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Apéndice 4. Narraciones Utópicas. Entre la Crítica Capitalista y el Optimismo Socialista

De Mienciclo E-books

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Grabado de la edición original de Viaje al centro de la Tierra.
Grabado de la edición original de Viaje al centro de la Tierra.
ORIGINARIAMENTE, la utopía es una «ficción ideal de imposible realización», un sueño dorado de un universo sin contradicciones en el que se verán resueltas las actuales, y que permitirá al hombre desarrollarse sin cortapisas en una sociedad casi perfecta; un mundo, en definitiva, en el cual el hombre será feliz.

El nacimiento de este tipo de «visiones» en algunos hombres se debe, sin duda, a la esperanza de que desaparezca la compleja problemática de la sociedad presente, que, con su desarrollo, puede convertirse en monstruosa. Uno de estos conflictos es, por ejemplo, el crecimiento desmesurado de la demografía, tema que aparece con cierta frecuencia en la literatura de ciencia-ficción. El aumento desproporcionado de la población mundial, unido a la escasez de recursos naturales, generará, en el primer caso, formas organizativas cada vez más imperfectas y complicadas (de hecho ya las ha originado), y, en el segundo, un notable descenso en el nivel de vida mundial, convirtiendo al hombre en el arquitecto de un mundo totalmente injusto.

La descripción de sociedades utópicas que intentan dar salida a situaciones como ésta no es un fenómeno contemporáneo. Rabelais, en el Renacimiento, escribe cómo Gargantúa decide recompensar a sus guerreros más valerosos, entre los que destaca el hermano Juan, como resultado de una victoria sobre un rey enemigo. Así, concede la posibilidad a dicho monje de crear un monasterio que se distinga de todos los demás, que sea lo contrario de este tipo de sociedades que tanto proliferan por aquella época. El hermano Juan establece, en primer lugar, las características que debe reunir cualquier persona aspirante a formar parte de la comunidad. Entre estos requisitos se encuentra el de que solamente pueden entrar en Thelema —nombre que se dio al monasterio— personas bellas, bien nacidas, cultas e inteligentes. En este idílico lugar se establecen, asimismo, unas normas mínimas de convivencia: cada persona puede hacer lo que desee con el único límite de no invadir la libertad de los restantes miembros. Thelema es un mundo de riqueza esplendorosa; las damas y caballeros visten preciosas ropas y espléndidas joyas que fabrican especialistas destinados a tal efecto. Los thelemitas son gente con el gran privilegio de no tener que trabajar para subsistir, y, disponiendo de todo el día para el ocio, se dedican a actividades constructivas para el cuerpo y para el espíritu, como son la lectura, la hípica, los baños, etc.

En resumen, un mundo maravilloso que era el ideal de perfección del Renacimiento —donde el valor más preciado era la estética—, pero al que quizás actualmente tendríamos mucho que objetar. Podríamos, por ejemplo, preguntar a Rabelais a costa de qué en su monasterio se podía vivir sin trabajar y, de igual forma, cómo era la vida de los servidores y criados que allí habitaban.

En el siglo XVI, Tomás Moro articula en su Utopía una sociedad idílica en la cual, al contrario que en Thelema, no existen las clases sociales ni la propiedad privada. Esta concepción de la organización social la fundamenta en el trabajo, aunque eso sí, dedicándole el mínimo tiempo posible que él fija en seis horas. En la Utopía de Moro existen pocas leyes, pero su falta es suplida por numerosas y arraigadas costumbres que nadie osa quebrantar. Por otro lado, subordina la belleza a la razón y a la funcionalidad: todas las ciudades tienen la misma planificación; puesto que se considera que se ha conseguido el urbanismo que más se adapta a las necesidades del hombre, variar en algo la línea iría en detrimento de su perfección. De la misma manera, la población lleva vestidos similares, ya que se estima una pérdida de tiempo teñir las telas.

«La utopía de Moro —escribe Herbert Wells— desborda utilitarismo y no encanto; en sus ciudades todo es igual, de modo que quien conoce una ciudad conoce todas.» La utopía de Moro dista tanto de la plenitud del ideal como la de Rabelais; una y otra se complementan. Mientras en Thelema los privilegiados «hacen lo que quieren» y el resto trabaja para satisfacerles, en Moro la igualdad se ha conseguido mediante una reglamentación implacable del trabajo y de la vida, lo cual implica un grado de libertad incomparablemente menor o de otro tipo.

Con la breve descripción de estas dos utopías es fácil observar que el ideal de sociedad cambia según los valores de la época para identificarse con la problemática del momento, y, además, que son utopías «modelo», es decir, que son estáticas, a la vez que una especie de extrapolaciones de la realidad.

En el siglo XVIII aparece Johathan Swift, que otorga a la utopía otro significado, en algún sentido identificable con el contenido actual de la cienciaficción. Se ha dicho que Swift es el verdadero precursor de la utopía negativa. En los Viajes de Gulliver, concretamente en el Viaje a Laputa, nos informa de un mundo imaginario en el que la ciencia se erige como instrumento para doblegar a los pueblos. Describe, asimismo, una isla volante que ha alcanzado un alto grado de perfección técnica y que domina en los territorios de tierra firme con un método muy sencillo: permanecer suspendida en el aire encima de ellos para impedirles la entrada de la lluvia y de los rayos de sol. De esta forma, los habitantes de abajo estarán sujetos al padecimiento de hambres y de epidemias como consecuencia de la destrucción de sus cosechas. En la misma narración, Swift cuenta las actividades de una academia de científicos absurdos que con sus investigaciones únicamente consiguen la desventura de la población.

Sin embargo, en Un viaje al país de los houyhnhnms, nos habla de una sociedad que ha llegado a una convivencia armoniosa entre sus componentes. En este país, los humanos son caballos, y los hombres el animal considerado como más despreciable y al que se destinan los trabajos más inmundos. Esta convivencia feliz es lograda por medio de unas leyes y costumbres sociales desde su punto de vista muy justas, que no tienen ningún contacto con la ciencia, la cual, por decirlo de algún modo, no existe.

En la actualidad, las utopías de la ciencia-ficción pueden tomar dos caminos, que analizaremos someramente. Por un lado, una visión del futuro en la que la humanidad podrá superar sus problemas actuales y ser feliz; éste es el caso de la ciencia-ficción soviética y socialista en general. Y por otro lado, la utopía se convierte en una «predicción» catastrófica de las sociedades venideras, en las cuales las contradicciones contemporáneas se agudizarán en lugar de suavizarse. Es lo que, de un modo general, se denomina «antiutopía».

En la corriente soviética se encuentra, salvo excepciones, una tremenda fe en el género humano y en la ciencia (recordemos la frase de Lenin: «La revolución son los soviets más la electricidad»). Como resultado, en las utopías socialistas se tiende a describir sociedades en las que el hombre ha encontrado el sistema idóneo de organización, que le permite, por tanto, su libre desarrollo individual y colectivo. El hecho de que este tipo de cienciaficción se haya dado precisamente en las sociedades socialistas no es una mera casualidad. El marxismo, en su sentido más genuino, intenta proporcionar un método para la construcción de un mundo en el que se vean superadas las actuales condiciones de desigualdad entre los hombres. Aunque este método quizá no haya sido aplicado correctamente en los países socialistas, no cabe duda de que han conseguido dar un gigantesco paso adelante, y esto, a la fuerza, tiene que reflejarse en su literatura. Por eso su visión del futuro es optimista hasta grados a veces alarmantes, ya que olvidan la crítica de los errores que toda sociedad tiene por muy avanzada que sea.

Por otro lado, esta incipiente sociedad regida por esquemas diferentes a los del llamado «mundo occidental» tiene una fe ilimitada en la ciencia y, en consecuencia, encuentra numerosos cultivadores de la novela científica y de la ciencia-ficción, entre los que destacan A. R. Balaiev, considerado como el Julio Verne ruso; K. E. Tsiolkovskita, escritor de aventuras del espacio; los hermanos Strugatzki; el checo Jan Weiss; Karel Kapec, en cuya obra «R. U. R.» aparece por primera vez la palabra y el concepto de «robot»; Iván Efremov, autor de La nebulosa de Andrómeda, obra en la que sueña con una sociedad exenta de contradicciones sociales y económicas, centrada en la confraternidad y la solidaridad humanas y en la ciencia.

La segunda tendencia de la ciencia-ficción, la occidental, ofrece un panorama totalmente diferente. Su interés se centra en las «antiutopías» o narraciones que describen mundos futuros sin salvación posible, en los que las contradicciones de nuestra sociedad se han desarrollado de manera tan monstruosa que acaban por aniquilar al hombre. Los personajes de las antiutopías, ante un mundo incomprensible y totalmente desligado de sus aspiraciones, no intentan encontrar las causas de tales aberraciones; se limitan únicamente a luchar desesperadamente por alcanzar un mínimo grado de felicidad personal. La novela antiutópica, aunque cargada de una crítica acerba al sistema que nos rige, es pesimista por esencia y no concede el mínimo resquicio ni para el cambio social ni para la acción individual: la sociedad será siempre como es hoy, no hay posibilidad de arreglo, ni individual ni colectivo. Es, por tanto, una especie de premonición de lo que nos puede deparar el futuro.

La primera novela antiutópica considerada como modelo fue escrita, paradójicamente, por un ruso, Eugenio Zamiatine, y su título es Nous Autres. El protagonista, D-503, lucha por encontrar una parte de su individualidad en una sociedad del siglo XXVI, en la que existe un estado único, basado en leyes matemáticas. La igualdad entre los hombres ha llegado a tal extremo que son considerados números. La gente vive en colmenas transparentes que permiten espiarlos en todos los actos de su vida cotidiana. D-503 se enamora de 1-330 e intenta encontrar una forma de liberación por medio del amor. Pero no hay esperanza posible, el protagonista es anulado por el estado todopoderoso, y con él, el resto de la humanidad.

Otra novela ejemplar de esta tendencia es 1984, publicada en 1949 por George Orwell. En ella, la población del mundo vive míseramente y es espiada,controlada y manipulada hasta grados de locura. El artífice de esta situación es un gran jefe que supervisa todo, llegando incluso a controlar a la gente mientras trabaja por medio de televisores. El héroe intenta individualizarse (salvarse) escribiendo un diario, pero las fuerzas que le oprimen son tales, que no sólo no logra sus objetivos, sino que acaba integrándose y comprendiendo al «gran jefe».

Este tremendo pesimismo, unido a la generalización de los problemas, es la principal característica de la ciencia-ficción occidental, producto quizá de un mundo en el que los intereses reales del hombre han sido sustituidos por otros que benefician a las minorías que detentan el monopolio de la economía, de la ciencia, de la cultura y, en consecuencia, del poder.