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Apéndice 3. Los Criollos

De Mienciclo E-books

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DURANTE el período colonial y el proceso independentista, había en Hispanoamérica una marcada distinción social —las clases recibían el nombre de castas— fundada en el origen de cada grupo y las posiciones que cada uno de ellos ocupaba en la sociedad. Blancos españoles o criollos, indios, negros libertos o esclavos y mestizos, tuvieron actitudes distintas frente a la independencia y distinta fue su participación durante ese largo período.

Los blancos, a pesar de ser la minoría de la población, monopolizaban las principales actividades: comercio, administración, las escasas industrias, enseñanza, Iglesia, y era también el sector al que pertenecían los profesionales de entonces (médicos, abogados, militares, etc.). Ese monopolio de poder de que disponían les llevó a ser quienes cumplieran un papel primordial en los inicios del proceso independentista, hecho que comenzó a modificarse hacia mediados del siglo XIX, con la mayor integración y participación de los mestizos en la sociedad.

Entre los blancos, los criollos, es decir los hijos de españoles nacidos en América, fueron paulatinamente desarrollando ideas y proyectos distintos a los de sus padres sobre el gobierno y porvenir de esas tierras. Ese despertar coincidió con la irrupción en Hispanoamérica de los escritos de los pensadores europeos que habían fomentado la Revolución Francesa, y con una mayor participación—aunque también gradual— de los criollos en la vida pública. A partir de la última década del siglo XVIII, los nacidos en América pudieron participar en la Administración colonial, formarse en las escuelas militares y graduarse en las Universidades de entonces.

Esa «infiltración» criolla en sectores de la sociedad que hasta entonces habían sido privativos de los españoles, produjo un mayor interés de estos en la vida pública, en el fomento de estudios para elaborar planes de desarrollo económico y en ir identificándose cada vez más con la tierra en que habían nacido, diferenciándose así de los españoles que seguían, ante todo, vinculados cultural y afectivamente a España.

Este proceso paulatino fue haciendo del «sector ilustrado» de los criollos los precursores de las ideas independentistas. Casi todos ellos provenían de familias españolas profundamente arraigadas a las tierras en que vivían y cuyo poderío económico les permitía poder enviar a sus hijos a las Universidades coloniales e incluso a las europeas, o bien costearles la carrera militar, en España o en América.

Hubo un hecho que fue el catalizador de los sentimientos criollos en su relación con España: las invasiones de tropas inglesas al Virreinato del Río de la Plata en 1806. El 25 de junio de ese año, una flota inglesa atracó en las afueras de Buenos Aires y, tras unas breves escaramuzas, dos días después ocupaban la capital del virreinato cuyo titular, marqués Rafael de Sobremonte, había huido la noche anterior a una ciudad interior llevándose los valores del Cabildo y la Iglesia. Una parte del sector aristocrático de la ciudad juró sumisión al vencedor, el general William Carr Beresford.

Menos de dos meses después, el 12 de agosto, se produjo la reconquista de la ciudad, en cuya planificación y ejecución, el papel principal lo jugaron los criollos. Las tropas contaron con un masivo apoyo del pueblo que, con las más diversas armas, acorralaron a los invasores en un convento en el que se rindieron.

El hecho tuvo dos consecuencias importantes: 1) La defección de las autoridades españolas en la defensa —personificada en el virrey Sobremonte— y su incapacidad para organizar la resistencia; y 2) Por primera vez, los criollos habían asumido un papel dirigente, que además culminó exitosamente, en reemplazo de las autoridades españolas. El incidente fue muy comentado en toda la América hispana y, a medida que creían los sectores proindependentistas, era tenido en cuenta para unirlo a las motivaciones socioeconómicas que estos tenían.

Sin embargo, los ideales de los criollos no eran homogéneos, y las diferencias comenzaron a notarse antes y después de la independencia. Básicamente podían dividirse en tres grupos: 1) Quienes no deseaban la independencia y querían garantizar el poder del rey en América hasta que cesasen las guerras en la Península; 2) Quienes, sin pretender la independencia, deseaban un mayor grado de autonomía de las colonias con respecto a España, introduciendo diversos tipos de mejoras en la relación, y 3) Quienes pretendían la inmediata independencia estableciendo gobiernos autónomos de la corona española. Tampoco en este último grupo, que terminó imponiéndose, había una unidad total, aunque sus diferencias eran secundarias con respecto a lo que los unía como, por ejemplo, si los nuevos países debían ser republicanos al estilo de Estados Unidos o tener una monarquía autóctona; o bien, si se debían constituir ejércitos que marcharan a las regiones aún no liberadas o simplemente desarrollar en éstas agitación política que influyese en su pronta independencia.

Estas diferentes posturas que afectaban al sector dirigente de los criollos, tuvieron escasa o ninguna manifestación en el grueso de la población, que masivamente se unió a la causa independentista, participando en las innumerables batallas que durante décadas asolaron a los nuevos países americanos, y reemplazando totalmente el poder y autoridad de los españoles que permanecieron fieles al Gobierno de España, no así a los que se integraron a los nuevos rumbos sociopolíticos. Esa masa de mestizos y criollos que se incorporó al proceso lo hizo como tal, siguiendo a jefes y caudillos locales y, aunque en ocasiones su peso influyera en las decisiones de los que mandaban, apenas si participó en la configuración política que los nuevos países asumieron en sus primeros años.

Durante más de un siglo, los criollos conservaron gran parte de la educación, tradiciones y formación recibidas de los españoles, lapso durante el cual fueron incorporando a estas la cultura autóctona de cada región y los avances sociales que se iban produciendo.

A lo largo de ese siglo, también, los criollos desempeñaron los roles más importantes dentro de la sociedad, pero perdiendo la coherencia que habían tenido como grupo al proclamar la independencia, para dar paso a las diferencias sociales, política y económicas que arrastraban desde el período colonial.

Así, fueron criollos provenientes de familias españolas adineradas los que organizaron la explotación agrícola que en casi todos los países de América latina se realiza a través de extensas propiedades —el latifundio— con millares de trabajadores en ellas. Así, también, los ejércitos fueron perdiendo la característica popular que habían tenido en los primeros años de los combates contra España para transformarse en cuerpos profesionales y clasistas, muchos de cuyos oficiales provenían de Escuelas de la Península o cuyos padres habían combatido o apoyado a la Monarquía española.

En el otro extremo del espectro, la vida de los criollos pobres que habían luchado por la independencia —artesanos, pequeños comerciantes, clérigos, educadores, campesinos, etc.— siguió en las mismas condiciones que bajo la dominación colonial, aunque su participación en las guerras civiles pudo otorgarles alternativamente mayor o menor cuota de decisión.

De ambos grupos fueron los criollos los que, en última instancia, lograron organizar y estructurar los nuevos países, en los que conservaron una gran parte de la herencia española, en el plano social o económico. La paulatina participación en la vida política del país, las nuevas emigraciones europeas de finales de siglo y principios del siglo XX, la extensión de la educación a mayores capas de la población y la introducción de nuevas culturas no hispanas, lograron finalmente que se rompiese la tradición española que durante el siglo XIX había guiado a los criollos.