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Apéndice 3. Descripción de los Primitivos Pobladores de Cuba

De Mienciclo E-books

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Introducción

DICHO de aquella isla lo que toca a la grandeza, sitio y cualidades, y de lo que en sí contenía, como está declarado, consiguientemente se sigue deber decir lo que concierne a la gente de que la hallamos poblada. Las gentes que primero la poblaron eran las mismas que tenían las de los Lucayos pobladas, gentes simplicísimas, pacíficas, benignas, desnudas, sin cuidado de hacer mal a nadie, antes bien, unas a otras, como parece asaz claro en el libro I, cuando las descubrió y anduvo entre ellas muchos días el primer Almirante, se favorecían. Después pasaron desta isla Española alguna gente mayormente después que los españoles comenzaron a fatigar y a oprimir a los vecinos naturales desta, y, llegados en aquélla, por grado por fuerza en ella habitaron, y sojuzgaron por ventura los naturales della, que, como dije arriba, llamábanse cibuneyes, la penúltima lengua, y según entonces creíamos, no había cincuenta años que los destas hubiesen pasado a aquella isla. Finalmente, la gente que hallamos en ella era poco más o menos como la de ésta, excepto la de los dichos cibuneyes, que, como dije, muy modesta y simplícisma. Tenía sus reyes y señores, y sus pueblos de 200 y 300 casas, y en cada casa muchos vecinos, como acostumbaban los desta isla. Vivían todos pacíficos, no me acuerdo que oyésemos ni sintiésemos que unos pueblos contra otros, ni señores con otros, tuviesen guerra. Estaban, como dije, abundantísimos de comida y de todas las cosas necesarias a la vida; tenían sus labranzas, muchas y muy ordenadas, de lo cual, todo tener de sobra y habernos con ello matado la hambre, somos oculares testigos. También dije que sus bailes y cantos eran más suaves y mejor sonantes, y más agradables que los desta isla. La religión que tenían ninguna era, porque ni tenían templos, ni ídolos, ni sacrificios, ni cosa que cerca desto pareciese a idolatría; sólo tenían los sacerdotes, o hechiceros, o médicos, que en nuestra Apologética Historia dijimos tener las gentes desta isla, los cuales se cree que hablaban con los demonios, o los demonios les declaraban sus dudas y les daban, de lo que pedían, respuestas. Y para ser dignos de aquella visión o comunicación diabólica, desta manera que diremos se disponían: ayunaban tres y cuatro meses, y más continos, que cuasi cosa no comían, si no era cierto zumo de hierbas que sólo bastaba para no expirar y salírseles el ánima; después que así quedaban flaquísimos y macerados, eran ya dignos y aptos para que les pareciese aquella visión infernal, y con ellos comunicase, y apareciéndoles, notificaba si habían de haber buenos o malos temporales, si enfermedades, si hijos les nacerían o vivirían los ya nacidos, y otras cosas que le preguntaban; y éstos eran sus oráculos como fue costumbre en todas las naciones del mundo que carecieron del conocimiento del verdadero Dios, tener ciertos hechiceros o sacerdotes, hombres o mujeres, que llamaban pythios o pythias, que de tal manera tenía pacto con el diablo, que, o se le revestía en el cuerpo, o le aparecía en alguna manera o forma, del cual tenían sus respuestas, y sabían las cosas por venir que los demonios podían saber por vía natural o experiencia, como que desde a tantos días llovería o cosas semejantes.

Bartolomé de las Casas. «Historia de las Indias». Fragmento del libro tercero, capítulo XXIII. Biblioteca de Autores Españoles. Madrid, 1961