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Apéndice 4. Ghettos y minorías. La lucha por los derechos civiles

De Mienciclo E-books

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AL desarrollarse el sistema económico norteamericano y pasar de una economía de subsistencia a otra de intercambio, comienzan a aumentar las oportunidades de trabajo fuera de la agricultura y a transvasarse la población del campo a la ciudad.

Las ciudades norteamericanas crecen de una manera desmesurada y se van llenando no sólo de granjeros americanos sino también de inmigrantes europeos.

La primera ola de inmigración procedente de Europa —llamada la «inmigración vieja»— venía fundamentalmente de Europa septentrional y occidental, y muy especialmente de Alemania e Irlanda. Eran protestantes en su mayor parte y, en general, personas instruidas que se integraron bastante bien desde el principio en la joven cultura norteamericana nativa.

No pasó lo mismo con la segunda gran oleada, que llegó después de la guerra civil (1861-65). En este caso procedían de Europa oriental y meridional, sobre todo de Italia, Polonia, los Balcanes y Rusia. Casi todos ellos pertenecían a la clase campesina y eran analfabetos y pobres, de religión católica o judía, y su cultura contrastaba enormemente con la de los yanquis.

Por otra parte, los primeros inmigrantes llegaron a un país que todavía era básicamente rural, mientras que los segundos se encontraron con unos Estados Unidos en proceso de rápida concentración en las ciudades, y, por lo tanto, tuvieron que adaptarse a una sociedad urbana, que los relegó a la explotación en el trabajo y a residir en barrios bajos o suburbios.

En esta abigarrada sociedad urbana, de gran diversidad de grupos étnicos, componentes culturales y creencias religiosas, se levantó una especie de barrera entre la población de origen nativo y la de origen inmigrante, con serias tensiones entre ambas.

En determinados períodos la inmigración fue aceptada bajo la condición de que se «americanizase», proceso que implicaba un cambio en el conjunto de actitudes, valores y costumbres propias, renunciando incluso a los legados culturales, cambiándolo todo ello por sus equivalentes norteamericanos. Sin embargo, a los negros norteamericanos nacidos de ascendencia que había sido esclava hasta 1865, no se les permitió nunca que se «americanizasen» bajo ningunas condiciones.

La lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos ha estado siempre encabezada por los gru-por raciales minoritarios, especialmente por los negros, el núcleo más importante dentro de las minorías raciales que, tanto en la época de la colonización como a partir de la independencia, se vieron desigualmente tratados por las leyes, totalmente segregados y marginados por una sociedad que exhibía orgullosamente ante el mundo su Constitución como modelo de democracia casi perfecta.

A pesar de que uno de los factores desencadenantes de la guerra de Secesión de 1861-65 fue la cuestión de la esclavitud, y de que obtuvieron la victoria los partidarios de su abolición, el tratamiento de seres inferiores recibido por los negros se mantuvo todavía muchas décadas. Al iniciarse la primera guerra mundial, se produce la primera emigración masiva de gentes de color desde los estados del sur hacia el norte y el oeste del país, abandonando los tradicionales trabajos agrícolas para ocupar empleos en las grandes ciudades, necesitadas de mano de obra barata para sus industrias y servicios. Este asentamiento urbano de los negros desarrolla su conciencia política y crea los primeros problemas raciales a nivel nacional.

A partir de la segunda guerra mundial se inicia en Estados Unidos el movimiento en pro del reconocimiento de derechos civiles para las minorías raciales. Los años cuarenta se caracterizan por la aparición de la teoría «separados pero iguales», y se dan los primeros pasos para mejorar la situación económica, social y cultural de los negros. Estos, esperanzados por las promesas de varios gobiernos, esperan ver hechas realidad sus reivindicaciones, pero pronto comprenden que separados nunca serán iguales y deciden, de forma ya abierta y masiva, organizarse para luchar en favor de una integración total en la sociedad blanca norteamericana. La presión ejercida va consiguiendo la elaboración y aplicación de nuevas leyes en este sentido.

En 1954, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos vio el caso de un ciudadano negro llamado Brown, que había decidido romper el sistema segregado de enseñanza de los estados del Sur asistiendo a una escuela pública blanca. El Tribunal falló a favor de Brown, diciendo en sus conclusiones que, a mediados del siglo XX, «las instituciones de enseñanza segregadas eran inherentemente desiguales.»

En 1957 y 1960 aparecen las primeras leyes de ámbito nacional sobre derechos civiles, relacionadas especialmente con el derecho a voto. En el 64 el gobierno federal declara ilegal la discriminación de cualquier persona por cuestión de raza, religión u origen nacional, en establecimientos públicos, así como el derecho de todos los ciudadanos sin exclusión a tener igualdad de oportunidades.

La oposición de los sureños a la integración escolar llegó a provocar graves disturbios que exigieron la intervención de tropas federales en el estado de Arkansas, en 1957. Posteriormente tuvo lugar en Mississipi el caso Meredith, un negro a quien no se permitía la matriculación en la Universidad de Oxford, lo que fue ocasión de nuevos enfrentamientos graves en 1962. Sin embargo, para 1967 todos los estados del Sur tenían una integración, al menos simbólica, en todos los niveles de la instrucción pública.

Simultáneamente en los estados del Norte, donde existía segregación de hecho pero no reconocida por la ley, se obtuvo la posibilidad de que los estudiantes negros pudieran asistir a escuelas blancas situadas fuera de sus distritos. Ello dio lugar al llamado «bussing» (transporte de escolares en autobús, desde distritos monorraciales a escuelas situadas en distritos de diferente color), que todavía despierta una viva polémica en Estados Unidos.

El «bussing» entraña, en realidad, el reconocimiento de la existencia de ghettos raciales en las grandes ciudades norteamericanas. Estos núcleos étnicos marginados (portorriqueños en el Este, asiáticos en California, mejicanos en el Suroeste, negros por casi todo el país) son de hecho constreñidos a residir en distritos concretos, donde las condiciones de hábitat son escandalosamente inferiores a la media norteamericana, lo que contribuye sociológicamente a mantener la segregación.

La aplicación de las importantes leyes dictadas en la década de los 50 sobre la no discriminación por razones de raza, religión o nacionalidad de origen tropezó con muchas dificultades, debidas principalmente a las costumbres racistas, tan sólidamente implantadas en el país. Esta dilación en llevar a la práctica lo legalmente establecido produjo una agudización en el movimiento antirracista.

1963, año del centenario de la Proclama de Emancipación, fue crucial: se realizaron boicots, mítines de protesta, huelgas, sentadas y otras formas de manifestación contra la segregación por todo el país. En el mes de mayo, en la ciudad de Birmingham (Alabama) se boicotearon transportes públicos, comedores y otros servicios; Martín Luther King y Fred Shuttesworth encabezaron marchas pacíficas de protesta de miles de negros y blancos simpatizantes. Los manifestantes terminaron con frecuencia siendo apaleados por la policía. Más de 2.000 personas, incluyendo muchos niños de menos de diez años, fueron encarceladas. En los cuatro meses siguientes se llegaron a contabilizar más de mil manifestaciones similares en casi todos los estados del país.

La protesta alcanzó su punto máximo el 28 de agosto de ese mismo año, cuando 200.000 personas —negros y blancos, entre los que se contaban cientos de religiosos, de representantes sindicales y prominentes personalidades— organizaron una impresionante marcha sobre Washington, llamada la «Marcha de la Libertad», en favor de la integración racial y de la igualdad de oportunidades.

El gran movimiento por los derechos civiles de los años cincuenta y sesenta, obtuvo progresos tangibles. Se logró la integración en un buen número de empresas, en ciertas escuelas y en algunas barriadas; aumentó la media de ingresos anuales de las familias negras y el número de los escolares negros en la enseñanza secundaria. Sin embargo, la mayoría de la población blanca ha seguido eludiendo el cumplimiento de las leyes antirracistas, abandonando las áreas urbanas donde se instalan vecinos negros y negándose a que sus hijos acudan a escuelas integradas. La lucha por los derechos civiles se mantiene todavía con nuevos líderes y nuevas organizaciones y sigue siendo uno de los primeros problemas internos pendientes de solución en Estados Unidos.


John F. Kennedy

Introducción - I. Un presidente para la historia - II. El clan Kennedy - III. Entre Harward y Londres: intenso aprendizaje y primeros frutos - IV. En el arriesgado crisol de la guerra - V. Desde el periodismo a la política - VI. Sacando fuerzas de flaqueza - VII. «Rasgos de valor», una llamada a la conciencia americana - VIII. John F. Kennedy quiere ser presidente de los Estados Unidos - IX. Estrategia de una campaña - X. La batalla final por la presidencia - XI. A la hora de cumplir 10s compromisos - XII. La crisis de Bahia de Cochinos - XIII. Al servicio de la imagen interior y exterior de los Estados Unidos - XIV. La tragedia de Dallas - XV. Pensamiento político de Kennedy - Apéndice 1. Guerra fría y distensión - Apéndice 2. Expansión, crisis y «New Deal» - Apéndice 3. Formación y selección de políticos en la democracia americana - Apéndice 4. Ghettos y minorías. La lucha por los derechos civiles - Apéndice 5. Contrapesos y respaldos en el ejercicio del poder - Apéndice 6. Alianzas e influencias en Latinoamérica - Apéndice 7. Nacimiento y expansión del imperio americano - Apéndice 8. La violencia política. Los magnicidios en Estados Unidos - Kennedy y su tiempo (Cronología)

ISBN 978-84-9963-204-9