Apéndice 3. El Trágico Destino de Polonia, del Siglo XV al XIX
De Mienciclo E-books
«ES imposible hacer bien y rápidamente grandes cosas en un país debilitado por la licencia y el desorden de dos siglos, donde se quiere conservar la libertad y cuando se está rodeado de vecinos celosos y fuertes.» Estas palabras, pronunciadas por Estanislao II Poniatowski poco después de su coronación como rey de Polonia, en 1764, reflejan de alguna manera lo que siempre fue una constante del país y su pueblo: resistir la expansión de Rusia y Alemania, que a lo largo de la Historia intervinieron repetidamente en Polonia, ya sea anexionándose territorio, imponiendo gobernantes o modificando leyes.
El reino de Polonia se consolidó como tal en 1320, con la coronación de Ladislao el Breve, aunque esa unidad arrastraba ya enfrentamientos con rusos y alemanes, y no sólo por cuestiones territoriales. Desde mediados del siglo XIII, los burgueses alemanes mantenían activas relaciones comerciales e imponían su dominación en las ciudades polacas, a partir de su mejor educación tenían muchos de sus hijos en el clero, y mediante su riqueza se volcaban en las cortes de algunos nobles, que adoptaban sus costumbres.
Las invasiones alemanas, en esos años, procedían casi exclusivamente de los Caballeros Teutones, que habían conquistado la Pomerania y Dantzig, en tanto los margraves de Brandeburgo ocuparon el bajo Wartha.
Pero la situación interna polaca era el elemento determinante para la intervención de sus vecinos, muy por encima de la importancia de las tierras eventualmente conquistables. Polonia gozó, a lo largo de su historia, de elementos distintivos respecto a otros países europeos —falta de despotismo, tolerancia a la inmigración, identificación de la Iglesia con el pueblo, etc.—, cuyo manejo, por uno u otro gobernante, influía también en las actitudes de sus poderosos vecinos.
Al finalizar el siglo XVII, Polonia se mantenía en un permanente estado de convulsión, producto de las luchas entre los distintos nobles, los intentos del rey (Augusto II) de establecer un poder absoluto y haber sido el país invadido de un extremo a otro por suecos y rusos. Por su parte, los republicanos postulaban que la Dieta tomase el poder y reducir el papel del rey a una figura decorativa: desde entonces, los enfrentamientos entre reales y republicanos serían permanentes, en uno de los países de Europa con instituciones más liberales y mejor afianzadas (particularmente, la Dieta).
Esas instituciones motivaban también la intervención de los reyes vecinos: desde 1736, ninguna Dieta logró terminar su mandato. La pretendida neutralidad en política exterior se correspondía con una total anarquía en el plano interno; la legislación permaneció estancada en la primera mitad del siglo XVIII, mientras se enriquecían las de Europa; la instrucción pública y el desenvolvimiento cultural eran mucho más limitados que en el siglo anterior, y en las ciudades crecía la industria, al amparo de los capitales extranjeros, particularmente alemanes y judíos.
En esos años se desarrolló una corriente liberal, alrededor de la figura de Estanislao Konarski, un sacerdote diplomático y publicista. La reforma propugnada por Konarski pretendía abolir el «liberum veto», restaurar la plena autonomía de las ciudades, introducir toda clase de industrias, suprimir el derecho de gleba de los señores feudales, dar tierra a los campesinos, y la introducción del voto proporcional en la Dieta (que hasta entonces debía funcionar por unanimidad) como modo de favorecer la efectividad del gobierno. Desde entonces y durante un siglo, la reforma y desarrollo de Polonia estuvieron inspirados por estas ideas, pero condicionadas por el accionar de sus grandes vecinos.
En el reinado de Estanislao II Poniatowski se introdujeron reformas sustanciales, a partir de 1764, en el reino. La Corona y el Gran Ducado tuvieron cada uno su Comisión del Ejército y su Comisión del Tesoro, compuestas por senadores y nuncios electos; se reorganizó la administración militar, que se sacó de mano de los atamanes; se aumentaron los recursos fiscales y se acuñó nueva moneda; se creó una escuela militar, y la Dieta, en vez de disolver, como de costumbre, la Confederación, decretó su mantenimiento, con lo cual el «liberum veto» quedó abolido de hecho, aunque fuese provisionalmente.
Pero esto fue mucho para Berlín y San Petersburgo y ambas Cortes, en 1766, reclamaron la derogación de varias de esas medidas —especialmente la restitución del «liberum veto»—, utilizando, para exasperar al pueblo con el rey, la necesidad de que los disidentes tuvieran igualdad política. Estanislao II fue cediendo paulatinamente luego de varios años de escarceos diplomáticos, hasta que una Dieta extraordinaria —conocida como la Dieta de Repnine— proclamó la electividad de la Corona, el «liberum veto», restituyó todos los derechos de los nobles y proclamó como Leyes Cardinales las que afirmaban el mantenimiento del sistema feudal.
Esta etapa duró hasta 1772-73, en que Austria, Alemania y Rusia formalizaron la primera partición polaca. Federico II se anexionó la Prusia real, con excepción de Toruń y Dantzig; María Teresa obtuvo Galitzia, una rica y vasta comarca, y Rusia dominó una extensa franja de tierras que le garantizaba facilidades para ejercer un protectorado efectivo sobre Polonia, que a pesar de las pérdidas territoriales seguía siendo uno de los Estados más vastos de Europa con once millones de habitantes. La partición fue legalizada por la Dieta de 1773, y Estanislao II siguió gobernando protegido por las tres potencias.
La situación polaca siguió evolucionando similarmente a Europa y la parte final del siglo XVIII permitió reflejar, también en el reino, las divisiones producidas a partir de la Revolución francesa entre reformadores y conservadores. La opción polaca en pro de una reforma a fondo de sus instituciones llevó nuevamente a la intervención de sus vecinos y a nuevas particiones.
El 3 de mayo de 1791, en medio de fervorosas manifestacionjes populares, de militares y burgueses, la Dieta y el rey Estanislao Augusto prestaron juramento a una nueva Constitución, una de las más avanzadas de Europa de entonces, presidida por el lema de «Libertad, Seguridad y Propiedad».
Entre las medidas de la Constitución figuraban confirmar la ley sobre todas las ciudades (por la cual, todas las ciudades reales se gobernaban sin ningún tipo de injerencia de la nobleza); se admitía en la Dieta a representantes de las ciudades; se estableció un estatuto liberal de ennoblecimiento; se privó del derecho de voto a los nobles sin tierras; se reducían las atribuciones del Senado y se aniquilaban las de los grandes cargos; la Corona se transmitiría por herencia; el rey gobernaría asistido por ministros responsables ante la Dieta, y se proclamaba «tomar bajo la protección de la ley y del gobierno nacional a la clase rural».
Estas medidas colmaron la capacidad de aceptación de los absolutistas reinos ruso y alemán. Entre julio de 1792 y febrero de 1793, los ejércitos de estos dos países ocuparon prácticamente todo el país «para combatir el espíritu de la democracia francesa» según señaló Catalina la Grande. Tras una serie sucesiva de derrotas, el ejército polaco capituló y la Dieta de 9/4/93 proclamó el olvido de la Constitución del 3 de mayo. Junto con esto, se establecieron nuevas fronteras que permitían también a los prusianos controlar mejor el reino, resueltos a aislar el «liberalismo polaco» y a no permitir su expansión ni hacia el este ni hacia el oeste de Europa.
Pero el espíritu de la Constitución había calado hondo en el pueblo como para que bastara sólo un reparto de tierras para eliminarlo, y, luego de una sucesión de insurrecciones, ataques a guarniciones enemigas y maquinaciones militares, rusos y alemanes debieron establecer ejércitos ocupantes en las más importantes ciudades.
Los ejércitos polacos, formados espontáneamente con gran participación campesina y burguesa, fueron sistemáticamente derrotados por los profesionales alemanes y rusos; la represión se centró en los elementos jacobinos y liberales más avanzados; fueron destruidos conventos, escuelas y bibliotecas; millares de polacos emigraron a Francia, y la economía del país fue poco a poco destrozada.
En la última partición del siglo XVIII, Polonia fue completamente dividida, luego de la abdicación del rey Estanislao Augusto, el 25 de noviembre de 1795. Los rusos ocuparon Cracovia y los alemanes, Varsovia, en 1796, entre las distribuciones más importantes. Los absolutistas reinos ruso y alemán creyeron ver extirpado el liberalismo polaco, cuando el 26 de enero de 1797, tras la muerte de Catalina la Grande, firmaron un tratado en el que se señala «la necesidad de abolir todo aquello que pueda despertar el recuerdo de la existencia del reino de Polonia… habiendo sido reconocida… la denominación… del reino de Polonia… será suprimida desde el presente y para siempre».