Apéndice 4. La Industria del Disco
De Mienciclo E-books
LA posibilidad de grabar y reproducir la voz humana, que Edison convierte en una palpable realidad, abre el camino a una doble industria de consumo: la dedicada a la fabricación de aparatos reproductores, los gramófonos, y la que impulsa la comercialización de las placas a reproducir, es decir, los discos.
Las dos primeras compañías que concentran sus esfuerzos en este nuevo campo son Columbia y Victor, ambas norteamericanas, que consiguen, en 1890, poner en el mercado los primeros discos comerciales. Las dificultades técnicas que presentaba un invento tan nuevo no permitían aún la grabación musical y estas primeras placas de baquelita negra contenían tan sólo monólogos recitados por algún actor de moda o diálogos breves sacados de una comedia de éxito. El acompañamiento musical era un simple telón de fondo y el énfasis se ponía en la voz humana, en el milagro técnico que había logrado que se oyera lo que había dicho una persona hacía tiempo y en un lugar lejano; el mensaje transmitido carecía de importancia.
Sin embargo, pasado el primer impacto de la novedad, la incipiente industria del disco comprendió que el futuro de las grabaciones estaba en la música y en el canto. Como el sonido de los instrumentos musicales no se reproducía con un mínimo de fidelidad, se promocionaron los cantantes de voz potente que no necesitaban de buenas orquestas para realzar su voz (lo que supone el principio de la manipulación de los artistas por la industria discográfica, que se ha convertido en norma general). Uno de los primeros en «actuar» delante de un aparato de grabación fue el cantante de ópera Enrico Caruso, obteniendo un gran éxito en la difusión de sus placas. En 1910 todos los cantantes de primera fila estaban ya grabando discos que se distribuían por todo el país. No tardaron en aparecer los primeros «Hit Parades» o listas de éxitos; la casa Columbia inauguró esta forma de promoción musical con su Celebrity Disks y la Victor la siguió inmediatamente con su Red Seal List. La reproducción del acompañamiento musical fue perfeccionándose y en la segunda década del siglo las orquestas más famosas del momento se fueron incorporando al mercado discográfico. Entre los primeros músicos que pudieron oírse en un disco estaba el violinista español Pablo de Sarasate.
La introducción del sistema eléctrico de reproducción en los años veinte marca el inicio de un segundo período en la industria del disco. El perfeccionamiento del sistema permitía ya grabar de todo, se conseguía la misma fidelidad con todos los instrumentos y todo tipo de voces y la venta de fonógrafos y discos aumentó de forma espectacular.
El desarrollo paralelo que durante esos años había tenido la radio supuso, en parte, un freno al negocio discográfico. Resultaba evidentemente más económico escuchar música a través de un aparato de radio que comprar continuamente nuevos discos que se estropeaban con facilidad.
En 1948, y después del impasse que para una industria de diversión y entretenimiento supone la II Guerra Mundial, se abre el tercer período en el perfeccionamiento de las grabaciones musicales, con la introducción del disco microsurco, que permite grabar obras completas en cada una de sus caras y la ausencia total de ruidos en la reproducción.
A partir del microsurco de 45 revoluciones por minuto, la industria discográfica se agiganta y se multiplica. Se fabrican tocadiscos de todos los tamaños, asequibles ya a todos los bolsillos; los discos se abaratan para poder llegar hasta sus clientes más importantes, los jóvenes. Aparecen las cintas magnetofónicas y el casette, que son incorporados inmediatamente por las casas discográficas, como parte de una misma industria musical.
La radio, que había sido un freno para el desarrollo discográfico en los primeros años de su existencia, se convierte pronto en un poderoso aliado que aumenta y extiende la venta de discos. A través de los numerosos programas musicales de pequeñas y grandes emisoras que llegan hasta los más perdidos rincones de la geografía, se lanzan a la audiencia los nuevos discos, los cantantes recién descubiertos, las melodías de moda. Saltan a las ondas una y otra vez, encaramados en las «listas de popularidad» y luchando por los primeros puestos. Son los discos que «hay que comprar», que se deben tener en casa para poder oírlos en cualquier momento, los nuevos ritmos que diferencian a una generación de otra y que dejan anticuada e inservible a toda la música anterior, porque así lo afirman los especialistas radiofónicos que ahora se llaman a sí mismos disk-jockeys.
Pero no sólo la radio puede ayudar. El cine, la prensa y los más modernos métodos publicitarios son captados por la industria del disco para su incremento comercial, y el proceso de promoción y venta de un disco se hace cada vez más complejo: una casa discográfica descubre o contrata a un cantante o un conjunto musical; de acuerdo con el dinero que le haya costado el contrato, decide qué beneficios debe sacar a esas grabaciones. Encarga unas cubiertas atractivas y organiza una campaña de publicidad en los medios de comunicación. Presiona a la prensa especializada para que dé noticia de la vida y milagros de su cantante y a los disk-jockeys para que pongan en antena insistentemente la canción; financia programas radiofónicos con hit parades para que aparezcan sus producciones en buenos lugares, colabora en la organización de un festival supuestamente competitivo que va a otorgar unos premios asignados de antemano a determinadas canciones que, avaladas de esta forma, van a conseguir una promoción más importante… Y así van surgiendo montajes como «La canción del verano», «los discos de oro», los «superventas»… que sirven exclusivamente para que los aficionados adquieran los discos que las compañías discográficas quieren vender, a veces con una calidad musical y técnica bastante baja.
Pero la industria discográfica no es sólo un montaje comercial. En muchos casos la elaboración de un disco ha llegado a convertirse en un trabajo artístico que va más allá de la simple recopilación de melodías más o menos interesantes y su perfecta reproducción técnica. Desde la aparición de discos como el Sargent Peper’s de los Beatles, el disco es una creación en sí misma desde el principio hasta el final de una de sus caras. Se busca un equilibrio, una unidad en todas las piezas musicales que lo componen que den la impresión de un recital vivo y en directo y elimine cuanto sea posible el distanciamiento entre la obra recogida y el aficionado que la escucha. Esta labor de acercamiento del artista al oyente se complementa con unas cubiertas de cuidado diseño, en las que a veces colaboran artistas gráficos, y con algún texto que explique el cómo y el porqué de la grabación. El disco así presentado alcanza ya una nueva categoría que el nuevo nombre de «álbum» expresa ilustrativamente.