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Apéndice 2. Madrid. Nacimiento de una Ciudad Moderna

De Mienciclo E-books

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Introducción

EL primer impulso urbanístico de la capital surge por iniciativa de Carlos III y es canalizado por la tecnocracia racionalista formada en el espíritu de la Ilustración. En este primer proyecto figuran algunos arquitectos notables, como Ventura Rodríguez y Juan de Villanueva, ambos retratados por Goya. Carlos III deseaba hacer de la capital del reino una ciudad moderna y suntuosa al mismo tiempo y creó las condiciones para ello. Pero fue el coruñés don Joaquín Vizcaino marqués de Pontejos por su matrimonio, quien llevó a cabo las reformas como corregidor de la villa. Resumiendo sus actividades, diremos que fue uno de los fundadores del Ateneo y del Monte de Piedad de Madrid, dos instituciones que han subsistido a pesar de todos los cambios. Como alcalde, formó el plano topográfico de la villa, obra fundamental para los planteamientos urbanísticos, mejoró la iluminación con nuevos reverberos de aceite en los faroles, dio gran impulso a la pavimentación de las calles, organizó el primer servicio de bomberos con el material adecuado a la época, higienizó la ciudad creando baños y evacuatorios públicos, reglamentó los servicios de serenos, de mataderos, de mercados y de policía urbana.

En el terreno urbanístico fue el marqués de Pontejos quien terminó el trazado de la Castellana, dando aire al eje circulatorio de la calle de Alcalápaseo de la Castellana, con la Cibeles como centro de un Madrid moderno, amplio y bien dotado de zonas verdes. De haber continuado la orientación trazada por el marqués de Pontejos, a estas fechas Madrid sería una ciudad más habitable. Pero la corrupción administrativa y la presión constante de los especuladores del terreno deformaron las líneas maestras del gran proyecto urbanístico. También fue obra del marqués de Pontejos la reforma de la Puerta del Sol. El proyecto tropezó con grandes dificultades por ser ya entonces la Puerta del Sol el primer centro comercial de la capital, pero siguiendo los consejos de Mesonero Romanos, el marqués de Pontejos no dudó en derribar numerosas casas.

El reinado de Isabel II, con el que comenzó la gran reforma económica que implicaba la desamortización de Mendizábal, dirigida especialmente contra la Iglesia y la nobleza, los dos grandes poseedores de bienes inmuebles, favoreció mucho el desarrollo de la capital. Veamos algunos hechos concretos: en 1836 se trasladó a Madrid la Universidad de Alcalá de Henares, siendo ampliada y mejorada con las Facultades de Ciencias. Entre las principales construcciones de esta época figuran el Congreso de los Diputados, el teatro Real y el de la Zarzuela. También fue creado el Canal de Isabel II para abastecer de agua a la capital. El alumbrado de aceite fue sustituido en 1857 por faroles de gas.

Uno de los grandes especuladores que más contribuyeron al desarrollo de la capital en el siglo XIX fue el marqués de Salamanca. El «mago de las finanzas» estuvo presente en todos los negocios de la época, se arruinó dos veces y volvió a recuperarse, en una de ellas gracias a la colección de cuadros de Goya que poseía y que consiguió trasladar a Francia. Sin embargo, a él se debe la urbanización del barrio que lleva su nombre y que todavía sigue siendo uno de los mejor concebidos de la capital. Pero, además, el marqués de Salamanca fue uno de los principales promotores de la modesta industrialización madrileña con la creación de la Compañía de Ferrocarriles Madrid-Aranjuez que, con el tiempo, se convertiría en la poderosa MZA (Madrid-Zaragoza-Alicante). La empresa se constituyó en 1845 y Salamanca tuvo el acierto de situar en el consejo de administración al cuñado de la reina María Cristiana y a influyentes políticos. El prometedor Cánovas figuró en su nómina, sin prestar servicio, cuando vino a Madrid a estudiar. Voltes Bou dice que «cuando Salamanca fue nombrado ministro de Hacienda, ordenó que el Banco de San Fernando se pusiera a disposición de la compañía de la cual era presidente. El escándalo que causaron estas combinaciones ocasionó el hundimiento del régimen moderado e impulsó la revolución de 1854».

Por el nexo existente en la formación de las compañías ferroviarias, el nacimiento de una industria de servicios en la capital y la política, merece la pena conocer algunos detalles de los negocios ferroviarios. Según un reciente estudio de Fontana Lázaro, políticos de todos los colores aparecen involucrados en este negocio. El general Serrano era presidente de la Compañía del Norte; Sagasta fue ingeniero de la de Valladolid-Palencia, y en 1873 figuraba como presidente de la compañía de Sevilla a Jerez; Nicolás María Rivero presidió la Almansa a Valencia y Zaragoza; Cánovas, Martos y otros prohombres políticos formaban parte del consejo de administración de la de Medina del Campo a Zamora y Orense a Vigo; Víctor Balaguer, en el de la compañía de Sevilla a Córdoba. El marqués de Salamanca, por su parte, y el general Ros de Olano empujaban a la MZA con capital rothschildiano.

La industrialización madrileña comienza con la llamada «revolución de los ferrocarriles», que alcanza su apogeo en el sexenio revolucionario y cobra nuevo impulso durante la restauración de don Alfonso XII. El segundo impulso industrial procede de la llamada «revolución eléctrica», que va a mejorar los servicios de transporte y ampliar el radio urbanístico a las zonas periféricas. En 1881 Madrid se ilumina con bombillas eléctricas en la Puerta del Sol, corazón de todas las novedades de la capital y rompeolas de todas las pasiones políticas. En 1898, coincidiendo con la pérdida de las últimas colonias, empiezan a correr los primeros tranvías eléctricos. Las obras de la primera línea del «metropolitano» —Puerta del Sol-Vallecas— comienzan justamente al finalizar el siglo XIX y anuncian el gran despliegue urbanístico del siglo XX.


El Madrid galdosiano

Don Benito dijo muchas veces que él había nacido al llegar a Madrid, y la Villa y Corte, que Ortega calificó de «poblachón manchego», se iba a convertir en uno de los principales protagonistas de su creación literaria de tal manera que sus cuadros de costumbres y sus descripciones urbanísticas se han convertido en documentos inestimables para los estudiosos de la evolución de la capital.

Al comenzar el siglo XIX Madrid contaba con 200.000 habitantes y al finalizar superaba los 500.000. Pero, como dice Galdós, «fue preciso que todo Madrid se transformarse; que la desamortización edificara una ciudad nueva sobre los escombros de los conventos; que el marqués de Pontejos adecentase este lugarón; que las reformas arancelarias del 49 y del 68 pusieran patas arriba todo el comercio madrileño; que el gran ingenio de Salamanca idease los primeros ferrocarriles; que Madrid se colocase, por arte del vapor, a cuarenta horas de París, y, por fin, que hubiera muchas guerras y revoluciones y grandes trastornos en la riqueza individual».

En este formidable pulpo burocrático que es el Madrid galdosiano, en el que los motines, los pronunciamientos y las guerras actúan de revulsivo revolucionario, el proletariado propiamente dicho apenas si existe. El sistema económico es de artesanado y, aunque el trabajo es duro, se mantiene en la zona templada del paternalismo. Los primeros núcleos organizados del proletariado militante fueron los tipógrafos y en las imprentas surgieron los dos grandes líderes que iban a plantear la lucha de clases en la vertiente socialista y anarquista: Pablo Iglesias y Anselmo Lorenzo.

Tanto Pablo Iglesias como Anselmo Lorenzo se habían formado en los cuadros de la Internacional, pero el primero se inclinará por las teorías marxistas y el segundo por las bakuninistas, con lo cual el proletariado español quedará escindido en dos corrientes que se denominarán entre sí autoritarios y libertarios, o socialistas y anarcosindicalistas. En Madrid predominan los primeros y en Barcelona los segundos.

En 1886 apareció el semanario El Socialista, órgano del Partido Socialista Obrero Español, y en uno de sus primeros números describía lo que era aquel Madrid que fluctuaba entre la aristocracia y la mesocracia y en el que Cánovas y Sagasta alternaban en las prebendas del poder: «Pasan de 21.000 los cuartos desalquilados que hay en Madrid. Esta noticia, que ha dado la vuelta por toda la prensa de una manera escueta, se presta, sin embargo, a no pocas reflexiones… Esas 21.000 viviendas desocupadas, cuando innumerables infelices, lo mismo adultos que tiernas criaturas, por falta de albergue duermen desnudos y acurrucados como perros en los quicios de las puertas de la capital de España, son el padrón de la ignominia más vergonzosa de una sociedad egoísta y bárbara que se apellida civilizada, sin duda porque al lado de los satisfechos hasta el sibaritismo ostenta como contraste los que mueren por inanición».

Este era el que ya empezaba a llamarse «gran Madrid», obra de especuladores y arbitristas, en el que los barrios residenciales de la aristocracia y la burguesía se desflecaban en los suburbios, formando un costroso cinturón de miseria, concentración apestosa de las vecindades de los barrios bajos y chabolismo en los focos de inmigrantes que llegaban a la capital con lo puesto.

El desarrollo industrial de Madrid fue lentísimo por su falta de condiciones naturales para la instalación de las grandes factorías. Prácticamente, Madrid no fue una ciudad industrial hasta después de la guerra civil, 1936–39. Por lo menos, no podía compararse con lo que ya eran Barcelona y Bilbao. Las principales industrias madrileñas hasta 1936 eran los servicios y la construcción. Para que la capital se convirtiera en el gran centro industrial que es hoy, se necesitaba un largo período de rígido centralismo y una desmesurada protección como la que ha recibido en las últimas cuatro décadas.