Apéndice 4. La revolución francesa y la revolu ción americana
De Mienciclo E-books
LOS acontecimientos históricos en sí, así como los hombres que los protagonizaron, son demasiado conocidos como para volver aquí sobre ellos.
A menudo se compara la Revolución Francesa con el levantamiento que produjo la independencia de las colonias inglesas de América del Norte, e incluso, se las asimila y se dan como recíprocamente influidas. Es cierto, los paralelismos son varios; pero también las diferencias son muchas, sobre todo en cuanto a sus antecedentes, motivaciones, ejecución, objetivos y caminos abiertos a la historia por ambos acontecimientos.
Como casi nada en el mundo, la República Francesa no se produjo caprichosamente ni de la noche a la mañana o de un día para el otro. Sus antecedentes, o causas —como sus consecuencias— son más importantes que los propios hechos y sus actores.
El mundo de 1780-90 era, a la vez, mucho más grande y mucho más pequeño que el nuestro. Eran distintas la distribución de la población y la distribución de la riqueza. Una clase social había nacido —hacía mucho— a consecuencia del comercio y pugnaba, no ya por encontrar un «encaje» adecuado dentro de la sociedad, sino por protagonizarla. El mundo ya no podía ser gobernado, simplemente, «por la gracia de Dios».
Por aquellos años —en Occidente— sólo había dos grandes ciudades: Londres, con alrededor de un millón de habitantes, y París, con algo más de medio millón.
Aproximadamente, el 85 por 100 de la población vivía y trabajaba en el medio rural. Y casi toda la prosperidad procedía del campo.
El problema agrario era por eso fundamental en el mundo de 1789, y es fácil de comprender por qué la primera escuela sistemática de economistas continentales —los fisiócratas franceses— consideraba indiscutible que la tierra, y la renta de la tierra, era la única fuente de ingresos. Y que el eje del problema agrario era la relación entre quienes poseían la tierra y quienes la cultivaban, entre los que producían la riqueza y los que la acumulaban. Junto a ello florecían las actividades del comercio y la manufactura.
La Revolución Francesa tuvo como objetivos liberar al individuo de las cadenas que lo oprimían: el «tradicionalismo» ignorante de la Edad Media, que todavía proyectaba su sombra por el mundo; la superstición de las iglesias (tan distintas de la religión «natural» y «racional»); de la irracionalidad que dividía a los hombres en una jerarquía de clases bajas y altas según el nacimiento o algún otro criterio desatinado.
El reinado de la libertad individual no podía tener sino las más beneficiosas consecuencias. El libre ejercicio del talento individual en un mundo de razón produciría los más extraordinarios resultados.
La apasionada creencia en el progreso del típico pensador «ilustrado» reflejaba el visible aumento en conocimiento y técnicas, en riqueza y bienestar y civilización que podía ver en torno suyo y que achacaba con alguna justicia al avance creciente de sus ideas. A principios de siglo todavía se llevaba a la hoguera a las brujas; a su final, algunos gobiernos «ilustrados», como el de Austria, habían abolido la tortura judicial y la esclavitud.
En el terreno de las ideas, la Enciclopedia no fue sólo un compendio del pensamiento progresista político y social, sino también del progreso técnico y científico. Pues, aparte de la creencia en el progreso humano, el racionalismo, la riqueza, la civilización y el dominio de la naturaleza de que tan profundamente imbuido estaba el siglo XVIII, la Ilustración debió su fuerza, ante todo, al evidente incremento de la producción y el comercio, y al racionalismo económico y científico, que se creían asociados a ellos de manera inevitable. Y sus mayores paladines fueron las clases más progresistas económicamente, las más directamente implicadas en los tangibles adelantos de los tiempos: los círculos mercantiles y los grandes señores ilustrados, los financieros, los funcionarios con formación económica y social, la clase media educada, los fabricantes y los empresarios. Tales hombres saludaron a un Benjamín Franklin, impresor y periodista, inventor, empresario, estadista y habilísimo negociante, como al símbolo y el modelo del futuro ciudadano, activo, razonador y self made man.
A partir de 1789 el mundo entero se transformó. La Revolución Francesa (que en realidad al menos en sus resultados, se prolonga o proyecta en la revolución industrial de 1848) fue, en el aspecto económico-social, el triunfo no de «la industria» como tal, sino de la industria capitalista, no tanto de la libertad e igualdad en general, sino de la «clase media», o sociedad bourgeoise y liberal; no de la «economía moderna», sino de las economías y Estados o naciones en una región geográfica particular del mundo (parte de Europa y América del Norte), cuyo centro fueron los Estados rivales de Francia e Inglaterra.
Pero es evidente que una transformación tan profunda no puede ser enteramente comprendida sin remontarse en la historia mucho más allá de 1789, o, al menos, a las décadas que precedieron inmediatamente a esta fecha y que reflejan las crisis de los anciens régimens del mundo occidental del Norte, que la Revolución Francesa iba a barrer y la denominada primera revolución industrial (1848) remataría.
Quiérase o no, es menester considerar a la Revolución Norteamericana de 1776 como una erupción de significado igual a la francesa, o por lo menos como su más inmediata precursora y anunciadora; quiérase o no, hemos de conceder fundamental importancia a las crisis constitucionales y a los trastornos y agitaciones económicas de 1760-89 que explican claramente la ocasión y la hora de la gran explosión, aunque no sus causas fundamentales. Esas causas fundamentales y antecedentes concretos han de buscarse en la Revolución inglesa del siglo XVII, la Reforma y el comienzo de la conquista militar y la explotación colonial del mundo por los europeos a principios del siglo XVI.
La importancia de la Revolución Francesa así como de la Revolución Norteamericana no sólo está en la rebelión contra el absolutismo. He ahí una similitud. Pero cada una de ellas tiene características propias y rotundas.
En 1789 Francia era uno de los países más poblados de Europa, excepto Rusia; aproximadamente, de cada cinco habitantes uno era francés; lo cual, de por sí, convierte a su revolución en un hecho resonante. Aparte de ello, fue la única revolución de masas y mucho más radical que cualquier otra. No es casual así que los revolucionarios americanos y los «jacobinos» británicos que emigraron a Francia por sus simpatías políticas, se consideraran moderados allí. Tom Paine, que era un extremista en Inglaterra y Norteamérica, figuró entre los más moderados girondinos. Por fin, fue la primera revolución ecuménica, es decir, que contó con un formidable poder de propagación, o, como se diría en lenguaje de hoy, el primer país que «exportó» su revolución al mundo entero.
En 1797 el joven John Quincy Adams, embajador americano en Prusia, se dirigió a Berlín a tomar posesión de su cargo cerca de la corte de Federico Guillermo III; el comandante de la guardia de puertas le impidió entrar en la capital prusiana, alegando que jamás había oído hablar de un país llamado «Estados Unidos». Un año antes había explotado la rebelión que daría nacimiento a la más poderosa nación de la Tierra, al cabo de mucho menos de dos siglos.
La voracidad fiscal de la metrópoli inglesa había pretendido agravar las penurias tributarias de los productores de sus colonias, creando impuestos sobre las melazas, el té, el café, el vidrio y otros. Ello provocó la inmediata revuelta. Se sucedieron motines en Nueva York y Boston, cayó en Londres el gobernador Pitt, pero el rey lanzó un reto: «los colonos deben someterse o triunfar». El desafío fue recogido, y el incendio revolucionario se propagó inconteniblemente. Entre los sublevados, como siempre, hubo sectores moderados y extremistas. A estos últimos —denominados «Hijos de la libertad»— pertenecía Adams y propugnaban la abierta secesión. Algunos terratenientes y comerciantes mantenían cierta lealtad a la corona y preconizaban un arreglo pacífico. Pero todos coincidían en defender la autonomía fiscal y los derechos políticos de los colonos.
Las colonias sublevadas deliberan. Se suceden los dos congresos de Filadelfia (1774 y 1775), pero el reto de Jorge III sigue vigente. Toman entonces la iniciativa los radicales (Lee, Patrick, Henry); Tom Paine en su escrito El sentido común (enero de 1776) propugna la independencia total. Virginia fue el primer Estado en proclamar su independencia, Nueva York, el último de aquellos trece primeros. El 4 de julio de 1776, el Congreso de Filadelfia sanciona y promulga el acta de Declaración de Independencia y de los Derechos de los Americanos. Jorge III pierde la guerra y en 1783, en Versalles, reconoce la independencia de sus antiguas colonias.
Las colonias —ya independientes— no ofrecían un conjunto homogéneo: había Estados pequeños y grandes, unos enriquecidos por la guerra (comerciantes, banqueros, especuladores; como casi siempre) establecidos en el litoral, y otros, del interior, poblados de pequeños propietarios empobrecidos. Una convención, reunida otra vez en Filadelfia, en 1783, propone una Constitución federal. La polémica es entonces entre federalistas (Washington, Madison, Jay, Hamilton) y antifederalistas, estos últimos reclutados entre los pequeños Estados, por suspicacia hacia los grandes. Los primeros, que publican precisamente The Federalist, logran crear una doctrina sin una verdadera experiencia de Estado federal, verdadera originalidad de la Constitución americana. En uno de los puntos de El federalista, Madison edifica la teoría de la organización del Estado, con la división tripartita de poderes. El poder legislativo estaría compuesto por la Cámara de Representantes, que «recibirá sus poderes del pueblo de América y el pueblo estará representado en la misma proporción y según el mismo principio que en la Legislatura de un Estado particular. En esto el gobierno es nacional, no federal. En tanto el Senado recibirá sus poderes de los Estados en tanto sociedades políticas e iguales, y estos últimos estarán representados en igual número… En esto el Gobierno es federal y no nacional…» Es decir, una armoniosa y equilibrada combinación entre lo nacional —un pueblo— y lo federal —varios pueblos—. Allí está el fundamento real de la organización constitucional de los Estados Unidos de América. Esa Constitución que, al decir de Tocqueville, permitió y posibilitó que Norteamérica resolviera sesenta años antes los problemas políticos cuya solución buscaban en vano Francia y Europa.
El Congreso reunido en Nueva York en 1789 proclamaba la constitución, y Jorge Washington es elegido primer presidente de los Estados Unidos.
A partir de la declaración de Independencia, la Unión emprendió el largo y vertiginoso camino de su desarrollo. Este camino estuvo señalado por dos signos: el avance territorial y un aislamiento que caracterizó su política exterior, hasta la Segunda Guerra Mundial, desentendiéndose de cuestiones que no afectaban directamente a sus intereses.
El avance territorial —la conquista— fue incesante y, desde un principio se extendió hacia el Oeste por la cuenca del Misouri; hacia el Sur, a costa de los dominios españoles, y, dando un salto por encima del continente interior —no sometido todavía— llega también al litoral del Pacífico. La incorporación de nuevos Estados a la unión es continua: Kentucky, 1792; Tennesse, 1796; Luisiana, en 1812, adquirida mediante compra en 1803. Entre 1816 y 1820 se fundan los Estados de Indiana, Mississippi, Illinois, Alabama y Maine, a los que hay que agregar los territorios de Misouri, Nebraska, Kansas, no organizados hasta 1854. En 1819 un tratado de límites con España había extendido las fronteras de la Unión hasta el Río Grande, por lo que Texas pasaba a los Estados Unidos. Otro tratado firmado con España en 1821, confirmaba la unión de Florida, que ya estaba ocupada desde diez años atrás; en 1818 conviene con Gran Bretaña la unión de Oregón y completa la posesión sobre la costa del Pacífico.
Desde 1787, en que se organiza constitucionalmente, hasta 1865 (final de la Guerra de Secesión) aumenta su territorio de dos millones y medio de kilómetros cuadrados a ocho millones. También la población aumenta de forma vertiginosa merced a una alta tasa de crecimiento propia y, posteriormente, a la inmigración.
En su vida política interna encontramos, también, dos poderosas características que condicionan la vida del país en sus orígenes y su desarrollo: la democratización de su cuerpo social, que es así el factor de homogeneización al establecer la igualdad de oportunidades, como credo, para todos los ciudadanos; y el prestigio, junto al del Congreso, de la función presidencial. Esto proviene de Washington, quien ocupa un puesto preeminente entre los «padres de la patria» igualado en prestigio y predicamento popular por sus pares y sucesores: J. Adams, B. Franklin, T. Jefferson, Madison, Monroe, etc.
A diferencia de los europeos, el Estado norteamericano no tiene herencia medieval alguna, política, social, eclesiástica o jurídica, y por ello es estructural e ideológicamente verdadero resultado de una revolución en grado aún más acusado que la Francia posrevolucionaria.
La era que comienza en 1776, con la Revolución Americana, y en 1789 con la Revolución Francesa, coincide con el período histórico iniciado con la construcción de la primera fábrica del mundo moderno en Lancashire; es la del triunfo de la conciencia y el poder burgués y del liberalismo democrático; termina quizá con la construcción de la primera red ferroviaria (auge del capitalismo monopolístico) y la publicación del Manifiesto Comunista.