Apéndice 4. El Romanticismo: estética de una clase ascendente
De Mienciclo E-books
CUANDO en 1830, un grupo de jóvenes franceses —de chaleco rojo, barba y melena— se enfrentó a golpes con otro sector del público en el estreno de Hernani de Víctor Hugo, no sabían, posiblemente, que protagonizaban el nacimiento de uno de los movimientos más importantes del siglo: el Romanticismo. Pero, «la batalla de Hernani» era la primera manifestación externa de un largo proceso que se había iniciado mucho tiempo antes.
Originario de Alemania e Inglaterra, hacia fines del siglo XVIII, el Romanticismo tuvo repercusión casi inmediata en Francia y un poco más tarde, pasó a España, Italia y Rusia. Su influencia se extendió a América —ya fuera por vía francesa o española— en donde floreció en obras tan variadas como las de J. Mármol (Argentina), Poe (Estados Unidos) o Jorge Isaac (Colombia).
Tradicionalmente se define el Romanticismo como «escuela literaria de la primera mitad del siglo XIX que prescinde de reglas o preceptos clásicos y, en muchas de sus obras, se conforma al espíritu y al gusto de la civilización cristiana». En realidad, el Romanticismo fue mucho más que eso. Sobrepasó los límites de una escuela literaria y adquirió la fuerza de un movimiento, capaz no sólo de crear una nueva concepción artística sino de cambiar el sentido de la vida cotidiana, lanzándola en busca de un ideal que encendiera los sentimientos y la imaginación.
¿Cuál era la nueva propuesta que provocó ese cambio? Fundamentalmente, un desplazamiento, podríamos decir, del ángulo de percepción del mundo y del hombre. Si hasta ese momento, la razón fue el mejor instrumento frente al universo —por no decir el único— los románticos lo rechazan o, al menos, lo relegan a un segundo plano. Ya no se trata de «entender», de «comprender» sino de sentir. El sentimiento y aun la pasión luchan por expresarse; la espontaneidad ocupa el lugar de la reflexión; el subjetivismo tiñe cada momento de la vida y, así, desemboca en una marcada exaltación del yo.
El hombre es, sobre todo, un individuo que se valora a sí mismo tal como es; un individuo con sed de infinito y ansias de libertad y, consecuentemente, un rebelde que no acepta, es cierto, los cánones establecidos.
El afán por experimentar nuevas sensaciones, por captar matices hasta allí desconocidos lleva a los románticos a adoptar otra actitud frente a las cosas; la Naturaleza —antes, mero telón de fondoles despierta profunda emoción y se teje toda una filosofía que idealiza los encantos de la vida simple, que exalta al hombre primitivo y, de algún modo, intentan acercarse al modelo roussoniano del «bon sauvage». La Naturaleza es el mejor espejo de los sentimientos, «un estado del alma» y en ocasiones, el camino hacia la paz interior.
También la naturaleza acerca a Dios, permite comunicarse con el Espíritu Absoluto. El sentimiento religioso que predomina entre los románticos es, en líneas generales, cristiano, pues vieron en la doctrina de Cristo una religión de amor que, además en su tiempo, había sabido luchar contra las injusticias sociales.
Sin embargo, religión y política son los elementos que actúan para escindir al Romanticismo en dos corrientes: la creyente, aristócrata y restauradora —llamada del Romanticismo arqueológico, aludiendo a su fondo conservador e historicista— y la escéptica, innovadora y revolucionaria del Romanticismo liberal. Estas diferencias fueron más netas en Alemania en donde arraigó con más fuerza el Romanticismo conservador, influido por el historicismo y la filosofía idealista. En Francia, las diferencias también aparecen, pero sus rasgos son más matizados, y con claro predominio de la corriente liberal y progresista.
Estos rasgos esenciales del Romanticismo no eran, como dijimos, nuevos. Es decir, eran nuevos como concepción unitaria de un grupo, como cuerpo doctrinario —aparece como tal en el Prefacio de Cromwell de Víctor Hugo—, pero contaba con algunos antecedentes aislados y un precursor genial: Jean-Jacques Rousseau.
Si bien es cierto que la exaltación de la sensibilidad, unida por entonces a la razón, aparece ya en el siglo XVII —basta recordar las Cartas de Abelardo y Eloísa que conmovieron hasta las lágrimas a muchas damas y «honnête-hommes» del siglo de las luces— sólo Rousseau supo dar coherencia a esos estallidos dispersos que él integra en una filosofía de inusitada fuerza y convicción. Volviendo a su obra, se advierte que ya estaba allí esa preocupación por conocer al hombre, sus sentimientos, pasiones; analiza los elementos externos que lo modifican a la vez que explota las fuentes de la opresión y señala las condiciones que ha de tener el Estado para que el hombre pueda vivir en sociedad sin alienarse.
En las páginas de Emilio —en las que encontramos al pedagogo visionario— Rousseau reflexiona sobre el amor a sí mismo «siempre bueno y conforme al orden puesto que no hay perversidad original en el corazón humano» y lo diferencia del amor propio «sentimiento relativo, ficticio y nacido en la sociedad» y agrega: … «No es verdad que los preceptos de la ley natural están fundados en una sola razón, tienen una base más sólida y más segura. El amor a los hombres, derivado del amor a sí mismo, es el principio de la justicia humana».
Ese hombre, originariamente bueno que, alejado de la sociedad, vive en estado beatífico unido a la Naturaleza, es una constante en la obra de Rousseau y encarna un ideal de pureza que ejerció gran atracción sobre los románticos e inspiró a algunos europeos —un ejemplo destacado, Les Natchez y Atala de Chateaubriand— y a muchos americanos, para quienes la aspiración roussoniana podía contribuir a exaltar el sentimiento nacional (como en El último de los mohicanos de Fenimore Cooper).
La Nouvelle Heloïse y Les Confessions testimonian, de distinta manera, la emoción de Rousseau ante la Naturaleza, su deleite frente a los paisajes cambiantes: un lago agitado, el amanecer o el arroyo que murmura entre las piedras y su propio estado interior que, a veces, alcanza «esa felicidad suficiente, perfecta y plena… que no deja en el alma ningún vacío». Es la misma actitud reflexiva, teñida de subjetivismo y animada por una sensibilidad casi enfermiza la que, en otro momento de Las Confesiones, le hace decir: «Pocos hombres han gemido tanto como yo. Pocos han vertido en su vida tantas lágrimas». Esa inestabilidad, el súbito paso de la felicidad a la angustia, del placer de vivir a la desesperación; el goce moroso de la contemplación; la intensidad del amor, preanuncian ya «le mal du siècle» que agitará a los románticos, permanentemente sacudidos por una ola de pasiones. Rousseau nos adelanta el encantamiento de Chateaubriand, la melancolía que flota en las Harmonies de Lamartine, el intimismo de Musset, la fuerza apasionada de V. Hugo. Pero su influencia alcanzó no sólo a los románticos franceses. El sentimiento por la Naturaleza, el ansia de retorno a una vida sencilla contribuyó al desarrollo del folklore inglés (los cantos de Ossian y las baladas de Percy) y alemán. Por entonces, Goethe imponía la nueva corriente en el drama y en la novela. Con él cristaliza el triunfo de los principios de esta generación que vuelve la mirada a lo natural y lo sentimental.
En América, la Naturaleza está presente desde temprano en literatura. Pero se la había cantado de otra manera. El virgilianismo americano magnifica y destaca las riquezas naturales. El romanticismo, en cambio, se conmueve ante la Naturaleza, pero no con sentido universal; el sentimiento está limitado al lugar en que se vive, al ámbito de un país y es elemento importante para definir la esencia nacional (Facundo de Sarmiento, por ejemplo) cuando la potencia del creador logra profundizar en la relación entre la gente y su paisaje, pues, de lo contrario queda en la mera descripción, en el color local.
También encontramos en la obra de Rousseau la preocupación por Dios. En su Carta a Voltaire afirma: …«Creo en Dios tan fuertemente como no creo en ninguna otra verdad, porque creer y no creer son las cosas que menos dependen de mí, pues el estado de duda es demasiado violento para mi alma». Sus creencias religiosas —más explícitas en un pasaje de Emilio, La profesión de fe de un vicario saboyano— evolucionan del catolicismo a un cristianismo elemental, nada ortodoxo, que despierta en él un sentimiento de debilidad, de empequeñecimiento. Este Ser de seres al que une «las ideas de inteligencia, potencia, voluntad… y aquella de bondad» es quien puso el sentimiento religioso en el alma de los hombres y no exige otro culto que el del corazón.
Esta religión natural tiende más a la ética que a la metafísica; aspira a la virtud y proclama la tolerancia. De ahí que cuando el hombre se encuentra ante el conflicto entre el deber moral y la conducta errada, entre la tentación y la caída, ha de primar la comprensión del pecado como emanación del hombre naturalmente bueno. Pero, contradictorio como es Rousseau, admite que el mal y el vicio también pueden anidar en el corazón humano y entonces se pregunta el porqué sin encontrar respuesta. Pese a ello, propone que el hombre se asuma en su totalidad y personalmente lo muestra en las palabras que dirá al Supremo Juez con arrogancia: «Ved ahí (en Las Confesiones) lo que he pensado, lo que he dicho, lo que fui. Digo el bien y el mal con la misma franqueza. Me he mostrado tal como fui: despreciable y vil unas veces, otras bueno, generoso y sublime».
Con esta actitud conmovedoramente sincera, de aceptación de la naturaleza humana, del bien y del mal, aparece un elemento más que influirá en el Romanticismo y aún en poetas posteriores (Baudelaire, por ejemplo), junto a la fascinación que despierta el sentimiento religioso entre los primeros románticos franceses (Mme. de Staël, Chateaubriand y Lamartine) con diferentes matices.
Rousseau contribuyó con no pocas ideas a la Revolución francesa: su marcado individualismo, la conciencia de libertad e igualdad entre los hombres, su espíritu rebelde que, sin embargo, se somete a la necesidad de organizar una sociedad mejor, lo convierten en modelo para los revolucionarios. Por otra parte, del Contrato Social surge la idea de soberanía popular, según la cual, el pueblo se mantendrá idéntico a sí mismo y con personalidad propia, a través de los cambios que puedan sobrevenirle a la vez que, la concepción del ciudadano que depone su libertad —sin perderla— en favor del Estado, para gozar de la igualdad jurídica y moral, enuncia el sentido moderno de la democracia.
Los románticos —herederos de los revolucionarios de 1789, pero también de Rousseau— elaboran una estética que afianza los principios de una clase en ascenso. El Liberalismo —fundado en la teoría de la Ilustración y de la Revolución— proclamaba los derechos naturales de los individuos, de los que ya hablara Rousseau. Igualdad, libertad son los ideales por los que se lucha, opuestos a la opresión que caracterizó al Antiguo Régimen y, esos ideales implican la conquista de los derechos políticos: libertad de palabra, de reunión, de prensa, etc.
En economía, el Liberalismo postula la libertad económica absoluta del individuo, conforme a las teorías de los fisiócratas y de Adam Smith, para lograr —según se afirma— el mayor bienestar individual. Así, la reorganización de Europa se instrumenta sobre las bases de la burguesía —política, social y económica— que detenta los principios revolucionarios.
El Romanticismo, como movimiento que exalta al individuo, defiende al hombre libre y aspira a una sociedad igualitaria, viene a respaldar a la burguesía liberal, robusteciendo el sentimiento nacionalista, y echa las bases de la cultura burguesa. Pero toda su ideología estaba ya en la obra de Rousseau, hasta en su tono profético y en la violencia de sus ataques, capaz de minar un sistema aparentemente inconmovible. Por ello, es atinado el juicio de Menéndez Pelavo cuando afirma:
«Esos libros que hoy se nos caen de las manos tuvieron fuerza para desquiciar el orden social antiguo, para cambiar el sistema de educación, para crear un nuevo tipo de hombres, que duró por dos o tres generaciones y no sé yo si enteramente ha desaparecido. Porque Rousseau ha sobrevivido a sí mismo: cuando no triunfa como socialista nivelador y tiránico, triunfa como un individualista anárquico y feroz; cuando el ensayo de la revolución ha desacreditado su doctrina política, se aprovechan de su Emilio los partidarios de la pedagogía real objetiva.»