Apéndice 3. Los satélites artificiales
De Mienciclo E-books
E L 4 de octubre de 1957 el satélite ruso Sputnik vencía el campo de la gravitación terrestre y transmitía desde el espacio unas débiles señales: era el bip-bip con el que se abría un nuevo capítulo en la historia de la humanidad: la conquista del espacio.
Pero los satélites artificiales no han sido sólo el primer paso en la carrera espacial que lleva al hombre a la luna. Esos cuerpos celestes que flotan en el firmamento porque el hombre así lo ha querido, suponen un avance tecnológico en numerosos campos de la ciencia y rinden diariamente enormes servicios a todos los países.
Las comunicaciones terrestres son las que más favorecidas se han visto con el lanzamiento y perfeccionamiento de los satélites artificiales. La transmisión de conversaciones telefónicas, de mensajes de télex y de imágenes de televisión se cuentan entre los logros más importantes. Un emigrante en Australia puede hablar por teléfono, por poco dinero, con un hermano que se encuentre en Europa; una empresa de Nueva Zelanda puede concluir por télex un contrato con una sociedad americana; los habitantes de los cinco continentes pueden ver, a la vez, las imágenes televisivas de cualquier acontecimiento de importancia mundial mientras éste se produce. La comunicación vía satélite es la única que permite la transmisión telefónica inmediata a escala global a través de los océanos; su utilización en las áreas remotas es una ventaja para los países en vías de desarrollo, donde el coste de las instalaciones clásicas sería prohibitivo.
A los satélites destinados a la mejora de las comunicaciones les siguen en importancia los satélites de reconocimiento de la superficie terrestre, o satélites geodésicos. Provistos de sensores especiales, que captan no sólo la luz visible sino también las bandas electromagnéticas invisibles, los satélites de la serie Landast norteamericanos, destinados al continuo reconocimiento de los recursos terrestres, captan y envían continuamente imágenes de la Tierra que permiten reconstituir el suelo mediante calculadores electrónicos, dando un panorama continuo y actualizado de la superficie del globo. Se puede estudiar así el tamaño, forma y masa de la Tierra, las variaciones de la gravedad terrestre y la situación y distancias entre puntos de la Tierra separados por millones de kilómetros con un error inferior a los 12 metros. Además, las imágenes de los Landast sirven para localizar yacimientos petrolíferos y minerales, para vigilar e inventariar la producción agrícola a escala global, para medir las variaciones dinámicas de la corteza terrestre, la licuación de las nieves, el movimiento de las aguas, etc. Uno de los datos más simples, pero más importantes para la vida cotidiana del hombre, que pueden suministrar estos satélites es la información sobre el estado de las cosechas. Las imágenes revelan si las cosechas están sanas o afectadas por determinados parásitos, lo que permite la desinfección oportuna, y pueden indicar la manera más racional de utilización de pastos en regiones semidesérticas, atenuando las consecuencias de las sequías.
Otro tipo de información que está continuamente presente en nuestra vida cotidiana es la que suministran los satélites meteorológicos. Su capacidad de previsión del tiempo atmosférico es extraordinariamente precisa, con todas las consecuencias que de ello derivan para la actividad agrícola, para ciertas iniciativas industriales y para la prevención de catástrofes. Desde 1966 la superficie terrestre es fotografiada en su totalidad por lo menos una vez al día, para el registro exacto de fenómenos atmosféricos cuya regularidad y evolución se ha empezado a conocer ahora. En los últimos once años, por ejemplo, ni uno solo de los huracanes tropicales que periódicamente se abaten sobre los Estados Unidos ha escapado de su identificación en sus fases de formación. El día en que las mutaciones del tiempo puedan no sólo ser previstas sino influidas por el hombre, parece mucho más próximo gracias a estos satélites.
Entre la serie de satélites con misiones de investigación científica, destacan los satélites astronómicos y los biológicos. Los primeros tienen como primer objetivo el estudio del sol y sus radiaciones y las de otras estrellas más lejanas. Los satélites biológicos transportan animales recuperables por paracaídas, permitiendo estudiar la influencia del medio espacial sobre los seres vivos, tanto del reino animal como del vegetal.
Como todo logro tecnológico, los satélites artificiales tienen dos usos bien distintos, el destinado a la paz y al progreso de los hombres —al que corresponden los satélites anteriormente descritos— y el destinado a la guerra. Hoy día cualquier tipo de información, aunque parezca tan inofensiva como la previsión del tiempo o el estado de las cosechas, puede ser utilizada en un determinado momento como un arma en contra de una potencia enemiga; pero, además, existen unos cuantos tipos de satélites destinados exclusivamente al espionaje y al perfeccionamiento de las técnicas militares.
Los satélites espías realizan misiones de reconocimiento aéreo y pretenden completar, prolongar o sustituir la acción de los aviones y otros medios aéreos para obtener información. Los de la serie Samos, por ejemplo, fotografían palmo a palmo el territorio enemigo, y están preparados incluso para avisar con urgencia si captan preparativos sospechosos. Alcanzaron gran auge después del incidente del U-2 en 1960, incidente que creó una seria tensión diplomática entre los Estados Unidos y la Unión Soviética cuando sobre este último país cayó derribado un avión del tipo U-2 norteamericano que realizaba un vuelo de espionaje.
Aunque las exactas posibilidades de los satélites militares pertenecen al secreto de los Estados mayores, sabemos que dentro de este grupo están los satélites capaces de detectar los rayos infrarrojos emitidos por un cohete al ser lanzado por sorpresa, permitiendo así un mayor tiempo de aviso al país amenazado. También tiene aplicación militar un tipo de satélite de navegación que sirve de guía a los navíos equipados con misiles, analizando con gran precisión sus trayectorias y determinando la posición de buques de superficie así como de submarinos y aviones con más exactitud que los medios normales. En la cumbre de la tecnología militar en este campo están los satélites Saint, que pueden interrogar a otros satélites sospechosos y destruir a los que no se identifiquen mediante la contraseña convenida. Y, por último, la serie Fobs, equipados con una bomba nuclear que se puede hacer descender sobre el objetivo antes de que el satélite complete su primer órbita, y cuyos ensayos datan de 1967.
Esta breve enumeración puede dar una idea del poder que las investigaciones espaciales han colocado en manos de las superpotencias capaces de construir y poner en funcionamiento satélites artificiales. Por ahora su control está fundamentalmente en manos de los «dos grandes» —Estados Unidos y la Unión Soviética— y su utilización o no como armas de guerra depende del equilibrio del poder de estos dos países sobre el resto del mundo.
Superada la etapa de la «guerra fría», el fantasma de una guerra mundial o de una guerra nuclear parece momentáneamente alejado del mundo, pero la información suministrada por los satélites artificiales puede ser fácilmente utilizada en las «guerras locales» que periódicamente estallan en el llamado «Tercer Mundo», y en las que las grandes potencias están siempre comprometidas de alguna forma.
El hecho de que otras potencias de segundo orden dediquen más presupuesto a la investigación espacial, y pongan en órbita sus propios satélites, repartiría la responsabilidad y el control de éstos entre unos cuantos países más, pero no anularía su posibilidad de ser utilizados como preciosos auxiliares de las técnicas militares. En todo caso, sólo los países económicamente poderosos podrían llegar a tener sus fuentes autónomas de información, ya que el coste de fabricación y lanzamiento de satélites artificiales seguiría siendo prohibitivo para las naciones subdesarrolladas o en vías de desarrollo.
Las consecuencias de la investigación espacial, igual que las de la energía atómica, representan un escalón más en el progreso técnico y científico de la Humanidad, y sólo cabe esperar que traigan al hombre más beneficios que desgracias.