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Apéndice 3. Los Herederos de Confucio

De Mienciclo E-books

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Confucio. Dibujo grabado en piedra por Wu Daozi, de la época Tang
Confucio. Dibujo grabado en piedra por Wu Daozi, de la época Tang

CONFUCIO, el máximo representante de la escuela de los letrados chinos, tuvo incontables discípulos que transmitieron su mensaje a la posteridad. Entre ellos, fueron acaso los más ilustres Mencio, Kong Chi, Yen Hui, Siun Tseu y Tong Tchong Chu. Gracias a ellos, Confucio y su obra tuvieron una gran proyección histórica cuando se produjeron las circunstancias favorables. La hora del confucianismo tardaría en llegar, pero llegó, en medida decisiva porque sus discípulos la prepararon. Gracias a estos discípulos, las enseñanzas de Confucio impregnarían de manera imborrable la vida de los chinos de épocas posteriores.

En el tiempo de «los reinos guerreros», Mencio (Mong K’o) destacó con fuerza propia. Hijo de una familia de funcionarios del Estado, nació en el Estado de Tsou (Shantung) en el año 373 y murió en el 289 a. de C. Prematuramente huérfano de padre, fue educado por su madre, una mujer virtuosa y culta que para él conservaría siempre la fuerza de un modelo digno de imitación y respeto. En el año 366 a. de C., Mencio contraía matrimonio con una joven que pertenecía a la aristocrática familia Tien. Fue instruido en la doctrina de Confucio por Kung Chi, un docto sobrino del maestro. A continuación, comenzó su brillante carrera de pedagogo. A los cuarenta y cinco años de edad se había ganado entre los letrados un sólido prestigio —como consecuencia de sus polémicas con Mo Tseu y los taoístas— y fue nombrado ministro por el príncipe de Chi. Mencio se sentía portador de una misión pedagógica que trascendía los intereses políticos inmediatos y no tardó en enfrentarse con el príncipe, que se resistía a seguir sus consejos. Como Confucio, Mencio prefirió dimitir antes de traicionar sus principios. Abandonó el poder y se convirtió en un pedagogo errante. Después, se radicó en la Corte del príncipe Huei de Liang, quien tampoco se avino a seguir sus enseñanzas. Consciente del decisivo papel del educador, Mencio no estaba dispuesto a hacer concesiones. Escribía: «Cuando un sabio mora en un reino, el príncipe, si sabe utilizarlo, se convierte en un príncipe tranquilo, rico, honrado y glorioso. Los jóvenes, si siguen sus enseñanzas, se convierten en personas que obedecen a sus padres...». Mencio quería erigirse a la vez en instructor del pueblo y de sus gobernantes. Encontró demasiados obstáculos para ello y optó por retirarse de la vida pública. Se fue a su ciudad natal, donde se consagró al estudio y la enseñanza. En la memoria del confucianismo, su nombre quedaría registrado bajo el título de «Segundo Maestro». Escribía: «Distribuir las riquezas entre los hombres es lo que se llama bondad; enseñarles la virtud es lo que se llama rectitud. Descubrir, en interés del imperio, hombres capaces es lo que se llama benevolencia. Por eso, es fácil dar a alguien el imperio, pero es difícil encontrar a alguien que sirva bien al imperio». En rigor, el príncipe debe ganarse la confianza de sus súbditos. No por ser príncipe hereditario o por haber conquistado el poder por la fuerza se puede considerar un legítimo propietario de la fidelidad colectiva. Sólo si es virtuoso tiene derecho a ejercer la autoridad. Y Mencio va aún más lejos, al afirmar que el Cielo condena a los príncipes que no lo son, no pudiendo ser considerado asesino quien ponga fin a su tiranía. Escribe Mencio: «El que ha aniquilado en sí todo sentimiento de humanidad se llama bandido, quien ha aniquilado en sí el sentido de la equidad se llama criminal. Un bandido, un criminal, es un hombre (un simple mortal). Yo he oído decir que el rey Wu había castigado con la muerte a un hombre llamado Cheu, pero jamás oí decir que hubiera matado a su príncipe». La aportación más significativa de Mencio al confucianismo es su doctrina de que en ningún caso el Estado puede considerarse situado por encima del pueblo, al que debe servir en todo todo momento si quiere justificar su existencia. Por lo demás, como su maestro Confucio, Mencio no trató de justificar su doctrina con razonamientos metafísicos. Consideraba que la autoridad de los antepasados bastaba por sí misma.

Tampoco se ocupó Mencio de las cuestiones religiosas. Así, bien podría haber suscrito esta declaración de uno de sus discípulos: «Nosotros nos guardaremos mucho de decidir sobre cosas que no son evidentes y que los sabios antiguos tenían por inciertas. El axioma de los hombres santos consiste en la partícula ’si’, puesto que dicen: Si hay un paraíso, los virtuosos gozarán en él mil delicias; si hay un infierno, los malvados serán precipitados en él; pero, ¿quién puede afirmar que existan o no? Abstenerse del mal y hacer el bien, he aquí el punto importante. El Tai-hio recomienda que lo principal es la virtud y lo accesorios las riquezas y el bienestar. El Liun-in encarga que no hagas a otro lo que no quieres para ti. Todo estriba en esto. Procédase así, y basta; las felicidades del paraíso, si hay uno, vendrán como consecuencia».

Si Mencio ha pasado a la historia como máximo representante del ala idealista del confucianismo, Siun Tseu encabeza la más pragmática. Se sabe que nació en el Estado de Tchao, en el año 293, y que murió en Langling, en el 238 a. de C. Consagró su existencia al estudio y la enseñanza, destacando como especialista en el complejo arte ritual, su tema predilecto. Sus relaciones con Mencio no fueron cordiales. Aquel pretendía ser el único heredero de Confucio y Siun Tseu no estaba de acuerdo con tan arrogante pretensión. A su juicio, Mencio pecaba de un exceso de idealismo al confiar en la bondad esencial de los seres humanos. Sin Tseu deseaba combatir ese idealismo con su espíritu práctico. A diferencia de su rival de escuela, ponía mucho énfasis en los ritos, un énfasis proporcional a la desconfianza que le inspiraba la naturaleza humana. Escribía: «El hombre ha nacido con deseos. Cuando esos deseos no están satisfechos, no puede dejar de intentar saciarlos. Cuando no existe ninguna medida ni ningún límite en esta búsqueda, sólo puede resultar de ella la discordia. Cuando hay discordia, hay desorden. Cuando hay desorden, todo camina hacia la destrucción. Los reyes de los primeros tiempos odiaban ese desorden, y por eso instituyeron los Ritos y las Reglas de la Equidad». Como se ve, en su lectura del mensaje de Confucio los ritos pasaban a primer plano, como factores de regulación y control de las «peligrosas» tendencias naturales del hombre. En general, todos los estados anímicos debían ser objeto de regulación ritual. También la alegría debía ser encauzada, en su caso mediante la música. Escribía: «Los hombres no podrían privarse de la alegría. La alegría adquiere necesariamente forma. Si esta forma no está de acuerdo con el recto principio, es inevitable que haya desorden. Los reyes de antaño sentían aversión por este desorden, y por ello establecieron la música (...) con el fin de regularlo».

Por último, no podemos olvidar al nieto de Confucio, el célebre Tzu-Ssu, que nació en el año 492 y murió en el 431 a. de C. Poco se sabe sobre su vida. Se nos dice que vivió muy pobremente, consagrado a difundir el mensaje de su abuelo. Entre las anécdotas más conocidas vale la pena recordar que su madre —sin preocuparse por los principios confucianos— se casó en segun das nupcias, circunstancia que afectó profundamente a su hijo Tzu-Ssu. Sin embargo, el «mal ejemplo» de la madre no impidió a éste divorciarse y volverse a casar, circunstancia que escandalizó a su hijo, un confuciano radical que, a manera de castigo póstumo, se negaría a guardar luto en su memoria. Las tribulaciones domésticas no impidieron que el nieto de Confucio conquistase un lugar en la posteridad. Su obra El justo medio tendría una fantástica difusión.

El trabajo de los fieles discípulos de Confucio no habría bastado por sí solo para imponer su doctrina. Necesitaban apoyo político para ello y tuvieron que esperar hasta que Wu Ti se convirtiese en emperador y pusiese en sus manos los resortes del Estado. El acontecimiento se produjo en el año 140 a. de C. El nuevo emperador necesitaba legitimar su poder y establecer las bases jurídicas y éticas de su imperio. Para ello echó mano de los ilustres seguidores de Confucio, cuyo poder se dejó sentir —con algunos altibajos— hasta el año 90 de nuestra era, año en que se selló la ruina de la dinastía Han. A partir de ese momento, el confucianismo conoció el amargo sabor de la decadencia, quedando durante muchos años a la espera de una nueva oportunidad para renacer.