Apéndice 3. Los Pensamientos
De Mienciclo E-books
Contenido |
Introducción
ANTES, más que ahora, era costumbre de casi todos los personajes de la época elaborar una especie de «Ideario» o pequeño li-brito de pensamientos. Esta clase de libros íntimos fueron llamados «Libros de horas», y en no pocas ocasiones llegaron a ser perfectas piezas de la literatura mundial.
No se trata de un diario o algo semejante, pues en ellos no se nos muestran los sucesos o los acontecimientos de una época o tiempo determinado. Son, más bien, ejercicios del espíritu, meditaciones escritas de forma sosegada y que, todas juntas, forman una especie de norma de conducta a seguir. Representan un intento, por parte del autor, de perfeccionar su vida espiritual. Un deseo que, aunque no siempre se vea cumplido, es ya loable de por sí.
El «Libro de horas», del cual hemos hecho una selección, pertenece a Cristina de Suecia. Conocer la intimidad de estos libros es saber los propósitos de la persona que los escribió. Es también poder sopesar lo que realmente fue una vida y lo que quiso ser.
Libro Primero
I
Es preciso gozar o sufrir el presente, olvidar el pasado y resignarse ante el futuro.
No debemos atormentar nuestro corazón con algo que sea ignominioso.
La virtud vale mucho más que tronos y fortunas.
Ningún trono merece ser conseguido al precio del crimen.
El dinero suele ser usurpador de aquellos derechos que pertenecen a la virtud.
La vida se asemeja a esas músicas melodiosas que encantan y placen al espíritu, pero que duran poco.
Todo es fugaz y fugazmente pasa: el bien y el mal duran tan poco que ninguno de los dos merecen ni el alborozo ni el sufrimientos que nos producen.
Aquellos que saben gustarlo todo, crecen robustos, alegres y sabios.
II
Los príncipes ridículos parecen hechos para hacer reír o llorar a los pueblos.
Somos más sensibles a los males que aquejan este mundo que a los bienes que lo adornan.
Todo se vuelve costumbre y todo se transforma en hastío y cansancio.
III
Los filósofos de la antigüedad fueron malos cumplidores de sus magníficas promesas.
Sin embargo, Ciro, Alejandro, César, han merecido la amistad y la estima de todos los siglos.
Se debe gozar sin escrúpulo de todo aquello que está permitido, y abstenerse de aquellas cosas prohibidas, sin demostrar y aun sin sentir dolor.
Hay muchas desgracias que han sido gloriosas y muchas más que pudieron serlo.
La virtud nace con los hombres y alegra la memoria de los que murieron con ella.
Es imposible adivinar rastro de virtud en aquellos que la desprecian.
Marido y mujer; he aquí una balanza entre el bien y el mal que muy pocos saben equilibrar.
Si se conocieran a fondo los deberes de los príncipes pocos serían los que los desearan.
Hasta el más pequeño de los estados debe estar regido por el más grande de los hombres.
Poca virtud tiene quien solamente puede ser ensalzado por su fortuna o por su rango.
El menosprecio es la más noble venganza de un gran corazón.
Vengarse para proteger a los oprimidos es una gloria y magnífica venganza.
Cuando uno es débil no puede usar la venganza; cuando se es poderoso, no se debe hacer uso de ella.
La más grande de las recompensas que otorga el espíritu es el placer de hacer el bien.
Es preciso tener bien definida, uno mismo, la idea de cómo empezar y acabar los asuntos de una forma gloriosa.
El verdadero amor es aquel que solamente pretende amar, nada más que amar.
El amor subsiste siempre, aunque sea en las horas desgraciadas, no sólo en tiempo de alegría.
El corazón está hecho para amar; es preciso que ame.
Las simpatías y las antipatías; he aquí los sentimientos que han hecho perder sus derechos a la razón.
IV
La estupidez y los estúpidos han sido hechos para ser despreciados, sea cual sea el grado o el estado en que la fortuna los haya puesto.
Hay ocasiones en que los grandes hombres derraman lágrimas; lloran y esto no los desmerece.
César lloró en ocasiones, pero las lágrimas que derramó fueron dignas de él.
Aquellos que acusan a César de haber derramado lágrimas fingidas ante Pompeyo, conocen mal los nobles sentimientos de un corazón mucho más grande y digno que el de ellos.
Hay dos cualidades que no mienten jamás ni pueden engañar: la fuerza y el coraje.
Los hombres no serían ni traidores ni embusteros si no fueran débiles.
Todos nos esforzamos en vano, por aparentar aquello que no somos.
El secreto de poner en ridículo a las personas reside en conceder talento a aquellos que no lo tienen.
V
Las decisiones de la propia conciencia, la nuestra, son irrevocables.
La conciencia es el único espejo de que disponemos y que ni nos adula ni nos engaña.
Es injusta la costumbre de estimar más la aprobación de cualquiera antes que la de nuestra conciencia.
Los hombres no están faltos de conocimientos y ciencia, sino de sinceridad con ellos mismos.
La ingratitud jamás debe obstaculizar nuestro deber de hacer el bien.
Hay una especie de placer para sufrir la ingratitud que sólo está reservada a las grandes almas, las únicas capaces de saborearlo.
Se ama a aquellos que hacen el bien; se odia a aquellos que provocan el mal.
Los hombres raramente hacen justicia a la virtud; todos alaban engañosamente la fortuna.
Sería más aconsejable ser avaro de tiempo que de esas monedas que llamamos dinero.
La avaricia de tiempo es una rara virtud que no desmerece a quien la posee.
Los juegos que necesitan de una complicada aplicación no son ni juego ni pasatiempo.
Es bueno amar los placeres; bueno es practicarlos. Pero más bueno todavía es saber detenerse a tiempo.
Las gentes que se divierten demasiado, llegan a hastiarse demasiado también.
Los hombres no están hechos para el placer; sin embargo, los placeres están hechos para el hombre.
El hábito llega a ser insensible hastío de cualquier placer.
VI
La razón nunca ofrece más de lo que promete, aunque a veces las apariencias hagan pensar lo contrario.
No sin razón, la Naturaleza ha dotado a las rosas de espinas.
Tener un discernimiento fino y delicado es disponer de buen gusto. Saber dar a las cosas su justo precio, es disponer de un gran talento.
El espíritu más sano y fuerte tiene también sus enfermedades. Igual que el cuerpo. Y algunas de estas enfermedades son incurables.
Nuestro cuerpo debe ser sumiso; debe ser tratado como un esclavo. Pero como un esclavo que merece toda nuestra caridad y cuidado.
Sería demasiado inhumano el no perdonar nada a la humanidad de nuestro cuerpo.
Las pasiones y los placeres del hombre deben ser dignos de él.
Es preciso amar las cosas bellas, pero es preciso también amarlas razonablemente.
VII
Aprendemos en las escuelas todas aquellas cosas que es necesario olvidar más tarde.
Así como nos enorgullecemos de saber ciertas cosas, también debemos estar orgullosos de ignorar otras.
Todos aquellos conocimientos que no nos proporcionen más sabiduría, más fuerza o más alegría, son conocimientos inútiles.
Las ciencias no son más que los pomposos títulos de la ignorancia humana. Para aprenderlas no es necesario ser sabio.
Bien vivir y bien morir; ésta podría ser la ciencia de las ciencias.
Los grandes genios de la antigüedad hablan tan bien de ellos mismos como de los demás.
El amor persuade a todos; su silencio es mucho más eficaz que cualquier retórica.
Hay dos cosas que siempre hacen hablar: el coraje y la vanidad.
Es necesario saber hablar, pero también es necesario saber callar.
Frecuentemente los hombres estúpidos pasan por ser sabios hombres.
Los fanfarrones son raramente bravos, y los bravos son raramente fanfarrones.
Las buenas acciones dan coraje, y las malas lo quitan.
VIII
El renombre y la gloria no suelen ser casi nunca una misma cosa.
Los príncipes, pese a tener un alto renombre, no siempre tienen la gloria que merecen.
El renombre o la celebridad son raramente justos cuando se aplican a los grandes.
Es mucho más alta la fama que el mérito que otorga una gran reputación.
La fortuna o el dinero raramente forjan héroes. La fortuna nunca supone nada a favor de quien la posee.
Un mérito extraordinario es algo así como un crimen que no se perdona jamás.
Se usurpa la gloria como si fuera un bien que poseyera alguien y que se pudiera tomar.
Arriesgar la vida no es nada; pero arriesgar la gloria es el último esfuerzo de los intrépidos.
IX
Se ha acusado a César de haberse erigido en tirano, como si gobernar a Roma no fuera el más grande servicio que este hombre le pudiera hacer.
Aquellos que mataron a César hicieron más daño a Roma que el provocado por todos los triunviratos y todas las guerras civiles.
No se puede perdonar a Bruto el que diera muerte a César, y mucho menos teniendo en cuenta que éste era un hombre mucho más honesto que aquél.
Los grandes hombres tienen el presentimiento de su destino, un presentimiento que raramente les engaña.
Lo terrible y lo fatal siempre se presentan cuando es necesario que se cumpla un gran designio.
La invencible perseverancia nunca retrocede ante ningún obstáculo.
César a la orilla del Rubicón, razonó justamente. En ese momento vio todo lo que podía esperar y todo aquello que tenía que derribar. La suerte estaba echada. La gloria y la fortuna le aguardaban en la otra ribera. Era necesario pasar. Para él suponía perecer o reinar.
Algunas veces, los grandes hombres y los bobos hacen las mismas cosas; pero las hacen de manera muy diferente.
Libro Segundo
I
Hay reinos que hacen grandes a los reyes; hay reyes que hacen grandes a los reinos.
El carácter de Alcibíades es grande y admirable por su intrepidez y coraje.
Entre los filósofos, Sócrates, Platón, Aristóteles, Diógenes, Epicuro y Epictetes, merecen nuestra admiración.
Platón y Aristóteles eran dos grandes filósofos, aunque de carácter bien diferente.
Platón no sabía trabajar sino por la gloria de su maestro Sócrates.
Aristóteles, ingrato y deshonesto en este punto, jamás habló de su maestro ni de su discípulo.
Cicerón fue el único hombre cobarde capaz de hacer grandes cosas.
Catón, con todo lo admirable que nos parece, era demasiado testarudo.
II
La verdad tiene una especie de temor para acceder a las puertas de los príncipes, y hace falta una rara habilidad para atraerla.
Es necesario que los príncipes se digan a ellos mismos la verdad de las cosas. En vano esperan que los demás se la digan. En vano esperan.
Cuando son los príncipes los primeros en decir la verdad, fuerzan a todos los demás a decirla.
Es preciso amar la justicia y la verdad mucho más que la vida misma.
Cuando alguien ha nacido para la verdad tiene que disputarla entre los mentirosos.
La debilidad y la ignorancia hacen de los hombres enemigos de la verdad.
Todo aquello que destruye el respeto y la estima de los hombres es mortal para ellos.
El gran secreto de la vida es el de proponerse un gran objetivo y no perderlo nunca de vista.
Cualquiera que sea el precio, o a costa de lo que sea, es necesario no apartarse nunca del deber.
La grandeza no consiste en hacer todo aquello que se quiere, sino en querer todo aquello que se debe.
Cuando una buena acción acarrea la desgracia para toda la vida, no se debe arrepentir ni abstenerse de volver a repetir la misma acción.
Sufrir por haber hecho el bien es una especie de preciada recompensa.
La fortuna justifica bien los desastres y hasta los crímenes. Pero ella no consuela jamás.
Es necesario leer para instruirse, para corregirse y para consolarse.
La lectura es una parte de los deberes del hombre juicioso.
El oráculo que ordena consultar a los muertos habla, sin duda, a través de los libros.
Cualquiera que sea la ocupación que se tenga, hay siempre unas horas perdidas, que es necesario ocupar dignamente.
La lectura es una especie de espejo que hace conocer los defectos y las virtudes.
La lectura place a aquellos que tienen alguna simpatía por los sabios de la antigüedad.
Hay una especie de estela luminosa que une las almas de los grandes hombres, a pesar de los lugares y siglos que los separan.
Los libros no halagan ni los defectos ni las pasiones de aquellos que los leen.
El mundo no está compuesto más que de intereses y pasiones encontradas que es preciso estudiar para ser hábil.
El mundo es el gran escenario de los grandes hombres. Los demás somos espectadores.
La ciencia del pasado es de una gran utilidad para el porvenir.
El arte de conocer a los hombres es difícil. Pero aquellos que lo consiguen están preparados y destinados a reinar.
Es preciso emplear este conocimiento con harta reserva y sobre todo no creerlo infalible.
Los príncipes y los grandes hombres que tienen por norma no contestar a la gente, no hacen más que rodear de misterio lo que sólo es ignorancia.
Los débiles y los bobos que gobiernan un reino, pasan por ser seres misteriosos.
III
No hay materia ni profesión que no tenga su jerga y su truco.
Trampa es rodearse de silencio para no mostrar lo que en realidad es ignorancia y debilidad.
Una persona desciende por debajo de las demás cuando no estima ni cree en nada.
Se debe estar más satisfecho de los méritos de otro que de los de uno mismo.
De igual forma, se debe perdonar a los demás mucho más que a nosotros mismos.
La verdad tiene un cierto carácter, una especie de rostro que la distingue de una forma inexplicable.
Las expresiones de los hombres apenas significan nada. Casi nunca nos explican sus acciones. Importa más el hecho que las palabras.
Elogiar a los hombres para perderlos es un arte demasiado común.
Aquellos que no prestan oídos, raramente se equivocan en sus asuntos.
Es más juicioso recelar de aquello que se ama, que de aquello que se odia.
Lo que la gente dice y entiende por bien y mal no suele significar nada.
Todo hombre que es capaz de sentir odio inmortal se hace a sí mismo un perjuicio grande.
Cualquier príncipe débil está mucho más gobernado por los demás que lo que él piensa.
Es un engaño atribuir a los ministros todo lo bueno o lo malo que sucede a diario.
Los príncipes se asemejan a esos tigres y leones que aparecen en el circo y a los cuales, el domador les hace dar cien vueltas y hacer mil juegos. En apariencia parecen ser dóciles, pero al menor descuido, un zarpazo demuestra que no pueden domarse tan fácilmente.
IV
Aunque se tenga una gran fortaleza, es necesario en todo momento ser hábil.
De igual modo, la habilidad no suple jamás a la fuerza, por grande que sea.
La avaricia de los ministros suele atontar a los príncipes, es algo que parece inevitable.
En el momento en que la justicia hace pagar sus faltas al ladrón, es cuando los grandes cuentan las monedas del robo, en sus bolsillos.
Los ladrones cambian cada vez que cambian los ministros; también es algo inevitable.
La holgazanería de los príncipes les convierte en esclavos de sus ministros.
El único secreto para no ser gobernado es el de creer poco y trabajar mucho.
Los reyes imaginan que tienen un derecho especial y soberano sobre todos aquellos que creen sus inferiores.
Si los reyes abusan de este derecho que creen tener ante los demás, serán responsables ante Dios.
Es necesario que todo príncipe tenga más responsabilidad que fortuna.
No se puede ser injusto sin ser infame. Es algo que siempre va emparejado.
Por muy grande y amable que sea un príncipe debe estar persuadido de que no es a él a quien hacen honores los hombres, sino a su poder y a su riqueza.
Se debe elogiar y estimar a los enemigos cuando ellos sean merecedores de estas cualidades.
Es preciso perdonar a los amigos y a los enemigos, pero sólo aquello que es perdonable.
Cuando la fortuna abandona a los hombres, todo lo demás les abandona también.
Es preciso castigar todas aquellas cosas que no pueden ser corregidas.
Los pequeños príncipes pueden hacer mucho mal y muy poco bien.
Debemos tener tal dominio sobre nuestra lengua y nuestros gestos, que ellos no nos traicionen nunca. Es un arte que es necesario no olvidar.
Los príncipes deben mezclar la familiaridad con las cosas y los asuntos graves. Es preciso inspirar respeto, pero con cierta naturalidad.
Es preciso persuadir a los criados y domésticos que no deben recelar ni desconfiar en absoluto de cualquier clase de bondad que se tenga con ellos.
Aquellas personas que siempre utilizan el engaño son siempre engañadas.
Los hábiles en el engaño son igual que los bobos.
Raramente se puede uno fiar de los hombres, pero siempre se puede confiar en sus intereses.
Es conveniente consultar con uno mismo sobre aquello que se quiere hacer; pero también es bueno consultar con los demás sobre aquellas cosas que desearían hacer.
Hay cosas que los príncipes pueden y deben hacer por decisión propia, y no deben sufrir por no haberlo discutido en el consejo.
Son pocas las gentes que tienen el suficiente coraje para decir las cosas desagradables.
Cuando un príncipe es tonto, todo el mundo le da la razón.
Pocos hombres han pasado la prueba de la necesidad y la penuria.
Es virtuoso hacer el bien, pero también lo es no hacer todo el mal que se puede hacer.
Aquellos que tienen libre acceso a los príncipes son tan odiosos para las personas que tienen ese mismo acceso como para quienes no tienen ese privilegio.
El poder y sus alrededores siempre son motivos de discordias y envidias.
El amor hace nacer los celos, pero los celos acaban por matar el amor.
Hay amistades que honran; pero otras que sólo son útiles. Tal es el caso de los hombres y príncipes que desmerecen en inteligencia.
A veces, el mérito de los hombres es un obstáculo fatal que les impide hacer fortuna. Otras veces es la fortuna la que obstaculiza ser virtuoso.
Cuando reina la virtud nos ofrece un bello y magnífico espectáculo.
Libro Tercero
I
Es preciso dudar de todo, incluso de la misma duda.
Aquellos que ocultan la verdad a los reyes son mucho más criminales que los que nuncan piensan la verdad.
Los humanos nos equivocamos más persiguiendo la verdad que la mentira.
Un gobernante debe vivir siempre de una manera tan honesta que nunca tenga nada que ocultar ni de que avergonzarse ante las gentes que le rodean.
Servirse de la credulidad de las gentes es un arte que siempre da buenos resultados.
Los hombres no tropiezan jamás por culpa de alguien sino por ellos mismos.
Es más frecuente ofender a las personas que ayudarlas y aconsejarlas.
No sería necesario dar motivos de arrepentimiento si siguiéramos los consejos de nuestra conciencia.
La vida es un tráfico donde se balancean las pérdidas y las ganancias.
Es bueno desafiar a la fortuna, pero para ello es necesario no desfallecer jamás.
Es aconsejable esperar poco de aquellas cosas y personas de las que se espera mucho.
La debilidad es la más grande de las desgracias y el mayor de los defectos.
Los hombres virtuosos son los que menos desconfían de las demás personas.
Un gobernante débil e indolente, recela y desconfía de la virtud. Un gobernante fuerte las posee y pone a su servicio.
Cuando los grandes hombres del reino no tienen ocupación, es por desidia del reino y no de ellos mismos.
La misma familiaridad que hace murmurar a muchos, es la fuente de respeto de otros.
Se estima, se admira o se envidia la virtud. Pero es muy difícil encontrar a alguien que, sin tenerla, ame a quienes posean este don.
Los príncipes serían demasiado afortunados si el mérito y la capacidad fueran inseparables de su nacimiento.
Cuando un gobernante sea obligado a rehusar o denegar una gracia, es preciso que su semblante denote la contrariedad que esta medida le causa. Es necesario ser magnánimo cuando se está en el poder.
No otorgar las gracias y privilegios que son justos es uno de los mayores errores; es conocer muy poco la grandeza que debe presidir los actos de todo buen gobernante.
Es deber de los reyes recompensar y castigar. Recompensar con amplitud. Castigar con justeza.
Raramente y en circunstancias excepcionales debe perdonarse a aquellos que merecen un castigo.
Es realmente una crueldad, para los demás y para uno mismo, dejar sin castigo a los malvados.
La vida es un suplicio de felicidades y desgracias, de agradables y desagradables días.
La maldad ha nacido para ser castigada. No hay por qué tener debilidades con ella.
Toda persona que confiesa su falta y muestra arrepentimiento es digna de obtener el perdón.
Puede perdonarse todo a aquellos que tienen un gran espíritu y un corazón generoso.
Rodear de secreto las cosas que no tienen importancia es quedar en evidente ridículo.
Pocas cosas hay en esta vida que merezcan la honra de ser el último secreto hasta la muerte.
Por mucha confianza que haya entre dos personas hay cosas que no son comunicables.
La gravedad o la solemnidad de una persona debe estar apoyada en la misma gravedad, porque si no, parece una cualidad ridícula.
Desconfiar hasta de uno mismo es una especie de rara y extraña sabiduría.
Rectificar constantemente nuestras obras e intenciones es una actividad que debe durar mientras haya vida.
El corazón humano es impenetrable.
Todo hombre que no cree en nada hace temblar todas las cosas a las que se acerca.
Es odioso compararse a los demás e incluso a nosotros mismos. Pues en toda comparación siempre hay algo injusto.
Por mucho esfuerzo que hicieran los aduladores jamás serían capaces de conceder la gloria a quien no la tiene.
Hay una soberana que tiene un reino extenso: la vanidad. Pocos son los corazones donde ella no gobierna.
Las personas que hacen de su vida una profesión de engaños, se mofan de esas personas que creen en ellos y en las cosas que prometen.
Sólo quitándoles la piel despojaríamos a los mortales de la ambición.
A veces pienso que la hipocresía y los mojigatos son la ruina del mundo.
No hay hombre tan desmañado que no sea útil para realizar alguna cosa.
Todo hombre que prefiere el placer al deber no es bueno para nada.
Aquel que no tiene ninguna virtud es porque no la conoce.
Tarde o temprano es necesario pagar su tributo a la virtud y a los virtuosos.
Es necesario, casi una obligación, estudiar y observar atentamente cualquier moda o persona que sea recién llegada ante nosotros.
Los hombres suelen amar sus defectos y envidiar sus buenas cualidades.
Las pasiones son la sal de la vida. Sin ellas nuestra existencia sería insípida.
Esa tranquilidad imperturbable que pregonan algunos filósofos es un estado falso e insípido. Es realmente una quimera.
La ambición es mucho más soberbia cuando es ella la que obedece que cuando es quien manda en la persona que la posee.
Es noble y justo aquel orgullo que inspira derribar todas las injusticias.
Política es frenar a todo aquel que se eleva demasiado. Pero hay que frenarlo a tiempo. Alimentar un león dentro del reino es una temeridad que suele pagarse con el sometimiento al animal que se ha alimentado.
Los grandes hombres no son celosos más que de sí mismos. Nadie hay a quien puedan envidiar.
Los amantes celosos merecen el castigo de la infidelidad, para que sus sentimientos estén justificados.
El verdadero amor y la verdadera ambición son incapaces de los celos o de la envidia.
Cuando no se ama sólo se ven los defectos; cuando se ama se aman precisamente esos defectos.
La esperanza es el sentimiento que proporciona el más alto de los placeres, pero también suele acarrear los más profundos y verdaderos dolores.
Hay gentes que hacen el bien de tal forma y modo, que no merecen la aprobación y la estima de los demás.
Se puede elogiar las acciones sin tener que elogiar a aquellos que las han hecho sin merecer estima.
Todo hombre que ha soportado dignamente la pérdida de sus bienes, merece la fortuna para siempre.
Es horrible morir cuando no se ha vivido, y llegar a viejo sin tener un pasado apretado de hechos.
Se debe tener una especie de indiferencia heroica por todo aquello que llega nuevo hasta haberlo analizado detenidamente.
La indiferencia debe ser heroica y no estúpida.
Las sumisiones de la ambición suelen ser orgullo-sas y cuesta llevarlas a cabo.
No tener nada que esperar debe ser de las mayores calamidades de este mundo.
A veces, es insoportable contemplar cómo se admira aquello que no merece estima.
Desgraciadamente estamos demasiado acostumbrados a ver cómo pasa por hábil el estúpido, el cobarde por bravo, los desaprensivos por gente de bien. Es uno de los mayores males que nos aquejan.
La cólera de los grandes hombres no es jamás indigna de ellos.
La r osca más pequeña puede enfurecer a un león. Lo mismo sucede con los hombres magnánimos. El más pequeño e insolente de los mortales puede hacerles temblar de furia.
Al igual que el amor, también la cólera tiene sus placeres, tan altos como aquéllos.
El que no sabe triunfar sobre sus pasiones, es que está derrotado por sus debilidades.
Libro Cuarto
La Naturaleza es mucho más liberal con los hombres que lo que éstos piensan.
Todos los hombres presumen de grandes talentos y tratan como menores al resto de los mortales.
Hay personas que son niños durante toda su vida;
no hacen más que ir cambiando de cariño y de muñecas, como si se tratara de juguetes.
El amor embellece el objeto amado. Y en todo momento lo encuentra cada vez más agradable.
Cuando el amor no subsiste más que por el honor de que prosiga, el amor ha muerto.
El amor y la fidelidad son dos sentimientos que siempre han de ser inseparables.
Mal amor es aquel que sólo ama la gloria de lo que ama.
No hay placer sin gloria ni gloria sin placer. Pero puede haber amor sin gloria.
Amor y matrimonio parecen ser dos estados algo incompatibles.
El secreto infalible para rodearse de enemigos es el de casarse y declarar que se tiene un heredero.
Los hombres no conocen el verdadero sentido del honor hasta que no se baten en duelo.
Es digno y justo proporcionar satisfacción a aquel a quien se le debe. Sería mezquino ocultársela.
Hay quien no se corrige hasta que la burla se ceba en él. Hay personas que necesitan de burla para recapacitar sobre sí mismos.
Por la burla se puede crear uno numerosos enemigos. Claro que son enemigos que uno merece.
Las sátiras instruyen cuando son verdaderas y consuelan cuando son falsas.
No se debe tener miedo a ofender a aquel que se ha hecho merecedor de ofensa.
Se tiene demasiado en cuenta el honor de los hombres y se desconocen sus sentimientos.
El secreto para aprovecharse de la falsedad y de la mediocridad es el desprecio.
Las buenas acciones y no las malas son las que desprestigian y desmienten las calumnias.
No siempre se debe menospreciar la mediocridad; pero siempre se debe menospreciar la falsedad.
Disimular las ofensas, en tanto eso sea posible, es una especie de generosidad.
No es necesario vengarse uno mismo por las ofensas de otro. Una buena acción es una buena venganza. Pero la mejor venganza para una mala acción es el castigo.
Pretender de los hombres un servicio desinteresado es engañarse.
A veces hay verdades sobre las que es necesario dudar, so pena de aparecer como un bobo.
Es preciso querer fuertemente todas aquellas cosas que queremos.
El secreto más preciado es aquel que no se dice. Todos los hombres son confidentes de otros.
No hay honor más alto para un hombre que el de confiarle un secreto.
Es necesario tener siempre una serie de confidentes para hacer públicas las cosas que queremos que se sepan.
Es mucho más agradable no obedecer a nadie que gobernar al mundo entero.
Confiar a los amigos algunos secretos peligrosos es amarlos poco.
Hacer a un amigo confidencias de aquello que tiene interés en saber es casi como prepararlo para la traición.
Es preciso amar la gloria de los amigos como su vida. Por eso es indigno confiar ciertos secretos.
No se debe, tampoco, arriesgar la vida o la fama de un amigo, por muy fuerte que sea el interés que nos empuja.
No hay más que un fuerte y verdadero amor, pero se pueden tener muchos y buenos amigos a la vez. Esta es la ventaja de la amistad sobre el amor.
Sin embargo, los grandes amigos son tan poco frecuentes como los grandes amores.
La vida es demasiado corta para amar las cosas como se merecen.
Es preciso saber vivir con las personas que no son de nuestro gusto sin darle demasiada importancia.
Cuando se ha perdido todo aquello que se ama, se suele perder la fortuna y se suele perder el gusto.
La vida de nada sirve cuando ya no se tienen amigos ni enemigos.
La previsión es una facultad que evita muchos disgustos y frecuentemente los elimina.
Cuando se obra bien, se sale siempre airoso, cualquiera que sea el resultado.
Es bueno perdonar a todos los enemigos, a los amigos y a sí mismo; pero a sí mismo debe ser el perdón más difícil de conceder.
Aquellos que no tienen nada que perdonarse, si es que existe alguien con esas cualidades, deben hacer perdonar todo a los demás, y perdonar ellos mismos a todos.
Vivir sin tener nada que perdonar es una condición en la que es más necesario el consuelo que la vanidad.
Es preciso ocultar los defectos de los amigos. Pero también es preciso señalar esos defectos cuando se esté a solas.
No se debe engañar al enemigo cuando éste se ha fiado de nosotros. Es como empujar a un hombre a la equivocación con la única finalidad de que nos sirva.
La servidumbre equivocada acaba por convertirse en justa traición.
No es necesario vengarse por la infidelidad de la infidelidad de los demás.
Cuando es el interés y no la amistad lo que une a los príncipes, las alianzas son seguras y fuertes.
El interés es uno de los estímulos permitidos, aun entre los hombres de honor. Cuando se es sabio, todo está permitido, según Aristipo.
Es necesario saber algo de astrología y de medicina para no tener que soportar las dudas de los astrólogos y de los médicos.
No se puede ni prever ni evitar el destino; sin embargo, sí se puede perseguirlo.
Aquellos que atesoran sus dineros a costa de su gloria y de sus placeres no merecen más que la mezquindad y la pobreza.
Salud y dinero no están creados sino para ser derrochados y no para ser guardados.
Ahorrar salud es alimentar la enfermedad; es algo mezquino atesorarla.
La naturaleza y la sabiduría suelen estar de acuerdo casi siempre.
Para hacer malicias no se necesita ser malicioso, sino ser inteligente.
Es de gran simplicidad juzgar los sentimientos ajenos antes de juzgar los propios.
Las gentes que son fácil presa del llanto, generalmente son engañosas y pérfidas.
Es preciso mofarse de los éxtasis y de las grandes escenas dramáticas. Casi siempre son engaños y si no lo son, pueden serlo.
No es aconsejable creer a la ligera en los milagros ni en las visiones.
Creer en todo es debilidad. No creer en nada es atrevida locura.
En todos los oficios y profesiones la experiencia hace crear grandes hechos.
El buen sentido es de todas las edades. No tiene tiempo: no envejece jamás y tampoco es niño siempre.
Hay que poseer mucho coraje para disfrutar siempre de buen sentido.
Cuando uno se porta bien, se siente joven. Cuando nos portamos mal, nos sentimos envejecidos cualquiera que sea nuestra edad.
Todo aquello que es débil, es viejo; todo aquello que es fuerte es joven.
Envejecemos más por las ideas que por la edad.
El juego es una especie de «negocio» que a veces nos hace sufrir de verdad.
Aquellos que juegan su dinero y su tiempo, no merecen ni lo uno ni lo otro.
Si es verdad que los turcos juegan sin ninguna clase de interés monetario, es una cualidad grande.
El teatro en el pulpito es insoportable. La devoción en el teatro es ridícula.
Pocos placeres son mucho más útiles que una buena comedia.