Apéndice 3. Escribir, Amar y Cortar Leña
De Mienciclo E-books
KAFKA se despidió «temporalmente» de la Compañía de Seguros en el verano de 1922. Los médicos no ocultaron la gravedad de su proceso tuberculoso, y sus superiores le permitieron irse de «vacaciones». La señora Svatková, encargada de la limpieza, recibió del doctor Treml la orden de llevarse las «porquerías» que el doctor Kafka había dejado en su escritorio, el vaso lleno de lápices y también la taza que durante tantos años le había servido para tomar leche o para reanimarse con un té. En realidad, las vacaciones ocultaban una definitiva jubilación.
Kafka se fue a Planá acompañado por su hermana Ottla, y replanteó su vida de arriba abajo, en un estado de creciente angustia. Ahora estaba definitivamente libre de la oficina, pero tenía que contar con la tuberculosis y la vecindad de la muerte. A ratos, trataba de llevar a buen término la redacción de El castillo, pero se sentía embargado por pensamientos inquietantes y contradictorios. En tales circunstancias, la perspectiva de hacer un viaje para ver a Pollak le produjo un desasosiego terrible. Primero dijo que iría a verle, pero luego se retractó y él mismo se asustó de la incapacidad de emprender un viaje. ¿Se quedaba en Planá porque deseaba y necesitaba seguir escribiendo El castillo? Esta sospecha le obligó a plantearse varias preguntas que nunca había logrado responder de manera satisfactoria.
¿Era la tarea de escribir la causa de que no fuese capaz de vivir, en este caso de viajar? ¿Necesitaba esa tarea? ¿Debía considerarla un estorbo? Con una fuerte carga de ironía, Kafka escribió a Max Brod: «Ya no podré moverme de Bohemia, luego quedaré limitado a Praga, luego a mi habitación, luego a mi cama, luego a una determinada postura corporal, luego a nada más. Tal vez podré entonces renunciar voluntariamente a la dicha de escribir». Aunque escribir le produjese un estado venturoso, no lograba conformarse con la tarea que había acaparado, a lo largo de su vida, la mayor parte de sus fuerzas. En la misma carta a Brod, la «dicha de escribir» se desvanece en la desdicha de haber escrito en lugar de vivir —como si la escritura excluyese a la vida—: «No me he redimido escribiendo. Toda mi vida he estado muriendo y ahora moriré de verdad (…). No he vivido, me he quedado en el limo, no he encendido el fuego con la chispa, sólo la he aprovechado para iluminar mi cadáver». ¿Debía entonces dejar la pluma? ¿Debía ir a Alemania, a visitar a Pollak? ¡Por nada del mundo! «La existencia de un escritor —leemos en la misma carta— depende realmente de la mesa de escribir; en el fondo, si quiere escapar de la locura, jamás debe alejarse de la mesa, con los dientes se tiene que sujetar.» La atormentada carta a Brod nos presenta al escritor atrapado en una trampa fatal, hasta el punto de que llega a definirse como «el chivo expiatorio de la humanidad». La trampa: se aleja de la vida y convoca fuerzas oscuras si escribe, y si no lo hace se condena a la locura. Confesaba a Brod: «Aunque no escriba soy un escritor, y un escritor que no escribe es, por cierto, un absurdo que provoca la demencia». Y afirmaba a continuación: «Escribir es un premio dulce y maravilloso, pero, ¿premio de qué? Anoche se me aclaró, con la nitidez de una clase práctica para párvulos, que es el premio por servir al diablo». Y naturalmente, puntualizaba que se refería a su manera de escribir, siempre nocturna, desencadenante de poderes oscuros, subconscientes o infernales, y no a otras maneras de escribir que aseguraba desconocer. Al servicio del demonio (metafóricamente, se entiende), la literatura aparecía ante sus ojos como una práctica dichosa pero también condenable y digna de arrepentimiento… Como se ve, cuando sólo le quedaban un par de años de vida, Kafka aún no había logrado esclarecer sus relaciones con la escritura e ignoraba si escribía «para salvar su alma o para condenarla». Tan arduas y contradictorias fueron las relaciones de este artista con su trabajo. Aunque la verdad definitiva no se dejó alcanzar, él siguió escribiendo, al azar, siempre al dictado de su demonio nocturno, sin trazar ningún plan, a veces sin corregir al amanecer las páginas de la noche, trabajando como un médium de su propio subconsciente, que es lo que había hecho siempre.
En los viejos tiempos, en los tiempos de Felice, precisamente por sentir que sus narraciones brotaban de su subconsciente —como si efectivamente las dictase un demonio— había concebido la esperanza de que mediante la escritura lograría limpiar su interior, firmemente decidido a dejarlo libre de «fantasmas». Sí, se consoló entonces con la idea de que escribir era para él un remedio, una técnica para drenar su herida, para librarse de la locura, es decir, para impedir que las sensaciones y visiones que llevaba dentro le impidiesen entenderse con la realidad y acabaran volviéndole loco. Después sería un ciudadano de la tierra como los demás, y esto era lo importante, siendo la gloria literaria una nimiedad. Escribía por razones personales, de supervivencia, no por razones sociales.
El tiempo le demostró luego que la tarea de escribir, en vez de drenar la «herida», la agrandaba hasta extremos mortíferos. ¿Por qué no dejó de escribir entonces? Por una razón evidente pero imposible de explicar: al escribir, gozaba. Ante la realidad que su subconsciente dictaba al papel, al liberar sus energías creadoras, Kafka se sentía plenamente vivo, ante un mundo que, por ser suyo, le resultaba mucho más familiar que la vida cotidiana que lo había inspirado. Así, se sentía fuerte, al gozar de la omnipotencia de un demiurgo. Por esta razón no pudo dejar de escribir cuando empezó a acosarle el temor de estarse alejando de la verdadera vida por culpa de su pasión literaria. A despecho de ese temor, la dicha, la voluptuosidad y esa dulzura expansiva del trance creador volvían a reclamarle una y otra vez.
Una mirada retrospectiva sobre su obra pone de manifiesto que, a lo largo de su vida, nunca dejó de expresar su extrañamiento esencial, el tema de su obsesión. Para ello, su demonio interior probó y desarrolló todos los recursos literarios que podía poner a su disposición. Veamos algunos ejemplos: En La metamorfosis, el personaje central sufre una transformación —Gregorio se despierta convertido en un insecto—, pero el escenario no se altera de la misma manera, pues la familia Samsa hace, poco más o menos, lo mismo que haría cualquier otra en tan desdichadas circunstancias; en El proceso, el protagonista, Josef K., no ha sufrido ninguna alteración extraña, habiéndose alterado, en cambio, el mundo en que vive —éste se ha convertido en tribunal—; en El castillo, tanto el protagonista como el escenario en que se debate parecen situados en el mimo plano anómalo, en un plano pesadillesco. Al escribir estas cosas, Kafka vivía una liberación momentánea pero de inconcebible intensidad. Sólo al decaer la inspiración volvían la angustia y el temor a estar destruyendo su vida personal en nombre de ficciones intrascendentes. Lo que no cabe discutir es que su literatura fue un intento de vencer su extrañamiento. Ella fue, como mínimo, una intermediaria entre su interior y el mundo exterior que tanto angustiaba al doctor Franz Kafka.
Pero no sólo la literatura actuó como mediadora entre Kafka y la realidad. También la mujer desempeñó en su vida esa función decisiva, y si no hubiera sido por el amor de Dora —al final—, también plantearía en este caso la cuestión de si fue su salvación o su ruina, o ambas cosas a la vez. Muchas veces se ha puesto de relieve la influencia que sobre Kafka ejerció el padre, pero pocas veces se ha prestado atención a su madre, que por vivir a la sombra de su marido, consagrada a sus necesidades y mandamientos, dejó a su hijo mayor en un rincón. Sin embargo, conviene tener presente que la madre de Kafka era una mujer esencialmente bondadosa, a pesar de que no se entregase casi nunca a la expresión de sus sentimientos maternales. Cuando Hermann Kafka —el poder— se levantaba bruscamente de su silla dando voces, cuando se disponía a castigar a Franz, ella acogía a su hijo. Sin decir palabra, así lo rescataba de la cólera paterna. Algo difícil de olvidar. También la señorita Werner —la criada— desempeñó en la vida de Franz Kafka un papel protector, el papel de intermediaria entre el niño y su mundo incomprensible. Vinieron luego las hermanas. Cuando crecieron, Franz Kafka aprendió a jugar con ellas y entonces, corriendo como locos alrededor de la mesa del comedor, aprendió a disfrutar de la vida. Tampoco conviene olvidarlo. Así, por contraposición al universo del padre —tan despótico como caprichoso—, el universo femenino se convirtió en un refugio amable. De paso, creciendo entre mujeres —por fortuna, el padre estaba poco en casa—, Kafka desarrolló una sensibilidad exquisita, que produciría luego el manantial de finas observaciones que daría a sus obras, aún a las más inverosímiles, su peso humano y su poder de sugestión. Al mismo tiempo, el trato asiduo con sus hermanas y el consecuente conocimiento de la psicología femenina transformarían a Kafka, en la edad adulta, en un seductor de primera categoría. Luego, se enamoraría invariablemente de mujeres menores que él, como sus hermanas, buscando por su mediación, a través de su inocencia y de la reanimación de su propia alegría infantil, un acuerdo con el mundo, una posibilidad de reinsertarse en la tierra como auténtico ciudadano. Poseer realmente a una mujer sería —él lo escribió— algo así como «tener a Dios». En las novelas de Kafka, los únicos seres que tienden una mano al protagonista, aunque no lleguen a alcanzarlo, son siempre del sexo femenino. La hermana de Gregorio Samsa, aunque flaquee patéticamente ante su hermano convertido en insecto, es la única persona capaz de aliviar un poco a ese desdichado. En la totalidad de las ficciones de Kafka prevalecen las mujeres extraídas de sus tempranas experiencias en los bajos fondos de Praga y nunca mujeres como sus hermanas o como las mujeres que amó realmente. Es evidente que aquellas mujeres desgarradas e incompletas convenían mucho más que éstas al propósito de expresar la desesperanza y el extrañamiento del escritor. Pero no debemos olvidar nunca que existieron en su vida mujeres como sus hermanas, como Felice… Fue precisamente la frustración de su amor a Felice lo que determinó que aquellas mujeres de los bajos fondos pasaran a primer plano en sus obras.
Por lo demás, es preciso recordar que la primera gran experiencia de inspiración que tuvo Kafka fue indisociable de su enamoramiento de Felice Bauer. Sentirse enamorado y escribir: este fue el estado ideal de Kafka, el estado en que se sentía fuerte, emprendedor, capaz de curarse de su extrañamiento y liquidar su angustia. Pero, ay, sus enamoramientos —como suele suceder— fueron brevísimos, convirtiéndose las relaciones que restaban, que seguían adelante sin enamoramiento genuino, en un indescriptible sufrimiento. Cuando empezaba este sufrimiento, Kafka era incapaz de mover un dedo y se sentía culpable por sentirse extrañado y con miedo ante la persona que había despertado su enamoramiento. En rigor, Kafka no fracasó como amante, porque sólo fracasó cuando la fuerza de la realidad le imponía la necesidad y la obligación moral de casarse cuando ya el auténtico enamoramiento se había evaporado. El casamiento de acuerdo con las pautas sociales que imperaban en la sociedad le producía auténtico terror: sabía que implicaría la renuncia a la literatura (por la necesidad de ganar más dinero, por el cuidado de los hijos, por la completa regularidad de horarios y por el incremento del trato social). Cuando Felice le obligó a esa renuncia le produjo una absoluta retracción amorosa y una mezcla de pena y de miedo. Luego, cuando ya estaba enfermo y su proceso de extrañamiento se había agravado hasta extremos inconcebibles, no pudo casarse con Julie Wohryzek. La inocencia de Julie le atraía irresistiblemente, pero ella era demasiado ingenua y normal, y él no se sintió con derecho a destruirla. En cuanto a Milena: ella estaba casada, él agotado, y ella, acaso tan poco inocente como él en el plano intelectual, bien podría haber agravado la angustia de Kafka en lugar de curarla. Comprendieron que se destruirían mutuamente si intentaban un proyecto en común: se entendían demasiado bien precisamente en aquello que más les hacía sufrir. Por eso, al final Kafka fue feliz con Dora, la joven de veinte años. Por su juventud, ella era inocente, pero no le faltaba ni la intuición ni la inteligencia para dejarle ser como era. Además, ella estaba dispuesta a vivir con poco y no necesitaba en absoluto muebles tan pesados y tan caros como Felice. La muerte estaba tan cerca que Kafka podía aprovechar irresponsablemente la inocencia de Dora sin preocuparse por las consecuencias. Era cuestión de vivir al máximo, porque él desaparecería pronto. A ella no le faltaría tiempo para rehacer su vida (esto creyeron de buena fe). Así llegó el triunfo, el momento de tener, al mismo tiempo, una mujer y la posibilidad de escribir. Porque aparte de la escritura y del amor todo le parecía extraño — con una excepción que ahora debemos rescatar del olvido.
A Kafka le gustaba cortar leña y, en general, todas las actividades que tienen al cuerpo como protagonista y la mente a su servicio. Durante toda la vida buscó refugio en diversos trabajos manuales, por ejemplo en la jardinería y la carpintería. Le dijo a Janouch: «Adoro el trabajo en el taller. El olor de la madera cepillada, el canto de la sierra, los golpes del martillo, todo me encanta. Las tardes solían pasar en un santiamén. Me asombraba siempre que fuera ya de noche. Estaba cansado, pero también feliz. No hay nada más bonito que un oficio tan puro, tan palpable, tan real y, generalmente, tan útil. Además de la carpintería, he trabajado ya en la agricultura y la jardinería. Verdaderamente era mucho más bonito y valioso que el trabajo servil en la oficina. Parece que uno se eleva con éste, que se hace mejor; pero eso es tan sólo lo que parece. En realidad uno está más solo y es, por ello, más infeliz. El trabajo intelectual arranca y separa al hombre de la sociedad humana. En cambio, el oficio le acerca al hombre». También le gustaban algunos deportes, como el remo y la natación, y durante largas temporadas no dejó de hacer gimnasia todos los días. En febrero de 1922, cuando ya la enfermedad estaba muy avanzada, escribía a Max Brod: «Lástima, lástima que no puedas venir por unos cuantos días. Si la suerte nos lo permitiera, pasaríamos todo el día escalando montañas, corriendo en trineo…». De todo esto, de su manera de escribir, de sus amores —y de su incapacidad para simular amor en beneficio de la apariencia— y de lo feliz que se sentía al poner el cuerpo en movimiento se deduce que Kafka vivió con una tremenda intensidad y una lucidez superior. Siendo también sensual, no fue ni mucho menos un simple desesperado. Sólo podía vivir en lo esencial y puro, que es donde tienen que vivir las personas acosadas por el escepticismo.