Apéndice 3. Juan Calvino
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ENTRE los diversos espíritus inquietos y audaces que florecieron en el siglo XVI, corresponde a Juan Calvino el privilegio de haber sido uno de los más fríos racionalistas, y también el de haber sido, en el plano de la historia, uno de los más influyentes, hasta el punto de encabezar una corriente reformista particular y divergente de la de Martín Lutero.
Ya hemos hablado de Thomas Müntzer y de su fracaso como hombre de acción durante la guerra de los campesinos. Pero Müntzer, con su radical oposición a los poderes establecidos y su total confianza en el apoyo de Dios a los pobres y desamparados, no fue, ni mucho menos, el único espíritu inquieto de su tiempo. Al calor del impulso prerreformista, primero, y postreformista después, se multiplicaron, de manera espectacular, los hombres deseosos de extraer conclusiones personales y nuevas del mensaje bíblico y de la teología. Muchos de ellos no pasaron del plano de la especulación al plano de la práctica revolucionaria propiamente dicha y, en definitiva, salvo excepciones, tanto los que lo intentaron como los que se limitaron a pensar y escribir fueron relegados por la memoria histórica a la relativa oscuridad que ésta reserva a los fracasados, pues esta plétora de hombres inquietos no lograron imponer sus ideales, ni siquiera al precio de sus vidas. Thomas Müntzer, en efecto, ha sido reducido por los historiadores a una anécdota dentro del período reformista, y también ha sido oscurecida la memoria de teólogos como Schwenckfeld, Franck o Karlstadt: ninguno de ellos logró imponer sus ideas a la sociedad en ebullición, esas ideas que —al menos en algunos aspectos— eran mucho más radicales que las del propio Martín Lutero, quien —dicho sea de paso— les trató sin contemplaciones. Basta un análisis superficial para poner de manifiesto que, entre los grandes activistas y pensadores del período de la Reforma, sólo Lutero poseía auténtica visión política y dotes de estadista. De aquí su alianza con los poderes establecidos, alianza que aquellos pensadores y activistas reales nunca bendijeron ni aceptaron. Triunfó el estadista y cayeron en el olvido quienes no lo eran. Sucumbió el ala radicalmente revolucionaria de la Reforma y se impuso «la reforma posible», en perjuicio de la «reforma hipotética», que habían planeado, con diverso talante, hombres como Müntzer o Schwenckfeld. Por su parte, también Juan Calvino tenía dotes de estadista, tanto o más que el propio Lutero, y no por otra razón tuvo una gran influencia en el curso de la historia, al precio de liquidar los impulsos liberadores del reformismo de la primera hora en beneficio de la organización de una nueva Iglesia llamada a regular la conducta humana de manera férrea y administrar los bienes terrenales.
Juan Calvino nació en Noyon (Francia), el 10 de julio de 1509. Era hijo de un artesano que, tras cursar la carrera de Leyes, llegó a ser secretario del obispo, antes de ocupar un lugar destacado como procurador del Cabildo catedralicio. Gracias al apoyo eclesiástico —fruto de las relaciones de su padre—, Juan Calvino pudo consagrarse totalmente al estudio a partir de los doce años, recibiendo una educación esmerada en París, primero en el célebre Collège de la Marche, que dirigía Cordier, y luego en el Collège de Montaingu. Vale la pena recordar aquí que esta última institución destacaba por su severa ortodoxia y por su rigurosísima disciplina. hasta el punto de ser objeto de diversas críticas e incluso de algunas burlas, como las que le dedicaron hombres de la talla de Erasmo y Rabelais. En definitiva, este riguroso centro educacional contribuyó al desarrollo del carácter disciplinado y ascético del joven Calvino, carácter que le llevaría a luchar por todos los medios —aun por los inquisitoriales— para imponer a sus semejantes las rigurosas pautas morales de Montaingu.
Calvino estudió teología y luego, siguiendo la senda de su padre, estudió leyes en Orleáns, a la sombra de los juristas Pierre de Estoile y de Andrea Alciato, que le dejaron una honda huella. El joven teólogo se familiarizó con las leyes que regían la sociedad humana, completando su educación y preparándose —sin saberlo— para introducir la religiosidad en la vida cotidiana de su prójimo y someter ésta al imperio de la ley con un rigor que excluiría cualquier margen de libertad. Aquí conviene recordar que en Orleáns tuvo oportunidad de recibir algunas lecciones de Melchior Wolmar, un conocido helenista alemán adscrito al movimiento luterano.
Cuando su padre murió, Calvino se radicó en París, donde se puso a estudiar literatura en una institución fundada por Francisco I, que llegaría a convertirse, con el paso del tiempo, en el célebre Collège de France. Así, gracias a su completa consagración al estudio en sus años de juventud, Calvino entró en la edad adulta, perfectamente preparado. Poseía, en efecto, un exquisito dominio del latín, un impecable rigor lógico —que le permitiría competir con ventaja en las polémicas venideras— y una sobresaliente formación jurídica. A esto debemos sumar, sin duda, una rigurosa formación ética, en la que sus inquietudes espirituales encontraban las respuestas que le permitirían sentirse pronto en posesión del derecho a decidir lo que es bueno y lo que es malo, no sólo para su propia orientación, sino también para ordenar la conducta de sus semejantes.
¿Cuándo se adhirió a la corriente reformista este hombre que tanto respetaba la tradición de sus maestros católicos? En rigor, no existe acuerdo al respecto. Sin embargo, algunos estudiosos consideran que Calvino dio el gran paso hacia el reformismo en torno al año 1533. El mismo Calvino, que se declaraba un dócil servidor de Dios, dejó entrever que su paso al reformismo se produjo como consecuencia de una inesperada conversión. Lo cierto es que en torno al año 1533 Calvino dejaba de creer en las «supersticiones papales». Este radical cambio de trayectoria, súbito o no, repercutió inmediatamente en la vida de aquel hombre que se había formado al amparo de la protección de la Iglesia católica.
Una arriesgada adhesión a la corriente reformista no podía pasar inadvertida en París, y Calvino se vio obligado a abandonar la ciudad por razones de seguridad. La agitación reformista alemana había llegado hasta Francia, y los panfletos anticatólicos pasaban de mano en mano. El rey Francisco I encontró uno de tales panfletos clavado en la puerta de su dormitorio y dio comienzo la primera oleada de represión contra sus autores y difusores. Calvino figuraba entre estos, por lo que no pudo quedarse en Angulema. Al final, tras una breve estancia en Niérac, se vio obligado a buscar refugio en el exilio.
Radicado en Basilea —célebre emporio editorial de la época—, Calvino publicó la primera edición de su obra Institución de la religión cristiana (1534), texto de obligada referencia para sus futuros seguidores. Luego, sin pérdida de tiempo —se dice que después de corregir las pruebas de imprenta del libro—, se fue a Ferrara, con la intención de entrevistarse con Renata de Francia, cuyo esposo —Hércules de Este— se había mostrado muy receptivo respecto a los ideales reformistas. Que se sepa, nada en limpio sacó de aquella gestión. Lo importante es que poco después se produjo un acontecimiento de apariencia insignificante pero de grandes repercusiones históricas. Nos referimos al encuentro de Calvino con Farel, quien desde el primer momento se empeñó en retenerle en Ginebra —que un día no muy lejano sería la cuna del movimiento calvinista.
Al principio, en pleno viaje hacia Estrasburgo, Calvino no quería quedarse: deseaba retirarse y ahondar en el estudio de su doctrina. Pero Farel, un hombre muy convincente, puso fin a los escrúpulos del brillante teólogo reformista. Según el testimonio del propio Calvino, Guillermo Farel llegó a utilizar palabras muy elocuentes y grandiosas para retenerle en Ginebra: «Sabedor de que me interesaba en algunos estudios particulares para los cuales quería preservar mi libertad, profirió incluso una imprecación y pidió a Dios que maldijera mi reposo y la tranquilidad que yo deseaba para estudiar, si en tal necesidad me retiraba y negaba mi ayuda y socorro. Tales palabras me asustaron y conmovieron tanto que renuncié al viaje emprendido (a Estrasburgo».
Así, de manera un poco casual, se inició el primer período de Calvino en Ginebra, donde Guillermo Farel necesitaba su auxilio para imponer, de manera organizada y sistemática, los principios reformistas que ya habían producido (motivaciones políticas y religiosas habían obrado simultáneamente) la expulsión del obispoconde. Ahora, en principio, el terreno estaba más o menos preparado para llevar a cabo un experimento reformista en gran escala.
Farel tenía las riendas del poder en la mano y con la ayuda de Calvino intentó dirigir el proceso reformista ginebrino hacia su consolidación. Lejos de contentarse con mantener relaciones de coexistencia con los burgueses que habían expulsado al obispo, Calvino intentó someterles a sus designios en todos los aspectos de la gobernación de la ciudad, lo que no tardó en producir fricciones graves. Calvino excitó los ánimos de la burguesía al exigir que todos los ciudadanos firmasen una declaración de fe reformista. Los que no la firmasen —declaraba— deberían ser expulsados de la ciudad sin más trámites. Al mismo tiempo, se debía establecer una nueva carta constitucional inspirada en sus principios religiosos, situados por encima de los intereses laicos. Esta propuesta —que tenía la clara intención de arrebatarles todo el poder— no hizo sino aumentar el descontento de los burgueses poderosos. Por todos los medios a su alcance, Calvino deseaba imponer a los ciudadanos de Ginebra su propio ascetismo particular. Su máximo deseo —que las pautas religiosas dominasen las costumbres— tropezó con la creciente oposición de los ginebrinos. Pocos estaban dispuestos a someterse a una periódica inspección de los delegados de la nueva iglesia calvinista.
Al final, la ciudad no aguantó más, y Farel y Calvino fueron expulsados en 1537. No tuvieron más remedio que refugiarse en Estrasburgo e iniciaron un proceso de reflexión. Allí, alentado por varias personalidades de gran cultura —entre las que debemos citar a Martín Butzer—, Calvino refinó su doctrina y consolidó sus ideas acerca del gobierno eclesiástico, la liturgia reformada y la disciplina que anhelaba imponer.
Entre 1539 y 1541, Calvino participó en los encuentros entre teólogos protestantes y católicos que organizó Carlos V para evitar el cisma que ya parecía inevitable. De esos encuentros infructuosos, Calvino salió aún más convencido de la bondad de su doctrina personal. Ahora vivía entregado a la introspección y la reflexión, hasta el punto de que llegó a renunciar al proyecto de volver a Ginebra. Parecía decidido a permanecer en Estrasburgo, donde obtuvo la ciudadanía y contrajo matrimonio con Idelette de Bure, que era viuda de un anabaptista.
Pero mientras él se casaba y reflexionaba, el destino iba preparando el terreno para su regreso a Ginebra. Desde su expulsión en 1537 la situación había empeorado allí de manera considerable: reinaba el desorden y se creaba, como reacción, un clima propicio para el regreso de Calvino. Así, tras superar algunas vacilaciones personales, urgido por sus amigos, Calvino volvió a Ginebra el 13 de septiembre de 1541 y dio comienzo de inmediato —con máximo rigor— a la tarea de someter al imperio de su doctrina a todos los ginebrinos.
El desorden social y político que había precedido a su retorno favoreció la imposición de sus dogmas. Si tras la expulsión del obispo, unos cuantos años atrás, los ginebrinos habían exaltado la libertad y pocos habían aceptado el nuevo yugo calvinista, ahora, tras un período turbulento, eran muchos los predispuestos al sometimiento. La nueva iglesia de Calvino impuso en Ginebra sus principios rigoristas y ascéticos recurriendo a una metodología especialmente drástica. Como era de prever, la regulación eclesiástica de las costumbres y la apropiación del poder temporal por parte de Calvino y sus seguidores produjo sucesivas oleadas de descontento, tanto a nivel popular como en la cúspide de la pirámide social. En particular, a los ginebrinos les resultaba irritante la presencia —en puestos destacados— de diversas personalidades francesas que formaban parte del séquito del reformador. Pero éste, con el poder en la mano, pudo dominar a los descontentos y los rebeldes, hasta convertirse en un auténtico dictador.
Aquí conviene recordar algunas de las prohibiciones y castigos que Calvino impuso en su dominio ginebrino. La iglesia calvinista prohibía a las mujeres usar anillos. En adelante, el uso —o la simple posesión— de vestidos «superfluos» o «irreverentes» podía ocasionar serios disgustos… La comida debía ser frugal. No se podía beber vino ni jugar a las cartas. La policía calvinista —que tenía derecho a penetrar en los hogares para inspeccionarlos— velaba por el cumplimiento de estas normas y detenía a cuantas personas cometiesen la imprudencia de cantar o bailar en la vía pública. La ciudad se entristeció rápidamente. Aparte de trabajar y escuchar sermones, poco podían hacer los ginebrinos para distraerse, ya que estaban prohibidas las reuniones de más de cuarenta personas y, desde luego, todos los espectáculos teatrales. Era muy peligroso transgredir la puntillosa serie de prohibiciones.
Unos cuantos ejemplos bastan para ilustrar el rigor de los castigos. Un burgués fue encarcelado durante tres días por el simple hecho de haber sonreído durante un bautizo; unos obreros fueron condenados a pasar tres días a pan y agua por haberse atrevido a comer un embutido a la hora del desayuno; por poner a su hijo el nombre de Abraham un hombre del pueblo fue inmediatamente encarcelado; por tocar el violín en la vía pública, un ciego fue expulsado de la ciudad; por reñir en la calle —sin llegar a herirse—, dos bateleros fueron ejecutados; por pronunciar unas palabras gruesas contra Calvino, las autoridades traspasaron con un hierro al rojo la lengua de un borracho. En sólo dos años (entre 1542 y 1546) los agentes de Calvino practicaron no menos de novecientas detenciones, con diversas consecuencias para las víctimas. En ese período se cumplieron unas sesenta penas de muerte. Pero la represión no concluyó en 1546, sino que se prolongó durante todo el período de dominación calvinista. En ese clima de inaudito ascetismo y rigor, fue quemado el gran Miguel Servet, que tuvo tiempo de convencerse de que la Inquisición protestante nada tenía que envidiar a la católica. Servet fue quemado el 27 de octubre de 1553. La resistencia contra la dictadura calvinista se prolongó, con algunos altibajos, hasta 1555, año en que fue definitivamente quebrantada. A partir de ese momento, Calvino se pudo considerar dueño y señor de la ciudad. Su poder ya no conocía límites. Aplastada la resistencia, pudo dedicar todas sus energías a consolidar su movimiento religioso, mediante la masiva difusión de su obra Institución de la religión cristiana y la fundación de una Academia para formar sus propios teólogos, dirigentes y misioneros, que no tardaron en difundir sus ideas por todo el ámbito geográfico europeo.
Juan Calvino murió el 27 de mayo de 1564. Siguiendo el dictado de su testamento, sus seguidores no levantaron ningún mausoleo sobre su tumba, que hoy debemos dar por perdida. A despecho de esta anécdota, el calvinismo no murió con su fundador. Con epicentro en Ginebra, se extendió por Europa, convirtiéndose en una alternativa respecto a las diversas variantes del reformismo. Así, mientras el luteranismo se propagaba por el centro y el norte de Europa, el calvinismo —en pugna con los herederos de Lutero— se abría paso hacia occidente, penetrando profundamente en Francia, donde los herederos de Calvino tomarían el nombre de «hugonotes». La influencia del calvinismo dejaría su impronta —como se verá en el apéndice— en la mentalidad del hombre europeo.