Apéndice 4. La Degeneración del Folclore
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FOLCLORE es una palabra de origen inglés formada por la unión de dos términos distintos: folk, que significa «gente, pueblo», y lore, que significa «saber». Esta palabra fue usada por vez primera por el arqueólogo inglés William John Thomas en una carta publicada en el periódico londinense The Atheneum, el 20 de agosto de 1846, para indicar el «saber popular», contrapuesto al saber culto. Ahora bien, el folclore no es todo el «saber popular», pues el pueblo posee también conocimientos que exceden de lo folclórico.El folclore es el saber típico, tradicional del pueblo, saber que engloba aspectos muy diversos: costumbres, supersticiones, proverbios, danzas, juegos, música, literatura popular, trabajos de artesanía, modos e instrumentos de trabajo. Todo este conjunto de hechos refleja una concepción del mundo y de la vida, distinta de las concepciones de las clases «cultas» y es el reflejo de la vida cultural del pueblo, durante siglos apartado de la cultura oficial de las clases dominantes. Como ciencia, el folclore estudia las tradiciones, creencias y costumbres de las clases populares de las naciones civilizadas, siendo una rama de otra ciencia más amplia, la etnografía, que se ocupa también de las condiciones culturales de los pueblos primitivos. El folclore, frente al saber culto, se caracteriza porque sus producciones son colectivas y anónimas. Ello no implica la inexistencia de un creador individual, pero lo peculiar del hecho folclórico consiste en que se pierde la memoria de la invención personal al ser asumida por todo un pueblo que la hace suya y al hacerla suya la orienta, la transforma, quitando o añadiendo detalles, de manera que el producto resultante es distinto del original. El Romancero tradicional español constituye un ejemplo de esta recreación colectiva. Otra característica del folclore es su transmisión oral: la difusión del saber tradicional del pueblo rara vez se encomendó a los libros: por un lado, porque sus poseedores eran analfabetos; por otro, porque por regla general la cultura oficial ha despreciado las creaciones populares. El folclore se transmitía, pues, de padres a hijos o, en el caso de romances, canciones, baladas, a través de los juglares o ciegos. (En España, sin embargo, los grandes autores teatrales de nuestro Siglo de Oro utilizaron a menudo temas y formas de extracción popular en sus obras: por ejemplo, basándose en los versos populares: «Que de noche le mataron/al caballero/ la gala de Medina/la flor de Olmedo», Lope de Vega construyó su célebre obra de teatro El caballero de Olmedo.)
A partir del siglo XIX, el siglo de los nacionalismos y del romanticismo, se empieza a prestar interés al folclore, pues se le considera como parte esencial del «carácter nacional» de cada pueblo, siendo imprescindible su estudio para comprender mejor no sólo el pasado, sino el presente de las naciones. Surge así la ciencia del folclore (esta palabra fue aceptada en España para la primera asociación de estudios populares, fundada en Sevilla en 1881 por don Antonio Machado y Alvarez, padre de los dos poetas Antonio y Manuel) y paralelamente se plantea la necesidad de conservar el patrimonio folclórico de cada pueblo. Este hecho, es decir, el plantearse conservar unas tradiciones que durante siglos habían pervivido sin necesidad de protección oficial, porque el pueblo se identificaba con ellas, indicaba que la relación folclore-pueblo había comenzado a debilitarse. La relación se mantiene y se mantenía aún allí donde el folclore ha llegado a ser interpretado como la expresión de una nacionalidad en lucha por el derecho a su identidad. Este ha podido ser en parte el papel de las sardanas en Cataluña.
En efecto, las grandes transformaciones políticas y económicas que en un grado antes nunca visto empiezan a sucederse desde el siglo XIX hasta nuestros días modificaron profundamente al conjunto de la sociedad, determinando el surgir de nuevos modelos culturales. La industrialización trajo consigo la emigración del campo a la ciudad: en los pueblos, al desaparecer las generaciones jóvenes, se va perdiendo la memoria de las antiguas costumbres, de la artesanía, siendo ésta en gran medida sustituida por la producción industrial.
De hecho, los folcloristas estudian toda esta serie de tradiciones desde un punto de vista arqueológico, como algo muerto, como creaciones del pasado en vez de como un proceso constante de creación. Esto muestra cómo todas estas tradiciones culturales habían dejado de ser algo vivo. Cuando los intelectuales se acercaban al folclore, el pueblo había perdido ya esta identidad cultural. Es a finales del siglo XIX cuando la influencia de estas creaciones sobre la cultura establecida comienza a hacerse mayor. Un ejemplo de esto se halla en el impacto que el jazz, en un primer momento expresión musical de los negros americanos, ha tenido sobre toda la música durante el siglo XX, por ejemplo, la Rapsodia en Blues, de Gershwin.
Sin embargo, al extenderse la civilización urbana, industrial, capitalista, el folclore, expresión de sociedades rurales y precapitalistas, no podía más que desaparecer. En efecto, uno de sus componentes básicos, la idea de una actividad llevada a cabo sin consideración del tiempo gastado con tal de hacer algo bello (la artesanía), chocaba cada vez más con el tiempo como mercancía (una jornada de trabajo contra un sueldo, por ejemplo) que caracteriza a esta civilización. Por otra parte, las diferencias entre «cultura» y «saber popular» se van haciendo cada vez más borrosas al generalizarse la educación y medios de comunicación, como la prensa, el cine y la televisión. De hecho, las dos formas de conocimiento se desvanecen, reemplazadas por una de masas, que no tiene ni los valores de la cultura tradicional ni los del folclore y que en los países más o menos dependientes tiende a borrar los rasgos nacionales en beneficio de los que proceden del modelo americano.
Dentro de este proceso, el folclore o desaparece o se comercializa (esto es característico de la sociedad capitalista donde la cultura se establece como una industria). El caso del flamenco en España es el ejemplo más claro que pueda darse. Un canto de origen popular se convierte en espectáculo para turistas, como en los tablaos, o se diluye hasta llegar a un tipo de canción populachera, llena de tópicos, patrioterismo y machismo, que sólo conserva lejanos parecidos con el cante jondo original. Ante esta comercialización, está claro que el pueblo ya no es el creador, sino el consumidor de este folclore que nada tiene que ver con su realidad y su vida, sino que pretende ser una evasión de esta realidad por medio de un sentimentalismo superficial o de una alabanza gratuita de la vida nacional («Que viva España»). Las nuevas condiciones de vida en la ciudad hacen desaparecer las fiestas tradicionales muchas veces ligadas a un sentido de la religión que ya no existe. Allí donde se mantiene es, sobre todo, por el desarrollo del turismo, y los aspectos de participación popular dejan paso a los de un espectáculo cada vez más destinado a los visitantes y, por tanto, cada vez más artificial (la Semana Santa en Andalucía es un ejemplo evidente).
A pesar de todo esto, en los últimos años se dado una cierta renovación del folclore, que ha tomado diversas formas. Por un lado, se han utilizado formas tradicionales dándoles un nuevo contenido en relación con las aspiraciones actuales del pueblo: es lo que los cantantes como Joan Báez y Pete Seeger han hecho con las baladas de la «folk-music» americana. En otros casos se busca una renovación formal de la música tradicional combinando los viejos instrumentos con invenciones actuales (sintetiza-dor, etc.). Como han hecho músicos de Bretaña con la música céltica. En otros casos se profundiza en los orígenes populares del folclore, poniéndolo en relación con los problemas del pueblo: es lo que Gerena y Menese, entre otros, llevan a cabo con el flamenco, al que tratan de liberar de su carga comercializada y de evasión. Por otra parte, la reivindicación de la fiesta, como tiempo libre, no destinado al trabajo, como ruptura con el ritmo habitual de vida, es muy fuerte en la ciudad actual y algunas fiestas de barrio, por ejemplo, se cenvierten en verdaderas expresiones populares. Así, se puede ver cómo el folclore, entendido como el proceso vivo de crear cultura por parte de un pueblo, no tiene por qué ser el estudio casi arqueológico de que se hablaba al principio ni la caricatura comercial que ahora existe, y que tiene posibilidades de mantenerse en la civilización actual.