordano Bruno (Dos Actitudes)

De Mienciclo E-books

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Introducción

El sistema planetario. Xilografía, 1537.
El sistema planetario. Xilografía, 1537.


GIORDANO Bruno (1548-1600), hijo de un gentilhombre napolitano, ingresado como novicio dominicano a los diecisiete años en el convento de Santo Domingo Mayor, ordenado sacerdote en 1572, peregrino empedernido, profesor en varias Universidades, autor de tratados de filosofía, diálogos y poesías, pudo haber sido uno de los muchos monjes renacentistas, algo ilustrados, algo profanos, un poco poeta y un poco filósofo, si no se hubiese enfrentado a un hecho no común —la crítica de gran parte de la ideología y práctica de la Iglesia de entonces— al que respondió también con un hecho poco común: el mantenimiento de sus ideas y la profundización de las mismas. Actitud palpable en 1566, cuando se le inicia el primer juicio por sospecha de opiniones heréticas, y llevada hasta el último instante de su vida, acabada en Campo di Fiori, quemado vivo nueve días después de haber dicho a sus jueces, cuando le leían la sentencia: «tal vez sintáis más temor vosotros al pronunciarla que yo al oírla».

Porque si la vida de Bruno fue azarosa, propia de un personaje rodeado de un mundo hostil, y su obra fue empezada a tomar en cuenta en los dos siglos posteriores a su muerte —aún hoy el proceso de revisión sigue en Italia y en todos los países en que vivió—, éste es el primer aspecto a destacar de su obra, su vida y su actitud: es la conquista del hombre restituido a sí mismo, transformado en dueño de su propia suerte, convertido en centro consciente del propio mundo, reconociendo la grandeza y el significado de la naturaleza y del universo físico que lo circunda.

Bruno vivió su infancia y adolescencia en medio de la irradiación por Italia de la cultura humanista, que bebió ávidamente y de la que nunca se desprendería. Dos elementos anteriores a su nacimiento marcaron su vida: el Concilio de Trento y Erasmo. El primero, símbolo de la reacción de la Iglesia contra los movimientos reformadores y contra la renovación cultural que «ha pervertido los espíritus en Italia y Europa». El espíritu enciclopédico de Erasmo, sus estudios de los problemas religiosos y sociales y, sobre todo, su Elogio de la Locura, marcaron al joven Bruno: en su primera huida de Náapoles, en 1576, confesó haber arrojado al «excusado» las obras de Erasmo para que los inquisidores no dieran con ellas.

A lo largo de su peregrinar por Europa, Bruno se mantendrá al margen de la Reforma y sus contrastes teológicos, como tampoco influirá en él el profetismo apocalíptico de Savonarola. Para ubicarlo con precisión —él diría en su juicio que siempre había «pretendido hablar como filósofo»— hay que situarlo dentro de los límites de las tendencias de la cultura humanista-renacentista italiana, que en el plano religioso oscilaba entre «teologías platónicas» e instancias de crítica textual dirigidas a restaurar los escritos evangélicos y la pureza de una experiencia originaria, de una fe opuesta a las sutilezas de los razonamientos escolásticos.

De la extensa obra de Bruno, tal vez los cinco diálogos de la Cena del Miércoles de Ceniza definan mejor su posición (Londres, 1584). En primer lugar aparece la libertad de investigación frente a toda clase de autoridad, su autonomía con respecto a cualquier religión. Con la misma precisión con que después lo hará Galileo, Bruno formula que los textos sagrados tienen una finalidad práctica, educativa; son leyes, no manuales científicos, van dirigidos a todos y «usan con frecuencia, al referirse a cuestiones científicas, un lenguaje impropio, mitificador, imaginario y fantástico». No se trata de sustituir a Ptolomeo por Copérnico, sino los «mundos de papel» por el propio juicio: estos elementos serán claves en las posteriores obras de Galileo, Descartes o Keppler (este último, uno de los contemporáneos que más apreció su obra).

El segundo punto importante es su negativa a considerar la teoría copernicana como una mera hipótesis matemática elaborada para dar justificación a los movimientos de los cuerpos celestes tal como aparecen. La concepción copernicana —señalaba Bruno— presenta una visión filosófica de un universo real. Entiende referirse a la realidad subvirtiendo los términos tradicionales e introduciendo una revolución profundísima en el modo de concebir al cosmos y al hombre, y la relación entre hombre y realidad.

Finalmente, el tercer punto es, si se quiere, una de las mayores aportaciones de Bruno: es la fusión de la revolución copernicana con la tradición filosófica, particularmente con los temas derivados de Cusano, y da nacimiento a una flamante concepción del mundo que suministrará nuevos esquemas mentales para mayores conquistas del pensamiento, tanto filosófica como científicamente. Merced a un proceso audaz, Bruno se sirve de la metafísica de Cusano, del infinito y de los contrarios, para tratar de hacer saltar los límites finitos del mundo copernicano, de igual modo que se sirve de la realidad y de la física de ese mundo para dar mayor riqueza al infinito de Cusano.

De estas deducciones del mundo y su realidad surge también una concepción moral compatible con ella y que se articula en dos cuestiones: 1) de la liberación del vicio y la superstición (indisolubles entre sí), y 2) de la conquista de la virtud y de la verdad, también indisolubles entre sí. Esta moral también lo lleva a posteriores escritos en los que alaba la actitud y necesidad del trabajo y los esfuerzos humanos para sobrepasar todos los límites y confines.

«No estoy dispuesto a arrepentirme porque no tengo de qué arrepentirme», dice Bruno a sus jueces el 21 de diciembre de 1599, al concluir seis años de juicio del Santo Oficio. Para su concepción de la vida, del universo, del hombre, del infinito, estaba claro que no había de qué arrepentirse. Para sus jueces estaba la necesidad de que abjurara de todo lo dicho y escrito: tal vez por eso, para que no hablara más y para no demostrar quién sentía miedo, el 17 de febrero de 1600 fue quemado vivo, «con la lengua aferrada a una prensa de madera para que no pudiera hablar ni quejarse».


Savonarola

La vida de Fray Jerónimo Savonarola (1452-1498) estuvo signada por tres concepciones que intentó desarrollar sin nunca llegar a romper —ni planteárselo— con la religión o la Iglesia: crítica permanente de los vicios y corrupciones de la jerarquía eclesiástica, tanto en sus hábitos como en su ligazón con la alta nobleza; la búsqueda de algún método de participación popular en el destino de las ciudades —piezas claves del Renacimiento—, y la lucha porque los hombres de la Iglesia tuviesen una mayor participación en las cuestiones terrenales.

Según confesaría luego en una de sus canciones — De ruina mundi, 1472— ingresó en el convento patriarcal de Santo Doménico de Bolonia por su desprecio al mundo que le rodeaba (aunque cita expresamente la corrupción vivida en la corte de Ferrara y el lujo excesivo desplegado por Pío II en el Concilio de Mantua): fue lo que lo impulsó al sacerdocio. Inteligente, sensible, amante de la pobreza hasta la exageración, penitente extremado, amante de la metafísica —y apasionado de Aristóteles y Santo Tomás— e impulsivo, llegó a ser un sacerdote severo, pero apasionado.

A partir de 1482, Savonarola se transforma en un constante predicador —aprovechando sus dotes oratorias— contra los vicios reinantes y en una de estas piezas, dicha en la Dieta lombarda reunida en el convento de Brescia en 1485, es en la que comienza a plantear que la Iglesia sería castigada, pero que al castigo seguiría la renovación. A petición de Lorenzo el Magnífico se le asigna a San Marcos, en Florencia, considerado como patrimonio de los Médicis.

Rápidamente, transformó su dedicación a la enseñanza por la predicación y, en 1491, el éxito de sus sermones entre el pueblo obligó a transferir sus predicaciones a la catedral. En ellas se manifestaba abiertamente hostil al gobierno de los Médicis, a las costumbres «semipaganas» impuestas por el Renacimiento y a las estrechas relaciones entre el papado y los nobles italianos. Durante un año se entabló una guerra silenciosa entre él y Lorenzo y, cuando el duque estuvo ante la muerte y llamó a Savonarola para que lo absolviese, éste exigió las tres cosas que definieron su vida: fe absoluta en Dios, restitución de lo mal adquirido y devolución de su libertad al pueblo florentino.

Pero la etapa más rica de Savonarola es cuando logra la constitución de la Congregación de San Marcos y en 1494 es elegido vicario general de la misma: allí impone sus ideas. Pobreza absoluta, trabajo manual de los religiosos para conseguir recursos, estudio de las artes y lenguas clásicas, aceptación de estudiantes nobles y plebeyos y permanentes actos de piedad. Mientras, continuaba sus ataques a los malos prelados, a los abusos introducidos en la Iglesia y a los nobles tiranos.

Con la invasión de Florencia por los franceses y la expulsión de los Médicis, Savonarola participa activamente en la constitución de la República, y a él se deben la mayor parte de las conquistas democráticas, e incluso algunas medidas de tipo práctico, como la creación de un Monte de Piedad. A partir de allí, comienza su enfrentamiento con el Papa Alejandro VI, atizado por el claro apoyo de éste a los Médicis, cuya continua derrota seguía favoreciendo Savonarola con sus sermones libertarios.

Este permanente enfrentamiento llevó a la fragua de un proceso en el cual Savonarola y otros dos miembros de su congregación, Domingo Pescia y Silvestre Maruffi, fueron condenados a muerte tras dos días de sesiones en que se tergiversaron declaraciones, se dieron por válidas falsas afirmaciones y se acusó a los religiosos, entre otras cosas, de haber desobedecido las órdenes del papa. El 23 de mayo de 1498, fueron ahorcados y luego quemados en público.

Sin llegar a considerarlo un antecedente de la Reforma, Savonarola expresó, de manera audaz, muchas de las causas que serían luego bandera de aquélla. Nunca atribuyó los males a la Iglesia como institución, sino a los hombres de ella, y esa responsabilidad atribuida lo llevó a intentar formar «clérigos puros» en San Marcos. Puros, pero, y esta es otra de las distinciones claves, modificando la concepción de la relación entre el sacerdote y su pueblo. Su crítica de la corrupción y su concepción de la libertad le hicieron enfrentarse por igual al papado y a la nobleza, que en ese momento tenían una muy estrecha relación, incluso de parentesco.

Fue notable en todos los aspectos que abarcó —Literatura, Filosofía, Lenguas, Teología, etc.—, aunque en ninguno llegó a ser brillante. Si tampoco se le puede comparar, en cuanto a logros, a otros reformadores anteriores y posteriores a él, tiene un elemento que lo distingue claramente: reflejó el espíritu del Renacimiento en la Iglesia, aunque él condenase sus «vicios paganos». Y, por encima de su enfrentamiento con Alejandro VI, esto era imposible de tolerar a un sacerdote.