Buscar por relevancia Buscar por título
Enviar este artículo por e- mail
cerrar

Añadir un comentario a este artículo
cerrar

Enlazar con este artículo
cerrar

Apéndice 3. La Ciencia Como Aventura Hacia las Alturas y Hacia las Profundidades

De Mienciclo E-books

Share/Save/Bookmark

EL investigador científico goza de un impulso característico que le arrastra a abordar orillas desconocidas de la ciencia. Por ello, la investigación suele embarcar a sus autores en apasionantes aventuras que duran años o toda la vida.

El descubrimiento de la circulación de la sangre, de la redondez de la Tierra, la obtención de las primeras vacunas y de la penicilina, el primer vuelo sobre el Atlántico o el lanzamiento de cohetes espaciales, son hazañas que, sin duda, pueden compararse con el descubrimiento de América, la realización de la primera vuelta al mundo o el coronamiento de las más altas cimas del Himalaya.

Desde esta perspectiva, no es de extrañar que en todas las culturas el hombre, o más bien algunos hombres, se hayan sentido empujados hacia la conquista de dos de los más míticos elementos generadores de vida: el cielo y el mar.

Desde la antigüedad la leyenda nos describe cómo Icaro se construyó dos alas con plumas de ave para poder volar y descubrir los misterios del firmamento. En el siglo XIII, los chinos utilizaban los primeros cohetes de la historia, una especie de cartuchos de pólvora a los que se adosaban flechas. Siguiendo con esta tradicción, el alemán Ganswindt, a finales del siglo pasado, demostraba la posibilidad de los viajes aéreos, en medio del escepticismo general, y proyectaba un aparato que se movía en el espacio impulsado por una serie de explosiones consecutivas de dinamita. Evidentemente había establecido los principios básicos del cohete. Algunos años más tarde, el ruso Tsiolkovski, padre de la astronáutica, observa las estrellas y piensa en el modo de alcanzarlas. Pero advierte que un cohete espacial debe estar dotado de mucha más potencia que los de Ganswindt, y, después de numerosas investigaciones, obtiene como fruto de sus trabajos el multicohete, es decir, un cohete compuesto de varias partes sucesivamente más pequeñas que, aunque todavía imperfecto, suponía un adelanto magistral respecto al de Ganswindt. La primera «fase» permitiría al cohete alcanzar la velocidad deseada y después se separaría del resto. Otro tanto ocurriría con la segunda que, liberada del peso de la primera, lograría alcanzar una velocidad razonable. A partir de los trabajos de Tsiolkovski, se fueron perfeccionando los sistemas de vuelo hasta culminar en los viajes espaciales de hoy día.

En la tumba de Tsiolkovski se colocó la siguiente leyenda: «La Humanidad no permanecerá eternamente sobre la Tierra». La predicción es ya un hecho, el hombre ha conquistado el éter aunque no todos sus misterios y posibilidades.

Otra de las grandes aventuras apenas iniciada por la ciencia es el descenso a las profundidas marinas. Fue el mar el que, con la ayuda del sol, creó la vida hace aproximadamente 2.000 millones de años. Todos los vegetales, animales y minerales que existen en la tierra proceden de él. Por ello, el mar ha sido siempre, al igual que el aire, objeto de un intenso interés. La mitología griega crea a Poseidón, dios del mar, y le describe rodeado de sus guardianes: los tritones, las nereidas y las sirenas. Encontramos también en la tradición helena la leyenda de Glaucos, un pobre pescador señalado por el destino para convertirse en monstruo marino. Entre los antiguos, el mar era considerado como un ente que, por desconocido, albergaba multitud de seres horrorosos con capacidad para propiciar el bien o el mal. La Edad Media nos proporciona la leyenda que narra cómo Alejandro Magno es sumergido en el fondo del mar dentro de una gran caja de cristal, a través de la que observa atónito una singular procesión de monstruosidades marinas. Pero todas estas historias son fruto de la imaginación popular; el hombre nunca hasta entonces y por mucho tiempo después, lograría sumergirse en los abismos pelágicos. Uno de los principales problemas que frenaba su exploración era, como es lógico, la falta de oxígeno en el interior del agua. Los pescadores de perlas descendían desnudos y desprovistos de cualquier artilugio que les proporcionara aire; esta carencia no les permitía permanecer más que unos breves segundos en las honduras. Pero a partir de los descubrimientos de Pascal, los grabados de la época nos muestran buceadores equipados con extraños aparatos. A finales del siglo XVIII, se inventan las primeras campanas de buzo útiles, obra del francés Freminet y del alemán Klingert, que consistía en unos artefactos no muy precisos que alimentaban al buzo de aire. Eran algo así como un traje de cuero provisto de un casco para la cabeza con una pequeña ventanilla. La campana de Freminet y Klingert está considerada como la precursora de la escafandra.

Algo más tarde, el científico Halley dio un gran paso adelante en la confección de trajes submarinos al intentar establecer un sistema por el que se renovara el aire que respiraba el buzo; con esta idea, creó unos recipientes de aire puro que se comunicaban con la escafandra. Pero fue en 1837 cuando la escafandra adquirió su configuración definitiva merced a los trabajos del científico Augusto Siebe. Sólo quedaba ya perfeccionarla como de hecho se hizo posteriormente.

Por estas fechas se realizan también las primeras exploraciones científicas submarinas en las costas de Sicilia, aunque relativamente cerca de la superficie del agua. A partir de estas experiencias, los científicos deciden que es necesario dotar al buzo de algún artificio que le facilite la libertad de movimientos y le haga independiente de la embarcación que le transporta. Para conseguir esto, el ingeniero de minas B. Rouquayrol y el oficial de marina A. Denayrouze trabajan en la construcción de una escafandra cuya principal característica era la de proporcionar, a la persona que descendía, aire a la presión del ambiente. El buzo llevaba a la espalda un pequeño depósito de aire que le daba una autonomía de varios minutos. Había nacido el antepasado de la escafandra autónoma actual. Fue un auténtico hallazgo reflejado en la obra de Julio Verne 20.000 leguas de viaje submarino, en la que la tripulación del «Nautilus» estaba provista de escafandras de este tipo.

Entramos ya en el siglo XX, siglo de la ciencia y de la técnica por excelencia, y en el que tan larga evolución se vería, en gran medida, coronada por el éxito. En la década de los años veinte se realiza un progreso importantísimo para la obtención de la escafandra ideal, con la que se podía nadar libremente. El mérito de este invento se lo debemos al francés Ivés le Prieur, que fabricó una careta destinada a proteger los ojos, la nariz y la boca del buceador. Esta máscara se alimentaba de aire puro mediante un tubo unido a una botella de aire comprimido a 150 kg/cm2. El traje, en general, era ya más completo, puesto que tenía aletas de caucho y era isotérmico. En esa misma línea trabajó el ingeniero Emile Gagnan, quien consiguió una escafandra muy perfeccionada con la que se podía descender hasta 50 metros. El ingeniero, el sabio, el geólogo, el biólogo, podrían aventurarse con ella en el seno del «Sexto Continente» y llevar a cabo importantes descubrimientos, así como desvelar los misterios de un mundo prácticamente desconocido hasta entonces.

Durante estos años se desarrollaron también, junto a los métodos autónomos de buceo, las escafandras rígidas que permiten descender a muchísima más profundidad. La primera de este tipo fue creada por los hermanos Carmagnole en 1882. Un individuo vestido con ella daba realmente la impresión de un caballero medieval. Sin embargo, no supuso demasiado a la hora de realizar investigaciones submarinas. Habría que esperar a 1923, fecha en que los alemanes Neufeldt y Kühnke fabricaron una escafandra rígida que constituyó ya un avance importante. «Tenía una forma vagamente humana, con un tronco cilindrico con tres mirillas que rodeaban la cabeza. De este cilindro surgían, colgando lamentablemente, dos brazos tan gruesos como las piernas. En su interior estaba dotada de un generador de aire fresco que llegaba desde el barco. Se bajaba al agua suspendida de un grueso cable de acero que se arrollaba en el tambor de un cabestrante.» Una descripción que nos hace pensar con horror en la suerte del pobre investigador aventurero que se decidiese a utilizar semejante artilugio. De todas formas, las escafandras de este tipo no resultaban excesivamente prácticas y pronto quedaron convertidas en piezas de coleccionistas.

Aun a pesar de todos estos relativos fracasos, los investigadores no se dieron por vencidos y comenzaron a estudiar otros aparatos que les permitiesen contemplar los grandes abismos. Aparecen entonces la batisfera y el bentoscopio de Beebe y Barton. Beebe, que era director de la sección de Estudios Tropicales de la Sociedad Zoológica de Nueva York, se sentía atraído por la investigación submarina y se unió en colaboración con el ingeniero Otis Barton. Ambos construyeron un aparato constituido por una esfera con tres orificios en un lado y uno solamente en el opuesto. En la parte superior tenía una argolla por donde entraban los cables eléctricos y telefónicos. Después de sucesivos intentos, lograron sumergirse a 935 metros, un verdadero récord. «Por primera vez el hombre había podido ver la fauna abisal en su propio ambiente.» Sus investigaciones fueron decisivas para el conocimiento de la biología submarina. El propio Beebe cuenta: «Vi muchas veces resplandores causados por organismos desconocidos que me dejaban deslumbrado durante algunos segundos. A menudo, la abundancia de puntos brillantes era tal que no podía por menos de pensar en el cielo estrellado de una noche clara y sin luna. Sus movimientos constantes eran un obstáculo para mi misión, pero, haciendo un esfuerzo continuo, lograba seguir constelaciones definidas y determinar casi siempre los contornos de los peces (…) vi un racimo flotante de luces verdes, casi de 3 centímetros de anchura, acercarse directamente a la portilla para chocar fuertemente con ella y estallar en numerosas chispas que se apagaron lentamente, sin revelar ningún tejido de conexión».

Siguiendo la línea de evolución, aparece el batiscafo. Auguste Piccard y Max Cosyns, inquietos profesores que ya habían logrado subir en globo a 18.000 metros de altitud, comenzaron a imaginar la forma de poder contemplar las profundidades abisales. En 1937 inician las actividades que tendrían como resultado la construcción de un batiscafo. Estaba compuesto de dos partes: una de ellas era una esfera de acero que, a su vez, estaba dividida en dos hemisferios unidos entre sí. Esta esfera, cuyas paredes tenían 10 centímetros de espesor, poseía dos portillas de plexiglás. La esfera pendía de una serie de compartimentos que podían contener hasta 32.000 litros de gasolina; la otra era un flotador del cual estaba suspendida la esfera. Bajo el flotador se encontraban los órganos vitales del batiscafo: motores de propulsión, acumuladores, etc. En octubre de 1948, Piccard, su hijo, Cosyns, Francis Boeuf, Cousteau y Tailliez, se embarcaron en el carguero «Scaldis» para lanzarse a la realización de los primeros intentos de inmersión del batiscafo que denominaron «FNRS-2». Las experiencias iniciales fueron un rotundo fracaso, pero, a pesar de ello, se dirigieron a las islas de Cabo Verde, donde lo sumergieron. A la vuelta a la superficie, el batiscafo presentaba un estado tan desastroso que les hizo pensar en la inutilidad de sus investigaciones y en las pocas posibilidades de los artefactos de este tipo.

Sin embargo, Cousteau y Taillez convencen a los investigadores para que vuelvan a repetir la operación. Esta vez el batiscafo desciende a unos 1.000 metros, pero la mala suerte quiere que el mar se embravezca con lo que les resulta imposible hacerlo emerger de nuevo. Ante esta imposibilidad no les queda más remedio que remolcarlo hasta el puerto de Dakar. Se cerraba la primera etapa de la historia del batiscafo. Cousteau y Boeuf, con una constancia poco corriente, logran, después de innumerables ruegos, que las autoridades francesas concedan permiso para continuar con sus investigaciones. La construcción del nuevo batiscafo estaría a cargo de los ingenieros Willm y Houot, y bajo la supervisión de Piccard, Cosyns y Cousteau. Así, en 1953, nace el «FNRS-3». El 15 de febrero de 1954 el batiscafo desciende a 4.050 metros con Houot y Willm a bordo. Es la primera vez que el hombre conquista esta profundidad.

Pero todavía quedaba una mayor hazaña a realizar por el batiscafo, esta vez por el llamado «Trieste»: tripulado por el hijo del profesor Picard y por Donald Walsh, descendió a 10.916 metros en la mayor fosa oceánica conocida: la de las islas Marianas. El batiscafo se presentaba después de esta inmersión como el aparato ideal para realizar investigaciones científicas en las capas más profundas del mar, y capaz de posarse en el fondo, permanecer inmóvil y trasladarse autónomamente. Las aportaciones del batiscafo a la ciencia son incalculables. El campo biológico puede realizar observaciones sobre la naturaleza del fondo del mar, así como el estudio de la flora y fauna submarina. Sin embargo, es un instrumento científico joven que debe ser perfeccionado; la penetración científica del hombre en el mar está aún en sus comienzos.