Apéndice 4. Los Intelectuales Españoles en los Años Treinta
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Introducción
ORTEGA y Gasset se definía a sí mismo como «siglo veinte» en lugar de definirse como «moderno». Esta autodefinición tiene para nosotros gran importancia, pues revela una firme decisión de figurar en las primeras filas de ese profundo movimiento renovador que estaba sacudiendo los cimientos del mundo y especialmente de la cultura. A Ortega no le bastaba ser moderno, sino que, además quería serlo en su tiempo, en el siglo XX.
El gran animador
Si nos trasladamos al último tercio del pasado siglo, veremos que el blanco de la presión política, en la que colaboran los intelectuales, es el espíritu de la Restauración monárquica que encarna el prohombre Maura. Un hombre del 98, Joaquín Costa, abre el fuego con el informe que presenta en 1901 en el Ateneo de Madrid sobre Oligarquía y caciquismo como la forma actual de Gobierno en España: urgencia y modo de cambiarla. Lo que ahí se solicita es una revisión global del pais.
No es extraño que la propuesta parta de un centro como el Ateneo. Fundado en 1835 y tras el paso por él de una primera generación romántica y una segunda moderada, la generación de la renovación domina su ambiente. La inquietud, al igual que se nota en la calle con las nuevas modas en el vestir, es el lema de los salones ateneístas. En la tertulia de su «Cacharrería» se discuten las ideas de Nietzsche y se conspira. El selecto y extenso fondo de su biblioteca nutre la labor que se desarrolla en torno a las distintas cátedras: Filosofía, Literatura e Historia, Lenguas Clásicas y Modernas, Ciencias Naturales y Arquitectura, Religión y Derecho. El obrerismo también deja oír su voz. Socialistas —Pablo Iglesias, Jaime Vera— y anarquistas —la pareja Federico Urales-Soledad Gustavo, entre los que se ve entonces a Azorín— mantienen una polémica que interesa a los intelectuales. Ramón Gómez de la Serna es reclamado para hacerse cargo de la Secretaría General y en 1930 accedería a la presidencia Manuel Azaña.
El «regeneracionismo cultural» debe acompañar al regeneracionismo político. En medio de un movimiento de entusiasmo hacia la libertad y la belleza, que es la secuela positiva y permanente del modernismo que inicia Rubén Darío, la inteligencia cultural entra conscientemente en la escena pública. Más de cien intelectuales se adscriben en 1913 a la «Liga de Educación Política Española». Durante un período, Ortega y Gasset y otros participan activamente en el Partido Reformista de Melquíades Alvarez y Gumersindo de Azcárate. Es Ortega quien, en una conferencia pronunciada el 23 de marzo de 1914 sobre Vieja y nueva política, adelanta el concepto de las «dos Españas»: la España «oficial» y la España «vital» o real. A la tertulia del café «El Gato Negro», paralela a la del «Pombo» de Gómez de la Serna, o a la del aristocrático «Lhardy», acuden Unamuno, los pintores y dibujantes Santiago Rusiñol, Ricardo Baroja y Luis Bagaría, el guitarrista Andrés Segovia, etcétera.
Los ojos de la cultura
Tres órganos, los tres inspirados directamente por Ortega, son los recolectores de lo principal del pensamiento español: el semanario España, el diario El Sol y La Revista de Occidente. En el semanario España, que aparece en 1915, componen su primera redacción Ortega (que es director hasta 1916, en que se retira para llevar por sí solo la revista más restringida El Espectador), Pío Baroja, Eugenio D’Ors, Maeztu, Ramón Pérez de Ayala, Luis de Zulueta, Gregorio Martínez Sierra, Enrique Díaz Canedo, Juan Guixé y Luis Olarriaga.
En la encrucijada histórica de 1917 —las Juntas Militares de Defensa que reclaman un papel en la vida nacional, las Asambleas Parlamentarias exigiendo la convocatoria de unas Cortes Constituyentes, y el proletariado movilizado en la Huelga General Revolucionaria de agosto—, sale el 1 de diciembre el primer número del diario El Sol, que en seguida se convertiría en portavoz de una clase media burguesa e instruida. Sus páginas literarias rivalizarían con las del poderoso El Imparcial. La posición política se correspondía con esos tres puntos básicos del proyecto de Ortega: reforma constitucional —sobre invulnerabilidad de libertades, supresión del Senado y liberalismo—, descentralización y política social.
La tercera creación, La Revista de Occidente, fundada y dirigida por Ortega en 1923, canaliza las preocupaciones filosóficas, estéticas y en general culturales del momento. A ella traslada la vanguardia española sus lares una vez quebrado el ultraísmo. España, al menos sus viveros intelectuales, se hallaba en plena europeización. Se palpa un optimismo, encubridor tal vez de una inquietud vital, de una angustia de fondo como asegura Antonio Espina, que se trasluce en obras de gran exhibición imaginativa. ¿Están éstas, sin embargo, descolgadas de la realidad? Esto es lo que pretende achacar Ortega al referirse a la «deshumanización del arte».
En 1927, con La Gaceta Literaria recién nacida, el panorama cultural español se agita con la llegada de dos obras: la novela de John Dos Passos, Manhattan Transfer, y la película de Fritz Lang, Metrópolis. La primera suscita una sensibilización en cuanto a los problemas de «la nueva humanidad» que habita las aglomeraciones urbanas en crecimiento. Cazador en el alba, de Francisco Ayala, y Geografía, de Max Aub, constituyen buenos ejemplos de evocación de la ciudad como tema. El cine, con las posibilidades de expresión que incorpora como nuevo arte, es objeto de interpretaciones; así Cinelandia de Gómez de la Serna. Giménez Caballero funda el primer Cine Club español.
La neurastenia, como en ese tiempo se denominaba a la neurosis, es un fantasma, muchas veces real, que acosa a escritores y artistas. Alberti ha dejado constancia de ello en sus memorias de La arboleda perdida. Sólo hombres como Ramón J. Sender, Díaz Fernández o Arconada configuraban un tipo de «novela social» en aquella época de indagación, al rayar la década de los treinta. Con el advenimiento de la República en 1931, los aires serían otros.
«Agrupación al servicio de la República»
El clima politizado en que vivía España tras la caída de la Dictadura de Primo de Rivera, produjo una sensibilización en las capas intelectuales, que se traduciría, salvo contadas excepciones de indiferencia, en una alineación activa en pro o en contra de la Segunda República.
El liberalismo que caracterizaba a escritores y artistas, tradición heredada de la Institución Libre de Enseñanza, causó la adscripción mayoritaria en el bando pro-República. Fue un intelectual, Ortega y Gasset, quien, en un artículo titulado «El error Berenguer», aparecido en el periódico El Sol, pronunció el contundente dictamen: «delenda est monarchia» («hay que borrar la monarquía»).
El mismo Ortega, junto a Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, redacta el 10 de febrero de 1931 el «Manifiesto» fundacional de la «Agrupación al servicio de la República», que se dirige a la movilización, más que nada, de profesionales e intelectuales como propagandistas y defensores de «esa gran promesa histórica que es la República Española».
Tras proclamarse ésta el 14 de abril, intelectuales de renombre serán llamados a ocupar embajadas extranjeras: Américo de Castro, la de Berlín; Salvador de Madariaga, la de Estados Unidos; Pérez de Ayala, la de Inglaterra; Luis de Zulueta, la del Vaticano; Alvarez del Vayo, la de Méjico. El indomable don Ramón María del Valle Inclán no aceptará de hecho otro cargo que el de director de la Academia Española de Roma, dos años antes de morir y obligado por la indigencia de su familia.
La Agrupación fue disuelta el 29 de octubre de 1932, después de haber actuado como minoría parlamentaria y participado en actos públicos; habían sido aprobados la Reforma Agraria y el Estatuto Catalán. Ortega descubre lo difícil que es acomodar su «partido de la nación» en circunstancias en que se pugna por estirar al máximo los cambios estructurales por parte de organizaciones obreristas. Desde su moderada posición intelectual, explica el «perfil agrio» de la institución en su Rectificación de la República, aunque no dejara de colaborar con ella hasta el exilio, en la creencia de que «un régimen naciente no se puede entregar, no tiene derecho a rendirse».
La izquierda y la derecha
A partir de 1930 cristaliza en España una corriente de literatura comprometida, que se había desarrollado lentamente en la década anterior, de rebeldía predominantemente individual y estética. La polarización entre izquierda y derecha viene en seguida. En 1930 nace Nueva España, que dirigen Antonio Espina, Joaquín Arderius y José Díaz Fernández, con el propósito de impulsar una literatura de masas. En 1933, Alberti, que había visitado ya la URSS, funda, junto con María Teresa León, Octubre, que se define como revista militante y en contra de las minorías.
La derecha opone sus fuerzas, contra el embate de la revolución, y crea sus propios órganos. La conquista del Estado, fundada en 1931 por Ledesma Ramos, Giménez Caballero y Juan Aparicio, se transformará, con la incorporación de José Antonio Primo de Rivera, en portavoz de la Falange. Maeztu propaga, desde Acción Española (1933), un «nacionalcatolicismo» que exige el retorno al pasado bajo el lema «servicio, jerarquía y hermandad». Cruz y Raya (1933) defiende, por boca de su director, José Bergamín, un catolicismo criticista de Hitler y el racismo.
Aproximación al pueblo
Pero las más importantes aportaciones colectivas de los intelectuales, su caminar hacia el pueblo, se concretan en las campañas de extensión de la cultura: las Misiones Pedagógicas, los Teatros Universitarios y las Universidades Populares. Las dos últimas creaciones, canalizadas por la Unión Federal de Estudiantes Hispanos (UFEH), significaron el acercamiento de una cultura restringida al conjunto de la población.
Formaban parte del patronato de las Misiones Pedagógicas, aprobadas por decreto en mayo de 1931, Manuel B. Cossío, Antonio Machado y Osear Esplá, entre otros. En los recorridos por pueblos y villas, además de la biblioteca móvil, se llevaba un proyector cinematográfico, a veces hasta un pequeño museo, y siempre un teatrillo y un coro. La impresión del contacto con el medio rural, con las condiciones económicas en que vivían sus gentes, contribuyó mucho a despertar la conciencia social de los hombres de letras. «La Barraca» de García Lorca abrió un surco inédito como forma de teatro popular. Max Aub, por su lado, dirigió el Teatro Universitario de Valencia. El apoyo prestado por el ministro socialista Fernando de los Ríos fue determinante para llevar a cabo todos sus proyectos.
La «novela social» española amanece en este período. César M. Arconada, los citados Arderius, Díaz Fernández y Ramón J. Sender, son los pioneros. Este último, en sus Siete domingos rojos (1932), revela una mayor madurez respecto a la actuación revolucionaria en un sentido libertario del intelectual.
Miguel Hernández, muerto en la cárcel de Alicante en 1940, pobre de nacimiento, pastor y autodidacta, es un ejemplo único entre los intelectuales compañeros de generación, burgueses en su inmensa mayoría. La tragedia de la guerra civil resaltó su figura abrazadora de la doble condición de luchador y poeta.