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Apéndice 2. Sociedades Científicas

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Mara Curie con algunos de los asistentes al Congreso Internacional de Fsica
Mara Curie con algunos de los asistentes al Congreso Internacional de Fsica
«ES cosa que no puede menos de halagar a todo amante del progreso racional el ver cómo, a la par de los asombrosos descubrimientos de las ciencias, que a porfía se sacan a la luz, van creciendo los conatos de los físicos y naturalistas más eminentes para convertir en bien o propiedad común, por medio de una exposición comprehensible y estética, los bellos productos de las investigaciones científicas.» Estas palabras de Antonio Bergnes de las Casas abren la introducción con que da comienzo el tomo I de La Abeja, Revista Científica y Literaria Ilustrada publicada en Barcelona en 1862 por una sociedad literaria, y a través de ellas podemos vislumbrar las motivaciones e intenciones que originaron todo ese amplio proceso de publicaciones y asociaciones científicas que se expanden a lo largo, principalmente, de la segunda mitad del siglo XIX. Pero, en realidad, ello no es un fenómeno que pueda quedar circunscrito dentro de unos límites temporales tan estrechos.

La proliferación de sociedades y de revistas científicas durante el siglo XIX está, ciertamente, en directa relación con los continuos avances que se suceden en el campo de las ciencias físico-naturales, ciencias que van adquiriendo a lo largo de dicha época un número creciente de adeptos, y unos medios técnicos que se perfeccionan sin cesar. Pero este impulso de los científicos hacia una mayor divulgación de sus descubrimientos y hacia una mayor” conexión nacional e internacional de sus actividades no es un fenómeno, como proceso histórico, meramente científico. Es necesario recordar también el clima moral e institucional de la época, el funcionamiento de las Universidades, la actitud del Estado frente a los descubrimientos científicos y, sobre todo, frente a sus aplicaciones prácticas, y las enormes esperanzas que la ciencia y la tecnología desataron en el pensamiento de todos aquellos que, por aquel entonces, todavía creían a pies juntillas en el carácter benefactor del «progreso de las ciencias», lejos aún de los horrores desencadenados a partir de la primera guerra mundial. Pero quizá conviene recordar que, en cualquier caso, el asociacionismo científico decimonónico no fue un fenómeno nuevo.

Al margen de algunas academias que surgen ya en plena Edad Moderna, pero que nos son poco conocidas —como la que, al parecer, fue organizada en Milán en 1483 por Leonardo da Vinci con el apoyo de Ludovico Sforza—, las primeras sociedades científicas que han mantenido después una continuidad histórica datan de principios del siglo XVII. Por regla general, tales sociedades nacieron de unas reuniones periódicas, celebradas a título particular por aquellos «filósofos» dedicados de modo más especial a las ciencias naturales, que tenían como finalidad intercambiar entre ellos sus puntos de vista o sus resultados científicos de acuerdo con los nuevos métodos de conocimiento, orientados hacia la observación de los fenómenos físicos y hacia su comprobación por medios experimentales.

De este modo, y por mencionar sólo algunos ejemplos ilustrativos, la Real Sociedad de Londres (Royal Society of London), tuvo su origen en las reuniones celebradas por los discípulos de Bacon, hacia mediados del siglo XVII, resultando infructuosos sus primeros intentos de lograr un reconocimiento oficial para las mismas; la Academia de Ciencias (Académie des Sciences), francesa, debió su establecimiento a la iniciativa de Perrault y de Colbert durante la misma época; la Academia de las Ciencias (Accademia delle Scienze), de Turín, fue fundada un siglo más tarde, como sociedad privada también, por una pléyade de sabios. Este carácter privado de las sociedades científicas es lógico, si tenemos en cuenta que las ciencias naturales apenas habían comenzado a buscar su propia identidad, independizándose poco a poco del gran corpus filosófico dominante que posteriormente sería calificado de pensamiento especulativo, frente al conocimiento experimental de las nuevas ciencias.

Pero el Estado asoció pronto dichas sociedades científicas a su cuerpo institucional, transformándolas en academias reales, como medio de apoyar sus actividades científicas, pero controlando al mismo tiempo su funcionamiento. Sin duda alguna este apoyo estatal impulsó la capacidad creadora de estas sociedades durante algún tiempo, pero, si hemos de creer a Saint-Simon, dicho apoyo las convirtió posteriormente en instituciones burocráticas y desfasadas. Algo de esto debió ocurrir, puesto que el nuevo movimiento asociativo que se inició a partir de la primera mitad del siglo XIX tuvo, de nuevo, un carácter esencialmente privado. Pero volvamos al hilo de la historia.

El establecimiento de Reales Academias e institutos oficiales fue creciendo de acuerdo con el progreso ininterrumpido de los descubrimientos científicos. Durante el siglo XVIII y principios del XIX, se fueron instituyendo nuevas academias según tomaban cuerpo las distintas especialidades, creándose organismos tales como las Academias de Medicina, las Academias de Farmacia, las Sociedades Geográficas, etc. Esto venía a ser como la aceptación oficial de las aplicaciones técnicas de las ciencias puras, y no hay que olvidar que todo este proceso de estatalización de las sociedades científicas fue contemporáneo de la Revolución Industrial. Pero, como ya hemos dicho anteriormente, el academicismo tiende a ser conservador y cauto y, a menudo, los grandes descubrimientos científicos se realizaron en condiciones muy precarias, con muy poca ayuda por parte de las instituciones oficiales.

En este sentido, la industria privada fue mucho más ágil y casi todas las nuevas sociedades para el progreso de las ciencias, si bien se formaron al margen de las academias, fueron, sin embargo, firmemente apoyadas por banqueros e industriales. Se trataba, en definitiva, de asociar a los científicos en determinadas direcciones experimentales.

Es sabido que Inglaterra fue la nación que más pronta y eficazmente aplicó los nuevos descubrimientos de la ciencia a la producción de bienes económicos, y su industria textil —así como todas aquellas otras que constituyeron el núcleo de esa gran expansión de los medios de producción que fue la Revolución Industrial—, se benefició enormemente de invenciones tan fundamentales como la máquina de vapor o los nuevos modelos de telares. Evidentemente, esto no fue casual. Por un lado, la ciencia permitía el aprovechamiento de nuevos avances técnicos, pero a su vez era influida por las necesidades de la producción, y muchos descubrimientos científicos sólo fueron posibles después de que la industria proporcionase a la ciencia aquellos instrumentos técnicos necesarios para una mejor medición de las fuerzas físicas.

Por ello, no es extraño que fuesen los científicos ingleses quienes inaugurasen el nuevo proceso asociacionista del siglo XIX, fundando en 1837 la Asociación Británica para el Progreso de las Ciencias (British Association for the Advancement of Science), constituida naturalmente como sociedad privada. Esto indica que las academias ya no eran los instrumentos más adecuados para el desarrollo científico. En 1848 se creó en los Estados Unidos la Asociación Americana para el Progreso de las Ciencias (American Association for the Advancement of Science); poco después se fundó en Suiza la Sociedad Helvética de Ciencias Naturales (Société Helvétique des Sciences Naturelles); en 1872, un grupo de científicos, entre los que destacaba el fisiólogo Claude Bernard, constituyeron a imitación de los ingleses la Asociación Francesa para el Progreso de las Ciencias (Association Française pour l’Avancement des Sciences) y, posteriormente, surgen asociaciones semejantes en Italia, España, Portugal, Canadá, Australia, etc.

Este fenómeno de creación de asociaciones científicas en cadena a lo largo de todo el llamado «mundo occidental», y casi todas con el mismo nombre, no fue fortuito ni mucho menos. Los dos grandes pilares de la conciencia decimonónica fueron la Patria y el Progreso (científico), pero los hombres de ciencia querían elevarse por encima de los estrechos límites fronterizos y creían, o al menos deseaban, que el afán investigador y los benéficos resultados de los avances científicos sirviesen tanto para hermanar a los hombres como para extender sus resultados a toda la sociedad.

Este fraternal deseo se manifiesta, por ejemplo, en la circular enviada a los rectores de las principales universidades europeas por el entonces rector de la Universidad de Madrid, Fernando de Castro, en 1868, en la que, entre otras cosas, indica que «si el ideal eterno de la verdad mueve al hombre y a las sociedades a la comunión y trato científico para completar cada cual su ciencia con la de otros, hasta hallar el pensamiento universal de la razón conforme en un todo a la verdad, y si la universidad es uno de los principales órganos mediante los que la ciencia puede llegar a tan grandioso como utilísimo resultado, dejo a vuestra consideración cuan oportuno sería que las universidades europeas, reanudando hoy los tiempos del Renacimiento, en los que por medio de la sabia lengua del Lacio, no solamente existía trato frecuente entre aquellas corporaciones, sino que maestros de una nación explicaban libremente en las universidades de otra, entrasen éstas de nuevo en una relación más íntima y fraternal para recoger y ordenar la tradición de la verdad y para trabajar unidamente en lo que resta por indagar y resolver, dando de este modo a la ciencia unidad firmísima, dirección acertada y autoridad invencible.»

Aunque los organismos científicos supranacionales sólo comenzarían a formarse a finales de siglo (llegándose a la constitución de una Asociación Internacional de Academias en París en el año 1900), ya se habían manifestado con anterioridad los primeros frutos de aquel deseo de colaboración entre los científicos de los distintos países bajo la forma de Congresos internacionales, lugares de reunión y de intercambio e ideas que con el tiempo serían cada vez más frecuentes. Las especialidades de aquellos congresos eran muy diversas, y así, en 1891 se celebró en Londres el Congreso Internacional de Higiene y Demografía; en Viena, ese mismo año, se desarrolló una Exposición Internacional de Higiene Alimenticia; en 1892 se celebró en Ginebra un Congreso Internacional de Química; en 1897 la Institución de Arquitectos Navales inglesa organizó en Londres un Congreso Internacional de Ingenieros y Constructores Navales, etc. Todas las disciplinas, e incluso las de más reciente aceptación, organizaron sus congresos internacionales, intercambiándose nuevos métodos y resultados, creando un ambiente de solidaridad entre los distintos delegados nacionales que, sin duda alguna, contribuyó al desarrollo de conocimientos y técnicas de aplicación.

En definitiva, los científicos se han visto sucesivamente ignorados y protegidos según los vaivenes de la técnica y de la civilización y, según palabras del señor Gougenheim, presidente de la Asociación Francesa para el Progreso de las Ciencias (Association Française pour l’Avancement des Sciences) en el año 1872, «los gobiernos concedían ciertamente a la ciencia su justo valor, así como a sus beneficiosos resultados, pero estaban lejos de mostrarse generosos con respecto a ella… En efecto, fue necesario esperar que la Primera Guerra Mundial mostrase la importancia capital del desarrollo científico». Y su mortífera carga, podríamos añadir nosotros.