Apéndice 4. La Irrupción de lo Oriental en Occidente
De Mienciclo E-books
EN las últimas décadas del siglo XX asistimos a una viva demanda de información sobre las diversas variantes del pensamiento oriental. Numerosos occidentales buscan en la sabiduría de Oriente las respuestas a los problemas existenciales que su propia cultura ha planteado pero no resuelto. En plena crisis de los valores tradicionales, lo oriental está de moda en Occidente, como consecuencia de una larga serie de frustraciones filosóficas y religiosas. Y la moda orientalista no sólo afecta a las clases ilustradas, sino también a quienes carecen de sentido crítico y sólida formación. Por un lado, tenemos a sesudos intelectuales que meditan sobre antiguos textos chinos, indios o japoneses; por el otro, tenemos a jóvenes que andan por las calles de Europa y Estados Unidos con la cabeza rapada y largas túnicas. Estos jóvenes se declaran seguidores de diversos gurús o maestros. Se multiplican, en espectacular floración, las sectas orientalistas, que algunos críticos han englobado bajo el nombre de «multinacionales del espíritu», con la fundada sospecha de que sus promotores actúan en beneficio propio, a costa de la verdad y la seriedad, con el correspondiente correlato de peligros para sus discípulos. No pocos intelectuales han abandonado las Universidades para viajar al Nepal con un ligero equipaje. Por otra parte, la soberbia de los poderosos lleva a muchos hombres y mujeres de todas las edades a seguir el pacífico ejemplo de Gandhi. Paralelamente, muchos practican el yoga con el simple propósito de mantenerse «en forma», mientras otros, más coherentes o menos críticos — de todo hay—, abrazan la totalidad de los principios que corresponden a esta práctica, empezando por el vegetarianismo. Y lo mismo sucede con las artes marciales —con el kárate, el kendo o el judo— que están en pleno auge. Muchos las utilizan como simple pretexto para moverse, mientras otros las aprovechan como auténticas vías de desarrollo personal.
Una mirada retrospectiva pone de manifiesto que la pasión orientalista de los occidentales nació en el siglo XX y recibió un fuerte impulso de las sucesivas catástrofes bélicas. En un clima de creciente frustración espiritual, los occidentales de principios de siglo buscaron el sentido de la vida en las enseñanzas de Vivekananda y Sri Aurobindo, dos yogis ilustres, cuyos textos pasarían de mano en mano y de generación en generación. Significativamente, fue en los albores del siglo XX cuando Annie Besant —que presidía la Sociedad Teosófica— descubrió a Krishnamurti, un brahamán de catorce años. Como se sabe, la señora Besant decidió convertirlo en «un nuevo mesías», en un «instructor del mundo». Ella, como muchos, tenía la certidumbre de que ese «instructor» hacía falta y sería bien recibido, y llegó a afirmar que Krishnamurti era la «reencarnación de Cristo». Siempre bajo la tutela de la señora Besant, el joven recibió una esmerada preparación en los más prestigiosos centros educacionales de la India, Estados Unidos y Europa. Pronto, gracias a una eficaz maquinaria propagandística, contó con millones de adoradores en el mundo entero. Sin embargo, cuando cayó en la cuenta de que la señora Besant lo estaba utilizando en beneficio propio, Krishnamurti se independizó de la Sociedad Teosófica y, libre de dogmatismos, fundó una escuela que aún cuenta con seguidores. Por otra parte, la revalorización de lo oriental en Occidente no fue ajena a la decisión del jurado que otorgó el premio Nobel de Literatura de 1912: el preciado galardón recayó sobre la obra del brahamán Rabindranath Tagore. Sin proponérselo, el imperialismo británico había abierto la puerta de Occidente a los maestros orientales. Numerosos intelectuales europeos trataron de descifrar sus enseñanzas. En este sentido, conviene recordar el trabajo de hombres de la talla de Hermann Hesse, Gustav Jung y Martin Heidegger. La llama oriental no volvería a apagarse en Occidente, siendo continuamente reavivada por diversos maestros y movimientos. Aquí es inevitable evocar la fascinación que ejerció el ruso Gurdjieff en los medios ilustrados europeos. Tras largos y misteriosos viajes por la Mongolia, el Tibet y la India, Gurdjieff se estableció en París, donde dio a conocer su doctrina y fundó la escuela que le sobreviviría. Sólo una clara predisposición de los occidentales en favor de todo lo «extraño», «remoto» y «profundo» del Oriente pudo justificar la complacida audiencia que encontraron en Europa y América los seguidores de Gurdjieff, cuya personalísima doctrina nunca se ajustó a ninguna ortodoxia claramente definida.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el orientalismo recibió un nuevo impulso, proporcional a la crisis que se había vivido. Huyendo de los lugares comunes, harta de la racionalidad y de la técnica, una generación golpeada buscó inspiración en los viejos textos indios y chinos, en particular en los budistas. Nos referimos a la generación beat, cuyo grupo fundacional —con Jack Kerouac y Allen Ginsberg a la cabeza— mezcló su propia poesía con las remotas enseñanzas de Buda, en una apasionada y heterodoxa búsqueda de iluminación. Esa generación tuvo una fuerte influencia sobre las posteriores. Fue ella, en efecto, la que inspiró al movimiento hippy, que renovó la sensibilidad de la juventud americana y europea en la década del sesenta. En plena crisis intelectual, al amparo de una economía expansiva y opulenta, los espíritus más rebeldes volvieron la espalda a la sociedad y a la «vieja política», se opusieron a la guerra de Vietnam, se volvieron hacia la naturaleza elemental, buscando en la iluminación interior —por métodos orientales o cortando camino con drogas alucinógenas como el LSD— la redención de todos los males.
Aunque los hippyes formaron un grupo generacional, es evidente que la afirmación y el desarrollo de lo individual figuraba entre los ideales inspiradores de cada uno de ellos. El individuo se anteponía no sólo a la sociedad, sino también al movimiento, que nunca fue coherente ni siguió directrices unívocas. En este sentido, vale la pena destacar que esa generación no contó con un solo líder, sino, como convenía a su pluralidad, con diversos modelos de referencia. Kerouac y Ginsberg eran los poetas, Leary el profeta del LSD, Dylan y Joan Baez los cantantes, Marcuse el filósofo, Alan Watts el maestro zen... Los pasos de esa generación multicolor se perderían en la década del setenta, aunque sea imposible poner en duda la persistencia de sus fermentos ideológicos en el tiempo presente.
A finales de la década del setenta y principios de la actual han pasado a primer plano varias sectas orientalistas, entre las que podemos citar la del coreano Moon, la del hindú Shree Bhagwan Rajneesh, la de Maharischi Mahesh Yogi y la de Bhaktivedanta Swami Prabhupada. Estos gurús modernos cuentan hoy con incontables seguidores. Empezaron a darse a conocer en la década del setenta y hoy son famosos. Muchos occidentales con el rumbo perdido prefieren confiar ciegamente en un guía. Muchos hippyes derrotados han ido a engrosar el caudal humano que nutre el Neo Sannyas International que acaudilla Shree Bhagwan, el «moonismo», La Nueva Sociedad de Meditación, acaudillada por Maharishi, o La Conciencia de Krishna, cuyo líder carismático es Swami Prabhupada. Entrenados en el individualismo hedonista, esos hippyes, ahora considerablemente más viejos, han sucumbido a los encantos de lo gregario. Pero debe decirse que las mencionadas sectas captan a personas de los más diversos orígenes sociales, no sólo vetustos hippyes, sino también ejecutivos de las grandes empresas.
Los «nuevos maestros» venidos de Oriente han sabido seducir, organizar y dirigir a quienes andan con el rumbo perdido. Los «nuevos maestros» circulan en carísimos automóviles, fomentan por todos los medios un culto personalista centrado en sí mismos, y ofrecen una mezcla de elementos cristianos y budistas sin preocuparse demasiado por la coherencia del conjunto. Hablando de sí mismo, el gurú Maharishi se dirige a sus discípulos en estos términos: «El gurú Maharishi ha sido descrito por todos los santos que han venido a este mundo. ¿Ha existido un rey semejante? Ni Krishna ni Rama fueron reyes tan grandes como Maharishi. ¡Posternáos ante el gurú Maharishi!» Como se ve, la tradicional predilección de los orientales por las organizaciones jerarquizadas —y el correlativo respeto que los de abajo deben al superior— se ha aprovechado en estos casos para la automitificación de los interesados. Estos «nuevos maestros» se preocupan menos por la evolución espiritual de sus discípulos que por obtener su total sumisión, aun al precio de destruirlos. En definitiva, aunque se presenten como depositarios y máximos intérpretes del legado oriental, los gurús mencionados, víctimas de toda clase de apetitos mundanos, no serán quienes tiendan un verdadero puente entre Oriente y Occidente. La auténtica síntesis de ambas culturas —la que soñaron hombres como Tagore— está por hacer y no la harán ellos.
Queda claro, pues, que no es oro todo lo que reluce en la moda orientalista que se vive en Occidente. Los caudillos de las «multinacionales del espíritu»luchan por dominar a sus discípulos, no por instruirlos ni esclarecerlos, y menos por ser fieles al mensaje de los maestros de quienes se declaran herederos. Los poetas de la generación beat tampoco fueron auténticos estudiosos de las culturas orientales; se limitaron a recrear algunos de sus conceptos para enriquecer su propia poesía. Incluso Watts, uno de los maestros del budismo que más influencia ha tenido sobre los hippyes, ha sido objeto de duras críticas por parte de los auténticos conocedores de la materia. Estos le han reprochado su tendencia a convertir el budismo zen en un simple juego intelectual. Watts, en efecto, ha utilizado los célebres koans (breves aforismos cargados de paradojas) como simples motivos de recreo intelectual. Al parecer, ha olvidado que la meditación sobre esos koans era —y es— inseparable de una práctica que, en definitiva, sólo tiene sentido cuando está animada por la voluntad de alcanzar la iluminación. Esa práctica es el llamado zazen: sentado en la posición del loto —o en otras afines—, quien busque la iluminación debe aprender a controlar su respiración y su atención, perfeccionándose en esta severa técnica antes de concentrarse en los koans. Resulta muy importante destacar que la mayor parte de la literatura budista antigua parece conceder poca importancia al al zazen por el hecho de que ésta era una técnica perfectamente conocida, entonces de obvia descripción por estar su enseñanza confiada a la directa comunicación entre el discípulo y su maestro. Lo dicho basta para demostrar que, a pesar de la abundante literatura orientalista que circula por Occidente, todavía estamos lejos de poseer conceptos claros y verdaderos sobre lo que realmente se dijo y se practicó en las fuentes del budismo zen. Sin embargo, a despecho de todos nuestros errores y confusiones, todavía estamos a tiempo para cosechar algunos frutos del legado oriental. Con auténtica sorpresa, el filósofo Martin Heidegger comprobó, casi al término de su vida, que había numerosos puntos en común entre su visión del mundo y las afirmaciones del budismo zen. Por su parte, Huston Smith, profesor de filosofía en el Instituto de Tecnología de Massachussetts, se pregunta acerca de la posibilidad de que el budismo zen dé un gran paso hacia Occidente, como el que dio en el siglo XII hacia el Japón. Huston Smith no quiere hacer predicciones, pero no niega tal posibilidad. En el Japón del siglo XII reinaba la discordia y corría la sangre —como en la época actual—, y precisamente por ello, hartos de luchas absurdas, muchos pensadores y guerreros volvieron la vista hacia el budismo zen, en busca de paz interior. Y en él la encontraron. Que la historia se repita en Occidente hoy o mañana es más difícil, pero no imposible. Por el momento, sólo cabe apuntar que los occidentales han vivido sometidos a graves escisiones, separando el espíritu de la materia, al hombre de la naturaleza, la razón de la intuición. Bajo el signo de esas escisiones se vive aún. Pero los tiempos cambian y se detecta un fuerte movimiento contrario a ellas Entre sus voces más autorizadas se cuentan algunos pensadores que proceden de los dominios de la Física. Así, Fritj Capra —discípulo dilecto de Werner
Heisenberg y profesor de Física Teórica en la Universidad de Berkeley— se ha pronunciado contra todas las escisiones que padece el hombre occidental. En su obra La rueda cósmica leemos: «Una tarde a finales del verano estaba sentado frente al mar y vi llegar las olas y sentí el ritmo de mi respiración, como si de repente tuviese conciencia de que mi cuerpo era parte de una gigantesca danza cósmica.» Esta íntima experiencia de género místico habría sido mejor comprendida, desde luego, por Tchuang Tcheu y Bodhidharma que por los mecanicistas Descartes y Newton, antepasados no tan remotos de este Capra que ahora descubre sus limitaciones.