Apéndice 4. Las falsificaciones
De Mienciclo E-books
LA falsificación en la pintura y escultura tal y como la entendemos actualmente, es decir, como un delito, en cuanto que constituye un fraude, un engaño para el comprador a quien se hace creer que adquiere una obra con un valor superior al que posee en realidad, es un fenómeno relativamente moderno y en estrecha relación con el auge del mercado del arte.
En efecto, si nos retrotraemos al Renacimiento vemos cómo entonces llegó a ser una práctica corriente el que un artista realizase varias réplicas de una misma obra. Este hecho era debido a que determinados cuadros alcanzaban tal éxito que el autor recibía numerosas peticiones de repetirlos para clientes distintos del que primeramente había hecho el encargo. Es necesario señalar que para el poseedor de cualquiera de esas obras no tenía mayor importancia que se tratase del original o de una réplica posterior: lo que se consideraba fundamental era la obra en sí y el que fuese creación de un artista determinado, y, al haberse cumplido los dos requisitos, el dueño quedaba satisfecho.
También hay que tener en cuenta que, hasta el Romanticismo, pocos fueron en realidad los artistas que trabajaron en solitario. Cualquier maestro de un cierto renombre reunía a su alrededor un grupo de artistas menores. Tales grupos tenían tanto el carácter de un taller como el de una escuela. En general, se trataba de aprendices que trabajaban para el maestro recibiendo al mismo tiempo sus enseñanzas, aunque podían encontrarse también otros artistas, ya maduros y conocedores del oficio, pero incapaces de labrarse una reputación propia. Todos estos artistas trabajaban en las obras del maestro, permitiéndole así cumplir a tiempo con todos sus encargos. Por tanto, aunque el resultado final de estos esfuerzos comunes lleve la firma del maestro, sería mucho más correcto atribuirlo a su taller, en conjunto, teniendo en cuenta que a menudo la intervención del maestro se limitaba al boceto y a algunos toques finales.
Un ejemplo claro de esta situación lo tenemos en el Greco, quien, más que una escuela, dejó un taller dedicado a reproducir sus obras. Esto era debido a que, si bien sus pinturas religiosas no eran excesivamente estimadas entre la aristocracia española de la época, existía en cambio una fuerte demanda de las mismas entre las instituciones religiosas y entre las gentes piadosas de las clases medias que tenían buena situación económica. Esto explica la plétora de copias de muchas obras del pintor, algunas de las cuales presentan una tal semejanza con el original o bien con los rasgos estilísticos propios del Greco que resulta imposible su adscripción a un autor determinado.
Sin embargo, en ninguno de los casos anteriormente expuestos puede hablarse de falsificaciones, pues todas estas prácticas eran usuales y estaban totalmente admitidas por la sociedad, tanto más en aquellas épocas en que la obra carecía casi por completo de valor extrínseco. Cuando el valor de una obra reside en su belleza o en su significado ideológico, el hecho de que sea una réplica o la cuestión de quién es su verdadero autor queda en segundo plano. Ello hace perfectamente posible el que determinadas obras de arte se produzcan casi en serie, como sucede actualmente con las serigrafías, cerámicas…
La situación cambia cuando la obra de arte empieza a adquirir un alto valor monetario y a convertirse en motivo de inversión, es decir, cuando aparece el mercado del arte. Y aún se agrava más cuando el valor de la obra deja de depender de la obra misma y pasa a estar en función de quién sea su autor. Se llega entonces al extremo de que la firma que aparece al pie de un lienzo puede significar una diferencia de millones en su precio en el mercado, y este hecho constituye un importante aliciente para un gran número de fraudes.
Quizás el principio de las estafas que se realizan en el mercado del arte puede buscarse en el carácter antes descrito del arte renacentista: la proliferación de copias de una obra maestra, y algunas de ellas hechas por su mismo autor, permite que un marchante desaprensivo pueda convencer a un coleccionista de que, por ejemplo, El nacimiento de Venus, de Botticelli, que figura en la Galería de los Oficios en Florencia, no es más que una réplica. Añadiendo a continuación que el original está en su poder, el marchante se presta a venderlo por un precio fabuloso, a condición de que la transacción quede en secreto para evitar un escándalo.
De todas formas, el caso más corriente de falsificación de obras de arte se basa en la existencia de artistas que consiguen imitar a la perfección el estilo y la técnica de un maestro famoso y cotizado. Utilizando tal estilo, pero aplicándolo a temas de su invención, realizan obras que salen luego al mercado como producciones desconocidas del maestro. Este fue el caso de Van Meegeren, que pintó numerosísimos cuadros vendidos luego como obras del gran Vermeer. El descubrimiento de la falsificación levantó un auténtico escándalo y algunos coleccionistas llegaron a amenazar al descubridor del fraude para que no diera a conocer qué obras estaban falsificadas. En efecto, muchos de ellos habían creído hacer una magnífica inversión, pagando precios elevados por cuadros que resultaban carecer de valor. Esta reacción nos hace ver claramente que, por regla general, aquello que impulsa al cliente privado a desembolsar una determinada suma por un cuadro no es tanto el valor estético de la obra y el deseo de poder gozar con ella cuanto su valor monetario, determinado en gran parte por la fama del pintor que la firma, y el consecuente prestigio social.
Un caso interesante es el protagonizado por Elmyr de Hory, autor de cuadros al estilo de Matisse, Modigliani, Léger, Picasso…, que fueron vendidos como auténticos. Se sospecha que su aportación a colecciones y museos es de tal categoría que la idea que actualmente nos hacemos de la pintura moderna podría ser falsa. Sin embargo, Elmyr de Hory no se consideraba un falsificador, sosteniendo que él no hacía más que interpretar a los grandes genios que conoció en vida y cuyo espíritu logró asimilar. Así argumentaba que tal y como se puede disfrutar de las creaciones de Bach a través de las interpretaciones de Oistrak, también se puede apreciar a Modigliani a través de sus propias obras.
Sin embargo, Elmyr de Hory difícilmente puede ser considerado un artista según nuestros criterios actuales, aunque quizá sí lo habría sido en el Renacimiento, trabajando en el taller de un gran maestro. Para nosotros, una obra de arte no es tal si en ella falta la inspiración personal de su creador. Es más: los artistas que merecen nuestra admiración son los que han logrado expresarse a través de la creación de un estilo propio. Pues aunque grandes genios han utilizado, a sabiendas, el estilo de sus predecesores o incluso de sus contemporáneos (como fue el caso de Goya que pintó cuadros al estilo de Rembrandt por el que sentía una especial atracción), ello constituye tan sólo una etapa en su evolución artística y siempre han logrado marcar ese estilo adoptado con la huella de sus propias aportaciones.
En definitiva, se puede decir que el caso de las falsificaciones de arte y el de los falsificadores se debe a que artistas de indudable pericia técnica, pero carentes de originalidad o cuyo estilo no consigue imponerse, acaban renunciando a la creación a cambio del éxito económico que puede reportarle el hacer pasar sus propios cuadros como obras de artistas cotizados, contando a menudo con la complicidad dé marchantes poco escrupulosos que, mediante el engaño a que someten al cliente, obtienen pingües beneficios.