Apéndice 4. Hacia la conquista del espacio
De Mienciclo E-books
ALGUNOS inventos representan para la humanidad un cambio tecnológico tan profundo que terminan por originar transformaciones decisivas en la sociedad: si bien la cultura es para los humanos lo que la tela es para la araña, la cosmonáutica es un hilo sedoso, segregado desde el mismo abdomen social que produjo el automóvil, la penicilina, la electricidad o la bomba atómica, pero lo que diferencia a este hilo sedoso es que no está enganchado, anudado; se dirige al infinito, y pone a la especie humana en un camino en donde lo relativo subsiste, pero lo fantástico se impone, y por fin, innumerables nuevos mundos se reflejan en nuestros ojos. La araña no se hubiera atrevido. Y si uno de sus hilos se rompe, abandona el nido; no sabe reconstruirlo. Los humanos sí, claro que al precio de correr grandes riesgos: en su insaciable búsqueda ponen, a veces, en peligro su seguridad. Pero no olvidemos que el planeta Tierra no deja de ser una gigantesca nave recorriendo el espacio.
Hay quienes aseguran que las comunicaciones con satélites sólo representan una prolongación de los medios de comunicación actuales. Esto es como asegurar que la bomba atómica es sólo una bomba más. No. Cuando se inauguró la era espacial, con el primer «Sputnik», el 4 de octubre de 1957, la humanidad se internó en una dimensión, que si queremos buscarle un antecedente, ateniéndonos a la teoría de Carlos Roberto Darwin (1809-1882), se parece a la de ese lejano pariente, cuando por motivos difíciles de establecer se incorporó, caminó sobre dos patas y tomó la rama de un árbol para procurarse alimento o defenderse.
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Hace cinco mil años el año ya tenía trescientos sesenta y cinco días
Hace cosa de cinco mil años en Babilonia se dieron los primeros pasos hacia una explicación científica del Universo. Para ellos, la astronomía estaba ligada a la astrología y la magia, pero no fueron impedimentos para que tres mil años antes de nuestra era conocieran el movimiento de Venus, el lucero del alba, y mil años más tarde trazaran la ruta de los planetas del Zodíaco. Arqueólogos e investigadores contemporáneos han encontrado tablas que indican la trayectoria de Venus entre los años 1921 y 1901 antes de nuestra era, y trozos de greda en que se encuentra grabado el calendario babilonio con su año dividido en doce meses de treinta días cada uno. Los egipcios agregaron al año solar un período de festejos de cinco jornadas, llegando así al total correcto de trescientos sesenta y cinco días. Sabían calcular de antemano la posición del Sol y de la Luna, conocían los relojes solares, y trece siglos antes de Cristo ya habían identificado a 43 constelaciones y los cinco planetas visibles sin ayuda de telescopios: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno.
Sin embargo, ni babilonios ni egipcios comprendieron la verdadera naturaleza de la Tierra y de los cuerpos celestes. Milenarios papiros egipcios relatan que el Universo se componía, en sus orígenes, de una gran masa de agua, en la cual germinó el Sol y una tierra plana que flotaba sobre las olas. También Tales de Mileto (640-547, aproximadamente), que vivió en Grecia, y cuyos conocimientos astronómicos le permitieron predecir con exactitud un eclipse solar, creía que la Tierra tenía forma de disco, flotaba en el océano y estaba cubierta por una cúpula —el cielo— que contenía las estrellas.
Durante los siglos siguientes los geniales astrónomos griegos se fueron aproximando a la verdad. Pitágoras, nacido en el 572 antes de Cristo, adivinó que la Tierra tenía forma de esfera y sugirió que el Universo entero era esférico, idea compartida por muchos atrónomos contemporáneos. Heráclito de Efeso (576-480 antes de Cristo), a su vez, intuyó un universo en constantes cambios, y Anaxágoras (500-428, aproximadamente, antes de Cristo), descubrió que la Luna no tiene luz propia, sino que refleja la del Sol. Heráclides de Ponto, en el siglo IV antes de Cristo, afirmó que la Tierra gira en torno de su eje y que Mercurio y Venus describen órbitas en torno del Sol; pero sólo Aristarco de Samos, muerto en el 230 antes de nuestra era, osó sostener que también la Tierra se movía en derredor del astro rey.
Su teoría, demasiado revolucionaria, fue ridiculizada por sus contemporáneos. Pasarían más de dos mil años antes de que fuese prudentemente aceptada. Y pasaron cinco mil años para que la primera mujer ingresara en este mundo cósmico.
En el Renacimiento
Tras los comienzos de la era cristiana, los astrónomos de Alejandría siguieron acrecentando el acervo de conocimientos humanos. Se calculó la circunferencia terrestre (Erastóstenes, 284-192 aproximadamente, antes de Cristo) y se confeccionó un catálogo de 850 cuerpos terrestres (Hiparco, siglo II antes de Cristo).
Pero, ya sobre Europa descendía la larga noche de la barbarie medieval, que pondría fin, durante quince largos siglos, a las conquistas del nuevo saber. Sólo los árabes musulmanes agregarían algunos descubrimientos durante el gran florecimiento de su cultura, ocurrido en los alrededores del año 1000.
El nuevo auge sobrevendría con el Renacimiento: como en todos los demás campos del saber humano, también la exploración teórica del mundo, en el siglo XVI, representó una cumbre difícil de igualar. En 1543, el polaco Nicolás Copérnico (1473-1543), publica su monumental De la revolución de los cuerpos celestes, en la que demuestra que el centro del sistema solar es el Sol, alrededor del cual giran la Tierra y los demás planetas. Otros astrónomos, el alemán Johannes Kepler (1571-1630), añadió un nuevo descubrimiento: el camino recorrido por los planetas no es circular, sino elíptico. El italiano Galileo Galilei (1564-1642), fue el primero en usar el telescopio para observar el firmamento y destruyó para siempre la teoría de un Universo perfecto e incambiable. En 1632 publicó sus descubrimientos defendiendo con ardor la teoría de Copérnico, condenada ésta por la Iglesia católica como contraria a las Sagradas Escrituras: su herejía —creer que la Tierra se mueve en torno del Sol— atrajo sobre su cabeza las iras de la Santa Inquisición y debió desdecirse para escapar a las torturas y a una muerte segura en la hoguera. Su inmortal frase, pronunciada después de abjurar de sus teorías ante las autoridades eclesiásticas —Eppur si mueve (Y sin embargo, ¡se mueve!)—, lo marcó para siempre como rebelde a las enseñanzas de la época, que sostenían inefablemente que el mundo era inmóvil. Murió ciego y confinado en su cuarto en 1641.
Pero estas ideas, a pesar de las presiones en su contra, no fueron olvidadas. Y a finales del siglo XVII, Isaac Newton (1642-1727), demostró que eran correctas con su ley de gravitación universal, revolucionario concepto matemático que explica con gran precisión todos los movimientos del Universo. Y esta ley de la gravitación universal sería complementada por el sabio Alberto Einstein (1879-1955).
Poetas del Universo
En el siglo II de nuestra era, por primera vez, un hombre consideró la posibilidad de abandonar nuestro planeta: el poeta griego Luciano de Samo-sata (125-192), escribió un relato cuyo protagonista viaja a la Luna y la encuentra habitada. En otra obra del mismo autor, el héroe Menipo visita la Luna y otras estrellas con ayuda de «un ala de águila y otra de buitre». Durante ocho siglos la imaginación no se aventuró más allá de la Tierra. Pero a partir del siglo XVII se multiplicarían las novelas sobre viajes interplanetarios. Los ingleses Godwin y Wilkins, los franceses De Bergerac y De FonteneIle mezclan fantasía con algunos de los últimos hallazgos científicos aportados por los grandes astrónomos renacentistas. Pero entre la abundante literatura de cienciaficción que comienza a emerger en el siglo XIX, se destacan las proféticas narraciones del famoso literato francés Julio Verne (1828-1905) y del inglés Herbert George Wells (1866-1946), que inspiran a los grandes precursores de la exploración espacial.
Hace cien años que Julio Verne concibió y describió con minuciosidad el viaje de tres hombres hacia la Luna y alrededor de ella y su retorno al océano Pacífico. Nos quedamos estupefactos al leer, por ejemplo, que Verne hizo partir su proyectil tripulado de la Florida, en un punto cercano a Cabo Cañaveral-Kennedy (y el nombre de Cabo Cañaveral figura en el mapa anexo al volumen).
Actualmente se destacan en este tema escritores como Ray Bradbury (1920) y Stanisla-Lem (1921). El primero norteamericano y el segundo polaco. También es conocido en la URSS Ivan Yefremov.
Los pioneros
Tres hombres —un ruso, un alemán y un norteamericano— comprendieron casi simultáneamente que el cohete haría posible esos viajes interplanetarios con que soñaron poetas y filósofos de todo el mundo durante dos milenios.
El primero en captar y desarrollar los principios básicos de esta revolucionaria idea fue un maestro de escuela ruso, llamado Konstantin E. Ziolkovsky (1857-1935). En marzo de 1883, dos años después de que Kibalchich escribiera sobre los cohetes, Ziolkovsky había completado una obra excepcional, Espacio libre, en la cual explica cómo es posible poner en órbita a un satélite en torno a la Tierra. «Un hipotético sputnik (satélite) terrestre —escribe— semejante a la Luna, pero más próximo a nuestro planeta, a unas 300 verstas (320.100 metros) de la superficie de la Tierra, representaría una pequeña masa liberada de la atracción gravitoria.» En 1929 publica El tren cohete cósmico, en donde describe los principios de cohetes múltiples o de varios cuerpos. Puede decirse constituyó una obra de texto para quienes veintiocho años después estaban poniendo spuniks en órbitas.
Apasionado estudioso de las matemáticas y las ciencias físicas, Ziolkovsky realizó sus experimentos en un modesto cobertizo anexo a la escuela primaria de Borovsk, donde ejercía como maestro. Trabajando solo y sin ayuda económica de ninguna naturaleza, debió limitarse a calcular en teoría —sin construir motores— y resolver matemáticamente los problemas inherentes a la exploración celeste: cómo escapar de la atracción gravitatoria de la Tierra, cómo salir fuera de la atmósfera terrestre. Describió minuciosamente varios tipos de cohetes interplanetarios y ya en 1903 sugirió un combustible a base de oxígeno e hidrógeno líquido; también se debe al sabio ruso el descubrimiento de los principiso básicos de la dinámica coheteril. Por fin, en 1932, la Academia de Ciencias de la URSS, en una sesión especial, lo condecora.
El mismo año que este pionero iniciaba sus solitarios experimentos, nacía en Worcester, Massachusetts, el primer norteamericano que aplicaría las teorías del vuelo coheteril a la práctica: Robert Goddard. No había abandonado las aulas escolares y ya había diseñado un vehículo espacial impulsado por un cohete de varias etapas. La investigación en este campo le apasionaría durante el resto de su vida. Hasta 1941 trabajó ayudado solamente por su esposa —aunque contó con aportaciones de fundaciones particulares para sus experimentaciones—, pero desde ese año, las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos se interesaron en sus proyectos, dadas las posibilidades bélicas de los mismos (EEUU entró en la guerra mundial) y sostienen íntegramente su tarea. Robert Goddard murió en 1945.
Quince años después, el gobierno le entregaría a su viuda un millón de dólares en pago de más de 200 patentes del inventor y que actualmente son utilizadas por los militares del Pentágono.
El tercer gran pionero de la astronáutica y la cohetería, es Hermann Julius Oberth (1894). Nació en Transilvania —a la sazón parte del Imperio austro-húngaro—, y pasó casi toda la vida en Alemania, país cuya ciudadanía adoptó. Al igual que los dos anteriores precursores, Oberth se interesó en vuelos espaciales gracias al estímulo de Wells y Verne.
En 1917 propuso al Ministerio de Guerra germano un plan para fabricar un proyectil de largo alcance, impulsado por combustible líquido. Cinco años más tarde se pondría en contacto con Goddard, al saber que el norteamericano había publicado recientemente un trabajo sobre el mismo tema. Al año siguiente Oberth editó en Munich un libro titulado Cohetes al espado interplanetario. En 1929 le siguió una obra más voluminosa, Caminos hacia la exploración espacial. Obert expone una serie de hechos que hoy se dan por sabidos, pero que entonces parecían discutibles: que un cohete puede moverse en el vacío y que puede alcanzar una velocidad superior a la de los gases que expele.
En 1930, cuando en Alemania se comentan las obras de Oberth, con interés y también con ironía, un joven estudiante de dieciocho años de edad, el futuro físico alemán Wernher von Braun (1912-1977), las lee con avidez. Este hombre se convertirá en el creador del Cohete V-2, con el cual su país bombardea Londres en la postrimerías de la segunda guerra mundial. Después de la guerra, se traslada a los Estados Unidos, en donde toma la nacionalidad norteamericana y es nombrado director de la organización balística de los EEUU.
La cosmonáutica: se impone como una necesidad
Los trabajos de los sabios mencionados, popularizaron, a pesar de la inicial incredulidad, la idea de los viajes interplanetarios. La conquista del espacio —y esto parece un juego de palabras— había logrado abrirse camino en la imaginación y en las necesidades del mundo contemporáneo.
En el período entre las dos guerras mundiales iba a la cabeza de las investigaciones coheteriles, y en casi todos los países europeos se fundaron sociedades a favor del desarrollo de la cosmonáutica. Aparecieron así distintas revistas especializadas. Empiezan a ser conocidos en estos círculos hombres como Robert Esnault-Pelterie (Francia), Edward Pen-dray (Estados Unidos), Nikolas Rynin (URSS), Ilse Kühnel y Willy Ley (Alemania), Guido Pirquet (Austria) y otros.
Entre 1932 y 1935 aparecieron en la Unión Soviética media docena de trabajos —uno de ellos alcanzó una tirada de 150.000 ejemplares— que fomentaban el interés por la exploración espacial. Recordemos que en 1932, el gobierno condecoraba a Ziolkovsky, nombrándole «padre de la Astronáutica». En 1936, un año antes de que naciera Valentina, nuestra principal protagonista en esta historia, un cohete de más de cien kilos de peso es enviado a más de tres millas de altura (5.556 metros).
También en Alemania se multiplicaron los experimentos a partir de 1928: un grupo de jóvenes entusiastas, Wernher von Braun, Rudolf Neebel, Kalus Riedel y Willy Ley, obtienen permiso para utilizar un abandonado depósito de municiones en el suburbio berlinés para sus experiencias.
En Gran Bretaña, las leyes victorianas prohíben todo experimento con explosivos; esto frenó la investigación espacial, pero la Revista Interplaneteria Británica, en la década del treinta, se convierte en una respetada autoridad en la materia. Sólo en 1937, cuando la guerra mundial parece inevitable, los investigadores civiles logran interesar a las autoridades militares. En ese año se establece un campo de experimentación para minocohetes en Jamaica.
La humanidad llega al Cosmos
El calendario gregoriano marcaba el 4 de octubre de 1957. Con motivo del Año Geofísico Internacional, inaugurado tres meses antes, un grupo de científicos soviéticos intercambiaba opiniones con colegas norteamericanos, en Washington. Los sabios estaban reunidos en un cocktail party en la representación diplomática de la URSS. De pronto, la música del aparato de radio cesó abruptamente y un locutor, con la voz alterada, anunció: «Moscú. TASS. Urgente: La Unión Soviética consiguió enviar al espacio un satélite artificial de la Tierra, el primero enviado por la humanidad. Según indicaciones provisionales, el cohete portador fue capaz de dar al Sputnik-1 la velocidad necesaria de ocho mil metros por segundo. En estos momentos el satélite describe una trayectoria elíptica alrededor del planeta».
Los físicos norteamericanos se pusieron de pie y aplaudieron y felicitaron a sus colegas huéspedes. El profesor Blagonravov, jefe de la comitiva soviética, agradeció y expresó: «El pueblo de mi país se enorgullece de poner este triunfo al servicio de la humanidad».
Tres meses después, el 32 de enero de 1958, los Estados Unidos lograban emular la proeza soviética: ponen en órbita su primer satélite artificial, el Explorer I.
Durante quince años, los dos Estados con programas espaciales, la Unión Soviética y los Estados Unidos, compiten por la hegemonía. La cosmonáutica tiene que ver con las comunicaciones y la economía, con la biología y la medicina, con la meteorología y la navegación, con la protección misma del planeta en su relación con un Universo desconocido. Pero también con el desarrollo de sofisticadas armas y con el espionaje desde un espacio libre de las leyes internacionales. Una vez más la humanidad, jaqueada por un cúmulo de factores contradictorios, se verá obligada a una carrera que demanda recursos cuantiosos. Parece paradójico que costosísimas naves surquen los cielos de regiones del mundo en donde el hombre impera; las naves suelen precisar el desastre de la sequía, o avisar que un tifón se aproxima a aldeas que serán de todas maneras destruidas como un castillo de naipes.
Mayo de 1972: llegan a un acuerdo
El empate se impone. De igual a igual, ambas potencias deciden sentarse a negociar. En mayo de 1972 fue suscrito en Moscú el Convenio entre la URSS y los EEUU sobre la colaboración en la investigación y el aprovechamiento del espacio cósmico para fines pacíficos. El Convenio estipula impulsar la colaboración en el terreno de la meteorología cósmica, el estudio del medio ambiente, la exploración del espacio cósmico circunsterrestre, la Luna y los planetas, la biología y la medicina.
Se efectúa un intercambio operativo de informaciones sobre los resultados de los experimentos realizados simultáneamente con las sondas soviéticas interplanetarias Mars-2 y Mars-3 y la norteamericana Mariner-9. Se ha realizado también un canje de datos de radiolocalización de Venus obtenidos por la URSS, y de Marte, logrados por los Estados Unidos. Ambos países se han intercambiado catálogos de mapas lunares, fotografías de la superficie de la Luna y muestras de suelo selénico logradas por las estaciones automáticas soviéticas Luna-16, Luna 20 y por los cosmonautas norteamericanos de las astronaves Apolo.
Las partes han convenido comunicarse los resultados de las exploraciones del medio ambiente realizadas con ingenios cósmicos, ya que los problemas ecológicos han pasado a un primer plano de peligrosidad en algunas ciudades del mundo.
En febrero y marzo de 1973, la Academia de Ciencias de la URSS y la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA) de los EEUU, hicieron un experimento conjunto con el nombre convencional de Bering, cuya finalidad era realizar mediciones microhondas sobre el estado de la corteza gélida, de la superficie acuática, de la humedad fluida y vaporosa en la atmósfera del Mar de Bering desde aviones norteamericanos y soviéticos. En este experimento participó el satélite norteamericano Nimbus-5, puesto en órbita polar. En 1974 ambos países, conjuntamente con otros once Estados, efectuaron en varias decenas de buques meteorológicos una recogida masiva de datos sobre procesos de la formación del tiempo en el océano y en la atmósfera con la finalidad de establecer nuevos métodos para pronosticar las condiciones atmosféricas. El Experimento Trópico-74 constituyó la más importante investigación conjunta en la historia de la colaboración científica internacional.
En pro y en contra de la conquista del espacio
¿Hay verdadera necesidad de hacer un viaje a la Luna? ¿El contribuyente norteamericano ve con simpatía que su gobierno destine 24.000 millones de dólares al Programa Apolo? Esos miles de millones gastados en empresas espaciales, ¿no sería mejor destinarlos a resolver problemas urgentes aquí, en nuestro planeta? La preocupación de tantas gentes, bien intencionadas, tiene una respuesta aceptable, que llama a la reflexión, en el historiador británico Arnold J. Toynbee (1889), cuando afirma: «En cierto sentido ir a la Luna es lo mismo que construir las pirámides de Egipto o el palacio de Luis XIV en Versalles. Cuando a tanto ser humano le faltan las cosas más indispensables (miles mueren diariamente de hambre), hacer algo así resulta escandaloso. Si tenemos inteligencia suficiente para llegar a la Luna, ¿por qué manejarnos tan insensatamente las cuestiones de la Tierra?». Esta inteligente observación sobre la conquista del espacio, puede ser complementada por otra, que formalmente, la contradice. El director del Observatorio británico de Jodrell Bank, sir Bernard Lovell, dice: «Si se examinan los milenios que llevamos de civilización, se verá que sólo son aquellas colectividades preparadas para luchar con problemas casi insolubles hasta el límite de su capacidad técnica las que han hecho adelantar al mundo. El Imperio Romano entró en decadencia desde que dejó de ser progresista en este sentido, y hay otros varios ejemplos. Hasta cierto punto, cabe ver un comienzo del mismo proceso en el actual Reino Unido (Inglaterra), pero afortunadamente no en los Estados Unidos, y ciertamente tampoco en la Unión Soviética».
Cuando, hace casi cinco siglos, Isabel la Católica vendió sus joyas con objeto de lograr los recursos necesarios para que Colón se lanzara a la búsqueda de una nueva ruta hacia las Indias, la reina tuvo que hacer frente a un problema parecido. Las exploraciones al Nuevo Mundo señalaron el comienzo de un nuevo ciclo de capital importancia para el progreso del mundo: así comienza la Edad Moderna. Comienza con una aventura de provecho discutible.
Pero sigamos recurriendo a la opinión de relevantes personalidades de la ciencia para tratar de entender, de una manera global, el problema del espacio. El doble premio Nóbel norteamericano, el químico Linus Pauling (1901), en una reunión convocada por la UNESCO para discutir el tema, subrayó: «Yo pienso que el futuro del hombre está en la Tierra y que la época en que pueda realizarse una emigración a otros planetas se encuentra lejana. Desde ese punto de vista, estimo excesivas y abusivas las enormes inversiones de los estudios espaciales. Habría sido mejor escalonar estos estudios en un período más largo, más paciente, menos precipitado… En cada bando se consumen cantidades exorbitantes para un solo objetivo; la mitad de esas sumas debería haberse destinado a los hombres que viven mal sobre la Tierra, demasiado mal para preocuparse de la existencia de la vida en otros planetas…».
Pauling, nos plantea dos aspectos, que queremos hacer resaltar: la necesidad de escalonar, de dosificar, la carrera espacial, objetivo que en cierta medida ha sido logrado; y la segunda, «la emigración a otros planetas». Así como no se habla de la muerte en presencia de los niños o de los enfermos, tampoco la sociedad se plantea en alta voz la posibilidad de que alguna vez deba abandonar el planeta, porque éste se vuelva o le hagamos inhabitable. Por un lado es un tema poco tratado, ya que de momento se le considera secundario y, por otro, nos cuesta aceptar la idea. La historia de la humanidad es una historia de triunfos y derrotas, que se superponen. Cada generación se ha visto enfrentada a nuevas verdades que debió comprender y asimilar. Copérnico nos demostró que la Tierra no era el centro del Universo; Marx, que la historia de la humanidad era la historia de la lucha de clases; Einstein, que todo es relativo; Freud descubrió la existencia del inconsciente… Pero la misma historia demuestra que cada generación tiene la estatura que las circunstancias exigen, para afrontar los problemas planteados.
Queremos concluir citando a Ziolkovsky y a Von Braun, y dejar que los lectores hagan un blance. Von Braun asume con energía el programa espacial, diciendo: «La investigación espacial puede ahorrar a la humanidad hasta 83.000 millones de dólares anuales, al ayudar a usar los recursos de la Tierra en forma más efectiva… La investigación del espacio podrá aplicarse a la medicina, alimentación, recursos minerales e hidrológicos, levantamiento de mapas, control del tiempo y de la contaminación atmosférica…».
La otra cita, que recuerda el consejo de un padre cariñoso al hijo que se acerca a la plenitud, es de Ziolkovsky: «Nuestro planeta es la cuna de la razón, pero es imposible vivir eternamente en una cuna».