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Apéndice 3. La pobreza negra en la opulenta sociedad blanca norteamericana

De Mienciclo E-books

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QUE en Norteamérica haya pobres y ricos parece tan lógico y natural en las coordenadas de una sociedad capitalista que a nadie extraña, pero que exista una pobreza intencionada, degradante, racial, parece menos lógico y, por supuesto, muchos hombres de todos los colores la consideran injusta e inhumana. Y esta es la situación de los negros norteamericanos que viven en la tan cacareada «sociedad de la opulencia». La opulencia blanca, naturalmente, pues como dice el investigador católico Michael Harrington, «el negro es pobre porque es negro; esto es bastante obvio. Pero, lo que es quizá más importante, el negro es negro porque es pobre. Las leyes de discriminación por el color pueden quitarse, pero eso dejará la pobreza que es la consecuencia histórica e institucionalizada del color. Mientras éste sea el caso, nacer negro seguirá siendo la desvalidez más profunda que los Estados Unidos impongan a un ciudadano».

Coretta King, en el entierro de su esposo.
Coretta King, en el entierro de su esposo.

Honradamente hay que decir que la pobreza en los Estados Unidos no es patrimonio único de los negros, pero sí su peculiar condición, ya que están condenados por las artificiales barreras invisibles creadas por el racismo y la segregación a desempeñar los empleos peores, más sucios y peor retribuidos, de tal manera que muchos se limitan simplemente a subsistir en las peores condiciones. En cualquier clase de trabajo los salarios negros son inferiores a los blancos. A finales de 1960 el Departamento de Trabajo publicó un estudio según el cual, los trabajadores no blancos ganaban en 1939, por término medio, el 41 por 100 del que disfrutaban los blancos, y en 1958 el porcentaje se había elevado al 58 por 100. Este creciente ascenso de los salarios negros fue saludado jubilosamente por los demagogos oficiales, pero en 1959 el porcentaje descendía al 51 por 100, lo cual indica que los negros son mucho más vulnerables que los blancos a los procesos de recesión económica.


Contenido

Los pintorescos oficios negros

¿Quién no conoce los pintorescos oficios negros por las películas? Todo el mundo sabe que los negros están excepcionalmente bien dotados y cargados de resignación y paciencia para realizar los trabajos domésticos más ingratos. Efectivamente, más de un tercio de las mujeres negras siguen siendo las «chachas» de los señoritos blancos, y no porque sean dulces y resignadas, como podemos apreciar en las películas y en la literatura ternurista, sino porque sus salarios son mucho más bajos que los de las blancas. Por otra parte, los negros son ideales, a juicio de los racistas blancos, para los oficios de barrenderos, limpiabotas, lavaplatos y toda una gama de servicios degradados que los blancos consideran demasiado sucios o denigrantes para sí. Naturalmente, existe una multitud de oficios delictivos en que los negros encuentran un ancho campo de operaciones. También en este aspecto las películas nos ofrecen una rica gama de sus actividades entre los corredores de apuestas, los vendedores de marihuana y drogas, y los abastecedores de carnaza de los cabaretuchos. «Pero quizá la última degradación que el negro debe encarar —escribe Harrington— es la imagen que el hombre blanco tiene de él. La Norteamérica blanca mantiene al negro abajo. Lo empuja hacia los barrios bajos; lo mantiene en los empleos más sucios y peor pagados. Una vez que le ha impuesto esta indignidad, el blanco teoriza acerca de ella. No la ve como la obra trágica de sus manos ni como un producto social. Más bien, el ghetto radical refleja el carácter ”natural” del negro, que es perezoso, incapaz, irresponsable, etc., etc. De esta manera, el prejuicio se convierte en autojustificación. Crea condiciones miserables y las cita luego como exposición razonada para justificar la inacción y la complacencia.»

Lo que llevamos dicho parece que se opone radicalmente al estereotipo del negro norteamericano difundido por el cine y la literatura popular, lo cual no es cierto. La subcultura, la pobreza y la segregación racial no son barreras suficientes para impedir la manifestación de los impulsos vitales, y en el negro la vitalidad se impone como estamos viendo a diario en las competiciones deportivas. La imagen de Harlem puede servir de ejemplo de la bulliciosa vitalidad del negro.Según Harrington, Harlem es descarado, y baila y se contorsiona. «Las prostitutas de la calle 125 —añade— tienen un aspecto mucho mejor que las muchachas blancas que realizan el mismo trabajo en la misma cuadra. En el Teatro Apolo se presentan algunos de los espectáculos menos inhibidos que pueden presentarse en un lugar público de Nueva York… Harlem come, bebe y baila de manera diferente que la Norteamérica blanca. Parece más feliz, y a veces podría serlo, pero como en todo lo demás que se refiera al ghetto, ser pobre tiene mucho que ver con ello.»


Los brillantes triunfadores negros

No todos los negros son pobres ni oscuros servidores de los opulentos blancos. Entre los negros existe una abundante clase media comercial y profesional que sufre igualmente los efectos de la segregación, pero que ha superado la miseria y la cultura de la pobreza. En los últimos años hasta se puede decir que se ha incrementado notablemente el acceso de los negros a los estudios superiores. Sin embargo, los sociólogos han constatado que cuanta mayor educación posee un negro, se enfrenta con una mayor discriminación económica. Cualquier médico, abogado o profesor negro sabe que encontrará dificultades insuperables para ejercitar su profesión entre los blancos. Antes o después serán confinados al ghetto y reducidos al sistema segregacional, donde los emolumentos son inferiores y las condiciones de trabajo limitan el progreso profesional en cualquier ámbito.

Esto no impide que algunos negros se encaramen al pináculo de la fama y de la riqueza por medio del deporte y el mundo del espectáculo. Pero también los negros conscientes saben que esto forma parte de la trampa blanca para justificar que los negros no tienen ninguna dificultad para triunfar en aquellas profesiones donde muestran superioridad manifiesta. «Pero los negros saben —escribe Andrew Kopkind— que en el terreno de los deportes o del espectáculo no tienen más papel que el de divertir. El actor Sidney Poitier, el dramaturgo Leroy Jones y el atleta Tommie Smith no son más que modernas reencarnaciones de los ”trovadores” negros de antaño, de los ”darkies” —Los ”buenos chicos negros”— que, en la mitología racista popular, son reputados de ”tener sentido del ritmo”, de ”ser buenos para el deporte” y de estar dotados de una extraordinaria —y un poco culpable— potencia sexual. La sociedad blanca hace ganar mucho dinero a los negros que se convierten en ”vedettes”, pero su éxito no ha conseguido nunca mejorar la condición del conjunto de la comunidad negra. Treinta años después de que el gran ”sprinter” negro Jesse Owens consiguiera sus victorias en los juegos de Berlín, en 1936, la suerte de los negros norteamericanos sigue siendo prácticamente la misma, y si ha cambiado un poco se debe a que otros negros se han negado a jugar por más tiempo el papel de ”trovadores”, y han ido directamente contra los tranquilizadores de los prejuicios de los blancos.»

Tras la revuelta de los ghettos, los más brillantes deportistas negros como Tommie Smith, considerado el mejor corredor del mundo, con ocho records mundiales, y el campeón mundial de los pesos pesados de boxeo y, sin duda, uno de los hombres mejor pagados, Cassius Clay, boicotearon el prestigio norteamericano con sus actitudes. El primero, y sus compañeros de equipo, negándose a subir al podium de los vencedores en la Olimpiada de México, y el segundo negándose a ir al Vietnam como soldado del imperialismo norteamericano. Su ejemplo estimuló el movimiento de rebeldía y protesta contra la segregación.

Como pionera de este movimiento de rebeldía consciente contra la segregación racial en los Estados Unidos hay que situar a Josefina Baker, que incluso renunció a la nacionalidad norteamericana por considerarla indigna. Josefina nació en el foco racista de Saint Louis. En 1925, cuando tenía 19 años, llegó a París con el elenco de la «Revista negra», un espectáculo nuevo y original que se hizo famosísimo por su belleza y ritmo. Era un arte negro puro que mereció los mayores elogios de la crítica culta. Cuando en cierta ocasión la preguntaron «¿Cómo empezó usted a bailar?», respondió sencillamente: «Porque tenía frío.» Nunca olvidaría que había nacido en un hogar pobre, helado y discriminado. Y desde que fue famosa su mayor ilusión fue poder borrar las huellas del racismo y demostrar que las fronteras establecidas por sus compatriotas blancos son falsas e injustas. Para demostrarlo, adoptó doce niños de distintas razas y religiones y los llevó a su castillo de «Les Milandes». No se trataba de una obra de caridad, sino de un ensayo de convivencia social. Por atender a estos niños Josefina se arruinó en varias ocasiones y ha tenido que volver a los escenarios para seguir trabajando. Aunque ya era ciudadana francesa, en 1963 participó en la marcha de los negros sobre Washington, y no ha dejado de luchar por transformar la sociedad norteamericana. Josefina ganó muchos millones, pero todo el dinero lo invirtió en la lucha contra la injusticia racial.


El informe Kerner

¿Había comenzado la segunda guerra civil?, se preguntaban muchos norteamericanos al terminar 1967, año en que comenzaron las hostilidades entre los nacionalismos de blancos y negros. La primera se había producido, un siglo atrás, entre los blancos que querían emancipar a los negros y los blancos que querían perpetuar su esclavitud. La segunda tenía un claro sentido nacionalista entre blancos y negros. Durante aquel verano se produjeron desórdenes raciales en 164 localidades, hubo 83 muertos y corrió la sangre abundamentemente. En Newark (Nueva Jersey) y en Detroit (Michigan) se produjeron verdaderas batallas con 25 y 43 muertos, respectivamente. El general George M. Geltson calificó la batalla de Detroit de verdadera acción guerrillera. Una semana después de estos graves sucesos, el presidente Johnson encomendó al gobernador de Illinois, Otto Kerner, la formación de una comisión para que averiguase las causas de los desórdenes con rigor e imparcialidad. De la comisión presidida por el demócrata Kerner, formaban parte el alcalde republicano de Nueva York, John V. Lindsay, el director de la Asociación para el Progreso de las Gentes de Color, Roy Wilkins, y el senador negro republicano, Edward W. Brooke, con cinco personalidades relevantes más y un numeroso equipo de encuestadores y analistas.

El informe Kerner consta de 2.000 páginas y es uno de los documentos más exhaustivos y reveladores sobre los problemas de la gente de color. Lo primero que se deduce de él es que el problema negro es una consecuencia de la existencia de los ghettos. De las 83 víctimas sólo una cayó en una localidad del Sur, Jackson. Las demás cayeron en las grandes ciudades y especialmente las del Norte. En el informe se lee que «si bien ha habido elementos partidarios de un cambio revolucionario total del sistema social americano o una completa separación de los negros de la sociedad norteamericana…, esas soluciones contaban con escaso apoyo popular. La mayoría de las veces la protesta negra estaba firmemente enraizada en los valores básicos de la sociedad norteamericana, no exigiéndose su destrucción, sino su cumplimiento». También indicaba que para 1985 la nación negra norteamericana contará con 30.700.000 individuos, de los cuales 21 millones vivirán en las grandes ciudades, lo que «unido al continuo éxodo de las familias blancas hacia la periferia de las ciudades, hará que la población negra sea mayoritaria en muchas de las grandes ciudades de la nación».

Si el informe Kerner presta especial atención al problema de las ciudades es porque en ellas se encuentran los focos de la rebelión negra. Como muy bien dice Cartier, «las palancas de la estrategia antiblanca son los terribles ghettos. Aunque vivan allí, los burgueses negros sólo tienen derecho a callarse. El poder ejecutivo está a cargo de esta fracción de la población de color que la escasez de trabajo manual reduce a los mayores extremos de pauperismo. En el ghetto de Newark, por ejemplo, el 12 por 100 de los adultos están sin trabajo. El 40 por 100 de los niños han nacido de padre desconocido o son hijos de mujeres abandonadas. El pretexto constante para el motín es algún hecho de brutalidad policial, pero la consecuencia, si no la meta, es el pillaje. El informe Kerner insiste repetidas veces en este aspecto. El escaparate no tiene color para la piedra que va hacia él. Varios comerciantes negros han sido heridos o muertos, lo mismo que comerciantes blancos, intentando defender sus intereses. Los pasillos de los inmuebles, los patios, las azoteas, las escaleras de emergencia equivalen a una jungla, y los guerrilleros de los ghettos se mueven como el pez en el agua en medio de una población que simpatiza con ellos». La consecuencia más radical que se desprende del informe es que para la mayoría de los negros norteamericanos, su problema es social y debe resolverse en una sociedad multirradical. Pero esto es lo más difícil de conseguir. Prácticamente la segregación racial está abolida por las leyes, pero subsiste en los espíritus y la violencia de los últimos años la ha acentuado.


La utopía negra

El escritor australiano Alan Seymour ha escrito una novela titulada Hacia la destrucción de los Estados Unidos de América, en la que esboza el posible escenario de una guerra civil entre negros y blancos. Naturalmente se trata de una novela de ficción política, pero con todos los ingredientes que aparecen en la polarización de blancos y negros. El movimiento que desencadena la guerra racial es un cuerpo muy disciplinado de guerrilleros, organizado por los «comunistas negros». Su acción fulminante provoca el asesinato sistemático de los policías blancos y los hombres de negocios de Wall Street. A partir de los ghettos de las grandes ciudades del Norte, los negros desencadenan una acción destructora hacia los bloques de viviendas y las áreas residenciales blancas, que serían ocupadas o destruidas. Los barrios blancos quedarían en calidad de rehenes de los ghettos. Los líderes negros moderados que se opusieran a estos planes serían asesinados al igual que los blancos.Aceptarían como aliados a la llamada «Nueva Izquierda», los hippies y a los nihilistas, calificados como el «deshecho de los blancos». Tras un efímero triunfo comunista, el ejército norteamericano tomaría la iniciativa y acordonaría las zonas ocupadas. Los blancos procederían con la misma ferocidad que lo habían hecho antes los negros, aplicando la ley del talión. La estúpida e irracional confrontación, terminaría con una junta militar en Washington amenazando a los negros con el empleo de las armas nucleares y éstos haciéndose fuertes en dos ciudades del sur. Aunque el argumento de Seymour está inspirado en las ideas de Robert Williams y otros negros extremistas, como hipótesis apenas sí se la puede tomar en cuenta, ya que es imposible concebir en la Norteamérica actual un movimiento de guerrilleros tan vasto y organizado como el que se nos presenta en la ficción novelística.