Apéndice 3. La ambición de volar
De Mienciclo E-books
EL antiguo sueño de Icaro revivió en Leonardo, un artista fascinado por el vuelo de los pájaros, especialmente de aquellos que pasan mucho tiempo planeando en el aire. ¿No podría el hombre hacer algo parecido? Durante largos años, generalmente en secreto, Leonardo trató de inventar una máquina capaz de llevarle por el aire.
La leyenda griega cuenta que Minos, el rey de Creta, encargó a Dédalo la construcción del laberinto donde deseaba encerrar al Minotauro. Dédalo no tuvo suerte: Cuando terminó el laberinto, el rey le encerró dentro de su obra junto a Icaro, su hijo predilecto, con el evidente propósito de acabar con ambos. Ya encerrado, Dédalo no se quedó con los brazos cruzados. Este mítico inventor fabricó, con cera y plumas, unas alas para su hijo, que podría salir volando como un pájaro, con la condición de no acercarse demasiado al sol. Embriagado por el placer de volar, Icaro olvidó pronto las palabras de su padre, se aproximó al sol, se derritieron sus alas y se precipitó en el mar. A su manera, en la realidad y no en el mundo de los sueños, Leonardo da Vinci quiso repetir a la vez la mítica hazaña de Dédalo, el inventor, y la de Icaro, el aeronauta.
Leonardo realizó minuciosos estudios sobre el vuelo de las aves. En este campo, ningún detalle escapó a su atenta mirada. Analizó el movimiento de cada pluma, la interacción del aire y las alas, las distintas maneras de volar y los problemas de aerodinámica, con tanta paciencia y rigor que puede afirmarse que él solo inició y casi agotó esta rama de la ciencia. Y de la teoría pasó a la práctica. En un cobertizo de su estudio florentino, ayudado por su discípulo Zoroastro, fabricó las primeras alas, tratando de imitar a la naturaleza. ¿Servirían para algo? Aquí debemos tener en cuenta que, para la materialización de su proyecto, sólo dispuso de seda, madera y hierro, y no debemos olvidar, desde luego, la debilidad de los brazos y las piernas en relación con el peso total del cuerpo humano… Al margen de estas consideraciones, Zoroastro deseaba estrenar sus alas en las afueras de Florencia, pero su maestro, más cauto, no se lo permitió. Leonardo sabía que toda Florencia estaba pendiente de sus movimientos y que sus enemigos utilizarían el fracaso de su «locura» para dejarle la fama por los suelos. Fue muy prudente.
Sin embargo, no estaba dispuesto a rendirse. Deseaba volar y en su taller se multiplicaron, ampliaron y modificaron diversos modelos de alas. De vez en cuando, si le invadían el taller o le recordaban su fracaso, arrojaba hermosas alas al fuego, a pesar de las protestas de sus discípulos. El seguía estudiando, concentrándose cada vez más en los murciélagos, cuyas alas, tienen, unidas por una membrana, cinco nervaduras (correspondientes a los cinco dedos de la mano). Parecían fáciles de imitar, pero el resultado de su trabajo no dio el fruto apetecido, Consecuentemente, Leonardo concibió modelos de dos, tres y hasta cuatro alas, llegando a diseñar un timón que, unido a la cabeza del aeronauta, dejaría libres los brazos y las piernas, para invertir toda su fuerza en el aleteo.
Los últimos ensayos basados en el batimiento de las alas los realizó —al parecer— en la isla de Fiésole, ayudado por Melzi, mientras los franceses ejercían su poder en Milán. Después, hacia 1509, durante su segunda estancia en esta ciudad, sus investigaciones cambiaron de rumbo. Ya era evidente que la fuerza muscular del hombre no le bastaba para elevarse con simples alas. Ahora se trataba de diseñar una máquina volante, en la que el tripulante pudiera ir de pie, sin depender exclusivamente de sus músculos. Leonardo diseñó esa máquina prodigiosa, dotándola de dos grandes alas y un motor de resortes. La expansión de los resortes se convertiría, gracias a un mecanismo de transmisión, en un movimiento alternante, haciendo batir las alas. (Ese motor de resortes figura, indiscutiblemente, entre los grandes inventos de Leonardo, que lo tuvo en cuenta al diseñar un carro automotor, lo más parecido al automóvil que se inventó con anterioridad a los motores modernos.)
«Mañana por la mañana —escribía Leonardo—, día 2 de enero, 1496, haré el intento.» Pero la máquina volante falló. Se desconocen otros intentos, y sólo se guarda memoria del experimento realizado en 1505, cerca de Florencia y concretamente en el bello monte de Ceceri (cisne). Escribía Leonardo: «El gran pájaro emprenderá su primer vuelo sobre el lomo del gran cisne, para llenar al mundo de asombro, dejar memoria de sí y dar gloria eterna al nido donde nació.» Un científico de aquel tiempo, Gerolamo Cardano, famoso por sus hallazgos matemáticos, nos ha dejado un seco testimonio de lo ocurrido en el monte: «El resultado fue desastroso para los dos que recientemente hicieron la prueba. Leonardo da Vinci también intentó volar, pero no tuvo éxito.» A sus cincuenta y tres años, con su barba patriarcal, había hecho el último esfuerzo, sin echarse atrás ante el barranco, dispuesto a romperse la crisma y «a soportar las burlas de sus conciudadanos.»
Aparentemente, fue un fracaso total. Los detractores de Leonardo, con Miguel Angel a la cabeza y Vasari como portavoz, no olvidaron nunca el fracaso de su máquina voladora y, tomando la parte por el todo, llegaron a decir, con pésima intención, que este artista «empezó muchas cosas, pero no acabó ninguna». Sin embargo, la historia no acabó al pie del monte Ceceri. En 1890, Ader, un investigador de la navegación aérea, construyó un prototipo inspirado en los diseños de Leonardo, agregando por su cuenta un motor de vapor de tres kilos de peso. El aparato, bautizado con el nombre de Eolo, fue capaz de dar un salto de cincuenta metros… Ader quiso construir después algo más poderoso, pero se arruinó antes de tiempo. El resultado de sus heroicos esfuerzos puede contemplarse todavía en el Conservatorio de París. Naturalmente, Ader no fue el primero ni el último entre los imitadores de Leonardo, quien, a pesar de su fracaso, figura con derecho propio entre los pioneros de la aeronáutica.