Apéndice 3. Formación y selección de políticos en la democracia americana
De Mienciclo E-books
LA estructura democrática de los Estados Unidos, donde desde el presidente de la República hasta las últimas autoridades locales son elegidos mediante votaciones populares, ofrece un marco idóneo para la dedicación profesional a la actividad política. Sin embargo, fuera del área meramente local, la carrera política es imposible si no se hace dentro de los grandes partidos, Republicano y Demócrata, que monopolizan la política norteamericana.
La necesidad de integrarse en uno de los dos partidos se pone de manifiesto especialmente cuando, cada cuatro años, tiene lugar la batalla más importante de la vida política americana: la elección presidencial. Los candidatos independientes que participan siempre en las elecciones presidenciales obtienen invariablemente resultados inapreciables. Los casos excepcionales en que una figura importante ha conseguido resultados honrosos —no victoriosos— en una elección presidencial fuera de la disciplina republicana o demócrata, ha sido gracias al apoyo de un ala autónoma o heterodoxa de uno de los dos grandes partidos, que precisamente por su magnitud agrupan a sectores políticos muy dispares. Es el caso del racista George Wallace, que consiguió el apoyo del ala sudista del Partido Demócrata y se presentó a las elecciones del 68 como tercer candidato, obteniendo casi diez millones de votos populares (un tercio de los conseguidos por el ganador, Nixon).
Los dos partidos americanos cuentan con lo que se llama «máquina política», un complejo aparato burocrático dedicado a la organización, propaganda, juego de influencias y selección y preparación de políticos. La «máquina política» no es un órgano homogéneo, sino que está compuesto de muchas «máquinas» que actúan en las diferentes áreas del país, tan distintas unas de otras. Unicamente con ocasión de la Convención cuatrienal las diferentes «máquinas», tras feroces encuentros, se ponen de acuerdo, con la nominación de candidatos a la presidencia y vicepresidencia, y a partir de ese momento funcionan acompasadas mientras dura la campaña electoral presidencial.
Una de las funciones de la máquina política es la selección y lanzamiento de candidatos para las distintas funciones políticas. Los criterios de selección que influyen en los aparatos burocráticos de los partidos suelen ser la brillantez profesional, los méritos de guerra, la fortuna personal o familiar y la pertenencia a una familia tradicionalmente ligada a la política. En este último caso —que es el de los Kennedy— no es precisa en realidad ninguna selección por parte de la «máquina», sino que la entrada en la política es casi automática.
En general, los futuros políticos se inician en la época universitaria —hoy es casi imprescindible pasar por la universidad para alcanzar los máximos puestos políticos— afiliándose a los clubs republicanos o demócratas de estudiantes, y son fichados por «la máquina» bastantes jóvenes, poco tiempo después de graduarse y «situarse « social y profesionalmente. Hay, sin embargo, importantes excepciones, como en el caso de Eisenhower, hombre ajeno a la política hasta que fue captado por el Partido Republicano a los sesenta años de edad, en razón exclusivamente de su prestigio militar de vencedor («Ike») de Alemania.
«La máquina» suele poner junto al joven brillante que ha fichado, un «manager», un consejero que le guía en los primeros pasos por el complejo y peligroso mundo de la política americana, enseñándole los trucos, las astucias, las maniobras... en suma, el oficio necesario para sobrevivir en un medio donde la competencia es aún más encarnizada que en el mundo de los negocios. A veces un «manager» se ha quedado unido a su pupilo para siempre, como le sucedió a Murray Chotiner, consejero de Nixon desde su primera elección en 1945 hasta la Casa Blanca.
Una carrera política puede empezar por la concurrencia a elecciones para cargos locales, pero las «promesas» más brillantes, aquellas que son consideradas presidenciables por «la máquina», han de ganar elecciones para la Cámara de Representantes y, después y como trampolín más idóneo para la presidencia, han de llegar al Senado, que con sus cien miembros constituye la crema de la clase política americana. La experiencia demuestra, sin embargo, que alcanzar el importante cargo de gobernador de Estado (que en el caso de grandes estados como Nueva York o California entraña una responsabilidad y un poder sólo inferiores a los del presidente) suele llevar a una via muerta, por la que no se alcanza ya la presidencia (casos de Rockefeller o Wallace).
Hay, en cambio, una especie de puerta falsa por la que cada vez se accede más a la presidencia, y es la vicepresidencia. El cargo de vicepresidente es oscuro y anodino, y «las máquinas» lo suelen proveer con hombres poco brillantes, atendiendo más a la necesidad de componendas internas de los partidos que a la personalidad del designado. Sin embargo, en los últimos tiempos, muchas de estas figuras oscuras han llegado a la presidencia por desaparición prematura del presidente o mediante una campaña electoral regular en la que su currículum de «servidor silencioso de la nación» les ha valido el voto popular. Es el caso de Richard Nixon y pudo ser el del vicepresidente Humphrey, a quien sólo le faltaron medio millón de votos populares para ganar a Nixon.
Diremos, por último, que la formación o el entrenamiento político comienza realmente en la propia escuela, en la que frecuentemente se concentra la actualidad política y en la que los alumnos, en clase o fuera de ella, suelen exponer sus puntos de vista en voz alta. Son, como se ve, los primeros discursos políticos de los americanos.