Apéndice 3. Iglesias y Conventos, Clientes de los Artistas
De Mienciclo E-books
APARTIR del siglo X, la mayor parte del trabajo intelectual procedió de los monasterios. En las bibliotecas y talleres monacales se desarrollaron las artes plásticas, las ciencias y la literatura. En casi todos los monasterios había bibliotecas y escritorios en los que trabajaban monjes copistas, iluminadores, pintores, caligrafistas, etc. Junto a estos monjes aparecían ya, aunque en un número insignificante todavía, laicos que trabajaban junto a ellos por encargo, generalmente como copistas a sueldo.
La ilustración de libros era el arte monacal por excelencia, pero no era la única tarea que desarrollaban los monjes: arquitectura, escultura y pintura, fundición de campanas, tejidos de seda y tapicerías, trabajos de orfebrería y esmaltados, vidrio y cerámica. Algunos llegaron a ser verdaderos centros industriales y lo fueron hasta el florecimiento de las ciudades.
Como consecuencia del enriquecimiento de la Iglesia y del aumento de su poder económico, el trabajo que hasta entonces hacían los monjes fue pasado a manos de operarios y artistas, algunos de los cuales eran siervos, otros libres y otros errantes. Esencialmente, los clérigos y los monjes dejaban los trabajos manuales para dirigir y administrar: eran propietarios y se transformaron en clientes de los artistas.
La Iglesia, rica y poderosa, compartía con reyes y señores feudales el restringido mercado en que se movían los artistas. Pero, a pesar de su buena situación económica, no siempre era un buen cliente a la hora de cobrar. Ello condujo a situaciones como las vividas por Masaccio (1401-1429), pintor que vivió y murió pobre, lleno de deudas y sin haber podido pagar nunca a su aprendiz; por Filipo Lippi (1406-1469) a quien, según Vasari, su economía no le daba nada en su vejez y se quejaba de sus menguados ingresos. Fra Angélico (1387-1455), que, además de pintor, era fraile dominico y está considerado como uno de los más grandes artistas del Quatrocento florentino, decoró el convento de San Marcos y todas sus celdas, así como dos capillas del Vaticano, pero logró obtener una pequeña mensualidad de la Curia romana.
Hasta el siglo XV, en los grandes encargos artísticos, todos los gastos, desde los materiales hasta los salarios, incluyendo la manutención de aprendices y ayudantes, corrían por cuenta del cliente, en este caso las iglesias y conventos. El maestro cobraba por tiempo trabajado. A medida que artesanía y arte se iban separando, era el artista el que iba asumiendo estos gastos. En muchos casos recibía también una anualidad al margen de la cantidad de trabajo que tenía que realizar.
Durante muchos siglos la Iglesia jugó un papel preponderante en todos los aspectos de la vida del hombre: económico, político, social y cultural. Las posturas de la Iglesia ante cada situación eran los condicionantes de esa actividad y su centro de referencia. En ese marco, el arte fue no sólo un aliado sino también un instrumento más para lograr sus objetivos; reflejó además, de una u otra manera, los distintos condicionamientos que la Iglesia le impuso.
En el Renacimiento se produjo un vuelco favorable para el artista, ya que hubo una demanda mayor que la capacidad de oferta. Los potentados, y entre ellos fundamentalmente la Iglesia, necesitaban renovar permanentemente su «prestigio» y el arte era un buen medio para lograrlo: los grandes maestros eran buscados con insistencia y respetados en alguna medida.
A mediados del siglo XV se sitúa la fecha en que la pintura comenzó a transformarse en «objeto»: objeto que se encarga, se compra, se vende y se hace inseparable del comercio. Se apartó de los muros de las iglesias en las que estaba recluido en otros tiempos y pasó a ser el cuadro que se transportaba y exponía, para deleite de los aficionados y prestigio de quienes poseían riquezas. El artista se encontraba, a fines de ese siglo, en una situación cada vez mejor, tanto económicamente como en su posición social.
En el año 1500 la curia romana aparecía en el primer plano del mercado del arte y competía con los clientes de Florencia y otras ciudades. Muchos artistas se trasladaban a Roma, pero allí sólo obtenían ofertas ventajosas los que gozaban de mayor renombre: Rafael (1483-1520), solicitado por los más poderosos, llegaría a ser pintor oficial del Vaticano; Miguel Angel (1475-1564) recibió de Julio II el encargo de pintar la Capilla Sixtina y con Pablo III fue nombrado arquitecto jefe, escultor y pintor del palacio apostólico, con una paga anual de 1.200 escudos, con lo que logró terminar su Juicio Final.
El mecenazgo —que no sólo protegía el arte, sino que también lo utilizaba como medio propagandístico— era una institución de la que sacaba provecho la Iglesia. En el siglo XVI los artistas fueron protegidos por los papas y sobre todo por dos de ellos: Julio II y León X. El primero valoró y distinguió a algunos de los mejores artistas de su tiempo, como el arquitecto Bramante (1444-1514), Rafael y Miguel Angel. Desde su nombramiento, se propuso resaltar la soberanía de Roma, dotándola del mayor y más bello templo de la cristiandad, por lo que encargó a Bramante la construcción de la Basílica de San Pedro.
León X, su sucesor, era hijo de Lorenzo el Magnífico. Si Julio II supo atraer a los grandes artistas a Roma, León X supo retenerlos: fue un apasionado protector de las ciencias y las artes y dio pleno apoyo a sabios, humanistas, pintores y arquitectos. Por orden suya, Bramante y Rafael terminaron las logias del patio de San Dámaso, y Miguel Angel fue encargado de trazar los planos de la biblioteca Laurenziana, de Florencia.
También Clemente VII siguió esa política y acogió a Francesco Mazzola, «el Parmigianino», que pintó para él una hermosa Circuncisión y una Madonna para el cardenal Hipólito de Médicis. Adriano VI, Pablo III, Pío IV … serían también clientes de los grandes y renombrados artistas de la época.
Pero dentro de la Iglesia, no sólo los papas buscaban a los grandes maestros: también los conventos fueron, en muchas oportunidades, clientes de los artistas. En 1481, Leonardo, cuya reputación estaba consolidándose, recibió de los frailes del convento de San Donato, cerca de Florencia, el encargo de pintar un gran cuadro que representase la adoración de los Reyes Magos. De acuerdo con la costumbre de la época, firmó un contrato por el cual el artista se comprometía a terminar la obra en un determinado tiempo para cobrar una cierta cantidad de ducados. Los contratos de este tipo eran muy comunes, pero con el tiempo fueron perdiendo su valor y el incumplimiento de una u otra parte los hizo cada vez más inútiles.
Correggio (1489-1534) pintó su primer fresco en el monasterio de San Pablo, en Parma, cuya abadesa era una de las tantas monjas mundanas que había en el siglo XVI. No es de extrañar que en ese lugar, donde no reinaban precisamente la devoción y el retiro, le propusieron a Correggio un tema pagano: la Cacería de Diana. Esta obra, insólita en tal lugar, le valió al artista otro importante encargo: los monjes de Montecasino le encargaron que decorase la cúpula de la iglesia de Parma, San Juan, y luego la de la catedral de la misma ciudad.
El prior del convento de San Sebastián, Venecia, encargó a el Veronés (1528-1588) cinco obras, y luego decorar toda la iglesia. En 1562 firmó un contrato con el prior del convento de San Jorge el Mayor, también de Venecia, por el cual se comprometía a pintar en un año un cuadro de siete por diez metros, representando las bodas de Caná. Luego pintaría Comida en casa de Simón para el convento de los servitas, y Comida en casa de Levy para el convento dominicano de los Santos Juan y Pablo, para reemplazar una cena de Tiziano, destruida por in incendio.
El Greco decoró en Toledo el Convento de Santo Domingo. El Capítulo de la Catedral de esta ciudad le encargó El Expolio (1574); y su más famoso cuadro, El entierro del conde de Orgaz (1584) fue hecho para la iglesia de Santo Tomé. En 1587 hizo para San José de Toledo tres retablos adornados con pinturas y, más tarde, obras para la capilla Oballe de San Vicente, de Toledo.
Muchos encargos para iglesias y conventos sevillanos recibió Zurbarán: los dominicos de San Pablo, el colegio de los mercedarios y el de los franciscanos, la cartuja de Jerez, el monasterio de Guadalupe, etc. El arzobispo Juan de Ribera encargó a Francisco de Ribalta (1551-1628) una Cena para el Colegio de Corpus Cristi. En Valencia, este artista ejecutó obras para el monasterio de Portancelti, los capuchinos, San Miguel de los Reyes, Santo Domingo y otros templos.
La lista es muy extensa: la iglesia encargó a Tiziano (1488-1576) obras para Santa María de Frari; el obispo soldado, Jacobo Pesaro, le encargó una virgen, y el papa Pablo III le llamará y recibirá con honores principescos, Tintoretto (1518-1594) pintará para la iglesia de Santa Trinitá y Santa María del Orto; arquitectos como Bernini, Borromini y Pietro de Cortona estuvieron también al servicio de papas y cardenales. Berruguete esculpió obras para San Benito de Valladolid, para la iglesia de Santiago de Cáceres, para la catedral de Toledo, etc.; Tristán (1586-1624) pintó muchos lienzos para iglesias de Toledo y Madrid; los franciscanos y agustinos encargaron obras a Murillo; Rubens (1577-1640) firmó un contrato con los jesuítas de Amberes para la decoración de techos y altares de la iglesia de San Carlos Borromeo, hecho probablemente en colaboración con Van Dick (1599-1641).
Con la experiencia de la Reforma, y una vez que triunfó la Contrarreforma, la Iglesia necesitaba utilizar todos los medios para ser la religión «popular» y buscó para ello el apoyo en el arte. El barroco surge frente al manierismo con un lenguaje más directo y emotivo. La curia necesitaba, para propagar su fe católica, un arte «más popular», capaz de conquistar y convencer; y también apeló a la imaginería, un arte más popular, más simple y más didáctico. La lucha contre el protestantismo ha cesado y en Roma, capital de la cristiandad católica, comienza un período de «rica, voluptuosa y fructuosa producción artística». Las iglesias y capillas, pinturas de bóveda e imágenes de altar, estatuas de santos y monumentos sepulcrales y relicarios, comenzaron a producirse en una cantidad sin igual en épocas anteriores. Además, los papas y cardenales son clientes que construyen no sólo iglesias, sino también palacios, villas y jardines.
La Iglesia utilizó el arte como un signo de grandeza y, cuando lo necesitó para lograr sus fines, como una forma de dirigirse al pueblo y ganar fieles. El artista encontraba en la Iglesia al cliente más importante y una solución para seguir creando. Las obras en general eran encargadas con un tema determinado y en pocos casos el artista se libraba de esta imposición. La libertad estaba más en cómo se desarrollaba el tema que en la elección del mismo.