Apéndice 3. La Industria Farmaceutica Moderna
De Mienciclo E-books
LA industria farmacéutica se creó con el fin de producir masivamente los medicamentos necesarios para el tratamiento de las enfermedades del hombre. Ahora bien, a pesar de esto, en algunos países este objetivo ha ido perdiendo su característica humanitaria para convertirse con cierta frecuencia en un modo de obtención de beneficios económicos exagerados.
A partir de la aparición de las sulfamidas, las penicilinas y sus derivados han ido surgiendo a una velocidad vertiginosa multitud de específicos farmacéuticos que no siempre son verdaderamente útiles y eficaces. A propósito de esto, dice la doctora Torres Pons:
«Desde que se descubrió la penicilina hasta la actualidad, han sido aislados y sintetizados multitud de productos con actividad antibiótica, aunque muchos de ellos han tenido que ser rechazados por tóxicos e ineficaces. Sin embargo, esta gran proliferación de sustancias ha traído un confusionismo tal que hace que el uso de los antibióticos no siempre sea adecuado, unas veces por ser administrados en exceso y otras por ser injustificado su uso, y se puede decir que el 70 por ciento de las prescripciones médicas son erróneas.
Gran parte de estos específicos farmacéuticos, a veces, están compuestos por las mismas sustancias, aunque en sus envases figuran nombres diferentes. ¿Cuál es la finalidad de esto? La respuesta es muy sencilla: al aparecer lo que se supone que es un nuevo medicamento, puede aumentarse su precio, y así el laboratorio percibirá mayores beneficios, aunque, como se ha dicho, esto sólo ocurre en algunos países.
También por razones puramente económicas los laboratorios farmacéuticos inundan con la publicidad de sus productos los despachos de los médicos que son, al fin y al cabo, los que recetan los específicos a los pacientes, y pueden hacer que se consuma más de uno que de otro. Toda publicidad puede ser aceptable si se hace con el fin de mostrar las cualidades que posee un determinado producto, pero en el caso de los medicamentos se llega algunas veces a intentar demostrar propiedades curativas que no tienen realmente, o a ofrecer como exclusiva lo que ya existe en otros muchos productos anteriores. Se hace publicidad de fármacos que, aparte de ser algunas veces inútiles, otras, lo que ya es más grave, son nocivos para la salud. Así, un medicamento para curar el hígado puede dañar los riñones. Y como éste se pueden citar infinidad de ejemplos.
En relación con estos hechos, la doctora Torres Pons explica que «…a todos los sanitarios facultativos, pero muy especialmente a los médicos, llega constantemente propaganda de las distintas especialidades y formas farmacéuticas. La mayoría de las veces no se trata de descubrimientos recientes, sino que son las ya existentes, asociadas de modo distinto. Con ello no se consigue sino sumirnos aún más en la inmensa confusión que tal cantidad de nombres provoca. Es, pues, necesario que a la clase médica se le de una información actual y completa de todos los antibióticos que tiene a su alcance. Pero esta información no basta con que esté actualizada; debe ser, además, imparcial y desinteresada. Por tanto, es evidente que ella no puede proceder únicamente de la industria farmacéutica, pues aunque ésta puede reunir perfectamente las dos primeras cualidades, difícilmente será imparcial y desinteresada, ya que sirve, fundamentalmente a intereses privados.»
Para tener una idea aproximada de la cantidad de medicamentos existentes, basta con decir que en España, en siete años, han desaparecido 19.000 específicos y aparecido a su vez otros 10.000 nuevos. Francia sólo tiene 12.000 especialidades farmacéuticas, mientras hay quien afirma que España posee unas 33.000. El profesor Beraud asegura que «de las 12.000 medicinas contenidas en el catálogo de la industria farmacéutica francesa bastaría con 310».
La solución de estos problemas estaría en reducir el número de específicos farmacéuticos a los que en realidad fueran útiles, y no sobrecargar las farmacias con medicamentos de los que sobran más de las tres cuartas partes y cuya composición desconocen a veces los farmacéuticos. En relación con este hecho, el doctor Enrique García Martínez, de Sevilla, dice con respecto a España:
«Existe un terrible bosque de nombres raros y generalmente sin sentido, que más que orientar acerca de la composición y clasificación suelen desorientar, pues nada dicen, por ejemplo, los vocablos forte, débil, etc. Es, además, francamente temible por la exuberancia de sus mezclas, algunas no muy de acuerdo con los principios biofármacéuti-cos y farmacéuticos en general, hasta el punto de hacernos pensar sobre cómo hayan podido ser aceptados sus registros por la Dirección General de Sanidad, sobre todo los que se refieren al cloramfe-nicol, corticoides, piramidón, etc., entre otros.»
Para canalizar la producción de toda esta diversidad de medicamentos, a partir de la II Guerra Mundial (1939-1945), se han ido creando en los países más desarrollados, como Estados Unidos, grandes empresas filiales en países subdesarrolla-dos, que dependen de la empresa central metropolitana. El conjunto de todas ellas constituye una empresa multinacional, que, como es sabido, no sólo existen para los medicamentos, sino también para la producción de otros muchos bienes de consumo.
Las grandes multinacionales farmacéuticas que dominan la mayoría del mercado mundial están en Estados Unidos, Suiza y Alemania del Oeste. Sus filiales se reparten por todo el mundo, y tienen que pagar a la metrópoli un tanto por ciento o royalties de todos los específicos que se vendan en el país en que estén situadas. Aparte de esto, las filiales tienen la obligación de comprar las materias primas a la empresa metropolitana, con el consiguiente encarecimiento del producto, ya que esta materia prima se llega a pagar a veces hasta el doble de su valor. Hay que añadir, además, a la materia prima, para determinar el precio de venta al público de un medicamento, los gastos generales y la mano de obra.
Generalmente, en los países que albergan a las empresas filiales, de los beneficios obtenidos por la venta de específicos sólo una pequeña parte se destina a la investigación, tan necesaria para el avance hacia el logro de medicamentos más eficaces que los ya existentes. Sin embargo, de cada 100 pesetas, 20 se gastan en publicidad. Aunque bien es verdad, que en países como Alemania, Estados Unidos y otras grandes potencias, se emplea una gran cantidad de medios para la investigación, y son estos países los que consiguen fármacos nuevos y más activos.
El dinero que emplean los países civilizados en farmacia es incalculable: en Estados Unidos supera el que se destina a armamento, y en España, en 1970, seis productos antibióticos recaudaron más millones de pesetas que la empresa Coca-Cola S. A. Todo esto sería muy loable si sirviese para combatir las enfermedades; pero, a veces no es este el caso, pues, como ya se ha dicho, gran parte de los específicos son superfluos. Lo que, en definitiva, y salvo contadas excepciones, persiguen generalmente los laboratorios, sobre todo los que no destinan parte de sus beneficios a la investigación, es la obtención de beneficios sustanciosos.
Esta superabundancia de productos farmacéuticos entra en contradicción con la problemática de los pueblos subdesarrollados, que no necesitan tanto de medicinas como de una alimentación apropiada. Se intenta combatir las «enfermedades carenciales» propias de estos países con medicamentos, cuando se da la circunstancia de que lo que faltan, desgraciadamente, son alimentos.
Pero no sólo existe esta contradicción en los países atrasados. En las zonas desarrolladas, en las que las afecciones (infartos, insomnio, etc.) están producidas por el ritmo de vida, la contaminación y otras causas similares, el único remedio que se halla para contrarrestar las enfermedades, aunque lo cierto es que sólo se consigue acentuarlas aún más, es la ingestión de medicamentos de una manera exagerada e incontrolada, planteándose el problema de la automedicación. Normalmente, en los países con un alto nivel de vida se consumen medicamentos sin receta previa del médico, y no se tienen en cuenta que pueden ser muy perjudiciales; se está demostrando, por ejemplo, que la aparentemente inofensiva aspirina produce hemorragias intestinales.
De todos estos hechos se saca la conclusión de que la industria farmacéutica moderna, en algunos países, relega a un segundo plano su fin esencial, que es el ataque a las enfermedades y la investigación de nuevos preparados más eficaces; y que, como toda empresa mercantil, persigue, y ello es lógico, el aumento de sus beneficios.