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Apéndice 2. Una alternativa a Freud: Pavlov

De Mienciclo E-books

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EL psicoanálisis acepta o por lo menos refleja el tradicional dualismo alma-cuerpo (forma y materia) propuesto por la psicología clásica y por la mayor parte de las religiones. Existe, sin embargo, una alternativa a este planteamiento —quizás algo esquemático— del ser humano, y es la representada por el biólogo ruso Ivan Petrovic Pavlov, que rechazaba la independencia de los contenidos psíquicos respecto de las funciones puramente vegetativas, esforzándose en superar esta antinomia mediante su teoría de los reflejos condicionados. «El psicólogo —escribía a propósito de ello el propio Pavlov— es un individuo que camina envuelto en la oscuridad y lleva en la mano una pequeña linterna que sólo ilumina zonas muy limitadas. Salta a la vista la dificultad de explorar una región tan extensa como la psique con la ayuda de ese instrumento […] En cuanto a las leyes de los fenómenos psicológicos, fuerza es confesar que nadie sabe dónde ir a buscarlas […] En cambio, nuestras investigaciones objetivas sobre la compleja actividad nerviosa de los animales superiores permiten albergar la sólida esperanza de que los psicólogos no tarden en descubrir las leyes fundamentales yacentes en el intricado laberinto de ese mundo interior, tal como en estos momentos se nos revela». Y más adelante: «un naturalista decidido a analizar exhaustivamente la actividad vital de los animales superiores no puede ni debe referirse a la existencia de una actividad psíquica en dichos animales sin traicionar el principio básico de las ciencias naturales. No es lícito manejar en lo relativo a ellas interpretaciones y conceptos ajenos a la propia naturaleza. Todo naturalista que hable de actividad psíquica de los animales superiores está aplicando a la naturaleza ideas procedentes de su mundo interior. O sea: incurre una vez más en el antiguo error cometido por los hombres que se dedicaron al estudio de los fenómenos naturales proyectando en ellos sus propios deseos, pensamientos y sentimientos. Para un naturalista coherente sólo existe un dato cierto en la observación de dichos animales: sus diferentes reacciones exteriores ante los fenómenos del mundo externo.


Contenido

Una vida consagrada a la investigación

Ivan Petrovic Pavlov nació el 14 de septiembre de 1849 en el distrito de Rjazan, concretamente en la aldea que hoy —para honrar su memoria— lleva el nombre de Pavlovo. Era hijo de un pope y, fiel a este origen, cursó estudios eclesiásticos en el seminario local desde los once hasta los veintiún años. En 1870 se matriculó en la Facultad de Ciencias Naturales, sección de Biología, de la Universidad de Leningrado (ciudad que entonces se llamaba Pietroburgo). En 1875 se graduó y entró como ayudante del fisiólogo Cyon en la Academia de Medicina y Cirugía, centro del que fue expulsado al poco tiempo por disensiones con el personal directivo. Siguió haciendo prácticas de laboratorio en varios centros de investigación hasta que en 1897 terminó los cursos de perfeccionamiento en el Instituto de Medicina. Dos años más tarde contrajo matrimonio con Serafina Vasilevna Karcevskaja. En 1883 se doctoró con una tesis sobre el funcionamiento de los nervios centrífugos del corazón, obtuvo la medalla de oro universitaria y sacó el título de profesor adjunto.

Entre 1884 y 1886 residió en Leipzig y otras ciudades alemanas, dedicado al estudio de los nervios reguladores de la secreción del páncreas, y allí realizó su clásica experiencia sobre la alimentación imaginaria (de la que enseguida hablaremos). En 1890 ganó la cátedra de Farmacología en la Academia Militar de Medicina de Pietroburgo (hoy Instituto de Medicina Experimental Pavlov). En 1897 publicó sus Lecciones sobre el funcionamiento de las principales glándulas digestivas y, siete años más tarde, recibió el Premio Nobel por sus trabajos acerca de la fisiología de la digestión. En 1902 había empezado sus investigaciones sobre la actividad nerviosa de los animales superiores, tema al que dedicará el resto de su vida. En 1907 ingresó como miembro de número en la Academia de Ciencias. En 1921, ya en plena era comunista, un decreto firmado personalmente por Lenin le garantizó buenas condiciones de vida y de trabajo hasta su muerte.

Pavlov publicó en 1923 su obra capital, titulada Veinte años de estudios objetivos sobre la actividad nerviosa superior de los animales, cuyo texto amplió y corrigió repetidas veces hasta la edición definitiva de 1935.

En 1924, para festejar el septuagésimo quinto cumpleaños del biólogo, se inauguró en Leningrado el Instituto de Fisiología Pavlov, dependiente de la Academia de Ciencias, y se le confió la dirección del mismo. En 1926 aparecieron las Lecciones sobre la actividad de los grandes hemisferios cerebrales. En 1930 se inauguró en la localidad de Koltusci, cerca de Leningrado, un gran centro de investigación: la llamada ciudad del reflejo condicionado.

Ivan Petrovic Pavlov murió el día 27 de febrero de 1936.


Descubrimientos y teorías

Cuatro son las principales aportaciones de Pavlov al pensamiento científico contemporáneo —la teoría de los reflejos condicionados, el concepto de los estereotipos dinámicos, el reflejo de cautela biológica y el sistema del parto sin dolor— y todas ellas responden a la noción fundamental de que el comportamiento de los llamados animales superiores guarda una estrecha relación con los estímulos del medio ambiente (que en lo tocante al hombre reviste un carácter esencialmente social). Desde este punto de vista, aunque en líneas muy generales, cabe adscribir el pensamiento de Pavlov —que nunca fue marxista— al ámbito del materialismo dialéctico, doctrina que entre otras cosas considera al ser mucho más condicionado por su entorno social que por los factores hereditarios, tanto biólogicos como históricos o culturales. En realidad, Pavlov era —como Darwin y Freud— un típico representante del método experimental que empezó a desarrollarse en el siglo XVIII e hizo furor hasta bien entrado el siglo XX. Como psicólogo —o investigador de la actividad psíquica—, su principal mérito consistió en el absoluto rigor científico que supo aportar a una disciplina dominada por las suposiciones y especulaciones. De él se ha dicho que «restituyó a la fisiología el organismo animal indivisible y entero, en lugar de un organismo subdividido en secciones por la antinomia entre materia y psique». Sus métodos permitieron superar e1 estudio analítico de las diversas funciones orgánicas y formular una síntesis aglutinadora de todos los procesos de la vida animal, desde los más elementales (como la secreción de saliva) hasta los más complejos (como el lenguaje y el pensamiento humano). Consecuente con esta metodología, se opuso siempre a los riesgos de la especialización y del trabajo en equipo. También se opuso a la vivisección, en la que veía una violación del organismo desencadenadora de fenómenos inhibitorios.

Ivan Petrovic Pavlov fue, en definitiva, como lo habían sido o, más tarde, iban a serlo Freud, Darwin y Einstein, un pensador y no un científico en el sentido que hoy suele darse a esta palabra.


Los reflejos condicionados

Entendemos por reflejo condicionado la reacción del organismo frente a cualquier estímulo exterior que se repita varias veces en parecidas circunstancias. Por ejemplo: la salivación provocada en un animal hambriento por la presencia de un manjar apetecible (esto que vulgarmente llamamos «hacerse la boca agua»). Escribía literalmente el biólogo: «condición fundamental para que se produzca un reflejo de ese tipo es la coincidencia en el tiempo, durante una o varias veces, de un estímulo interior absoluto con un estímulo exterior indiferente». Por eso el reflejo se llama condicionado: porque no se da normalmente en el organismo, sino que obedece a un fenómeno ajeno a éste. O sea: un animal tiene hambre (estímulo interior absoluto) y huele, ve o imagina algún alimento (estímulo exterior casual o indiferente). Resultado: segrega saliva, o «se le hace la boca agua» (reflejo condicionado).


El experimento de la alimentación imaginaria

Partiendo precisamente de ese fenómeno (la salivación), a primera vista inexplicable, Pavlov comenzó sus famosas experiencias de alimentación imaginaria. Para ello hizo construir las llamadas torres del silencio o laboratorios perfectamente aislados del mundo exterior, en los que encerraba un perro portador de una serie de aparatos que permitían registrar sus reacciones físicas. El observador se instalaba en una habitación contigua y contemplaba a través de un periscopio lo que sucedía en el interior de la torre. Durante varios días se alimentaba al perro haciendo coincidir cada comida con el sonido de un metrónomo o con cualquier estímulo sensible. Luego se repetía éste sin suministrar alimento alguno, con el resultado de que el animal secretaba saliva como si tuviera el plato delante.

El ejemplo de la secreción salivar es sólo eso: un ejemplo. Pavlov lo eligió para sus primeras experiencias porque resultaba fácil de provocar en el ámbito de un laboratorio y porque además le brindaba la posibilidad de medir cuantitativamente la intensidad de la reacción suscitada, contando las gotas de saliva. Pero sus reflejos condicionados constituyen un fenómeno de alcance mucho más amplio y —como escribía Pavlov —«surgen en respuesta a cualquier agente del entorno exterior o de la vida interior […] con una sola limitación: que se trate de agentes susceptibles de ser percibidos por las células de los hemisferios cerebrales». Conviene añadir que el reflejo condicionado no es permanente: la secreción de saliva se mantiene durante cierto tiempo después de que el sonido del metrónomo deja de ir acompañado por el suministro de alimento, pero termina por desaparecer. Se dice entonces que el reflejo se ha eliminado por inhibición.

La búsqueda de perros para estas experiencias dio lugar a un copioso y divertido anecdotario. Pavlov, que por aquel entonces estaba prácticamente en la miseria, no podía comprar los animales y se veía obligado a utilizar los servicios de ladrones callejeros que los capturaban tanto si llevaban collar como si no.


Excitación e inhibición

El descubrimiento de los reflejos condicionados es fundamental para entender la conducta de los seres humanos. Mediante ese mecanismo de respuesta, somos capaces de reaccionar adecuadamente a las modificaciones del medio ambiente. Los reflejos innatos (o no condicionados) crean un equilibrio estático en las relaciones de los individuos con su entorno, pero ello no basta para garantizar la supervivencia. Los reflejos innatos sólo permiten vivir en determinadas circunstancias. El recién nacido, por ejemplo, chupa el pezón cuando lo tiene en la boca, pero es incapaz de buscarlo si la madre no se lo ofrece. En cambio, los reflejos condicionados —que no son permanentes ni inmutables— responden al dinamismo del mundo que nos rodea. Gracias a ellos el animal sabe que un determinado objeto es peligroso, aprende a distinguir los lugares donde hay alimento o toma conciencia de los actos que provocan placer. Pavlov —de ahí su mérito— no sólo entendió y señaló la importancia de este fenómeno radicado en la corteza cerebral, sino que aprovechó a fondo las posibilidades de su descubrimiento sentando las bases para el estudio de la actividad nerviosa superior, zona vedada hasta entonces a las investigaciones fisiológicas. Con la ayuda de un devoto equipo de colaboradores analizó pacientemente durante muchos años la formación, intensificación, debilitamiento y desaparición de los reflejos condicionados que provocaba artificialmente en sus torres del silencio, deduciendo las leyes generales que regulan la actividad de los hemisferios del cerebro y sobre todo el mecanismo de la excitación e inhibición, dos conceptos fundamentales para el recto entendimiento de sus teorías.

Llamamos excitación al proceso por el cual una determinada zona de la corteza cerebral se senbiliza respecto a un estímulo exterior que antes no suscitaba en ella reacción alguna. En el ejemplo anteriormente citado, el funcionamiento del metrónomo, transmitido al cerebro por la terminación del nervio acústico, no provocaba salivación antes de que su sonido se asociara artificialmente al suministro de comida, pero sí a partir de ese momento. O sea: la corteza cerebral, gracias al experimento de Pavlov, adquiría una nueva propiedad, haciéndose excitable respecto a un estímulo que hasta entonces la dejaba indiferente. Pero ya sabemos que los reflejos condicionados no son crónicos, sino que antes o después, al cesar la coincidencia de los factores que los originan, desaparecen por inhibición.


Los estereotipos dinámicos

Se entenderá mejor este concepto, estrechamente asociado a los anteriores, por medio de un ejemplo. Encerremos una vez más el perro en su torre y sometámoslo durante cierto tiempo a una serie de estímulos (encender una lámpara al darle de comer, tocar una campana pinchándole al mismo tiempo, etc.). Comprobaremos entonces que el animal responde a cada uno de tales estímulos, que deben sucederse siempre en el mismo orden, con una serie de reflejos condicionados: segrega saliva, encoge la pata, etc. Pues bien: llamamos estereotipo dinámico al conjunto de dichos reflejos. Y si, una vez creado el estereotipo, sustituimos uno de los estímulos dejando intactos los restantes (en vez de agitar una campana tocamos, por ejemplo, un timbre), comprobaremos que el nuevo estímulo sigue provocando el mismo reflejo condicionado que originaba el anterior, aunque tampoco en este caso se trata de una propiedad permanente. O sea: el estereotipo dinámico impreso en la corteza cerebral tiende a mantenerse durante algún tiempo en un medio ambiente distinto. Con ello queda demostrado que las modificaciones ambientales preceden a las modificaciones del sistema nervioso.

Incalculables son las consecuencias que este descubrimiento aporta en lo relativo al ser humano. Basta pensar en el número de estímulos, monótonamente repetidos, que el hombre de la moderna sociedad industrial recibe al cabo del día. La corteza cerebral responde a ellos con una serie de reflejos condicionados que terminan por automatizar la conducta del sujeto en cuestión. El trabajo en la cadena de montaje de las fábricas es, por ejemplo, un condicionamiento caracterizado.

Pavlov, analizando éstos, llegó a la conclusión de que sólo cabe modificar la condición humana mediante la evolución o subversión de las condiciones ambientales. Este concepto sirve para justificar tanto las revoluciones como las contrarrevoluciones. Se trata, en cualquier caso, de un arma de dos filos, extremadamente peligrosa. Con ella cabe programar de antemano la conducta individual sometiéndola artificialmente a una serie de estímulos dosificados con habilidad. Pensemos, por ejemplo, en el bombardeo cotidiano que descarga la publicidad. Al comprar en una tienda, lo hacemos inconscientemente programados para pedir un determinado producto, que, en la mayor parte de los casos, no corresponde a nuestras necesidades. Otra triste consecuencia de las teorías de Pavlov es el «lavado de cerebro» que tan de moda se puso en la propia Unión Soviética durante la época estalinista. O el «tercer grado», que a veces utilizan los policías para interrogar a los presuntos delincuentes. Organizando una cadena de estímulos amenazadores o, simplemente, «persuasivos» pueden obtenerse confesiones no siempre verdaderas.


El reflejo de cautela biológica

Otro importante descubrimiento de Pavlov es el llamado reflejo primario de cautela biológica, que se opone al reflejo de investigación. Consiste en la tendencia a frenar o suspender la actividad cada vez que surge un estímulo nuevo y, por tanto, desconocido. El reflejo de. investigación estriba en lo contrario. O sea: en el deseo de analizar y comprender los nuevos estímulos para servirse de ellos. La salud psíquica depende, en definitiva, del equilibrio de ambas tendencias. El hombre debe ser prudente, pero no cobarde, y audaz, pero no temerario. El reflejo de cautela biológica es menos intenso en el animal adulto.


El parto sin dolor

Pavlov debe gran parte de su fama a la técnica del parto sin dolor, que es consecuencia directa de la teoría de los reflejos condicionados. La primera experiencia de este tipo se remonta a 1912. Recurramos, como de costumbre, a un ejemplo. Empecemos por estimular a un perro sometiéndolo a una descarga eléctrica en cualquiera de sus patas. El animal reaccionará apartándola para evitar el dolor. Asociemos luego dicho estímulo al suministro de alimento. El perro, pasado cierto tiempo, no sólo mantendrá inmovil la pata, sino que segregará saliva. Dicho de otra forma: el estímulo eléctrico ha perdido su connotación dolorosa para convertirse en señal de nutrición. El fisiólogo inglés Sherrin, acérrimo enemigo de las teorías de Pavlov, exclamó al enterarse de este hecho: «¡por fin entiendo la psicología de los mártires!».

Lo mismo sucede con las sensaciones dolorosas que tradicionalmente llegan a la corteza cerebral durante el parto. Después de la muerte de Pavlov, varios de sus discípulos elaboraron la teoría general de parto sin dolor. Este, concluyeron, es sólo un reflejo condicionado que se ha ido creando a lo largo de los siglos. Desde tiempo inmemorial (en la Biblia, por ejemplo) se ha esgrimido la famosa amenaza o precepto del parirás con dolor. Pero el parto es un fenómeno fisiológico natural que no debería provocar sensaciones dolorosas, como de hecho —salvo excepciones patológicas— no las provoca en los animales. La mujer, sin embargo, suele llegar al parto tan temerosa y preocupada que durante él se conduce de forma irracional y ejecuta una serie de movimientos absurdos. Son éstos, y no el parto, los causantes del dolor. En consecuencia, basta educar a la mujer, enseñándole al mismo tiempo los movimientos adecuados, para que deponga su actitud neurótica y dé a luz con naturalidad.

Las técnicas del parto sin dolor se aplican hoy en la mayor parte de los países, con brillantes resultados. Incluso la Iglesia católica, que durante mucho tiempo se negó a aceptar este sistema por considerarlo una violación de los preceptos bíblicos, ha terminado por salir en su defensa. Pío XII, hace aproximadamente veinte años, subrayó en una famosa intervención pública la profunda moralidad de un descubrimiento científico que permite a la parturienta intervenir con plena lucidez en el desarrollo de una función tan importante para la vida.


Los reflejos condicionados y la conquista del espacio

La perra «Laika», primer animal vivo enviado al espacio, había sido adiestrada siguiendo los principios de Pavlov (y lo mismo cabe decir de los perros y monos que la siguieron). También los cosmonautas soviéticos se someten a una preparación psicológica, inspirada en las teorías de éste. Y discípulos de Pavlov son asimismo los fisiólogos que vigilan y analizan sus reacciones, tanto en los laboratorios terrestres como en el interior de los sputniks.

Por si fuera poco, los descubrimientos de Pavlov han hecho posible el espectacular desarrollo de la cibernética. Las máquinas calculadoras reproducen los modelos y esquemas observados en el sistema nervioso superior gracias a los procedimientos del biólogo soviético.


Carta a la juventud

Pavlov escribió en 1935 una Carta a la juventud de la que entresacamos los siguientes párrafos: «Estudiad —aconsejaba— el abecedario de las ciencias antes de acometer la escalada de sus cumbres. No os adentréis nunca en Un nuevo capítulo sin conocer a fondo el anterior. Jamás incurráis en la tentación de compensar las deficiencias de vuestros conocimientos recurriendo a suposiciones o hipótesis, por audaces y atractivas que éstas os parezcan […]. Aprended a ser cautelosos y pacientes. Acostumbraos a efectuar los trabajos científicos más groseros. Estudiad, comparad, acumulad los hechos ”…]. Sin ellos, nunca llegaréis a nada. Sin ellos, todas vuestras teorías serán esfuerzos vanos. E incluso si estudiáis, experimentáis y observáis, esforzaos siempre por ir más allá de la superficie de las cosas. Intentad desvelar el misterio de su origen. Buscad con perseverancia las leyes que las gobiernan».

«En segundo lugar, modestia. No creáis nunca que ya lo sabéis todo […]. No permitáis que el orgullo se apodere de vosotros, pues os conducirá a la obstinación cuando sea preciso ceder y os hará rechazar consejos útiles y ayudas amistosas, arrebatándoos la medida de la objetividad.»

«En tercer lugar, pasión. Recordad que la ciencia exige al hombre la vida entera. Y si tuviérais dos vidas, ni siquiera ellas os bastarían. La ciencia reclama una tremenda tensión y una desolada pasión.»