Apéndice 3. Magia y Brujería en las Culturas Españolas
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PARA muchos resulta contradictorio y enigmático que siendo Goya un portentoso creador de belleza, como lo revela en las Majas y las Manolas, también lo fuera del feísmo y de la sordidez. Sin embargo, ambas cosas conviven y se entremezclan en la realidad, y el artista lo único que hace es captarlas y dar testimonio de su presencia en el mundo que le tocó vivir. Sin duda Goya no creía en magias, brujas y hechicerías, pero estos elementos coleaban en el substrato popular. ¿No eran estos elementos supersticiosos y contrarios a la razón los que ofrecían mayor resistencia y hasta se oponían abiertamente a los proyectos renovadores de la Ilustración? Los fustazos del padre Feijoo al «estúpido vulgo» y a la «plebe supersticiosa» formaban parte del repertorio de ideas racionalistas de los ilustrados. Y el artista Goya no hizo otra cosa con los pinceles que lo que hicieron con la pluma Jovellanos, Cadalso, Moratín y todos los que aspiraban a sanear la vida cultural española.
Como es sabido, la magia forma parte de todas las culturas primitivas y en las primeras fases se entremezcla con la religión de tal manera que son inseparables. «Sabido es que la humanidad —escribe Caro Baroja—, desde una época remota, ha tenido la ilusión que conocemos con el nombre especial de Magia. Esta ilusión consiste frecuentemente en pretender dominar a la Naturaleza, y en casos también a las fuerzas sobrenaturales, mediante determinados actos en los que se usa de un supuesto poder coercitivo propio del hombre y que se supone existe en mayor o menor cantidad, según los individuos». Durkheim, por su parte, la define de la siguiente manera: «La magia está también formada por creencias y ritos. Tiene asimismo, como la religión, sus mitos y dogmas: más rudimentarios, sin duda, porque siguiendo fines prácticos o utilitarios no pierde el tiempo en puras especulaciones. Igualmente tiene sus ceremonias y sacrificios, sus lustraciones, oraciones, cantos y danzas. Los seres a que invoca el mago, las fuerzas a las que hace obrar no son tan sólo de la misma naturaleza que las fuerzas y seres a los que se dirige la religión, sino que muy frecuentemente son los mismos. Así, desde las sociedades más inferiores las almas de los muertos son esencialmente sagradas y objeto de ritos religiosos, pero al mismo tiempo han tenido un papel considerable en la magia; los demonios son también un instrumento usual en la acción mágica.»
Para hablar de la magia en toda su pureza y penetrar en sus raíces, sería forzoso remontarse a las culturas egipcia, caldea, griega y romana. Su más alto grado de desarrollo lo alcanzó en el llamado mundo pagano. El cristianismo condenó la magia desde sus comienzos, a pesar de lo cual ésta subsistió y se manifestó de diversas formas. Ya en el siglo VII el Fuero Juzgo condena a los hechiceros y los que de ellos se aconsejan. Existe una copiosa literatura aprobada en los concilios toledanos en la que se condenan todas las prácticas mágicas y a los clérigos que consultasen a magos, augures y adivinos.
En las Partidas de Alfonso X el Sabio se arremete de nuevo contra los agoreros, sorteros, adivinos, hechiceros y truhanes, condenando a los que «encantan los Espíritus Malos ó facen imagines ó otros fechizos, ó dan yerbas para enamoramiento de los homes et de las mujeres». Pero al mismo tiempo, se afirma que es digno de premio el hacer «encantamientos ó otras cosas con buena intención». Caro Baroja dice que la aceptación de los encantamientos con buena intención «condujo al enorme florecimiento que tuvo en Castilla en los siglos XIV y XV la magia a lo oculto y que corresponde con el que tuvo en otros países».
Mago famoso fue el marqués de Villena y la magia florecía entre los árabes y judíos. Pero este tipo de doctrinas herméticas tenían poco arraigo en el pueblo. La astrología y la búsqueda de la piedra filosofal calaban menos que las trapacerías de los saludadores, brujas y adivinas, intercesores para la salvación del ganado, las conquistas amorosas o la previsión de tormentas y enfermedades. Los conjuradores de tempestades, ensalmadores y curanderos milagrosos se encuentran perfectamente instalados en los diversos pueblos españoles. Incluso en muchos lugares estaban a sueldo de los ayuntamientos.
Martín de los Heros escribe en su Historia de Valmaseda «que este pueblo vasco gastó en 1528, 485 maravedís en cuatro misas cantadas y cuatro días que se emplearon en conjurar los términos de la villa, además de 138 por otras tres misas y por conjurar los cocos por segunda vez». Los conjuradores podían ser lo mismo clérigos que seglares.
Vicente Espinel en El escudero Marcos Obregón nos describe la vida regalada de los ensalmadores en las aventuras de su protagonista: «Y si bien son muy trilladas estas comparaciones de los médicos y las medicinas, pueden traerse muy bien entre manos, por ser fáciles e inteligentes, y más yo, que por la excelente gracia que tengo de curar por ensalmos, puedo usar dellos, como uso del oficio, con tanta aprobación y opinión de todo el pueblo, que me ha valido tanto el buen puesto en que estoy junto con traer unas cuentas muy gruesas, unos guantes de nutria, unos anteojos que parecen más de caballo que de hombre, y otras cosas que autorizan mi persona; que estoy tan acreditado, que toda la gente ordinaria desta Corte y de los pueblos circunvecinos acuden a mí con criaturas enfermas de mal de ojo, con doncellas opiladas o con heridas de cabeza y de otras partes del cuerpo, y con otras enfermedades, con deseo de cobrar salud; pero curo con tal dulzura, suavidad y ventura, que de cuantos vienen a mis manos no se me mueren más de la mitad, que es en lo que estriba mi buena opinión; ...mas la gente que más bendiciones me echa es la que curo de la vista corporal, porque como todos o la mayor parte son pobres y necesitados, con la fuerza de cierta confección que yo sé hacer de atutia y cardenillo y otros simples, y con la gracia de mis manos, a cinco o seis veces que vienen a ellas, los dejo con oficio con que ganan la vida muy honradamente, alabando a Dios y a sus santos con muchas oraciones devotas, que aprenden sin poderlas leer.» Total, que era un fabricante de ciegos de oficio.
Toda nuestra literatura, desde Gonzalo de Berceo hasta nuestros días, está saturada de supersticiones mágicas. Pero la que se lleva la palma por los múltiples servicios de mediadora, intercesora y alcahueta que presta a la sociedad, es la bruja. La crítica moderna tiende incluso a considerarla como un elemento benéfico en una sociedad pacata e hipócrita. Cervantes nos describe a la Cañizares de Camacha de Montilla, la más célebre de las brujas de Andalucía: «Ella congelaba las nubes cuando quería, cubriéndose con ellas la faz del sol, y cuando se le antojaba volvía sereno el más turbado cielo; traía los hombres en un instante de lejanas tierras..., cubría a las viudas de modo que con honestidad fuesen deshonestas; descasaba a las casadas y casaba a las que ella quería. Por diciembre tenía rosas frescas en su jardín y por enero segaba trigo: Esto de hacer nacer berros en una artesa era lo menos que ella hacía, ni el hacer ver en un espejo, o en la uña de una criatura los vivos o los muertos que le pedían que mostrase; tuvo fama que convertía a los hombres en animales y que se había servido de un sacristán seis años en forma de asno real y verdaderamente, lo que yo nunca he podido alcanzar como se haga... si ya no es que esto se hace con aquella ciencia que llaman tropelía, que hace parecer una cosa por otra.»
Pero sin duda la bruja más famosa de cuantas se han paseado por las Españas es La Celestina, a la que Rojas dotó de eterna vivacidad con su ingenio y realismo. De ella dice Parmeno, uno de los personajes: «Y remediaba por caridad muchas huérfanas y cerradas que se encomendaban a ella. Y en otro apartado tenía para remediar amores y para querer bien. Tenía huesos de corazón de ciervo, lengua de víbora, cabezas de codornices, sesos de asno, tela de caballo, mantillo de niño, guija marina, soga de ahorcado, flor de yedra, espina de erizo, pie de tejo, granos de helécho, la piedra del niño del águila, y otras mil cosas. Venían a ella muchos hombres y mujeres y a unos pedía el pan donde mordían; a otros, de su ropa; a otros, de sus cabellos, a otros, pintaba en las palmas letras con azafrán; a otros con bermellón, a otros daba unos corazones de cera, llenos de agujas quebradas y otras en barro y en plomo hechas, muy espantables al ver. Pintaba figuras, decía palabras en tierra. ¿Quién te podría decir lo que esta vieja hacía? Y todo era burla y mentira.»
A pesar de la dureza con que la Inquisición castigaba las acusaciones de brujería y magia, y la cantidad de procesos que fueron incoados por estas causas, los profesos de hechicerismo y demonología siempre tuvieron sus adeptos en los estratos más bajos e incultos de nuestro país. Para ver más claramente en qué consistían las prácticas brujeriles veamos lo que dice doña Antonia Mexía, que se denunció a sí misma al Tribunal del Santo Oficio de Toledo, y cuyo documento recoge Rodríguez Marín: la bruja arrepentida confiesa «que unas gitanas le enseñaron la suerte de las habas en esta manera: que tomase nueue hauas, un poco de carbón, un grano de sal, un poco de çera, un ocbano, un poco de piedra, lumbre, un poco de açufre, un poco de pan, un poco de paño colorado, un poco de paño açul, y que las dos de las hauas las señalase mordiéndolas, o las más que quisiese, diciendo este es Juan (su marido), este es Francisco, y esta Catalina, y que si saliese la mordida, que es la persona que se quiere, junto al carbón, significa noche; si junto a la sal gusto; junto a çera martelo, que quiere decir golpe, porrazo o cosa semejante; junto al ocbauo, que abrá dinero; junto a la piedra alumbre, con lo colorado, sangre; y junto a lo açul, çelos; y junto al açufre, si sale con la sal, oro, y si sale solo, pesadumbre; junto al pan, que habrá comida.»
Probablemente sobre Goya pesaba todo ese mundo siniestro de brujas, trasgos, endemoniamientos y hechicerías que pululaban en la sordidez de la miseria y la incultura, pero no porque creyera en los consoladores poderes mágicos y milagreros, sino porque los consideraba un estorbo para la ilustración y el progreso, y los combatió a su manera, lo mismo que hicieron Feijóo, Jovellanos y Moratín.
Teófilo Gautier, en su Viaje por España, escribe lo siguiente: «Castilla la Vieja, sin duda, se denomina así a causa de las innumerables viejas que allí se encuentran, ¡y qué viejas! Las brujas de Macbeth, atravesando el brezal de Dunsinania para ir a preparar el infernal banquete, son lindas muchachas, comparadas con ellas las abominables furias de los Caprichos de Goya, que yo hasta ahora tenía por pesadillas y quimeras monstruosas, son retratos de asombroso parecido.»
Julio Caro Baroja, indiscutible autoridad en lo que a magia y brujería se refiere, cuenta dos historias, entre otras, recogidas en 1936 de labios de un viejo serrano de Los Molinos que reflejan la persistencia de los mitos brujeriles en el pueblo. Los relatos recogidos por Caro Baroja del viejo serrano dicen así:
«Volvía yo una vez de Cercedilla de ver a mi novia con otro compañero. Era de noche y hacía una hermosa luna. Cuando he aquí que en el camino vemos que se acercaba a nosotros un carnero.
¡Válgame Dios y qué cena vamos a hacer esta noche! —pensábamos al ver el carnero que nos parecía fácil de coger.
Comenzamos a perseguirle. El carnero se escabullía; por fin yo logré atraparlo. Pero cuando ya lo creía mío, pegó un salto mayor que ese árbol que está ahí delante y volvió a correr ante nosotros. Le seguimos y no había modo de alcanzarle.
En esta persecución llegamos a un lugar donde hay un regato y pensamos que acorralándole en él nuestro propósito sería fácil de llevar a cabo. Logramos, en fin, acorralarle y nos echamos sobre él; tanta fuerza tenía el condenado que se nos escapó pegando un nuevo salto. Molidos, volvimos al pueblo. Yo no sé lo que sería, pero que allí nos jugó una trastada alguna bruja no me cabe duda.»
«Tengo yo un terreno que está cercano al de una mujer que era muy mala. A todos nos dejaba sin agua porque abría la cacera y regaba su tierra, aun cuando no le correspondiera.
Una vez, harto ya de burla de la vieja, fui y la dije:
—Hoy, tía Fulana, por la noche la dejaré a usted sin agua porque voy a regar mi terreno.
Efectivamente, a ello me dispuse, pues cogí el azadón y bajé a la cacera a abrir la presa. Una vez que la hube abierto, quise salir de aquel lugar, que estaba en un bajo, pero ni por esas; por más que intenté, siempre me resbalaba, o me caía, o me quedaba como sin movimiento, de modo que allí pasé toda la noche. Unicamente a la madrugada pude salir. ¡La condenada vieja me tuvo hechizado toda la noche! Cuando la volví a ver la dije: —Como me vuelva usted a hacer lo que ya sabe, pierda cuidado que la mato.»
Lo mágico tenía y sigue teniendo en España demasiado arraigo para borrarlo de un plumazo o infamarlo con un chafarrinón goyesco. Ahí está el Palmar de Troya en nuestros días para dar fe del milagrismo integrista. Si en pleno siglo XX, con la ciencia y la técnica lanzadas a la conquista del espacio, se repiten hechos y sucesos que parecen surgidos del oscuro medievalismo, no puede extrañarnos que en épocas más antiguas la magia y la hechicería estuvieran afincadas vigorosamente en el alma popular.