Apéndice 4. Jung
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Carl Gustav Jung nació el 26 de julio de 1875 en Kessvil (Suiza), junto al lago Constanza. Su padre era un pastor protestante, atormentado por las dudas teológicas y por las tensiones de un matrimonio mal avenido. Esta frialdad del ambiente familiar marcó los años de infancia del que luego sería discípulo predilecto de Freud y principal disidente de su escuela.
Jung estudió el bachillerato en Basilea. Era un niño introvertido, solitario y asaltado por extrañas visiones, al que sus profesores y condiscípulos consideraron siempre como un «bicho raro». A los diecisiete años descubrió la filosofía y se entregó a su estudio con pasión, buscando en ella una primera respuesta a las preguntas casi metafísicas que durante toda su infancia y adolescencia se había formulado. La lectura de Schopenhauer —el filósofo del pesimismo y de la voluntad— le impresionó profundamente, coincidiendo en ello con Nietzsche en sus años juveniles, por las ideas y el estilo literario del gran pensador alemán.
En 1895 empezó a estudiar medicina en la Universidad de Basilea gracias a una beca solicitada por su padre. Fue un alumno brillante. Al terminar la carrera, por influencia del famoso sexólogo Krafft-Ebings, decidió especializarse en psicología y se trasladó a la capital de Francia para seguir los cursos del prestigioso neurólogo Pierre Janet. Dos años antes, en 1900, había leído La interpretación de los sueños, de Freud y había empezado a interesarse por el espiritismo y el ocultismo, dos temas que le apasionarán durante el resto de su vida. En 1901 apareció su primer trabajo de investigación, que se titulaba precisamente Sobre la psicología y patología de los llamados fenómenos ocultos. <p class="bodytext">En 1903 contrajo matrimonio con Emma Rauschenbach, que le daría cinco hijos, y al año siguiente fundó en Zurich un laboratorio de psicopatología experimental. Entre 1905 y 1909 dirigió la clínica psiquiátrica de la Universidad de Zurich. En 1906 publicó una interpretación psicoanalítica de la esquizofrenia, titulada Sobre la psicología de la dementía praecox, y envió un ejemplar a Sigmund Freud.
El 27 de febrero de 1907 se produjo el primer encuentro entre ambos. La entrevista se celebró en Viena, y a lo largo de ella los dos psicoanalistas mantuvieron una charla ininterrumpida de trece horas. Freud experimentó desde el primer momento una especie de «flechazo» hacia su joven admirador suizo. Por aquella época gozaban ya de gran popularidad los tests de asociación inventados por Jung. Consistían, como ya sabemos, en proponer al paciente una serie de palabras para que reaccionara ante cada una de ellas de forma inmediata y automática. Cualquier demora en la respuesta indicaba la existencia en el subconsciente de un conflicto psíquico relativo al tema. Tanta fue la popularidad alcanzada por estas pruebas que terminaron convirtiéndose en un juego de sociedad.
En 1911 Jung fue elegido primer presidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional, cargo en el que permaneció hasta 1914. Dos años antes había acompañado a Freud en su triunfal gira por los Estados Unidos. Fue precisamente entonces cuando empezaron a manifestarse las primeras discrepancias entre el maestro y el discípulo. Jung se oponía a la interpretación freudiana de la sexualidad, sosteniendo que ésta puede ser expresión simbólica de contenidos psíquicos mucho más profundos e indeterminados. Explicar todos los mitos, sueños y leyendas en función del sexo, tal como hacía Freud, le parecía un falseamiento y empobrecimiento de la realidad. Tampoco aceptaba la tesis de que todos los conflictos psíquicos se originan en la infancia, admitiendo la existencia de neurosis actuales, surgidas en la edad adulta.
La ruptura se hizo absoluta e irreversible en 1912, cuando Jung publicó la obra Transformaciones y símbolos de la libido, en cuyas páginas sostenía que los deseos edípicos experimentados por el hijo hacia su madre no son meramente sexuales y biológicos, sino que hunden sus raíces en el anhelo —mucho más vasto y profundo— de un renacimiento y recreación del selbst o sí mismo, término fundamental en la psicología junguiana.
Comenzó entonces para Jung, a raíz de su ruptura con Freud y de su renuncia al cargo de presidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional, un período de intensa agitación psíquica. En 1918 empezó a dibujar símbolos alquímicos y mandalas (o figuras circulares) de inspiración oriental, a los que atribuía una profunda significación psicológica, percibiendo en ellos el mensaje enviado por las capas más remotas y desconocidas de la psique.
Dos años después visitó Túnez y se adentró en el Sahara. Fue éste su primer contacto con una cultura no occidental. A partir de entonces, ya nunca decayó su interés por las razas orientales y los pueblos primitivos. En años posteriores realizó frecuentes y largos viajes por Kenia, Uganda, la India, México y Arizona, donde convivió con los indios Pueblos. Jung ha sido uno de los grandes valedores del pensamiento oriental en Occidente y el principal responsable de la fascinación ejercida por el budismo e hinduismo sobre los jóvenes de la hora actual.
En 1921 publicó Tipos psicológicos, libro que le dio mucha celebridad y en el que por primera vez se formulaba la distinción entre individuos extrovertidos e introvertidos, que muy pronto rebasó las fronteras del psicoanálisis y pasó a formar parte del lenguaje común.
En 1923 empezó a construir una curiosa vivienda a la que puso el nombre de «La Torre» y para cuya arquitectura se inspiró en las chozas circulares de los pueblos primitivos. Posteriormente, casi hasta el final de sus días, fue añadiendo nuevas alas y dependencias a este edificio, al que atribuía una íntima y especial importancia, y en el que pasó aproximadamente la mitad de su vida descansando y trabajando.
Jung murió en 1961. Sus últimos años fueron de intenso estudio, meditación y aislamiento. Entre sus muchas obras, además de las ya citadas, cabe destacar las siguientes: Arquetipos del inconsciente colectivo, Los complejos y el inconsciente, Psicología de la transferencia, Psicología y alquimia, Psicología y religión, El yo y el inconsciente, El secreto de la flor de oro, Recuerdos, sueños y pensamientos y Teoría del psicoanálisis. En su último trabajo, titulado Sobre cosas que se ven en el cielo, Jung analizó el interesante fenómeno de los llamados platillos volantes y llegó a la conclusión de que éstos son mandalas, esto es, oscuros símbolos proyectados en el espacio por la imaginación de quien los ve.
Una válvula de seguridad: los sueños
Jung definía los sueños como «la autorrepresentación espontánea y simbólica de la situación actual del inconsciente», pero admitía que en muchos casos su función es simplemente compensadora, algo así como una maniobra del inconsciente para completar, reparar o equilibrar una tendencia consciente exageradamente desarrollada. Dicho de otro modo: el sueño, según Jung, puede actuar como un mecanismo equilibrador de la psique. Soñamos para ser más cuerdos.
El inconsciente colectivo
Jung sostiene la existencia en la psique de un estrato aún más profundo que el inconsciente freudiano. Se trata del inconsciente colectivo, común a todos los hombres y adquirido no por experiencia, como sucede con el inconsciente individual, sino por herencia. Esta recóndita y vasta región de la psicología humana no es, decía el propio Jung, «ni concentrada ni intensiva, sino crepuscular hasta la oscuridad. Abarca una superficie inmensa y acoge los elementos más heterogéneos que quepa imaginar, disponiendo además de una gran cantidad de percepciones subliminales, así como el inapreciable tesoro de las estratificaciones psicológicas y culturales acumuladas en el curso de su vida por nuestros antepasados […]. Si pudiéramos personificar las características del inconsciente colectivo, éste se nos presentaría como un ser humano de índole abstracta y general situado al margen de los sexos, de la juventud y de la vejez, del nacimiento y de la muerte, y provisto de la experiencia más o menos inmortal acarreada por uno o dos millones de años. Ese ser planearía por encima de las vicisitudes del tiempo. El presente no tendría más significación para él que la de un año cualquiera correspondiente a cualquier milenio anterior a Cristo. Sería un soñador de sueños seculares y, gracias a tan desmesurada experiencia, un incomparable oráculo y profeta, pues habría vivido la vida del individuo, de la familia, de las tribus y de los pueblos, todas ellas infinitamente repetidas, y conocería los secretos rítmicos del devenir, el esplendor y la decadencia».
Los arquetipos
¿Cómo puede demostrarse la existencia de esta entidad supraindividual descrita por Jung? Observando los mitos y las leyendas populares de todos los países. En ellos —dice el psicólogo— se perciben una serie de temas repetidos hasta la saciedad, con más o menos variantes, por encima de las diferencias de época y de lugar. Esos mismos temas aparecen una y otra vez en los sueños individuales, en los delirios de los psicópatas y en las visiones de los grandes reformadores religiosos. Son factores constantes de la psicología humana, situados más allá de cualquier diferencia histórica, racial o cultural. Jung los bautizó inicialmente con el nombre de imágenes primordiales, pero luego prefirió la denominación de arquetipos (de clara resonancia platónica). Este concepto es, quizá, la aportación más importante de Jung no sólo al psicoanálisis, sino a la cultura universal. Los arquetipos condicionan y determinan las decisiones tomadas por la voluntad consciente. Son modelos absolutos con arreglo a los cuales se organiza el comportamiento de los individuos y de los pueblos. El ejemplo más claro de conducta arquetípica es la derivada de los instintos, que son por definición innatos, universales y más fuertes que la voluntad consciente.