Apéndice 4. El Museo del Prado
De Mienciclo E-books
LA iniciativa de su construcción se debe a Carlos III (1716-1788), el «déspota ilustrado» que más empeño puso en la urbanización, higienización y embellecimiento de la capital de las Españas, como entonces se decía, aceptando la pluralidad de reinos y territorios que aglutinaba la Corona. Carlos III regresó a España con una gran experiencia en el gobierno del Reino de Nápoles. De la fama que le precedía como rey exigente y buen administrador de la Hacienda pública da testimonio la reina Amalia de Sajonia en dos cartas, una fechada en Barcelona y otra en Madrid. Carlos III desembarcó en Barcelona el 17 de octubre de 1759 y lo primero que hizo fue inspeccionar los servicios militares de la ciudad. La reina Amalia escribe: «El arsenal que visitó ayer el rey está falto de toda clase de cosas, siendo peor su estado que cuanto el rey juzgaba antes de examinarlo. Los días que hemos pasado aquí los hemos empleado en ver las tropas y las fortificaciones.» Y en otra que escribe ya desde Madrid nos da esta reseña preciosa para juzgar el carácter del nuevo soberano: «Los secretarios se hallan llenos de terror, y trabajan como perros. Más hacen en una semana que antes en seis meses.»
Llegó a España con el espíritu reformador que insuflaba la Ilustración europea y durante su reinado la capital fue objeto constante de su preocupación. Precisamente la zona en que se hallaba emplazada la vieja iglesia gótica de San Jerónimo, en la amplia extensión del Prado, lugar de recreo de los madrileños, fue la elegida para levantar el Museo de Ciencias Naturales, rodeado de hermosos jardines que ahuyentaran lo silvestre. La construcción del edificio se la encomendó al brillante arquitecto Juan de Villanueva.
Juan de Villanueva
Merece la pena saber algo del constructor del Museo del Prado por la huella que dejó en la capital. Juan de Villanueva (1731-1811) cursó sus estudios en Madrid y después pasó siete años en Roma estudiando las colosales construcciones de la Ciudad Eterna. Era hombre de gustos eclécticos y de una curiosidad muy viva por lo arquitectónico y las bellas artes. A su regreso de Roma pasó una larga temporada en Granada para estudiar la arquitectura de la Alhambra. En Madrid fue miembro de la Real Academia de San Fernando. A lo largo de su vida proyectó y construyó muchos edificios. Entre sus obras destacan las reformas que introdujo en El Escorial y construcciones como el Teatro del Príncipe, el Observatorio Astronómico, el Oratorio del Caballero de Gracia y el hoy Museo del Prado, concebido en el momento de ser levantado para Museo de Ciencias Naturales. Este edificio es sin duda uno de los más bellos de la capital por su diseño y funcionalismo para servir de marco a la exposición de obras culturales.
Pero Carlos III murió sin que el edificio alcanzase el fin propuesto de recoger las colecciones de Ciencias Naturales. Con la llegada al trono del abúlico Carlos IV, las cosas cambiaron y el edificio quedó deshabitado. Las guerras exteriores no permitían distraer fondos del erario para asuntos culturales. Después las cosas se complicaron con la invasión napoleónica y los Borbones fueron depuestos. El bello edificio sufrió los efectos de la incuria y el abandono, hasta que en 1814 fue restaurado en el trono Fernando VII y se preocupó de la obra mandada construir por su abuelo.
Parece que la primera idea de formar una galería de pintura en Madrid con las colecciones acumuladas en los Reales Sitios se debe al caballero Mengs, quien en 1774 presentó un proyecto con tal fin. La idea fue bien acogida por el ministro progresista Urquijo, que más tarde intentaría llevarla a cabo bajo el reinado del hermano de Napoleón, José I. Urquijo planeó y proyectó la creación del «Museo Josefino», pero el proyecto no pudo realizarse por la brevedad del reinado y las turbulencias de la guerra de la Independencia.
Nace el Museo del Prado
Fue Fernando VII quien ordenó la creación de un museo de pinturas el mismo año que regresó a España. Pero no tuvo para nada en cuenta el magnífico edificio construido por Villanueva. El museo debía instalarse en el palacio de Buenavista, levantado por la duquesa de Alba y del que se había apropiado Godoy con subterfugios legalistas. El proyecto fue bautizado con el nombre de Museo Fernandino, pero tampoco pasó de proyecto. Hasta 1818 la idea no se materializa. Villanueva ya había muerto cuando el 3 de marzo de aquel año se decidió el nacimiento del Museo del Prado en su actual emplazamiento. En la realización de este proyecto parece que ejerció mucha influencia Isabel de Braganza, sobrina y segunda esposa de «el Deseado».
El Museo del Prado abrió sus puertas al público el 19 de noviembre de 1819. Primer conserje de la nueva institución fue el pintor Luis Eusebi, el cual redactó el primer catálogo del Prado. Los visitantes tenían que ir provistos de un pase para visitar las tres salas en las que se exponían 211 obras, 190 de los grandes maestros clásicos y 21 de pintores contemporáneos. La gran pinacoteca tuvo un comienzo modesto, pero antes de que terminara el reinado de Fernando VII se había enriquecido notablemente con nuevas aportaciones. En 1827 el rey ordenó que todos los cuadros del palacio real pasaran al museo. Más tarde se dispuso que la Academia de San Fernando cediera algunas de las obras de su colección. Así el museo pudo ofrecer las espléndidas piezas de Velázquez, de Tiziano y de Rubens. En el catálogo de 1828 ya figuraban 755 obras.
El peor momento del museo se produjo a la muerte de Fernando VII, cuando se trató de repartir la herencia del monarca. ¿Los cuadros y obras de arte pertenecían a la Corona o formaban parte del patrimonio personal del rey? Los juristas discutieron el tema sin llegar a conclusiones definitivas. Razonablemente se impuso el interés cultural y la decisión quedó en suspenso hasta que Isabel II alcanzara la mayoría de edad. Gracias a este recurso pudo salvarse la colección de ser desmantelada. Luego Isabel II, impulsada por presiones culturales y políticas, decidió mantener la colección reunida e indemnizar a su hermana con una suma de dinero por la parte del tesoro artístico que hubiera podido corresponderla.
Salvado el museo definitivamente, siguió enriqueciendo sus colecciones con legados, compras y transferencias de otras instituciones. De las colecciones de El Escorial pasaron en 1837 y 1839 tablas y lienzos de Van Eyck, Rafael, Correggio, Tiziano, el Veronés y Van Dyck.
El nombre oficial del museo era Instituto Real de Pintura y Escultura y dependió de la. Casa Real hasta la Revolución de 1868 que destronó a Isabel II. A partir de entonces la colección fue nacionalizada. En el sexenio revolucionario en que se sucedieron la monarquía saboyana y la I República, el museo se enriqueció extraordinariamente. Pues en 1872 se dispuso que las colecciones existentes en el Museo de la Trinidad, llamado así por estar instalado en un convento de trinitarios descalzos de la calle de Atocha, y el cual había sido creado con los fondos artísticos procedentes de la desamortización en 1836, pasaran a formar parte del museo del paseo del Prado. En el catálogo publicado en 1873 aparece por primera vez la denominación de Museo del Prado con el que en la actualidad es universalmente conocido como una de las primeras pinacotecas del mundo.
Uno de los más recientes directores del Museo del Prado, Francisco Javier Sánchez Cantón que, además, era catedrático de Historia del Arte, dice de las obras realizadas en el edificio levantado por Villanueva lo siguiente: «En este grandioso Museo del Prado se han operado, en el curso de los años, grandes transformaciones en lo que respecta a la presentación de sus colecciones, pues sus sucesivos dirigentes han cuidado de mejorarlo y de actualizar la colocación de las obras, no sólo de acuerdo con los cambios de enfoque y de valoración que se producen de generación en generación —y a los cuales debemos, por ejemplo, la mengua del interés suscitado por ciertos artistas y el redescubrimiento o la rehabilitación de otros, antes desdeñados o ignorados—, sino también de conformidad con la renovación de los conceptos museográficos, muy desarrollados en años recientes. Pero esas transformaciones se operan dentro del ámbito físico creado por Juan de Villanueva en ese palacio de aspecto severo y elegante a la vez, rodeado de jardincillos, que cubre una amplia superficie, la de un paralelogramo de 162 metros de largo por 21 de ancho, y cuya planta sobria y sencilla está formada esencialmente por dos cuerpos o pabellones, al Norte y al Sur, unidos por una larguísima galería, del centro de la cual se desprende un salón de forma semicircular, que tradicionalmente se dedicó a la exhibición de cuadros de Velázquez. Los pabellones de ángulo, por su parte, están divididos en rotondas y salas pequeñas, en que se exponen los tesoros del museo, repartidos, además, en corredores, escaleras y otros espacios, tanto en la planta baja —donde triunfa la pintura flamenca—, cuanto en la principal y en los altos del palacio. Hablando del “museo” tiene interés su disposición y la distribución de sus ambientes, más que su decoración, que es hermosa, y más que el aspecto externo del edificio, en que por cierto hizo alarde Villanueva de sus conocimientos, adquiridos en Roma, y de su buen gusto innato y educado, al adornar, por ejemplo, la fachada principal con una doble galería —arcos de medio punto y adintelados en la parte baja, columnas jónicas como sostén de la cornisa en los altos—, y al colocar en su eje central un primoroso peristilo dórico. Jugando eclécticamente con los estilos clásicos, el arquitecto del Museo del Prado situó en la fachada Sur del palacio esbeltas columnas corintias, mientras la del Norte —por la cual se ingresa habitualmente en el edificio— ostenta un peristilo jónico y una amplia escalinata moderna. Un hermoso grupo escultórico clasicista de tres figuras que representan las Bellas Artes, obra de Suñol, corona el palacio, dotado, además, de abundante ornamentación de bustos, figuras y jarrones en la galería de la planta baja. Monumentos a los grandes maestros españoles, Velázquez, Murillo y otros, fueron emplazados en el centro de los floridos arriates que rodean el edificio, como para acoger y atraer al visitante de esa sublime colección en que, como es natural, predomina el arte de España.»
Poco a poco en el Museo del Prado se va acumulando de una manera selectiva el tesoro pictórico de los reyes de España disperso en los Reales Sitios. Esta preocupación por las artes decorativas y el refinamiento de las costumbres cortesanas es constante en la Monarquía Española. Isabel la Católica llegó a poseer una notable colección de pinturas entre las que se contaban setenta obras flamencas e italianas. Durante el reinado de la Casa de Austria este interés se acrecienta. Conocida es la estimación de Carlos I por Tiziano y también la hostilidad de su hijo Felipe II por el Greco. En cambio Tomás Moro, el holandés hispanizado, y su discípulo Alonso Sánchez Coello obtuvieron del severo fundador de El Escorial todo cuanto quisieron. Felipe II protegía la pintura religiosa, como correspondía a un monarca de tan acendrado catolicismo, pero gustaba más de los temas mitológicos y sensuales. Otro protector de la pintura y mecenas generoso de artistas fue Felipe III, quien enriqueció las colecciones regias con numerosas obras de Rubens y otros pintores flamencos del XVII que ahora se encuentran en el Museo del Prado. Con Felipe IV el gran Velázquez pudo desplegar todo su genio en una obra singular por su perfeccionismo y belleza. Pocos pintores gozaron de más privanza ante el rey, quien lo hizo caballero de la Orden de Santiago. Su sucesor y último vastago de la Casa de Austria, Carlos II el Hechizado, en una España que al final de su reinado iba a ser pasto de fas potencias extranjeras en la larga Guerra de Sucesión, todavía sostuvo la tradición pictórica española que personalizaban en aquel momento Carreño de Miranda y Claudio Coello.
Con el reinado de la Casa de Borbón hace crisis la tradición cultural de los Austria y se imponen decididamente las corrientes francesas. De Francia llegan los modelos pictóricos con los que los artistas españoles deben empezar a familiarizarse: Nicolás Poussin, Claude Gellée «El lorenés», Chardin, y ese pintor de lo bonito y feliz que es Antoine Wat-teau, y serán estos los pintores que los Borbones aportan al Museo del Prado, además de los italianos Tiépolo, Canaleto y Guardi.
La escuela española no vuelve a renacer hasta Goya. De su genio y fecundidad ya hemos tratado más por lo menudo. Cabalgó el genio aragonés en los reinados de Carlos III, de quien hizo dos retratos, uno que se conserva en el Banco de España y otro en el Museo del Prado; mereció especial aprecio de Carlos IV y la reina María Luisa, pero no fue del mismo agrado a su hijo, Fernando VII, y terminó por expatriarse voluntariamente. Sin duda Goya es el pintor mejor representado en el Museo del Prado. Allí están los cartones de tapices, muchos retratos, entre los que figura el del arquitecto que levantó el edificio, Juan de Villanueva, cuadros de costumbres, escenas taurinas, los Caprichos, láminas de motivos religiosos y fantásticos, y las alucinantes pinturas negras de la Quinta del Sordo, que fueron recortadas de las paredes para poder conservarlas.
Para hacernos una idea de lo que es esta fabulosa pinacoteca y el lugar que ocupa Goya en ella es forzoso manejar números. El autor de los Fusilamientos de la Moncha tiene en el museo 118 cuadros y 490 dibujos, en tanto que Velázquez tiene 49 cuadros, el Greco 34 y dos esculturas, Murillo 40 y Ribera 50.
Entre los pintores extranjeros descuellan Rubens con 84 obras, 37 de Tiziano, 24 de Van Dyck, 15 de Moro, 44 de Jan Brueghel, y 8 pinturas extraordinarias del Bosco. El Catálogo de 1963 registra 2.004 obras, pero los fondos que no se exponen al público son muy superiores.
Las escuelas mejor representadas son la veneciana del siglo XVI y la flamenca del XVII, por ser las predilectas de los monarcas españoles. En cuanto a la escuela española es la muestra más importante, pues además de los pintores mencionados se encuentran obras importantísimas de Zurbarán, Ribalta, Alonso Cano, Cerezo, Carreño, Claudio Coello y Valdés Leal. Cronológicamente, en el museo están representados desde las pinturas románicas de la Cruz de Maderuelo y de San Baudelio de Berlanga, del siglo XII, hasta el sucesor de Goya en el favor de Fernando VII, el retratista valenciano Vicente López.
Por cierto, con obras de Vicente López comienza su periplo contemporáneo el Museo de Arte Moderno, creado en Madrid en 1894 e inaugurado en 1898, y en el cual se recoge la pintura y escultura de los artistas españoles hasta nuestros días.
En el Prado no solamente puede contemplarse una de las más ricas colecciones pictóricas de todos los tiempos, sino también un conjunto de esculturas, muebles y tapices de gran valor. En escultura, hay algunas piezas sumerias, egipcias y griegas de los períodos clásico y helenístico, así como esculturas procedentes de la colección reunida por la reina Cristina de Suecia; otra importante está formada por estatuas y bustos, de mármol y de bronce, de Carlos V, la Emperatriz, Felipe II y Doña María y Doña Leonor de Austria, realizadas por Leone y Pompeo Leoni. Pero sin duda la pieza más importante que allí se ha expuesto es la escultura ibérica «La Dama de Elche», descubierta en 1897. Asimismo en el Prado pueden admirarse las joyas del llamado «Tesoro del Delfín», por haberlo heredado Felipe V de su padre, en el que figuran media docena de tapices flamencos y otros objetos de gran valor artístico e histórico.
El momento más grave por el que ha pasado el Museo del Prado se produjo durante la Guerra Civil española (1936-39), durante el largo asedio que sufrió la capital. Para salvar el tesoro pictórico de la destrucción de los bombardeos, las colecciones fueron evacuadas primero a Levante y después a Cataluña para ser depositadas al final en Ginebra.
Hoy el Museo del Prado ha vuelto a ser noticia frecuente en la prensa a consecuencia de la contaminación que sufre la capital. Voces de alarma han surgido de todos los centros culturales del país para preservar nuestra gran pinacoteca de los efectos corrosivos de la suciedad del medio ambiente, las cuales han obligado a las autoridades a tomar medidas para aislar el gran edificio que construyó Villanueva del ambiente exterior.