Apéndice 2. Los salones: su papel en la difusión de las nuevas ideas
De Mienciclo E-books
«EL que no ha vivido antes de 1789 no conoce la felicidad de la vida.» Talleyrand es el autor de esta pintoresca y cínica observación, que de cualquier modo refleja el punto de vista de la clase usufructuaria del privilegio en el ancien regimen.
En épocas en que la estructura social parecía perfecta, imbatible y eterna, en la cual cada quien parecía aceptar su propia suerte como un destino manifiesto, en que la sociedad aparentaba sostenerse vigorosamente en sus viejos cimientos; o el descontento popular era todavía inexpresado en voz alta, sordo o latente, el príncipe podía darse el lujo de ser amable de alguna manera, de entregarse a los irresponsables juegos del ingenio, amparar las letras y las artes, no ver más allá de sus narices y, con elegante o gracioso paternalismo, convertir su corte en una especie de fiesta permanente del placer, del lujo, del derroche.
El ejemplo del monarca era imitado por los magnates y a los grandes seguían los pequeños que podían hacerlo; se representaba y «recibía» y se pasaba el tiempo en sociedad. La gente rica ponía su orgullo en tener mesa franca para todo «el mundo». Faltaba seriedad. Sólo se vivía para los deleites. Como alguien dijo: Francia celebraba un gran carnaval, al que debería seguir un tremendo miércoles de ceniza.
Economizar era vulgar; nadie vivía para sí mismo sino «en sociedad». Esto llegó tan allá que se tomó a mal al varón que en sociedad se preocupara de su mujer; «debía deshacerse la pareja para vivir todos juntos». La vida conyugal se relajó. Como el varón iba tras de sus deleites, así lo hacía la mujer. Cada uno contraía diferentes relaciones, y se las toleraban mutuamente. A los hijos se los dejaba en manos del preceptor; se enviaba a un convento a las hijas.
Voltaire pudo decir entonces: «Los dioses sólo instituyeron a los reyes para que diariamente dieran fiestas, y éstas variadas. La vida es demasiado breve para ser gastada de otra manera. Los procesos, la guerra, las discusiones religiosas, que reclaman la vida del hombre son cosas ridículas y horribles. El hombre sólo ha nacido para la alegría, y entre las necesidades de la vida, pertenece el primer lugar a lo superfluo» (Princesse de Babylone).
Y Taine: «Francia es un salón poblado de hombres de salón. En todas partes los ásperos adalides con autoridad se han convertido en amos de casa con gracia. El gran talento de la nobleza consistía sólo en savoir vivre, y su ocupación en recibir y ser recibido».
Todos procuraban ser ingeniosos y amables.
Aquellas suertes de «ambigúes» de gracia e inteligencia, muchas veces malversada, se llevaban a cabo en los salones, lugares de reunión para una minoría de iniciados que, en días fijos de la semana, se prodigaban a sí mismos y en su propio grupo.
Se ha dicho que la literatura clásica francesa ha nacido de la sociedad elegante y para ella. Los salones fueron los centros de reunión de la sociedad distinguida y culta, y la presencia de la mujer «hizo a los autores de esta época espirituales y delicados». En las conversaciones y en los escritos, huyeron de todo impudor, y el crudo realismo era considerado de tal tono, surgiendo un estilo cuidado y elegante, mesurado, en un principio, y que nunca descendió a lo grosero y vulgar. Pronto esa moda llegó a sus límites y el buen decir se transformó en su propia caricatura. La galantería y la forma exquisita de tratar todos los asuntos produjo el «preciosismo», que comenzó siendo una reacción contra la libertad de modales y el lenguaje licencioso, pero que degeneró rápidamente; la metáfora brillante y la frase ingeniosa permitían decirlo todo, «incluso las cosas más difíciles, sin brusquedad y sin oscuridad».
En esa búsqueda de la asepsia y el buen tono se dieron tantas vueltas para decir las cosas sin nombrarlas, se acumularon o traspusieron tantas palabras para desechar las «feas», para eludir lo «vulgar», que el lenguaje quedó torturado hasta convertirse en una mera jerga de iniciados, para acceder al cual era preciso un «código»; en un modo de comunicación clasista.
Así, aunque el «preciosismo» pudo contribuir en un principio a que el lenguaje correcto se hiciera elegante y refinado, no tardó en caer en excesos de afectación: el sol era llamado el «Gran duque de las Bujías», la luna «La antorcha del silencio», el espejo, «El consejero de las gracias», ridiculizado por Molière en Las preciosas ridículas.
Las tertulias literarias de los salones, cuyos temas preferidos eran la política y el amor, dirigían la opinión y orientaban el gusto. Era verdaderamente difícil para un advenedizo llegar a ser conocido sin contar previamente con la fama que ellas conferían.
El primero de estos salones, donde la alta aristocracia se mezclaba con el movimiento literario, fue el del hotel Rambouillet, presidido por la marquesa de Rambouillet. Se mantuvo, con algunas interrupciones, durante veinticinco años; fue en realidad la sede del «preciosismo» y allí fue donde el ingenio comenzó a ser más estimado que el talento.
Menos galante que el anterior, más literario, aunque no menos famoso, fue el de madame de Scudery, donde también se rindió fervoroso culto al «preciosismo», género al cual pertenece su novela Le Grand Cyrus.
Sea como fuere, en el siglo XVIII los salones fueron verdaderas instituciones educativas y pronto se iban a constituir en poderosos centros de confrontación y difusión de las ideas, por encima de las modas literarias; así como también en distintivos de la sociedad francesa y muestra del importante papel, que iba en aumento, desempeñado por las mujeres en dicha sociedad. Aunque entre aquellas mujeres hubo algunas que descollaron ellas mismas como escritoras —tal los casos de Marie Chantal, marquesa de Sevigne, autora de las famosas Cartas; o madame de Lafayette, a quien pertenece una novela leída aún hoy con interés: La Princess de Cleves— las que hicieron famosos sus salones no se distinguían precisamente por su belleza, sus aptitudes intelectuales o su saber; por el contrario, la mayoría era de edad madura, sin gran caudal de conocimientos, pero de inteligencia natural y de un sentido de la realidad que las capacitaba para estimular y servir de «moderadoras» en las disputas de sus entusiastas contertulios.
Montesquieu —tal vez pensando en la Pompadour o en madame Dubarry— opinaba que Francia estaba gobernada por mujeres. Lo cierto es que éstas tuvieron, antes, durante y aún después de la Revolución de 1789, un importante papel en la sociedad francesa y, concretamente desde los salones, ejercieron una influencia notable sobre los artistas y hombres de letras, «generalmente para suavizar lo áspero y excesivo». Se ha dicho que la opinión del siglo XVIII reconocía el provecho que un joven talento podía conseguir asociándose con una mujer de edad madura —el mismo Rousseau en su vida dio buenas muestras de ello—, que hubiese vivido en buena sociedad, «pues las mujeres, más que los hombres, son las depositarias de la experiencia social y pueden considerar a los hombres como niños grandes».
Es cierto que no todos los salones estaban dirigidos por mujeres. Durante la Regencia, por ejemplo, el Club de l’Entresol, compuesto de unos veinte miembros, se reunían en casa del abate Alary, en la Place Vendôme, y, en verano, en los jardines de las Tullerías. Su más descollante miembro fue el abate de Saint Pierre, también el marqués de Argenson, uno de los críticos más agudos de las instituciones sociales de su época; allí también acudían Fenelón, el aristócrata proscrito por Luis XIV, Vauban, lord Bolinbroke, mientras duró su exilio de Inglaterra. Este salón o club se mantuvo en vigencia entre 1724 y 1731. Fue clausurado por Fleury, «a quién desagradaba la discusión de temas fundamentales».
Otro de los salones de los cuales estaban excluidas las mujeres fue el del baron de Holbach, en la rue Royal; allí acudían Diderot, Grimm, D’Alembert, Turgot, Buffon, Reynal y también Hume; Rousseau lo abandonó disgustado por su «irreverencia». El baron Holbach se había declarado «enemigo personal del Todopoderoso» y entusiasta anticlerical. Las disputas llegaron a ser duras y agrias. Y de ese ejemplo se ha podido inferir que la ausencia de la mujer desnaturalizaba el salón, lo despojaba de todo encanto y lo convertía en un mero club.
El salón de madame de Geoffrin abría sus puertas los lunes a los literatos, mientras que los miércoles presidía reuniones donde se ventilaban temas menos polémicos. Allí acudían también D’Alembert, Buffon y Grimm. Madame de Geoffrin, amparada en su riqueza más que en su linaje o educación, regentaba su salón con benévolo despotismo, distinguiéndose por su habilidad para desviar lo embarazoso mediante su famosa voz de orden: Soyez plus age. Su marido, administrador de una fábrica de cristales en Saint Goban, se sentaba en un extremo de la mesa y callaba.
A los citados podrían agregarse las reuniones en casa de la marquesa de Deffand: de mademoisille de l’Espinasse, famosa por su belleza; de madame de Tencin, de quien D’Alembert —entre otros— era hijo natural, el de madame de la Popeliniere, que más bien ejerció su reinado entre los músicos y, en fin, el de la duquesa d’Aiguillon, que perpetró una traducción de Pope.
Para los intelectuales y hombres de letras, actuar en los salones tenía sus importantes ventajas, además de las de promoción personal en el seno de los privilegiados de aquella sociedad. Entre las principales conveniencias estaban las siguientes: en un salón el autor podía dar a conocer sus opiniones antes de publicarlas, cautela esta que le permitía, por un lado, recoger las posibles críticas a su obra, en un nivel de amistad entre calificados contertulios que, en otras circunstancias, tal vez se hubieran manifestado hostilmente; o podía expresar, sin riesgos mayores, opiniones demasiado extremas o peligrosas como para exponerlas en un libro impreso. La opinión en los salones se limitaba a la palabra hablada y no había censura, institución vigente en toda Europa y de variada rigidez. Además de las trabas y represiones gubernamentales —-en este terreno— estaban las de la Iglesia. El Indice papal prohibía la lectura de prácticamente todas las obras importantes y, muchas veces, el hecho de ingresar en el Indice consistía, como se ha dicho, en una especie de tributo al autor. Pero sus Consecuencias podían ser graves. No en balde muchos autores de la época —y no sólo en Francia— trataban de eludir la censura situando sus temas y personajes en lugares remotos o irreales, aparentando dar a sus creaciones el carácter de inocentes, o «curiosas», fábulas. Swif inventó el mundo de Gulliver, Montesquieu se sirvió de los persas o etíopes, Rousseau de polacos y de corsos, etc. Aunque a veces ni siquiera este lenguaje parabólico, o el recurso a lo simbólico, valió para eludir la censura. Los temas más «peligrosos» fueron aquellos que cuestionaban el sistema a través de la educación (no olvidar que la represión se abatió sobre el Emilio y no sobre el Contrato social, por ejemplo). La educación permitía el acceso a un mayor bienestar, a una toma de conciencia más clara, a una apetencia de libertad, a la eliminación de cosas artificiales, como la distinción de clases. He ahí su peligrosidad congénita. Condorcet, en su Esquisse des Progres de l’Esprit Humain, sostenía la tesis de la perfectibilidad de la raza humana, basada en la psicología de Locke y en la difusión sistemática de la educación. Perseguido por el terror —la represión de turno—, se suicidó en marzo de 1794.
Muchas de las ideas que sirvieron para abatir los privilegios de la aristocracia sirvieron también para a entronización de la burguesía en el poder. «El gran beneficio de la Revolución —al decir de Benjamín Constant— consistió en lograr que las clases medias intervinieran en la administración de los asuntos políticos».
El liberalismo vino a ser la patología de la libertad. La filosofía del derecho natural, que en la pluma de los escritores del siglo XVIII se había convertido en un llamamiento a la emancipación del ciudadano, se transmutó en la justificación política de la burguesía; en el liberalismo, que no es más que la expresión de sus intereses económicos y políticos. La burguesía trató de mimetizarse con la aristocracia, imitando muchas de sus formas; entre ellas la de los salones. Pero éstos, que en el siglo XVIII constituyeron —tal vez involuntariamente— especies de fábricas del pensamiento revolucionario, en el siglo XIX perdieron su originalidad, su «peligrosidad», convirtiéndose en pobres remedos de aquéllos. La razón de ello es obvia: la aristocracia, en su decadencia, trabajaba —sin apenas darse cuenta— para su propia ruina. La burguesía —vigorosa, recién llegada al poder, segura de sí misma como clase— utilizó a intelectuales y hombres de letras para sus propios fines, adornándose con ellos, comprometiéndolos, al aceptar parcialmente las nuevas estucturas del intelecto y reelaborarlas, desnaturalizándolas; ejercitando el lampedusino principio de «cambiar para que nada cambie», que sellará, históricamente, el pacto aristocracia-burguesía-capitalismo.