Apéndice 3. La idea y los intentos de crear una Europa como unidad política
De Mienciclo E-books
HASTA mediados del siglo XX, todos los intentos de unificación de Europa fueron llevados a cabo mediante guerras y sólo algunos llegaron a durar un cierto tiempo, aunque finalmente ninguno prosperó. Desde el imperio de Carlomagno hasta las conquistas de Alemania durante la segunda guerra mundial, cada pueblo, cada país europeo, vivió un desarrollo de su economía, su cultura, sus tradiciones que, aunque desigual, imposibilitaban la formación de un imperio o dominación por la fuerza, y sólo permitirían una unidad o integración que respetase sus rasgos individuales.
El imperio de Carlomagno
En los comienzos del siglo VI existía un reino franco en lo que ahora es Francia y Holanda, gobernado por su fundador, Clodoveo. Dos siglos después, Carlos Martel, mayordomo de palacio de un descendiente de Clodoveo, dominaba prácticamente toda la Europa situada al norte de los Alpes, desde los Pirineos hasta Hungría. Era soberano de una gran cantidad de señores feudales que hablaban un francés latinizado o alemán. Su hijo Pipino, extinguida la descendencia de Clodoveo, tomó el título de rey y su nieto, Carlomagno, que empezó a reinar en el 768, se erigió como señor de un inmenso imperio, conquistando también el norte de Italia y Roma.
El 25 de diciembre del año 800, durante la misa de Navidad, en la basílica vaticana, León III coronó como emperador a Carlomagno: nacía así el segundo Imperio de Occidente (el primero había sido el que tenía como capital a Rávena y que surgió de la división del Imperio romano en dos partes, Occidental y Oriental, en el año 395) y que continuaría —aunque desmenbrándose lentamente— hasta Francisco II (1806), llamado también Sacro Imperio Germánico.
El Imperio estaba fundado a partir de la existencia de una figura fuerte y aglutinante como era Carlomagno, capaz de dominar y arrastrar tras de sí a los numerosos señores feudales que constituían, al mismo tiempo, la sustentación de su poder. En cambio, actuaban en contra del mantenimiento del Imperio la falta de instituciones de gobierno, la gran extensión del territorio, la debilidad administrativa y las diferencias entre pueblos de distinto origen, lengua y cultura, para quienes los francos no dejaban de ser dominadores y contra los que regularmente se producían levantamientos en pro de la independencia. Muerto Carlomagno, el Imperio comenzó a desmembrarse —en parte también por las luchas entre sus herederos— y tras la muerte de su hijo, Luis el Piadoso, el descalabro fue completo. Él siguiente emperador coronado por Roma fue Otón, rey de Alemania, a quien los señores feudales que hablaban dialecto francés no aceptaron ni reconocieron, como ocurrió también con los siguientes monarcas de origen alemán.
Desde Otón (962) es cuando toma apogeo en Europa la Edad Media de los señores feudales, con sus ejércitos propios, sus luchas permanentes y sus pequeñas ambiciones de poder. En los siguientes ocho siglos hubo algunos reyes que intentaron reconstruir el Imperio, aunque nunca lograron concretarlo, condicionados también por las permanentes luchas entre papas y emperadores y, posteriormente, en el siglo XVI, con la ruptura de la unidad religiosa europea a partir de la Reforma.
Entre los reyes que intentaron reconstruir el Imperio figuraron Carlos I de España y V de Alemania (1500-1558), que, además de haber heredado la mayor parte del continente americano, reinaba sobre Alemania, Austria, España, Países Bajos y parte de Italia, es decir, cerca de la mitad de la Europa no ocupada por los turcos. Las ambiciones de España fueron rechazadas por los restantes reyes europeos y la breve grandeza del Sacro Imperio murió con Carlos I, ya que, aunque perduraría hasta Napoleón, era algo más simbólico que efectivo.
Después del apogeo español, fue Francia la que aspiró, con Luis XIV (1643-1715), a extender sus dominios más allá de sus fronteras y lograr que sus reyes dominaran la Europa cristiana, pero sus guerras no tuvieron éxito y sólo lograron provocar el agotamiento de su reino.
El sueño de una revolución
El siguiente intento de aglutinamiento de Europa tuvo características bien distintas: fue el protagonizado durante la Revolución francesa. Inicialmente, y luego del dominio de Francia y la expulsión de los nobles, los ejércitos republicanos franceses cruzaron sus fronteras en un intento de propagar sus ideas y extender la llama de la revolución por Europa. En Holanda, Bélgica, Suiza, sur de Alemania y norte de Italia se expulsaron reyes, se establecieron nuevas formas constitucionales y se fomentaba el despertar de nacionalidades, oprimidas durante siglos.
Con Napoleón Bonaparte es cuando adquiere forma de conquista esta cruzada, sustituyendo su contenido político inicial. Primer cónsul desde 1799, en 1804 se hizo nombrar emperador, imitando a Carlomagno, y sustituyendo el Sacro Imperio por el suyo que, durante diez años, dominó toda la Europa situada al oeste de Rusia.
Durante el resto del siglo XIX, el desarrollo del capitalismo en Europa provocó largos años de «paz inestable» en los que cada potencia trataba de asegurar su primacía económica al mismo tiempo que dedicaban parte de sus esfuerzos a dominar las revoluciones campesinas y urbanas que agitaron a la mayor parte de ellas. En esos años los acuerdos entre los países europeos comenzaron a surgir de compromisos políticos que afectaban a las principales potencias y entre cuyos objetivos figuraba, como por ejemplo en el de Viena de 1815, la restauración de un determinado tipo de gobierno para todos los firmantes (en ese caso, la monarquía absoluta) y la colaboración para sofocar levantamientos populares.
El último intento de unificar Europa por las armas fue la segunda guerra mundial (1939-1945), bajo los auspicios del eje formado por Alemania, Italia y Japón, y al que momentáneamente se adhirieron Hungría y Rumania. El promotor de las conquistas fue el gobierno alemán que, desde 1933, encabezaba Adolfo Hitler, quien comenzó rechazando los acuerdos de Versalles (1919), impuestos por los países que derrotaron a Alemania en la primera guerra mundial (1914-1918). Asimismo, fomentó la idea de la supremacía racial de los arios (a la que pertenecían la mayoría de los alemanes) y, mediante la constitución de poderosos ejércitos y la creación de modernas unidades armadas, llegó a dominar casi toda Europa.
Su expansión la inició por Europa central, desmembrando primero a Checoslovaquia, para convertirla después en un virreinato satélite; después provocó la anexión de Austria al «Gran III Reich». En una campaña relámpago conquistó Polonia, repartiéndosela con Rusia, como habían hecho tantas veces en otras ocasiones. A continuación estranguló a Yugoslavia, para luego extenderse por el oeste y ocupar Holanda, Bélgica, Francia y Noruega. Mientras Italia se enredaba en una guerra difícil con los patriotas griegos y ocupaba algunos territorios africanos, los alemanes completaron su operación con la ocupación de Hungría, Bulgaria y Rumania, y prácticamente toda la superficie europea de la Unión Soviética. De hecho, en la primavera de 1943, ocupaban toda Europa, menos Inglaterra, España, Suiza, Suecia, Portugal y Finlandia.
Tampoco en este caso la ocupación armada llegó a prolongarse y en el término de dos años todos los pueblos expulsaron a alemanes e italianos de sus territorios. La desarticulación de los ejércitos nazis se produjo desde dos frentes: por el este, las tropas soviéticas completaron la liberación de su territorio y fueron abriéndose camino hasta penetrar en Alemania y ocupar Berlín el 1 de mayo de 1945; por el oeste, tropas inglesas y norteamericanas desembarcaron en Francia en julio de 1944 y favorecieron la liberación de los países occidentales, llegando a Berlín casi simultáneamente con los soviéticos.
En el período comprendido entre el fin de la guerra y 1948, Europa quedó dividida en dos bloques. Uno, bajo hegemonía soviética, que comprendía a las denominadas democracias populares: Hungría, Polonia, Bulgaria, Checoslovaquia, Albania y Yugoslavia, al que se agregaría en 1949 la República Democrática Alemana. El otro, bajo la hegemonía de Estados Unidos, cuya participación en la guerra había sido decisiva y que al finalizar ésta tuvo también una participación importante en la reconstrucción de Europa.
El Mercado Común europeo
Los siguientes dos intentos de unificación europea fueron a partir de presupuestos político-económicos: en 1947 el Plan Marshall y, diez años después, la creación del Mercado Común europeo. El Plan Marshall —que debe su nombre al secretario de Estado norteamericano George Marshall, quien lo propuso el 5 de junio de 1947— consistía en poner a disposición de los países europeos 15.000 millones de dólares por parte de Estados Unidos para la reconstrucción y puesta en marcha de sus economías.
Sólo 16 países occidentales lo aceptaron —Austria, Bélgica, Holanda, Francia, Irlanda, Islandia, Gran Bretaña, Grecia, Turquía, Dinamarca, Noruega, Suecia, Suiza, Luxemburgo, Portugal e Italia—, en tanto los países aliados de la URSS rechazaban la ayuda propuesta, que, finalmente, se redujo a 13.000 millones de dólares.
El Mercado Común europeo llegó a ser, de lejos, el esquema de integración que más éxito obtuvo en Europa y que, partiendo de premisas económicas, permitió también un pequeño margen de integración política. Compuesto por Alemania Federal, Francia, Holanda, Bélgica, Gran Bretaña, Irlanda, Luxemburgo, Italia y Dinamarca, permitió durante largos años la estabilización económica de los países que lo componían, fijando precios mínimos y comunes, regulando la producción, estableciendo facilidades aduaneras, adoptando políticas monetarias comunes y planificación común de materias primas.
Los logros en el terreno económico se ampliaron al social —estableciendo, por ejemplo, inmediata equivalencia de estudios entre los países miembros o facilidades de tránsito para los ciudadanos de ellos—, y en el político, que comprende la elección por voto directo de sus órganos directivos.
Paralelamente a la formación del MCE, los países del este crearon una entidad de similares características, el COMECON, pero que sólo contempla integración en el plano económico y no en el político. A su vez, desde 1975, funcionó una comisión negociadora entre ambas instituciones que, prácticamente, abarcan al conjunto de Europa.