Apéndice 3. La Bombilla: Multiplicación del Tiempo por dos
De Mienciclo E-books
LA posibilidad de producir luz artificial es algo tan normal para nosotros que no le prestamos atención; sin embargo, constituye un logro fundamental de la cultura humana. Toda nuestra vida social y personal se basa actualmente en este hecho: la capacidad de alargar el día indefinidamente mediante la iluminación artificial. Nos resulta difícil concebir la tiranía que el día y la noche imponían sobre las costumbres y la actividad económica de los hombres de épocas pasadas, cuando la luz artificial era difícil de conseguir y costosa de usar, o aún más, cuando no existía.
Pero basta observar el fastidioso trastorno que nos produce un corte temporal de corriente eléctrica —sobre todo si es de noche—, o fenómenos sociales como el que se produjo en Nueva York en 1977, cuando un apagón generalizado permitió que aflorasen los instintos primitivos del hombre, dando lugar a escenas de salvajismo colectivo, para comprender el alcance del invento de la bombilla eléctrica, la forma más perfeccionada de iluminación artificial.
Puede decirse que a partir del invento de Edison, el hombre vence una importantísima batalla que le permite multiplicar, efectivamente, el tiempo por dos. Esta batalla ha sido casi tan larga como la historia del hombre.
El descubrimiento de la iluminación artificial es un acontecimiento seguramente casual, como casitodos los que fueron configurando la cultura de los primeros tiempos de la humanidad. Los hombres del Paleolítico eran cazadores; como la mayoría de los animales, se procuraban el sustento o se trasladaban en sus habituales nomadeos durante el día, y descansaban en cuanto se ponía el sol, pues la noche era propiedad de las grandes fieras (transfiguradas por la imaginación humana en espíritus malignos, demonios, etc.).
Cuando fueron capaces de conservar el fuego que encontraban en estado natural, y luego de producirlo, le dieron, en primer lugar, una utilización defensiva y ofensiva frente a los animales, pues habían observado que éstos le temían. Encendiendo grandes hogueras para proteger sus campamentos de las fieras, descubrieron inmediatamente otra importantísima aplicación: daba calor. Posteriormente le encontraron utilización en la preparación de alimentos y en la confección de utensilios, pero como fuente de iluminación no fue expresamente usado en un principio, porque la actividad industrial de aquellas gentes era tan reducida que no necesitaban alargar el día.
El empleo consciente del fuego como factor de iluminación estuvo íntimamente relacionado con la magia y la religión. Los primeros que necesitaron iluminación artificial fueron seguramente los hechiceros-pintores paleolíticos que dibujaban animales en cuevas profundas como la de Altamira, con el propósito de atraer la caza mediante aquella manipulación mágica o con cualquier otra finalidad. Por otra parte, siendo el fuego un elemento tan precioso y de indudable origen celeste para aquellos hombres primitivos, es lógico que se hicieran luminarias rituales en ceremonias religiosas. De hecho, durante algunos milenios no habría iluminación más que en los templos, y la conservación del fuego se convertiría en una labor sacra, recogida en todas las mitologías, incluida la cristiana (parábola evangélica de las vírgenes prudentes, que conservaron encendidas sus lamparillas).
Durante toda la Edad de Piedra, la forma de iluminación era la hoguera —de madera o de estiércol— y su derivado, la antorcha, aunque se han encontrado en yacimientos prehistóricos utensilios muy imperfectos de arcilla, que posiblemente se usaron como receptáculos de betunes y grasas combustibles. Pero con el surgimiento de la civilización, es decir, de las ciudades de la Edad del Bronce, y la consecuente aparición de los primeros templos y de las primeras actividades de organización y de administración —precisamente en esos templos–aparecen también las primeras formas de iluminación elaborada. En Egipto y Mesopotamia, núcleos de la civilización del Bronce, se construyen las primeras auténticas lámparas, receptáculos de barro cocido en los que se pone aceite y una mecha, que han pervivido prácticamente hasta nuestros días (hace pocos años todavía se empleaban los candiles de aceite en el campo español).
Los fenicios recogerán el invento de Egipto y lo extenderán por el Mediterráneo. En la Grecia primitiva de los tiempos homéricos, la iluminación se logra por medio de antorchas, pero en la Grecia clásica ya se usan lámparas de aceite.
Es más, nos consta que en el siglo IV antes de Cristo se utilizan estas lamparillas en las casas particulares, lo que supone un progreso respecto a Egipto o Mesopotamia, donde prácticamente sólo se usaban en los templos (el palacio real era una prolongación del templo). Pero es que en la civilización griega —que corresponde a la Edad del Hierro— no existe una clase sacerdotal monopolizadora del poder y del saber; en la Grecia democrática, el saber está al alcance de todos los ciudadanos, así como la administración es tarea de todos, y el estudio, dirigido por los filósofos, no es algo encerrado en los templos, sino practicado en las casas (incluso en casas modestísimas, como aquel barril en el que vivía el filósofo Diógenes, que precisamente tenía siempre encendida una lámpara porque buscaba «un hombre»).
Lo que no existe todavía es iluminación pública, aparte del esbozo que representan las lamparillas colocadas en las puertas de los burdeles. Las calles de Grecia únicamente se iluminan con ocasión de alguna festividad religiosa, como la Lampadoforia, en la que miles de ciudadanos se pasaban antorchas de mano en mano, volviendo así a los rituales ígneos del hombre primitivo.
Tampoco en Roma había en principio iluminación pública, aparte del referido farolillo de los lupanares, hasta el punto de que los grandes señores tenían un esclavo especializado, el lanternarius, que les precedía con una linterna de aceite cuando salían de noche. Sin embargo, poco a poco, las iluminaciones públicas en festividades religiosas se extendieron a la celebración de solemnidades de tipo político y llegó a ser frecuente el que Roma se viera iluminada por grandes fogatas que se encendían en las esquinas. Esta costumbre de iluminar extraordinariamente la ciudad con ocasión de acontecimientos festivos de distinta índole ha perdurado hasta nuestros días.
Los romanos, por otra parte, inventan una nueva forma de iluminación, las bujías de cera o sebo, las populares velas que todavía se usan hoy en iglesias, restaurantes de lujo, etc. Estas tres formas de iluminación, fogata-antorcha, lámpara de aceite y bujía, alumbran a los hombres prácticamente hasta el siglo XIX.
Y también persiste prácticamente hasta el siglo XIX la falta de alumbrado público, aunque desde la Edad Media y el Renacimiento existe una preocupación de los gobernantes sobre este tema, pues la oscuridad en las calles provoca problemas de seguridad pública, y aparecen ciudades aisladas con sistemas de iluminación pública. Parece ser que una de las primeras de ellas fue la Córdoba de los califas, y Marco Polo señala en el siglo XIII que Bagdad era iluminada con nafta.
En el marco de la civilización occidental, Luis XIV estableció en París, en 1665, un servicio de «porta-linternas», que se situaban en las calles de la capital a 300 pasos uno de otro y que iban acompañando a carruajes o viandantes mediante pago, relevándose como si fueran postas. Posteriormente, el Rey Sol sustituyó a los «porta-linternas» por lámparas de aceite o hachones fijos.
En la Edad Moderna, los sistemas de alumbrado continúan siendo los mismos con ligeras variantes. Desde el siglo XV hasta el advenimiento de la lámpara de petróleo se perfeccionaron considerablemente las lámparas: las de piquera, las de latón, los candiles de peltre, hierro o alfarería, etc. Hay que observar la influencia puramente estética de las artes en los medios de iluminación en los siglos XVI y XVII, dando lugar a bellas lámparas y candelabros.
Hace aproximadamente tres siglos, se instaló por primera vez el alumbrado de las calles en Copenhague. Los propietarios debían colocar en la calle, delante de sus casas, una tea o una lámpara de aceite durante ciertas horas de la noche. A fines del siglo XVII, en Madrid y otras poblaciones se iluminaban las calles con farolillos encendidos delante de las imágenes. Sin embargo, a pesar de las múltiples formas adoptadas, cada vez más suntuosas, la unidad lumínica no experimentaba ningún aumento.
Sólo hacia finales del siglo XVIII, el alumbrado dio un gran paso adelante. En 1780, Argand, físico suizo, consiguió lograr una perfecta combustión de los gases producidos por el aceite incorporado a la lámpara ya reformada con el añadido de un reflector, un aparato constituido por dos cilindros concéntricos, con un dispositivo para bajar y subir la mecha, graduando de tal manera el volumen de la luz. Poco más tarde, Quinquet, nombre que quedaría para designar cierto tipo de lámpara, introdujo algunas mejoras. Colocó en torno a la llama un tubo de vidrio para activar la corriente de aire y con ello la combustión, evitando el humo y fijando el fulgor de la llama. A principios del siglo XIX, Carcel perfeccionaba la lámpara de Quinquet, introduciendo el doble pistón que impulsa el aceite hacia la mecha.
Hasta comienzos del siglo XIX, los combustibles utilizados en las lámparas eran, por lo común, los de más fácil obtención en las distintas regiones. El invento del quinqué obligó a la búsqueda de mejores combustibles que la grasa de ballena y otros animales. El benceno, el canfeno y el aceite de colza se hicieron muy comunes, pero hasta 1830, en que Reichenbach y el doctor Christian descubrieron el queroseno, no se encontró el combustible ideal para la nueva lámpara.
Un momento de fundamental importancia en la historia del alumbrado tiene lugar con la aparición de la lámpara de gas. William Murdock, nacido en 1754, realizó diversos experimentos para aprovechar el gas de la destilación de la hulla. Sometido el carbón a la acción del fuego en retortas de mercurio, el gas desprendido era conducido por unos tubos, donde se quemaba en aberturas adecuadas. El doctor Clayton había hecho los mismos experimentos a mediados del siglo XVIII. En 1791, Lebon, en París, ideó la destilación de serrín de madera, obteniendo resultados satisfactorios. Wintzer, químico inglés, se dedicó a perfeccionar los trabajos ya efectuados, especialmente en la canalización del gas, alcanzando la concesión de instalar el nuevo alumbrado en las calles de Londres, inaugurado en 1810. La totalidad de la potencia luminosa del gas de hulla no fue lograda hasta que aparecieron los primeros mecheros en 1878, que lograron su máxima perfección con la «camiseta» de Auer (1880). El sistema de iluminación de luz de gas se extendió rápidamente. Suponía enormes ventajas sobre los métodos utilizados hasta entonces, entre ellas el que podía ser suministrado desde una fuente central al consumidor, con un equipo fijo. La primera ciudad en adoptar el gas fue Soho (1802), después en rápida sucesión: Londres (1810), París y Glasgow (1817), Liverpool y Dublin (1818), Berlín (1824), Viena (1851), Barcelona (1842), etc.
A lo largo del siglo XIX los descubrimientos en el campo de la iluminación se suceden vertiginosamente de manera que cuando llega el alumbrado de gas a su perfeccionamiento surge el alumbrado eléctrico para desbancarle. Prácticamente, desde comienzos del siglo XIX, han corrido paralelamente el alumbrado por petróleo, acetileno, gas y electricidad, superponiéndose y entremezclándose los avances en las distintas ramas. Así, mientras Felipe Lebon ilumina su casa por medio de gas por destilación del serrín en 1791, Volta, en 1800, descubre la pila eléctrica que lleva su nombre. Cuando en 1802 Murdock prepara la iluminación de las calles de París y todas las fábricas de Soho se iluminan con gas, con motivo de la celebración de la Paz de Amiens, Humphry Davy experimentaba con la lámpara incandescente. Davy utilizó para ella distintos metales, pero éstos se oxidaban y consumían antes de alcanzar un punto de luz aprovechable. En 1813 descubrió el arco voltaico y en 1836 obtiene, por primera vez, el gas acetileno, llegando a suponerse que dicho gas era el futuro de la iluminación. Nada más lejos: en 1841 Moleyns fabrica la primera lámpara incandescente con globo de cristal e hilo de platino. Cuatro años más tarde, Starr y King efectúan los primeros ensayos del filamento de carbón. Más tarde, el alemán Goebel comenzaría a utilizar la fibra de bambú carbonizada, construyendo lámparas que funcionan a base de pilas. El mismo año (1873) en que aparecen los primeros mecheros para intensificar la potencialidad de la luz de gas, con los que llega a su máxima perfección, se generaliza el uso de los dinamos para la iluminación con el arco voltaico. Sin embargo, el principal rival con el que habría de enfrentarse el alumbrado de gas sería el americano Thomas Alva Edison, que en 1879 obtiene la lámpara incandescente a base de filamento de carbón. Esta primera lámpara consistía en un globo de vidrio en el que se había hecho el vacío y que contenía un filamento de carbón. Probó innumerables materiales para el filamento hasta llegar al de bambú.
Edison encontró a lo largo de sus investigaciones muchos enemigos, sobre todo en las compañías de gas que veían peligrar su imperio sobre el alumbrado, pero también entre los investigadores de la electricidad que pugnaban por llegar a la meta antes que él.
El mundo contempló admirado el millar de bombillas instaladas en la Exposición Universal de París en 1881 y las 2.800 lámparas que iluminaron en 1890 el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.
De la aplicación de la lámpara eléctrica para la iluminación de las ciudades, nació la necesidad de la creación de las centrales eléctricas, que también fueron gestándose en los laboratorios de Edison.
Desde entonces, comenzó a librarse una batalla por perfeccionar la lámpara de Edison. En 1905 se lanzan al mercado las de filamento de carbón metalizado. En 1907 se construye la primera lámpara incandescente de filamento de tungsteno. En 1913 aparecen las primeras lámparas de atmósfera gaseosa de 1.000 watios. Las fluorescentes, sobre las que en 1896 Edison efectuó los primeros ensayos, empiezan a construirse en 1938. Y ya en los últimos años se han construido las de mercurio, neón, las catódicas, ultravioleta, sodio, etc.
La luz eléctrica trajo consigo muchas ventajas sobre el alumbrado anterior. No olía, ni despedía humo, era de fácil manejo, de gran claridad, duradera y económica, pero, sin duda, la mayor de todas fue la que supuso conseguir para el hombre una total independencia respecto de la luz solar.