Apéndice 2. Mo Tseu, Guerrero y Pensador
De Mienciclo E-books
ENTRE los adversarios del confucionismo no sólo debemos contar a los taoístas. Entre los grandes críticos del maestro de Lu debemos registrar a Mo Tseu y sus seguidores, los llamados «meitistas». Todo indica que Mo Tseu nació en Song en el año 479 a. de C. y que vivió cien años por lo menos.
A diferencia de Confucio y de los letrados que empezaban a celebrar sus enseñanzas —él y ellos pertenecientes a las clases acomodadas y nobles—, Mo Tseu procedía de la estirpe de los guerreros que durante siglos habían encabezado las tropas reales. La decadencia general y la división del país habían convertido a Mo Tseu en uno de tantos caballeros errantes. Se desplazaba de un lado a otro en busca de un príncipe digno de sus servicios. En esta amarga situación se vio obligado a reflexionar sobre el pasado y el presente, siendo inevitable que hiciera comparaciones entre ambos, tan inevitable como que llegase a la conclusión de que el pasado y su orden debían considerarse modelos dignos de imposición en el futuro inmediato. En la extrema y positiva valoración del pasado coincidía, sin duda, con el gran Confucio, respecto a cuyo pensamiento se situaba, por lo demás, en posición antagónica. Por ejemplo: nada le disgustaba más a Mo Tseu que las ceremonias rituales que tanto había defendido Confucio. Las detestaba tanto como la música y, en general, los refinamientos de las clases elevadas, a cuya indolencia y egoísmo culpaba de todos los desórdenes. Al mismo tiempo, Mo Tseu criticaba duramente al pueblo llano, al que consideraba tan egoísta como sus dirigentes y no menos responsable de la desastrosa situación. En su pensamiento, sólo existía un remedio contra el egoísmo: el amor. Sin embargo, el amor que predicaba Mo Tseu era más abstracto que real. En el fondo, nadie menos amoroso que él... Todos, ricos y pobres, debían sacrificar su egoísmo en aras del amor y del bien común. Este lo merecía todo, incluso la muerte del individuo. Escribía: «Matarse a sí mismo para salvar al mundo, eso sí que es obrar por el bien del mundo». Este principio chocaba con una recia oposición de los taoístas, pero él no se inmutaba. A su juicio, los taoístas mismos figuraban entre los grandes culpables de la «degeneración» del pueblo chino, entre los grandes enemigos de la ancestral y modéli ca sociedad que él deseaba recuperar para sí y para su prójimo. A su juicio —y en este punto no admitía polémicas—, el individuo debía someterse a las necesidades comunitarias. Pero si no se sometía por las buenas, podía y debía ser sometido por las malas. En esto se diferenciaba de Confucio. El autoritario Mo Tseu era partidario de imponer el orden por la fuerza, dotando al príncipe y al Estado del derecho de usarla. En modo alguno confiaba en la capacidad del pueblo para guiarse correctamente por el simple ejemplo de unos dirigentes virtuosos. En este sentido, vale la pena destacar que Mo Tseu valoraba positivamente la religión desde un punto de vista utilitarista, es decir, considerándola un excelente instrumento de dominación. No se trataba, pues, de someter a crítica sus principios, ni siquiera de justificarlos, sino de obedecerla pura y simplemente. Como se sabe, Confucio no prestaba ninguna atención a la vida de ultratumba ni, desde luego, a los espíritus. Durante toda su vida se mantuvo alejado de todo lo que le pareciese marcado por la superstición. Mo Tseu se lo echó en cara, desde su enfoque utilitarista. Llegó a escribir: «Si todos los hombres fueran inducidos a creer que los espíritus pueden recompensar el bien y castigar el mal, ¿podría seguir subsistiendo el desorden en el mundo?» Mo Tseu estaba absolutamente convencido de que la conducta humana no puede ser acertada si no la encauzan los premios y los castigos...
Entre los ideales de Mo Tseu no faltaba, desde luego, un «rey santo» —austero, ecuánime, sacrificado y fiel a la tradición de las grandes dinastías pretéritas—, capaz de «regular el mundo». Escribía: «El cielo ama la equidad y odia la iniquidad... Los hombres deben tomarlo como modelo, hacer lo que le place y dejar a un lado lo que le disgusta». Siempre en esta línea de pensamiento, entonaba largas alabanzas al sometimiento de la conciencia individual a los designios del Cielo y del Príncipe, suministrando todo tipo de argumentos favorables al despotismo, oponiéndose así de manera simultánea a las enseñanzas de Confucio y de los taoístas. Su ruda doctrina era una respuesta alternativa al caos imperante, la doctrina de un guerrero y no la de un pensador refinado.
Los miembros de la escuela de Mo Tseu recibieron una severa instrucción militar y dieron pruebas de valor en numerosas ocasiones. La tropa del maestro estaba formada por unos trescientos hombres fuertemente armados. «Mis discípulos —escribía—, en número de trescientos, están ya armados con mis instrumentos de defensa y esperan, sobre las murallas de la ciudad de Song, a los invasores procedentes de Tch’u». Se sabe que sus discípulos le obedecían ciegamente y que él, investido con el título de «Gran Maestro», los sometía a duras y frecuentes pruebas. Se ha dicho, en efecto, que les obligaba a atravesar hogueras y también a andar sobre afiladas espadas.
Cuando el maestro murió, sus discípulos difundieron su doctrina con bastante éxito. Durante el siglo III el «meitismo» vivió su período de esplendor, a pesar de la tenaz oposición de las escuelas rivales.