Apéndice 3. La Enciclopedia
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EL siglo XVIII francés —época frívola y dinámica, ávida por conocerlo todo— tuvo su gran obra en la Enciclopedia o Diccionario Universal de las Artes y las Ciencias. Esta obra ofrecía un compendio de los conocimientos humanos de su tiempo, vistos a la luz del pensamiento racionalista y distribuidos en forma metódica para ponerlos al alcance de ese público curioso, pero sin mayor ánimo de profundizar por sí mismo en todos o cada uno de los temas.
En un principio, no se encaró la Enciclopedia como una obra de creación, con los rasgos propios, originales, que luego la distinguieron y la convirtieron en la mejor muestra de la ideología de los «filósofos» de la Ilustración. Cuando en 1745, el editor Le Breton decidió publicar en Francia la Cyclopaedia or Universal Dictionary of Arts and Sciences de Chambers, su objetivo era más limitado: traducir y adaptar los conocimientos de la Enciclopedia británica, ordenados alfabéticamente.
Sin embargo, las diferencias que se plantearon con los traductores, en especial con Mills, por razones de índole práctica —respecto a la firma y al cobro de los artículos— desbarataron el proyecto inicial. Entonces Denis Diderot elaboró un nuevo plan, de cuya dirección se hizo cargo, secundado por D’Alembert. Ya en 1750 apareció el prospecto en el que Diderot y D’Alembert, editores, prometían la colaboración de las grandes figuras de la intelectualidad de su tiempo: Montesquieu, Voltaire, Holbach, Rousseau y muchos más.
En el primer volumen de la Enciclopedia se anuncia el propósito de exponer «el orden y la concatenación de los conocimientos humanos y ofrecer los principios generales de todas las ciencias y todas las artes, liberales o mecánicas, y los detalles más esenciales que en ellas constituyen el cuerpo y la substancia». Para hacer más claro el criterio, D’Alembert dibuja —en el Discurso preliminar— un árbol genealógico de los conocimientos, a la vez que amplía detalladamente la orientación que seguirá la obra. Además, en ese afán minucioso por hacer de la Enciclopedia un cuerpo organizado, cada artículo, respetando el orden alfabético, remite por medio de siglas o iniciales, a la ciencia que pertenece y se busca facilitar la comprensión de los conocimientos científicos o técnicos mediante descripciones y explicaciones —de las que por lo general se encargó Diderot— que se complementan con grabados, hechos por el dibujante Goussier y artesanos especiales.
Entre 1751 y 1757 se publican los siete primeros volúmenes. No fue tarea fácil, pues aparte de la redacción de los artículos, de la organización del trabajo de los colaboradores y de los inconvenientes con que tropezaron en la impresión, las mayores dificultades estuvieron en las crisis internas y en los frecuentes ataques venidos del exterior. En 1752 cayó sobre la obra una prohibición que hizo peligrar la continuación de la tarea. Se apeló a altas influencias —madame de Pompadour protegía secretamente la Enciclopedia y logró la anuencia del rey— y de este modo, se superó el problema. Pero los ataques y las críticas se repetían, junto a la falta de dinero para sostener la publicación, lo que hizo necesario solicitar otras veces la protección de madame de Pompadour y el apoyo pecuniario de personajes poderosos, entre los que se distinguió madame Geoffrin por sus generosos aportes. En 1758, D’Alembert —uno de los principales promotores de la Enciclopedia— se retira, harto ya de persecuciones y ataques. Si la empresa continuó fue gracias a la empecinada voluntad de Diderot, a la implícita protección real y a la colaboración que prestaron los editores clandestinos.
Hasta 1765 se publican 17 volúmenes que constituirán el cuerpo original de texto de la Enciclopedia, a los que se agregaron 11 volúmenes con ilustraciones, uno de suplemento y 2 de índices. Entre 1776 y 1777 aparecieron 5 volúmenes suplementarios, editados en Amsterdam y en París.
Obra desigual, de un dogmatismo enfático —pese a haberse propuesto una actitud crítica ante el dogmatismo y la tradición—, la Enciclopedia logra, sin embargo, tender un puente entre ciencia y técnica, razón y espíritu práctico. Por primera vez en la época, se presta atención a las ciencias aplicadas, a los oficios, con un claro rechazo de la pura especulación que deja paso a un saber aplicado a las necesidades del momento.
Las realidades aparecen vistas con un espíritu historicista y estructuradas —respecto de otras realidades— como un todo coherente y asequible. Sensaciones o reflexiones —como indicara Locke— son las fuentes del conocimiento. La razón y la ciencia se muestran capaces de terminar con el imperio absoluto de la metafísica y la teología. No es la Revelación sino la ciencia, la que ha de dictar normas de vida y de pensamiento. De ahí que períodos que se caracterizaron por su preocupación religiosa, como la Edad Media, «reino de las tinieblas y el fanatismo» para los enciclopedistas se ignore. Descartes y Newton abren la nueva era, los siglos anteriores no merecen recordarse.
La mentalidad secular de los enciclopedistas, la ilimitada confianza en la razón y en el progreso, el rechazo de todo dogmatismo —aunque luego ellos mismos cayeran en un dogmatismo de distinto signo— y la voluntad de sacudir las trabas del pasado, confieren identidad a este «humanismo científico» que alentó durante el siglo XVIII con diferentes matices.
El enciclopedismo es la ideología de una fracción de la burguesía francesa del Antiguo Régimen que ve la necesidad de producir un cambio. Técnicos, científicos, administradores, industriales, comerciantes y artistas aparecen relacionados en el proceso de producción, ya de un modo directo —dirigentes de la política económica, industriales— o bien, indirectamente, como miembros de una sociedad en transición que echará las bases de la revolución industrial.
En el ámbito filosófico, los enciclopedistas son herederos de Locke, de quien tomarán el método empírico aplicado también al estudio del hombre. De allí, la vigencia de la «Filosofía moral» —nombre que pretende abarcar todo lo referido al conocimiento del ser humano—, que da preminencia a los problemas ético-morales en detrimento de los metafísicos y favorece el desarrollo de la epistemología, la moral, la psicología y el pensamiento político.
Partiendo de las ideas liberales de Locke, los «filósofos» del siglo XVIII sostienen una concepción política —basada en la igualdad natural entre los hombres— que oscila entre el despotismo ilustrado y una monarquía parlamentaria a la inglesa. En economía, se muestran partidarios de la fisiocracia y el librecambismo.
La doctrina del enciclopedismo tuvo decisiva influencia en la Revolución francesa, encarnada en los hombres de la Asamblea Constituyente, los feuillants y su teórico Barnave, para quienes el ascenso de la burguesía respondía más a una evolución determinada por los cambios económicos que a una verdadera revolución social.
Sin embargo, pronto fueron atacados por los jacobinos que proponían una alianza de la pequeña burguesía y las clases populares por considerar que «esta secta, en materia política, se mantuvo siempre por debajo de los derechos del pueblo». Sólo en la última etapa de la Convención, después del golpe de Estado de Termidor, y durante el Directorio, triunfó el espíritu enciclopedista cuando la burguesía —que había tomado la dirección política del país— rompió con las clases populares para volver al tipo de compromiso que propugnaban los constituyentes.
Si en Francia, como vimos, el enciclopedismo fue la semilla que engendró un nuevo orden, era natural que esas ideas trascendieran, con distinta suerte. La Enciclopedia tuvo gran difusión por toda Europa: Suiza, Italia y Rusia la editaron con interés. No recibió buena acogida, en cambio, en Alemania ni en Gran Bretaña. En España fue condenada en 1759 y se prohibió su circulación, aunque, de hecho, siguió corriendo clandestinamente e, incluso, fue la vía por la que pasó a Hispanoamérica. Es allí donde su campo de influencia fue mayor, pues se convirtió en la base ideológica del fermento revolucionario que alentaba la lucha por la independencia de los distintos países hispanoamericanos.
Han sido numerosos los colaboradores de la Enciclopedia. En un principio, se eligieron 21 a los que, con el transcurso del tiempo, debieron agregarse otros para cubrir la gran variedad temática que Diderot se propuso abarcar. Entre los más brillantes colaboradores figuran:
Denis Diderot (1713-1784): Hijo de un artesano —que se sintió defraudado cuando Denis eligió seguir estudios de matemáticas, física y filosofía, en lugar de los tradicionales de teología—, pronto se dedicó a escribir artículos literarios para sobrevivir. En ellos se nota ya la influencia de los filósofos sensualistas y los librepensadores ingleses, lo que le acarreó serios problemas, más aún cuando al publicar Promenade d’un Scéptique expone sus dudas acerca de la existencia de Dios que le valió la acusación de ateo y un año de prisión en Vicennes.
Entre 1751 y 1757 todos los esfuerzos de Diderot están dedicados a la Enciclopedia. No sólo dirige y estructura la obra, sino que él mismo redacta gran cantidad de artículos sobre diferentes temas, tan variados como sus mismos intereses; tan pronto se ocupa de física, química o filosofía como de artes y oficios. Esos artículos evidencian al notable polígrafo, al estudioso tenaz y de espíritu abierto.
Diderot fue, además, buen dramaturgo. El hijo natural y Padre de familia se consideran obras precursoras del llamado «drama de costumbres burguesas» y Leasing las tradujo al alemán en 1760.
Descolló también en el género narrativo. Su mejor obra Le neveu de Rameau fue dada a conocer en Alemania por Goethe, quien vio en ella «una obra de chispeante ingenio».
Sin embargo, la actividad creadora de Diderot en literatura ha quedado empequeñecida frente a su trabajo en la Enciclopedia, especialmente por sus notas filosóficas de raíz empírica.
Jean Le Rond d’Alembert (1717-1783): Se dice que su nombre proviene de habérselo encontrado abandonado en la iglesia de Saint-Jean Le Rond de París. Legendario o no, lo unico seguro es que el apellido d’Alembert lo heredó de un oficial vidriero que tomó a su cargo la crianza del niño. Cursó derecho, letras, medicina y matemáticas, pero su verdadera pasión fueron las matemáticas y la física.
Tuvo a su cargo la redacción del Discurso Preliminar de la Enciclopedia, al que hicimos referencia, los artículos sobre matemáticas, algunos sobre física y, además, se encargó de la revisión de la mayor parte de las notas del Diccionario, del que, junto a Diderot, fue el más entusiasta animador.
Geómetra, literato y político, D’Alembert, al igual que Diderot, descuella como colaborador de la Enciclopedia, relegándose sus otras obras —entre las que figura un Ensayo sobre los escritores, un libro sobre Cristina de Suecia, Misceláneas, Elementos de filosofía y diferentes tratados de física y matemáticas— a un segundo plano.
Voltaire: (1694-1778) François Marie Arouet, más conocido por su nombre literario de Voltaire, es uno de los personajes más importantes y polémicos del siglo. Su vida, rica en experiencias, agitada por los vaivenes políticos y por sus posiciones extremas, contribuye a crear esa atmósfera un tanto legendaria que rodea al «patriarca de Ferney».
Espíritu universal, Voltaire rechaza todo lo que signifique limitar las potencias creadoras del ser humano. Colaborador del Diccionario, su ideología coincidió con la de los enciclopedistas. Con el mismo ardor que ellos proclama su amor por la humanidad, la fe en el progreso, protesta contra el despotismo, la guerra, la intolerancia y acepta un mundo en el que se concilien determinismo y libertad, en el que haya mejores condiciones de vida para todos. Sus colaboraciones en la Enciclopedia —las notas filosóficas— reflejan estos principios que, en definitiva, también aparecen en sus artículos literarios.
Para Voltaire el concepto de Progreso se basa en una tendencia a la perfección y la mejor muestra la encuentra en el siglo de Luis XIV que, según él, «resumía las conquistas del pasado en una nueva expresión henchida de la “sana filosofía” del Racionalismo». Se dice que con Voltaire, historiógrafo de esa época, nace la historia de la cultura. Sin embargo, su fe en el Progreso no era tan absoluta, ni creía como Leibiniz en un progressu, in infinitum, pues su espíritu negador no tenía fe total en cosa alguna. Tal vez ello nos explique la amarga ironía de alguna de sus mejores obras: Cándido o Zadig.
Polemista ingenioso y cáustico, Voltaire se trabó en discusiones con muchos personajes de su tiempo, entre ellos con varios de los enciclopedistas. Con Holbach polemizó sobre la existencia de Dios, sosteniendo un deísmo no demasiado racional («Si no hubiera Dios habría que inventarlo», pues «toda la Naturaleza dice que existe», afirmaba Voltaire); después de su amistad con Rousseau, pasó a ser uno más de sus detractores, ridiculizando las teorías rousonianas aunque Mirabeau afirma que lo hizo porque estuvo «poseído por la infernal envidia». Más tarde, chocó con Diderot y lo acusó de haber abandonado su «esprit fort», sus juicios terminantes a los sistemas filosóficos que consideraba desfasados y haber hecho perder vigor a la línea general de la Enciclopedia. Este ataque, tal vez no del todo injusto hacia Diderot, determinó su alejamiento de la Enciclopedia, pues Voltaire perfirió trabajar en su propio Diccionario Filosófico para encararlo, según su criterio, con mayor libertad.
Charles Louis de Secondat, barón de la Brede y de Montesquieu (1689-1755), nació en La Brede, cerca de Burdeos, de una familia de abogados y militares. En un principio le atrajeron las Ciencias Naturales; frecuentó luego la lectura de los clásicos latinos y griegos, la historia, filosofía y metafísica y leyó a los estoicos y a Montaigne. Compuso para la Academia de Burdeos dos ensayos: Disertación sobre la política de los romanos en la religión y El sistema de las ideas. Pronto concentró su atención en el estudio del hombre como ser político y social. En 1721 publicó las Cartas persas, en las que ocultándose bajo la personalidad de un joven persa huésped de Francia durante algún tiempo, trazó una crítica certera y brillante de las costumbres e instituciones políticas francesas, atacando sobre todo el fanatismo religioso y el absolutismo monárquico. En 1734 publica Consideraciones sobre las causas de la grandeza y decadencia de los romanos, reflexión moral sobre la historia, trabajo donde se notan las huellas dejadas por sus lecturas de Montaigne.
Colaboró en la Enciclopedia con un trabajo sobre las leyes y la historia; pero su obra más importante es sin duda De l’Esprit des lois (Del espíritu de las leyes), 1748, en la que quiso demostrar que la historia está presidida por un orden y se desarrolla bajo la acción de leyes constantes; las leyes de los pueblos y sus instituciones no son algo arbitrario sino que se hallan condicionadas por la naturaleza, las costumbres, la religión y hasta por la geografía y el clima. Para Montesquieu las formas de gobierno son tres: República, Monarquía y Despotismo; cada cual con sus reglas y principios, los cuales no pueden confundirse entre sí. La virtud es el principio que debe presidir la República, es decir, el amor a la patria y la igualdad, mientras que la Monarquía y el Despotismo están subordinados, respectivamente, al honor y al terror, y cuando no se mantienen fieles a sus propios principios se corrompen.
Su forma de gobierno preferida era la monarquía constitucional y su modelo el inglés. Su tesis fundamental consistía en que sólo puede llamarse libre aquella constitución en la que ningún gobernante puede abusar del poder confiado. Su garantía es que el poder detenga al poder: el poder tripartito.