Apéndice 4. Cuando la Realidad Parece Correr Tras de la Ciencia
De Mienciclo E-books
Contenido |
Introducción
ALO largo de toda la historia de la ciencia, el hombre ha visto cosas que luego se han demostrado. Esto explica, en alguna medida, una de las características esenciales de la investigación científica: su mirada hacia el futuro. El investigador se mueve en un tiempo presente, buscando ver más allá del saber establecido, de los conocimientos tenidos por verdaderos en la época. Pero el hombre, en su mirada, muchas veces, ha trascendido ese saber, ha ido más allá de lo que se tenía por cierto; ha hecho observaciones sobre la realidad, para iluminaría, para comprenderla mejor. La ciencia no es otra cosa que una búsqueda incesante y continuada de las zonas oscuras de esa realidad.
Tres ejemplos —de entre los muchos que podríamos proponer— pueden ilustrar ese intento de la ciencia, a lo largo de la historia, por comprender mejor la realidad. El primero es un ejemplo de la Química; el segundo, de la Física; el tercero, de la Astronomía, ciencias que han progresado, a pasos de gigante, en nuestro siglo XX.
Las tablas de mendeleiev
'—El concepto de periodicidad química fue desarrollado con visión de futuro por dos científicos, el alemán Lothar Meyer y el ruso Dmitri Mendeleiev. Meyer publica en 1864 un libro con una tabla periódica incompleta, que es ampliada en 1869 con 56 elementos más, ordenados por grupos y subgrupos.
Mendeleiev, en 1869, presentó un trabajo, hoy famoso, sobre «la relación de las propiedades con el peso atómico de los elementos». Mendeleiev no sólo se limitó a describir la tabla periódica, sino que predijo que en el futuro se iban a descubrir los elementos correspondientes, anunciando incluso sus propiedades deducidas de su posición en la tabla. Tres de estos elementos se descubrieron en vida de nuestro científico, resultando sus propiedades curiosamente próximas a las que él predijo.
La tabla periódica surgió mucho antes de que se descubrieran sus fundamentos. Sus descubridores ignoraban lo que eran los neutrones, protones, el número atómico y la estructura atómica. Sin embargo, aun sin estas bases, la tabla periódica contribuyó a un notable desarrollo de la química.
Las leyes de la gravitación
' —Durante el siglo XVII se preguntaron los científicos cuál podía ser la causa del movimiento de los planetas.
Gilbert hizo un estudio de los imanes y supuso que el magnetismo podía ser la fuerza capaz de fijar en su lugar a los planetas y al mismo tiempo hacerlos girar. Esto quiere decir que la idea de una fuerza de atracción era bastante corriente. Muchos pensadores se habían interesado por este problema (Descartes; Borelli, 1666; Huygens, 1673; Hooke y Halley en 1679), pero quedaba por resolver el problema de la causa de esa fuerza atractiva y la explicación del carácter elíptico de las trayectorias de los planetas.
Merced a los estudios y comprobaciones de Halley, Newton expuso la solución en su obra Philo-sophiae naturalis principia mathematica (Principios matemáticos de la filosofía natural, 1685-86). Allí se formula el principio de gravitación universal. Al mismo tiempo introdujo el cálculo infinitesimal que de los principios físicos hacía resultados que podían ser comprobables. Newton hizo posible saber la posición de un astro.
Neptuno tiene que existir
' —Quizás el caso más típico del conocimiento de algo antes de su descubrimiento lo tengamos en la subyugante historia de Neptuno.
En 1821, el astrónomo francés Bouvard, al trazar las tablas sobre el movimiento de Urano, advirtió que seguía una trayectoria realmente caprichosa. A partir de 1830, los astrónomos se vieron profundamente intrigados por ese comportamiento anormal del planeta. Uno de estos astrónomos se llamaba Le Verrier, el cual empezó por preguntarse si aquellas anomalías no serían provocadas por otro planeta situado más allá de la órbita de Urano; su sospecha era casi un convencimiento y se lanzó a buscarlo a base de largos cálculos, partiendo de dos nociones ya formuladas entonces: del producto de las masas y del cuadro de las distancias.
Durante varios años estuvo consagrado a sus cálculos, hasta que el 31 de agosto de 1846 llegó al convencimiento de que existía otro planeta que era el causante de las anomalías orbitales de Urano.
Con plena seguridad en la exactitud de sus cálculos, precisó el sitio y el momento en que los astrónomos que tuvieran medios para ello podían encontrar un planeta que tenía que existir.
Menos de un mes más tarde, el 25 de septiembre, un astrónomo berlinés, Galle, tuvo la suerte de localizar al responsable. Le Verrier, como dice Arago, «lo vio en la punta de su pluma, tras haber determinado, con sólo la potencia del cálculo, el lugar y la magnitud de un cuerpo situado más allá de los límites hasta entonces conocidos de nuestro sistema planetario». Galle lo vio en la plena realidad de su existencia.
La imaginación en la ciencia
'—Siempre estará presente la frase de Pasteur que se refiere a cómo la suerte, en la investigación científica, no existe, salvo para aquellos investigadores que trabajan concienzudamente. Sin embargo, el papel de la imaginación, como facultad de «traer el futuro al presente», imaginando cosas que luego son posibles, ha sido, también, muy destacado. Hay, en este sentido, opiniones realmente significativas, como la del científico Kekulé, quien decía a sus estudiantes de química orgánica: «Aprendan a soñar, señores míos; así quizá descubran ustedes la verdad». ¿Qué quiere decir esto? Esta frase, como otras que se podrían aducir en el mismo sentido, traslucen una realidad muy profunda en la investigación científica y es ésta: que por muy racional, consciente, objetivo, sistemático y riguroso que sea un descubrimiento, siempre habrá una parte que el sujeto no podrá controlar. Por eso no exageramos al decir que el verdadero investigador lo es en su totalidad, con toda su realidad biológica, psíquica y espiritual. Es investigador cuando trabaja, cuando se dedica al descanso, incluso cuando duerme. Porque muchas cosas —que luego el tiempo comprobó que podían ser ciertas—-parecieron realmente sueños en su época. Es el caso tan mencionado de Julio Verne. Por eso también al verdadero innovador se le ha llamado muchas veces «visionario», lo que quiere decir que mira por encima de las cosas presentes, de los saberes establecidos, que sabe, en definitiva, tener una mirada de largo alcance.
Mendeleiev, Newton, Le Verrier son ejemplos de esa mezcla de futuro, de imaginación, de trabajo, de necesidades de saber, constantes humanas muy profundas y que son las que poderosamente mueven la historia de la Humanidad.