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Apéndice 4. Protestantismo y capitalismo. Sobre una aportación de Max Weber

De Mienciclo E-books

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EN su conocida obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, el sociólogo alemán Max Weber (1864-1923) ha dejado constancia de sus reflexiones acerca del impacto de la reforma en la mentalidad del hombre occidental. Max Weber presenta el «espíritu del capitalismo» como un fruto de la ética protestante.

A su juicio, el capitalismo propiamente dicho es un fenómeno exclusivo de la civilización occidental. Para evitar confusiones, restringe la acepción del término «capitalismo». El capitalismo no se identifica, para Weber, con el simple «afán de lucro», sino «con la aspiración a la ganancia lograda con el trabajo capitalista incesante y racional». Para Weber, «un acto de economía capitalista significa un acto que descansa en la expectativa de una ganancia siempre debida al juego de recíprocas posibilidades de cambio; es decir, en probabilidades (formalmente) pacíficas de lucro». Reconoce, por supuesto, que se han dado formas de capitalismo en épocas pretéritas —piénsese en Babilonia, Grecia, India, China, etc.—, pero sostiene que la forma, por excelencia, del capitalismo es occidental. En ninguna otra época y en ningún otro lugar ha existido «la organización racional-capitalista del trabajo formalmente libre». Y Max Weber denuncia un hecho digno de reflexión: «Cuando se pasa revista a las estadísticas profesionales de aquellos países en los que existen diversas confesiones religiosas, suele ponerse de relieve, con notable frecuencia, un fenómeno que ha sido vivamente discutido en la prensa y en la literatura católica y en los congresos de los católicos alemanes: es el carácter eminentemente protestante, tanto de la propiedad y de la empresa capitalista, como de las esferas superiores de las clases trabajadoras, especialmente del alto personal de las modernas empresas, de superior preparación técnica o comercial». De acuerdo con las estadísticas que utilizaba Weber, saltaba a la vista una curiosa evidencia: los católicos tendían a consagrarse a los estudios humanísticos, y los protestantes, al estudio de las ciencias. Esta curiosa evidencia bastaba para promover una reflexión sobre el hecho, poco discutible aún hoy, de que los países más avanzados del planeta sean los que cuentan con mayor número de protestantes. En opinión de Weber es de la mayor importancia investigar «qué elementos de las características confesionales son o fueron los que obraron y, en parte, siguen obrando» en la formación y el mantenimiento del espíritu capitalista.

Tomando como punto de referencia el catolicismo, Weber subraya la importancia de que la Reforma encabezada por Lutero lanzase a sus epígonos «al mundo», obligándoles a vivir en él. Este hecho marca una clarísima separación entre ambas confesiones, una separación que, en principio, no fue de ideal (para ambas, el ideal es servir a Dios), pero que, al poner a los protestantes fuera de los reductos y las ambiciones monacales (el ideal de realización del servicio a Dios entre los católicos), produjo una consecuencia de género paradógico: el ordenamiento de vitales estructuras de la sociedad quedó en manos de protestantes muy bien preparados, competentes en las diversas asignaturas que permiten al hombre dominar los resortes del mundo.

Sin embargo, Weber piensa que Lutero no aportó todos los elementos necesarios para la formación del espíritu capitalista y que éste no se habría desarrollado de no mediar Calvino. Weber subraya que la tajante formulación calvinista de la doctrina de la predestinación fue, acaso, el ingrediente decisivo. Sometido a la predestinación, el hombre ignora si la voluntad de Dios le llevará hacia el cielo o le arrojará al infierno. En consecuencia —al menos, en opinión de Weber—, el protestante propende a vivir en un estado de cruel incertidumbre, y, para combatir la angustia que ésta le produce, no puede dejar de buscar indicios premonitorios del destino que le aguarda en la otra vida. Viéndose obligado a vivir en el mundo, se consagra a su trabajo y llega a creer que la fortuna o la desgracia dejan entrever el futuro ultraterreno. Desde este punto de vista, la pobreza es un castigo que deja entrever otro mayor, y la riqueza, un adelanto de la gloria. Nada puede extrañar, en consecuencia, la triste situación de los mendigos, los vagos y, en general, de las personas desafortunadas. Más valía trabajar religiosamente, sometiéndose en todo momento a las exigencias de la profesión. Oportunamente, Weber recuerda que la palabra «profesión» ostenta connotaciones religiosas. Tanto en alemán (beruf) como en inglés (calling) se puede traducir por «llamamiento». La sacralización del trabajo produce —con cierta frecuencia— un fruto sabroso: la acumulación de riquezas. ¿Qué hacer con ellas? En el protestantismo nunca faltó el ideal ascético, característico de la iglesia romana y del judaísmo en general. Este ideal tuvo que ser cumplido por los protestantes sin la protección de las murallas conventuales. Así, el protestante, aunque tendiese a dominar económicamente el mundo, no podía gastar el dinero en lujos y placeres, siendo inevitable, en lógica consecuencia, una hipervaloración del ahorro. Así, mientras ganaba dinero y lo ahorraba, el protestante produjo un fenómeno inesperado: el desarrollo y la acumulación de enormes riquezas, que alcanzaron —según Weber— «un poder creciente y, en último término, irresistible sobre los hombres, como nunca se había conocido en la historia».

Baxter —un conocido teólogo protestante— decía que la preocupación por la riqueza no debía pesar sobre los hombros de los santos, sino «como un manto sutil que en cualquier momento puede arrojarse». Pero las grandes riquezas no son tan dóciles como un manto sutil y, según el propio Weber, «la fatalidad hizo que el manto se trocase en férreo estuche» y que, andando el tiempo, «el estuche quedara vacío de espíritu, quién sabe si definitivamente». No había sido éste, desde luego, el propósito de Martín Lutero.