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Apéndice 4. Los Portugueses. Los Primeros en Llegar y los Ultimos en Irse

De Mienciclo E-books

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LOS primeros europeos que entraron en contacto con el Africa negra, allá en el siglo XV, fueron los portugueses. Portugal, una vez terminada su Reconquista, dirigió sus energías nacionales hacia objetivos económicos: la búsqueda de un camino marítimo hasta la India, que permitiera realizar el codiciado comercio de especias. Los geógrafos de la Escuela fundada por don Enrique el Navegante dedujeron que dicho camino podía hacerse bordeando Africa por el sur, y los marinos portugueses comenzaron a explorarlo. Bartolomé Días dobló en 1487 el extremo meridional del continente, el llamado Cabo de las Tormentas y luego Cabo de Buena Esperanza, porque anunciaba ya la proximidad de la India, y Vasco de Gama alcanzó finalmente la India en 1498.

En el período exploratorio, los navegantes lusitanos fueron tocando diversos puntos del litoral africano y entrando en contacto con sus poblaciones. Estos lugares, Cabo Verde, Accra, Fernando Poo, Sao Tomé, la desembocadura del Congo, Natal, So-fala, la costa de Mozambique, Zanzíbar… se convertirían en escalas de mantenimiento del camino marítimo a la India y en centros de comercio —de esclavos fundamentalmente—, para dar luego origen algunos de ellos al imperio colonial portugués en Africa. El Tratado de Tordesillas (1494), que dividió al mundo que se estaba descubriendo entre Castilla y Portugal, le aseguró a Lisboa la influencia sobre el continente negro durante centurias.

En estos primeros contactos europeos con Africa negra, los hombres blancos encontraron unos pueblos con un nivel de desarrollo muy superior en general al que hallarían posteriormente, en el siglo XIX, en el momento de la auténtica colonización. Sirva de ejemplo el trato de igual a igual otorgado por el rey de Portugal al Mani Congo, soberano de un Estado que se extendía por los actuales Zaire y Angola, y con el que intercambió embajadores y cartas credenciales. Sin embargo, la inmediata implantación de la trata de esclavos tendría una enorme influencia retardaria sobre la sociedad africana.

En 1575 Portugal introdujo una importante innovación en su política africana: Paulo Días de No-vais estableció la primera colonia de población blanca en Africa, compuesta por cien familias portuguesas. El lugar elegido, Luanda, se encontraba a unos 400 kilómetros al sur de la desembocadura del río Congo, frente a una región de altiplanicies cuyo clima la hacía accesible al hombre blanco, la actual Angola. Durante siglos, Angola constituiría la única colonia europea en Africa, junto con la establecida, mucho más tarde, por holandeses y británicos en Sudáfrica.

Los colonos, que fueron aumentando paulatinamente su número hasta ser unos pocos millares a finales del siglo pasado, se dedicaban a la agricultura y fueron ampliando su área de implantación, aunque ésta no llegaría a abarcar los límites de la actual Angola hasta bastante después del Congreso de Berlín. Dicho Congreso (1885) estableció la obligación de las potencias europeas de ocupar efectivamente los territorios reclamados, lo que llevó a Portugal a iniciar la penetración en profundidad en el continente.

En 1920, tras no pocos enfrentamientos con los indígenas, Lisboa concluyó la ocupación de dos enormes países, Angola (1.247.700 kilómetros cuadrados) y Mozambique (785.000 kilómetros cuadrados), hacia los que afluirían en nuestro siglo importantes corrientes migratorias desde la metrópoli. Al final de la era colonial, Angola tenía medio millón de blancos y Mozambique unos cien mil.

Aparte de estas dos grandes «provincias ultramarinas», el moderno imperio portugués en Africa estaba constituido por las islas de Cabo Verde, Sao Tomé y Príncipe, y por una pequeña zona de influencia continental de las primeras, la Guinea portuguesa, de sólo 36.000 kilómetros cuadrados y casi sin población metropolitana.

El beneficio que extraía Portugal de este imperio era fundamentalmente derivado de la explotación agrícola, en la que se empleaba una abundante mano de obra indígena en régimen de trabajo semies-clavo: los «contratados», que no tenían capacidad para abandonar su trabajo y cuya servidumbre se compraba y vendía junto con las fincas a las que se encontraban ligados. Las riquezas minerales, importantísimas sobre todo en Angola (petróleo y diamantes), eran extraídas por compañías multinacionales y no rendían prácticamente beneficios a Portugal.

En el orden social, la colonización portuguesa se caracterizaba por una teórica superación del racismo, de la que se beneficiaba una pequeña élite, los «asimilados», incrementada sustancialmente por un mestizaje muy numeroso. Pero la inmensa mayoría de la población negra era considerada «salvaje», y no gozaba, por tanto, de los mismos derechos políticos, jurídicos o sociales que los blancos. Cultural-mente, la colonización supuso muy poco en el orden educacional, existiendo una tasa de analfabetismo de más del 90 por 100 entre los negros. En cambio, la presión de la colonización extendió a niveles muy amplios el uso de la lengua portuguesa y la religión católica.

Dentro de este marco, los movimientos nacionalistas comenzaron a desarrollarse con fuerza en la década de los cincuenta, dentro de una corriente que alcanzó a toda Africa. Pero mientras que Francia, Inglaterra y Bélgica pusieron en marcha un amplio programa de concesión de independencias politicas, conservando en la mayoría de los casos el control económico de las ex colonias, el gobierno portugués, por razones ideológicas y económicas, fue incapaz de llegar a esta solución moderna.

Los movimientos nacionalistas no tuvieron, pues, otra vía de acción que emprender sendas guerras de independencia contra Portugal. En 1961, el MPLA inició la lucha armada en Angola. En 1963, la emprendió el PAIGC en Guinea, y en 1954, el FRE-LIMO en Mozambique. En Angola la revolución fue eficazmente contenida en su principio y quedó más o menos limitada a zonas apartadas. En Guinea y Mozambique, sin embargo, la guerrilla fue progresando política y militarmente de forma inexorable.

Las guerras coloniales abarcaron un período de catorce años, durante el cual se puso en evidencia la imposibilidad de una victoria portuguesa. Esta situación creó en el seno del ejército lusitano un movimiento de descontento y despertó entre los militares una conciencia política adversa al régimen totalitario de Lisboa, que desembocó en el golpe de Estado militar del 25 de abril de 1974. La Revolución de las Fuerzas Armadas reinstauró la democracia en Portugal y resolvió el problema colonial mediante el reconocimiento de la independencia a todos los territorios africanos entre 1974 y 1975.