Apéndice 3. Los Grandes Hitos de la Ciencia Histológica y el Nacimiento de la Citologia
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LA «histología» (nombre que se le dio en 1819) es la parte de la anatomía que se ocupa del estudio de los tejidos orgánicos, y surgió como resultado de la conjunción de la «anatomía general» de Bichat, basada en los tejidos, y de una segunda «anatomía general» compuesta en Alemania por Scheleiden y Schwann, basada en la célula (Teoría celular).
El francés Marie Francois Xavier Bichat (1771-1802) está considerado como el verdadero fundador de la histología. Comenzó siendo discípulo del cirujano Desault, con quien colaboró estrechamente hasta la muerte de éste. Como todo anatomista, Bichat fijó su atención en los componentes de los órganos: los tejidos. A propósito de ellos nos dice: «La química tiene unos cuerpos simples...; de la misma manera tiene la anatomía sus tejidos simples, que con sus combinaciones de cuatro en cuatro, de seis en seis, de ocho en ocho, etc. forman nuestros cuerpos.»
Bichat, para el que sólo era válido lo que podía apreciar con sus sentidos, no consideraba a los tejidos como un conjunto de fibras, como se creía hasta entonces, sino que, por medio de innumerables experimentos (disección de cadáveres, sometimiento de las piezas diseccionadas a ebulliciones, desecaciones, a la administración de ácidos, etcétera), llegó a la conclusión de que «un tejido queda definido por la homogeneidad y constancia de su apariencia sensorial, cualquiera que sean las condiciones en que se le observa, los órganos de que procede y las manipulaciones a que se le someta», y añadía a esto su concepción de los tejidos como la unidad morfológica y fisiológica del organismo. Para Bichat, los tejidos se caracterizaban por su forma, por su constitución (color, elasticidad, etc.), por su desarrollo embriológico y por sus propiedades especiales, que podían ser «del tejido» (como la retractilidad) y «vitales» (sensibilidad, conducta química, etc.).
En segundo lugar nos encontramos con la «anatomía general» basada en la célula de Scheleiden y Schwann, citada anteriormente. El grado de perfección alcanzado por los microscopios (a los que Bichat aborrecía), era bastante aceptable por aquellos años, y, como consecuencia de ello, el descubrimiento de la célula se hizo realidad. Hasta entonces no se tenía una noción muy clara de ella; así por ejemplo, el científico Schereiber, escribía a un amigo: «las partes sólidas de nuestro cuerpo consisten ordinariamente en fibras tan pequeñas que ya no son susceptibles de ulterior división; si uno quiere dividirlas, las integraría en los componentes generales, y no en nuevas fibras...».
Algo más tarde, el fisiólogo Autenrieth hablaba ya de una «sustancia celular», o masa orgánica originaria, y de un «tejido celular», que sería el modo de organización de esa masa. Por estos mismos años, Augustin estableció tres elementos morfológicos fundamentales: la «célula» (para los vegetales), la «fibra» (para los animales) y el «parénquima» (para el hombre). Sin embargo, fue otro científico el que intuyó de una manera más clara la teoría celular moderna, Joseph Berres, para el que la sustancia animada se dividía en «túbulos» y en «vesículas». Estos «túbulos» a su vez se organizaban en «fibras celulares», y «las vesículas» o «células» se pueden ya comparar, de alguna manera, a la noción que tenemos actualmente de ellas. Otra pauta importantísima fue el descubrimiento del núcleo de las células vegetales, debido a las investigaciones de Robert Brown, y sobre todo a la labor de Johannes Evangelista Purkinje, que, a través del microscopio, observó por primera vez la vesícula germinativa y el núcleo en el huevo de las aves, las membranas de las células ciliadas, y los núcleos de las células componentes de las glándulas gástricas. Todas estas hipótesis sucesivas se acercaban cada vez más a la consideración definitiva de la célula como unidad morfológica del organismo. Es entonces cuando aparece el botánico Mathias Scheleiden (1804-1881), que fue el científico que concibió la teoría más acertada acerca de la célula, aunque sólo en relación con los vegetales. Según Scheleiden, las plantas estaban formadas por células, constituidas a su vez por un protoplasma (llamado por él «blastema») y un núcleo. Para explicar la formación de las células, afirmaba que de un primitivo protoplasma (denominación de Purkinje, que significa «el primer formado») habrían ido separándose los núcleos, alrededor de los que se iban configurando a su vez otros nuevos protoplasmas (este conjunto de protoplasma y núcleo era denominado por Scheleiden «citoblastema»), que ya constituían nuevas células. Con este razonamiento aplicaba la evolución genética a la célula vegetal. Scheleiden distinguía dos funciones celulares: una referida a su propio desarrollo, y la otra como parte integrante del conjunto del organismo vegetal.
En este punto de la evolución de la «teoría celular» surge Theodor Schwann (1810-1882), discípulo del gran fisiólogo Müller. Schwann, amplió las investigaciones de Scheleiden a todos los organismos animales: «Puede establecerse la ley de que existe un principio genético común para las más distintas partes elementales de los organismos, y ese principio es la formación de la célula»; y descubrió, entre otras cosas, las células de la espina dorsal del renacuajo, del tejido embrionario del cerdo, la membrana que lleva su nombre, etc., y estableció asimismo que algunos huevos de animales son como células gigantescas.
Aunando los trabajos de Scheleiden y Schwann podía afirmarse que «la célula es el elemento constitutivo de todo ser viviente, sea éste vegetal o animal». Y añadiendo a esto los descubrimientos de Bichat, la histología se podía constituir ya sobre una base mucho más científica, aunque, como se habrá podido observar, no exenta de algunos errores.
Jacob Henle (1809-1885), discípulo también de Müller, continuó desarrollando los trabajos de Schwann, extendiendo sus teorías a todos los organismos y tejidos. A él debemos la actual concepción del tejido epitelial, el descubrimiento de las fibras musculares lisas de las arterias, la célula hepática y la introducción al estudio de la histología córnea. Otra aportación importantísima a la teoría celular, fue la demostración de Robert Remak (1815-1865) de que las células se multiplican por escisión de sus núcleos.
Hemos visto antes que las conclusiones de Scheleiden y Schwann adolecían de graves errores, que eran: el origen de la célula explicado como una «cristalización» de un protoplasma primitivo, y la falta de una verdadera morfología celular. Estas dos incorrecciones serían subsanadas por el gran biólogo y patólogo Rudolph Virchow (1821-1902), que se contaba también entre los discípulos del insigne Müller, y que fue el pilar fundamental de la medicina alemana durante cuarenta años. La ambición de un saber total de Virchow queda demostrada en el siguiente fragmento de una carta a su padre: «Quiero alcanzar un conocimiento omnímodo de la naturaleza, desde la divinidad hasta la piedra». Sus principales aportaciones a la teoría celular fueron: la demostración de que una célula procede siempre de otra, el establecimiento de que la célula es, además de un elemento morfológico, una unidad individual y vital de los órganos y de que la organización compenetrada de todas las células constituye los animales pluricelulares. Por otro lado, Virchow desarrolló una morfología general de la célula, que se puede sintetizar en la siguiente clasificación: la célula; el «territorio celular» o sustancia que la envuelve; el conjunto de células o tejido; el órgano, el sistema y el aparato.
Del mismo modo, agrupa a los tejidos según tres características: por la forma de aglutinarse (tejidos sin sustancia intercelular, con ella, y los que gozan de una organización específica); por la forma de la vida celular (tejidos permanentes, temporales y variables); y, finalmente, por sus peculiaridades genéticas (tejidos matriculares, tejidos precursores y de transición).
Vemos con todo esto que la labor de Virchow contribuyó grandemente a la aclaración de la noción de célula y al establecimiento de su morfología, al mismo tiempo que sistematizó la histología con una base completamente científica y real.
Siguiendo el hilo de la teoría celular, nos encontramos ahora con el español Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), padre de la conocida «teoría de la neurona», que aplicó al sistema nervioso las conclusiones de Virchow. Cajal dejó sentado que las células nerviosas son entes independientes, y que no se relacionan entre sí por «continuidad», sino por «contigüidad» (Ley del contacto pericelular), derribando con esta demostración las bases de la concepción del tejido nervioso como una red continua, que se tuvo hasta entonces. Esta formulación, que constituye la base de su «teoría de la neurona», fue combatida incesantemente por muchos médicos que, finalmente, no tuvieron más remedio que aceptarla.
La histología era ya una ciencia, que continuaron, entre otros, Sharpey y Kólliker, estudiosos del tejido óseo; Deiters, Hensen, Amici y Krause, investigadores de la fibra muscular estriada; Kühne, descubridor de las terminaciones de los nervios motores, etc.
Indudablemente no se puede olvidar la importancia del microscopio, sin el cual ningún descubrimiento de los descritos hubiera sido posible. El microscopio fue evolucionando con el objetivo compuesto de Chevalier; con el objetivo apocromático, condensador ocular e inmersión en aceite de Ernst Abbe; con la platina calentable de Max Schultze; con la introducción de las piezas de jabón, celoidina y cloroformo-parafina, y el examen de las preparaciones frescas y congeladas de W. Fleming, Matias Duval, Edwin Klebs y J. Cohnheim; con el empleo de ácido crómico introducido por Hannover; con las mezclas cromoargénticas de Golgi y Cajal; con el azul de metileno de Ehrlich; con el nitrato de plata reducido de Cajal, etc.,
Gracias a los estudios y experimentos de todos estos científicos citados, quedaba ya establecida claramente la morfología celular de la siguiente manera: en un principio se pensaba que la parte más importante de la célula era la membrana, que la aislaba del exterior, pero pronto se descubrió que había células que no la poseían, y, por otro lado, que el protoplasma sin el núcleo no sobrevivía; con esto quedó demostrado que la célula es una unidad que consta de protoplasma y núcleo (y en algunos casos de membrana); y, como consecuencia de ello, surgió la necesidad de la separación entre el estudio de las células y los tejidos, naciendo la «citología», como una disciplina completamente aparte de la histología.