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Apéndice 4. Imagineria e Imagineros. Arte de España y America

De Mienciclo E-books

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ES difícil señalar los límites que separan la imaginería de la escultura, pintura y orfebrería. Se incluyen bajo esta denominación las esculturas desplazables, talladas como elementos independientes de imágenes religiosas, los altares y retablos escultóricos. En su mayoría pertenecen al arte popular y surgieron de la necesidad de la Iglesia de llegar a todos los sectores.

En la Edad Media, entre los siglos XI y XIII, aparecieron ya numerosas imágenes, que en su mayoría eran de madera o de piedra, aunque las había también de metal. Entre estas últimas, uno de los mejores exponentes de esa actividad es la Virgen de la Vega de Salamanca, que se encuentra actualmente en la catedral de dicha ciudad. Es de bronce y plata, esmaltada, tiene el trono adornado con imágenes de ángeles y santos, y sus ojos son de material vitreo. Como la mayor parte de las estatuas de esos siglos, representa a la Virgen sentada con el niño en los brazos. Son abundantes también los crucifijos románicos y las imágenes de los santos.

En el siglo XVI, durante el Renacimiento, los imagineros españoles siguieron apegados, como en el período gótico, al uso de la madera policromada, con la que podían manifestar plenamente el gusto por lo dramático y por la riqueza. Estas imágenes renacentistas aspiraban a producir el efecto de la riqueza deslumbrante de una gran obra de orfebrería y la ilusión de realidad en una representación teatral.

La técnica que se seguía en la realización de las imágenes era muy laboriosa y especializada. En primer lugar, se tallaba la madera y luego se le daba una primera capa de yeso. En la parte correspondiente a los ropajes se aplicaban capas de oro y plata (técnica de estofado) y luego se daba el color por medio de esmaltes. La capa de color aplicada sobre los metales se rayaba con algún dibujo, dejando así el oro y la plata a la vista en una primera decoración de tipo esgrafiado. Sobre el resto de la capa de color volvía a pintarse una segunda decoración. La parte de policromía de rostros, manos, pies y desnudos se llamaba «encarnado» y la hacía, generalmente, no el escultor, sino el pintor.

En el siglo XVI floreció fundamentalmente el arte de los retablos. De este período son el de Montearagón, en la Catedral de Huesca, cuyo autor fue Morlanes (?-1520), y el retablo mayor de la Capilla del Condestable en Burgos, de Diego Siloé (?-1563). Hubo dos figuras de esos años que se destacaron como escultores, con una gran influencia de Miguel Angel: Berruguete (1488-1561) y Juan de Juni (?-1577). Ambos hicieron imágenes que sobrepasaron los límites de este arte, considerado menor, que es la imaginería. De Berruguete se destacan, en su retablo de San Benito, de Valladolid, las imágenes de Abraham e Isaac, la de San Jerónimo, etc. El dramatismo es muy grande; las figuras de santos y profetas, en sus dos Transfiguraciones de la Catedral de Toledo, parecen llenas de vida interior y son consideradas como las imágenes más valiosas. La obra más popular del francés Juan de Juni es la Virgen de los Cuchillos, de la iglesia de las Angustias, en Valladolid.

La técnica de la policromía siguió cultivándose por los escultores barrocos en el siglo XVII. Junto a la imaginería de retablo del siglo anterior, que seguía vigente, aparecía con un desarrollo creciente la imaginería de carácter procesional, que en ese siglo cobró una inusitada importancia. Las procesiones eran espectáculos a cielo abierto que vivía toda la población y cuyo centro era la imagen escultórica. Dentro de ese espacio escenográfico, más que la delicadeza en el modelado, se buscaban valores expresivos muy de acuerdo con el estilo barroco.

Las imágenes se podían hacer de talla completa o incompleta, o sea, trabajando sólo cabezas, manos y pies, mientras el resto del cuerpo era un maniquí para ser recubierto con vestiduras de tela bordadas en oro y plata. Las imágenes de vestir no eran invención del barroco, pero fueron muchos los imagineros que eludían el trabajo del desnudo o del tallado de la ropa. En el siglo XVII fue el de los grandes maestros imagineros andaluces y vallisoletanos.

En Valladolid se destacó Gregorio Fernández (1576-1636), quien interpretó la realidad en su forma más directa posible, sin detenerse ante el horror trágico de la muerte. El Cristo yacente es uno de sus temas favoritos; el Cristo desnudo reclina la cabeza sobre un almohadón, mostrando su boca y ojos entreabiertos con un vivo realismo. Los rostros de sus Cristos expresan el horror de una muerte dolorosa. También representó Inmaculadas e imágenes de santos.

Sevilla fue la escuela de máximo florecimiento, y entre los maestros andaluces se destacó Martínez Montañés, nacido en Jaén, (1568-1649). Sus imágenes son serenas y equilibradas y sus santos, en actitudes contemplativas, reflejan en el rostro un cierto sentimiento de tristeza. Entre sus obras hay un San Cristóbal en la iglesia del Salvador, el retablo de San Isidro del Campo, cerca de Sevilla; y los retablos de los Santos Juanes de la iglesia de San Leandro en Sevilla, donde se destaca la figura del Bautista. Más dramático, el cordobés Juan de Mena fue, fundamentalmente, escultor de imágenes procesionales. Su obra más popular es el Cristo del Gran Poder, una imagen de talla incompleta, con la cruz a cuestas, de la iglesia de San Lorenzo. Otros maestros sevillanos fueron Felipe de Ricas, José de Arce, Pedro Roldán, la hija de éste, llamada la Roldana, Ruiz Gijón y Duque Cornejo. Este último, muerto en 1757, se distinguió por sus imágenes en actitudes violentas y paños agitados. En Granada destacan Alonso Cano (1601-1667), José de Mora (1642-1724), José Risueño (?-1721) y Torcuato Ruiz del Peral (?-1773).

La conquista y colonización española de América provocó un arte colonial, nacido del encuentro de dos culturas. La imaginería jugó un papel importante en esas tierras donde se pretendía transformar la indígena en un fiel más. En el Nuevo Mundo se diferencian y destacan cinco zonas en el arte de la imaginería.

La imaginería de Quito fue la más importante dentro de Hispanoamérica, Los imagineros quiteños eran los más famosos de la época colonial, y sus obras se encuentran a lo largo y ancho de toda América. Fue heredera directa de la escuela española, especialmente del arte de Martínez Montañés y Alonso Cano; pero los imagineros quiteños sintieron también las influencias regionales y aun algunas exóticas, como sería la aportada por los artistas traídos de Extremo Oriente por los misioneros franciscanos. El material que preferían era la madera policromada y con mucho brillo. Los «encarnadores» eran los encargados de abrillantar las imágenes. Los colores utilizados obedecían a ciertos cánones de los cuales difícilmente se apartaban; así por ejemplo, la Inmaculada Concepción llevaba vestido azul y blanco; San Juan, verde y rojo; San José, verde y ocre, etc. Diego de Robles y Luis de Rivera, ambos procedentes de España, fueron los dos primeros imagineros que tuvo Quito en la segunda mitad del siglo XVI. Muchos nombres de imagineros quiteños llegaron a nuestros días: el P. Carlos, que se distinguió por la maestría con que tallaba cabezas, manos y pies; José Olmos, exageradamente realista, con sus Cristos llagados y cubiertos de sangre; Legarda, especializado en retablos; Juan Bautista Menacho; el indio José de Paz; el maestro Uriaco, etc. Aparecieron también imágenes de cera destinadas a los nacimientos. En el siglo XVIII se destacaron dos monjas como imagineras: sor María de San José y sor Magdalena. Además de las obras de estos maestros, hubo una producción anónima tan abundante como valiosa.

En México, hasta el siglo XVII, las imágenes eran traídas de España para cubrir las necesidades religiosas. Esto retrasó la aparición de imagineros locales, y sólo en el siglo XVIII encontramos a José Antonio Villegas Cora. Sus imágenes no eran siempre de talla completa, pues la mayor de ellas las hizo para vestir. Algunas de sus obras fueron traídas a España. Las imágenes de José Antonio Villegas se diferenciaban de las anteriores por ser de talla completa, distinguiéndose por el trato de los paños. Fray Sebastián Gallego, el maestro Bartolico, Francisco Rodríguez, Mariano Perusquia y Mariano Arce son otros imagineros mexicanos.

La imaginería en Guatemala aportó obras de una especial maestría. Las imágenes en madera tenían una altura entre 10 y 40 centímetros, talladas en una sola pieza. El tamaño pequeño les permitía utilizar la madera de la raíz del árbol, de los que preferían el cedro y el níspero. Esta madera la mantenían cuatro años sumergida en agua y luego dos años expuesta al sol. Una vez preparada de esta forma, era tallada; luego le daban una mano de yeso, otra de metal (oro y plata) y una tercera de esmalte. El metal se bruñía con una piedra ágata hasta lograr una «transparencia de carne» e identificar el metal con la madera. Con los esmaltes daban color al ropaje propio de la imagen. Grandes maestros en la antigua Guatemala fueron Bernardo Cañas, Pedro de Brizuela, Quirio Cataño y Juan de Aguirre.

Los jesuitas fundaron misiones en las selvas del antiguo Paraguay. Allí se desarrolló una imaginería que, junto a la pintura y arquitectura, dieron como resultado un arte llamado juesuitico-guaraní. En estas misiones los indígenas hacían estatuas e imágenes para las iglesias, trabajando bajo la dirección de los jesuitas y realizando sus obras con modelos europeos, pero pusieron en ellas características propias que las distingueron del resto de la imaginería americana. Uno de los pocos imagineros de los que se supo el nombre fue José el Indio, que, habiendo sido formado en las misiones, trabajó posteriormente mucho tiempo en Buenos Aires.

El Cuzco fue uno de los principales centros artísticos de América. En el siglo XVII se había establecido una Escuela de Bellas Artes que fomentaba la producción artística, sobre todo la de carácter religioso. Casi toda la producción cuzqueña es anónima. Entre las más importantes obras de estos imagineros figura un San Sebastián, talla de un artista indígena del siglo XVII, que se conserva en el templo que lleva su nombre. La Virgen de la Almudena fue mandada tallar por un obispo y fue hecha por el escultor indígena Juan Tomás y está considerada como una de las mejores del Cuzco.