Apéndice 4. Historia de un Extraño y Sorprendente Aparato: El Telescopio
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Introducción
«GRANDES cosas, por cierto, propongo en este breve tratado a quienes investigan la naturaleza…, ya sea por la importancia de ellas mismas…, o bien por el instrumento gracias al cual se han manifestado a nuestros sentidos.»
Con estas palabras comienza Galileo su obra El mensajero de los astros, impresa en Venecia en el año 1610. En ella nos da cuenta fundamentalmente de dos grandes descubrimientos: que «La luna no está recubierta en absoluto por una superficie lisa y pulida, sino áspera y desigual, y que, como la faz de la Tierra, está llena de grandes protuberancias, profundas lagunas y anfractuosidades», y de haber descubierto cuatro planetas errantes que giran alrededor de Júpiter. No es necesario volver a insistir en la transcendencia de estos descubrimientos, ya comentados en anteriores capítulos.
Se ha sacado a relucir esta obra de Galileo por cuanto, en su prólogo, nos habla de un «instrumento» con cuyo auxilio ha podido demostrar sus afirmaciones antes enunciadas. Nos lo relata así:
«Hace aproximadamente diez meses, llegó a mis oídos la noticia de que cierto flamenco había construido un “anteojo”, mediante el cual los objetos visibles, aunque distaran mucho del observador, se distinguían claramente como si estuvieran cerca; y se hablaba de ciertas experiencias que se lograron con este admirable efecto, creídas por unos, negadas por otros. Pocos días después, un ilustre francés, Jacques Badouvere, me confirmó lo mismo desde París por carta, lo cual fue motivo de que me consagrara íntegramente a investigar las razones y a descubrir los medios a través de los que llegaría a inventar un instrumento similar, lo que logré poco después, basándome en la doctrina de la refracción. Primeramente, preparé un tubo de plomo, en cuyos extremos apliqué dos lentes, ambas planas en una de sus caras, mientras que, en la otra, una de las lentes era convexa y la otra cóncava. Al aplicar el ojo en la cara cóncava, vi los objetos muy grandes y cercanos; aparecían tres veces más cercanos y nueve veces más grandes de lo que se verían con el sentido natural de la vista. Posteriormente, construí otro más exacto, que mostraba los objetos setenta veces mayores. Por último, sin ahorrar trabajo ni gastos, llegué al punto de construir un instrumento tan excelente que, por su intermedio, las cosas se veían casi mil veces mayores y más de treinta veces más cercanas que si se las observara tan sólo con las facultades naturales.»
Muchos pasos en la misma dirección
Como el mismo Galileo cuenta, él no es el «inventor» de tan maravilloso instrumento; ahora bien, esto no le resta en absoluto todo el mérito que merece; en primer lugar, advirtió la importancia de dicho instrumento para la investigación astronómica, aspecto en el que hasta ese momento nadie reparó; en segundo lugar, no sólo advirtió su importancia, sino que lo utilizó constantemente, demostrando en la práctica su gran utilidad; en tercer lugar, supo difundir su importancia científica y, por último, sus telescopios fueron técnicamente los más perfectos de su época.
Pero, ¿quién fue en realidad su descubridor? La solución es un poco dudosa; sin embargo, lo fundamental es comprender el proceso que llevaría a su «creación».
En las postrimerías del siglo XII y a comienzos del siglo XIII, ciertos artesanos trabajaban unos cristales en forma de lentejas, «lentejas de vidrio» o «lentes cristalinos» (hoy diríamos cristales biconvexos o lentes convergentes), que se utilizaban para leer y que, por cierto, no merecieron la atención necesaria por parte de los científicos de la época.
De los trabajos de óptica del franciscano inglés Roger Bacon (1214-1294), se deduce que conocía las leyes de la reflexión y la refracción de la luz y pensaba que, colocando adecuadamente varias lentes, podríamos obtener un aparato que aumentaría el tamaño por el que se perciben los objetos lejanos a nuestra vista, pero lo cierto es que no se encuentra referencia alguna que nos haga pensar que Roger Bacon se propusiera construir tal aparato, y menos aún que lo llevara a cabo.
Algunos autores hablan también de un matemático de Oxford, Leonard Digges, que, según nos relata su hijo, construyó un anteojo, si bien este aparato no pasaba de ser un entretenimiento.
En 1589 Giovanni Battista de la Porta (1535-1615), en su libro Magia Natural, se ocupa de las «lentes de cristal», aunque nñ da explicación científica alguna del porqué de sus propiedades, indicando, no obstante, su importancia y utilidad. En 1593 vuelve a tratar el mismo problema en su libro Acerca de la refracción, donde estudia diversas formas de combinar lentes y los efectos que se podrían obtener de tales combinaciones; sin embargo, no da reglas para ellas ni añade nuevos elementos teóricos a los expuestos en su anterior libro.
Parece ser que en 1590 aparece en Holanda un anteojo de construcción italiana, si bien no existen datos que lo prueben de modo inequívoco; no obstante, es seguro que, al comienzo del siglo XVII, los fabricantes de gafas holandeses vendían anteojos como juguete y para su utilización en los teatros; incluso se tienen referencias en las que se afirma haber mirado con un anteojo al cielo y no haber advertido nada de particular.
El 25 de septiembre de 1608, Juan Lippeshey ofrece a Mauricio de Orange un anteojo como instrumento utilizable con fines militares, y el 2 de octubre del mismo año le es concedida una patente para su fabricación, según consta en los registros de La Haya. Quince días después, también obtiene una patente Jacobo Metió (a quien Descartes atribuye la paternidad del anteojo).
De cómo llegó el constructor de lentes Juan Lippeshey al descubrimiento del anteojo se cuentan varias historias. Una de ellas introduce un segundo personaje, un niño, que, jugando con varias lentes en el taller, pudo observar objetos lejanos a «corta» distancia. Otra versión afirma, de modo análogo, que fue el mismo Juan Lippeshey quien, manejando unas lentes, vio una veleta alejada como si estuviera en su ventana. Una tercera posibilidad es que Lippeshey copiara un anteojo construido por otro óptico, si, como parece ser, ya existía desde 1590.
Nos encontramos en 1609; el anteojo holandés ha llegado a manos de Galileo, tal y como nos ha relatado él mismo. Este es el momento de hacer un alto en la narración y preguntarnos: ¿Es la historia de los descubrimientos científicos y técnicos una sucesión de casualidades, de hechos fortuitos, ocurridos a unos hombres ilustres? Puede haber lectores que den una respuesta afirmativa a nuestra pregunta, ya que la teoría en ella enunciada está muy extendida, pero a quien así piense van dirigidas unas reflexiones.
Las razones profundas de este invento
Durante los siglos XIII y XIV eran conocidas las lentes y alguna de sus propiedades, aunque se ignoraba el porqué de éstas; existían artesanos dedicados exclusivamente a la confección de las «lentejas de vidrio» usadas, aunque restringidamente, para leer (también la lectura era una actividad reservada a muy pocos hombres). A partir de esta época, en que los artesanos ópticos saben trabajar las lentes, ya tenemos las condiciones técnicas para la aparición del anteojo, ¡casual o teóricamente, es posible su construcción! Por otra parte, la navegación se desarrollaba cada vez más, con lo que su necesidad comienza a ser imperiosa, así como para fines militares e investigación astronómica.
Efectivamente, sería necesario el crecimiento económico en Europa a lo largo del siglo XVI, y por tanto el desarrollo de la manufactura, en concreto de la «óptica», junto con las nuevas concepciones científicas e ideológicas que supuso el Renacimiento, para que la aparición del «instrumento» constituyera una realidad.
Durante esta centuria, los científicos y constructores de lentes llevan a cabo varias tentativas de construcción del «aparato» que no llegan a cuajar. Ya a finales del siglo XVI, el desarrollo y aceptación de la teoría heliocéntrica necesita imperiosamente la creación del anteojo, a fin de obtener las pruebas concluyentes para la teoría. Por tanto, no es de extrañar que sea una persona ligada a la elaboración de dicha teoría, Galileo, quien advierta la transcendencia del invento de los artesanos holandeses. Si Galileo no hubiera reparado en la importancia del anteojo, es presumible que, pocos años después, Kepler u otro astrónomo copernicano hubiera sido su «descubridor».
Pero volvamos a nuestra historia; sabemos cómo llega a Galileo la «idea» del anteojo, pero ¿cómo lo semiinventa? Los antecedentes documentales nos llevan a noviembre de 1614, es decir, cinco años después de que Galileo lo construya. Juan Tarde solicita a Galileo información sobre el fenómeno de la refracción y acerca de la posibilidad de construir un anteojo que dé un aumento determinado a priori. La respuesta que obtiene es concluyente: «Esta ciencia no se conoce bien (la teoría de la refracción), y aunque Kepler, en su libro Dióptrica (1611) pretende exponerla, así como el funcionamiento del anteojo, sus argumentos son tan oscuros que, sin duda, él tampoco los entiende.» Podemos deducir que Galileo no encontraba explicación a los fenómenos de la refracción y, por tanto, sus anteojos fueron construidos tanteando con diversas combinaciones de lentes, lo cual es también meritorio; por otra parte vemos que a Galileo, un tanto soberbio, no le parecía aceptable la posibilidad de que otro hombre explicara aquello que él desconocía.
La realidad no se acepta fácilmente
Galileo, tras construir su anteojo, necesitaba convencer a los prohombres de la época de la importancia de su hallazgo y sus descubrimientos astronómicos; era consciente de que esta tarea no iba a ser fácil y supo preparar su ataque. Los hombres poderosos recibieron como regalo un anteojo: el gran duque de Toscana, su protector, fue el primero, pero también Ernesto de Baviera, príncipe Elector del Sacro Imperio Romano en Colonia, recibió otro, por si acaso hubiera que utilizar su «recomendación» en los momentos difíciles. Algunos anteojos más construyó Galileo destinados a reclamos publicitarios. Pero era necesario demostrar otras aplicaciones del anteojo para conseguir popularizarlo; como es natural, el interés de la astronomía no sería el mejor camino. Las palabras de Galileo son aclaratorias: «... pudiendo en el mar, con dos horas de adelanto, descubrir antes de que lo seamos nosotros, a nuestros enemigos, sabiendo el número de sus naves y sus fuerzas, así como en tierra las fortificaciones y campamentos desde prominencias lejanas...» En una carta a Benedicto Landucci, fechada en agosto de 1609, le explica un método que, basándose en los eclipses de los planetas de Júpiter, permite saber si en dos puntos distantes geográficamente, es la misma hora y, como consecuencia de esto, calcular la longitud —coordenada geográfica— de uno de ellos, conocida la del otro. Este método para calcular longitudes por diferencia horaria posiblemente era usado ya en la antigua Grecia, pero utilizando los eclipses de Sol y de Luna. Al ser mayor la frecuencia con que los cuatro planetas mediceos presentan eclipses y, siendo observables con el anteojo, es evidente el avance que esta aplicación del invento supuso para el desarrollo y perfeccionamiento de la cartografía y su empleo en la estrategia militar y los transportes navales; no podemos extrañarnos de que los Estados Generales de Holanda ofrecieran 25.000 florines a aquel que resolviera el problema del cálculo de longitudes geográficas (con los instrumentos de la época, el cálculo de la latitud era sencillo).
Galileo andaba con pies de plomo, era consciente de los problemas de su época; su actividad divulgadora, en parte debida al afán de ganar partidarios entre los poderosos, se multiplicaba, invitando a los notables a acudir a su observatorio para que comprobaran por sí mismos la bondad del nuevo invento; incluso alguno, como César Cremonio, primer filósofo de la Facultad de Pisa, se negaba sistemáticamente a acercarse al ocular del telescopio, alegando el dolor de cabeza que le producía. En la Italia de entonces, reconocer que con un aparato extraño se pueden observar objetos no apreciables a simple vista, podía ser peligroso: «cosas de magia y brujería» o «invenciones de un loco», decían. Por otra parte, algunas de las demostraciones públicas no darían los resultados apetecidos.
No obstante, como recompensa a su descubrimiento, Galileo fue nombrado profesor vitalicio del Estudio de Padua, con el máximo sueldo que se podía percibir, pero, meses después se traslada a Florencia, nombrándole el gran duque «primer matemático y filósofo adjunto a su persona», cargo que le crea nuevos enemigos, propagándose noticias que intentaban restar importancia a su descubrimiento. Muestra de éstas son las cartas enviadas por Juan Bartoli a Vinta, ministro de Florencia, indicando que «en Flandes y Francia se venden anteojos tan buenos como los de Galileo, muy baratos, y además éste los construye con las indicaciones de Sarpi, al que se lo mostró un flamenco...» y «... un francés lo vende en Venecia muy barato, por tres o cuatro cequíes».
Entre el telescopio de Galileo y los grandes telescopios actuales se han sucedido no sólo los años; también lo han hecho las grandes transformaciones revolucionarias de la ciencia y de la técnica. Más adelante veremos en qué medida se ha transformado el telescopio como consecuencia de estos avances, pero no podemos dejar de señalar que, básicamente, los «grandes monstruos actuales» son semejantes a los que Galileo enviaba como regalo.