Apéndice 2. Los Sacerdotes-Obreros. Una Experiencia Insólita
De Mienciclo E-books
EN el año 1944 un cardenal de excepción, monseñor Suhard, arzobispo de París, dio su consentimiento a un centenar de sacerdotes para iniciar la experiencia más insólita y fascinante de la Iglesia en los últimos tiempos: ir a la mina, a las fábricas, a los puertos y trabajar como simples operarios. Nacían así, sin ruido —el ruido vendría después—, los sacerdotes-obreros.
Pero como las cosas no nacen por generación espontánea, sino que suelen tener unos inicios, el movimiento de los sacerdotes-obreros venía preparándose de años atrás. Se mascaba el anticlericalismo ambiente; el muro que separaba a los obreros de la Iglesia se hacía infranqueable. Jacques Valdour, impresionado por la descristianización de las masas, lanzó por primera vez en 1914 este grito: «¿Vuelve a ser Francia un país de misión?» En 1926 surgió el primer movimiento combativo, dirigido fundamentalmente a la evangelización del mundo obrero: la JOC o jóvenes obreros católicos; a pesar de sus enormes deseos, no cuajó. La razón era clara: desde una mentalidad más o menos burguesa no podía entenderse la dramática vida, insegura y sórdida, del obrero.
Monseñor Suhard estaba en 1929 de obispo en Bayeux. La espina de la descristianización del mundo obrero le aprisionaba a diario. «Existe una extensa región —manifestaba a un joven seminarista— junto a Caen, donde tenemos las fábricas. Allí no se conoce a Cristo. Es una auténtica misión entre nosotros y constituye para mí una verdadera obsesión... Todos los días... todos los días tengo necesidad de misioneros.»
En 1941 un famoso abogado de Niza, Jacques Loew, que había ingresado en un convento dominico a los 24 años y se había ordenado sacerdote en 1939, se fue a trabajar como descargador en uno de los muelles del puerto de Marsella; y en 1942 se abrió en Liseux el famoso seminario de la Misión de Francia, un proyecto muy querido del cardenal Suhard, consagrado especialmente a una formación sacerdotal específicamente misionera al servicio de los medios más descristianizados. Entre los primeros alumnos figuró el sacerdote capellán de la JOC, abate Godin, hombre de especial relieve en los inicios del movimiento de los sacerdotes-obreros, quien en 1943 preocupó, todavía más, al cardenal Suhard cuando le presentó su libro: ¿Francia, país de misión?
Muchos letargos despertó Godin con su histórico libro. Muchas conciencias satisfechas sufrieron alguna que otra mala digestión. ¿Será verdad que nuestra catolicísima Francia está tan mal?, pensaron algunos. La idea del abate Godin era crear pequeños equipos de sacerdotes, desligados totalmente del ministerio parroquial, que se dedicaran al mundo obrero en cuerpo y alma. Pero murió en 1944, víctima de un accidente de fuego en su propia habitación, y no pudo ver realizado su sueño. Sin embargo, unas semanas después, varios sacerdotes de la Misión de París consiguieron permiso del cardenal-arzobispo, monseñor Suhard, para empezar su trabajo en las fábricas como obreros. Pío XII aprobó la experiencia con tal de que Suhard asumiese la responsabilidad de aquella experiencia tan atrevida.
Los santos van al infierno, tituló Cesbron una de sus más famosas novelas sobre el tema. No podía ser fácilmente comprendida aquella aventura por los sectores más tradicionales de la Iglesia, por aquéllos que seguían pensando que la salvación es una cosa meramente individual, que en el mundo tiene que haber pobres y ricos, que los sacerdotes-obreros se harían comunistas y que el comunismo es perverso siempre. Así fue. El pobre cardenal Suhard vio cómo su correspondencia aumentaba a diario con cartas portadoras de calumnias, denuncias e incomprensiones hacia estos hombres, pioneros de una Iglesia nueva, la que sería definida por el Concilio Vaticano II como la Iglesia de los pobres.
El Vaticano se asustó. El tradicionalista cardenal Ottaviani, que estaba al frente del Santo Oficio, hoy ya desaparecido, y que venía a ser como el fiscal de toda la Iglesia, se alborotó. Pidió que inmediatamente se zanjase toda aquella absurda experiencia. El gran cardenal Suhard seguía, estaba convencido de que había que dar un paso al frente. No se equivocan nunca, pensaba, los que nunca se mueven. El 11 de febrero de 1947 publicó una carta pastoral, traducida a todos los idiomas del mundo católico, titulada: Desarrollo o decadencia de la Iglesia. Y el 5 de diciembre del año siguiente, celebrando sus bodas de oro sacerdotales en Notre-Dame, pronunció estas valientes palabras:
Hay un muro que separa a la iglesia de la masa. este muro ha de ser derribado a toda costa. he aquí por qué nos hemos sentido dichosos al confiar a algunos de nuestros sacerdotes, pioneros de vanguardia, nuestra misión de París.
El 30 de mayo de 1949 murió este hombre providencial en la historia de Francia.
Mientras tanto, el nuncio en París, monseñor Roncalli, daba largas a las constantes incitaciones del Vaticano pidiéndole que interrumpiera la experiencia. Ni las presiones de los integristas franceses, ni las misivas del cardenal Ottaviani o del cardenal Pizzardo, prefecto de la Sagrada Congregación de Seminarios, hicieron mella en él. Roncalli estaba más cerca del cardenal Suhard y del mundo obrero que de los oficinistas del Vaticano, ajenos casi siempre a toda problemática viva y valiente. Pero el 1 de junio de 1953 enviaron a monseñor Marella como nuncio en París, sustituyendo a Roncalli, con un encargo muy preciso: clausurar el movimiento de los sacerdotes-obreros.
La indignación fue enorme dentro de los sectores más sensibilizados del catolicismo francés. Marcharon a Roma los cardenales Liénart, Feltin y Gerlier, y después de hora y media de charla con Pío XII, quedaron en que aquello seguiría, pero a condición de que los sacerdotes trabajaran menos horas y dependieran de una parroquia.
La solución no podía satisfacer, porque ya no eran obreros con todas las consecuencias ni trabajaban igual que ellos y se volvía a una especie de paternalismo tradicional de decir: «Mirad cómo se preocupa la Iglesia de vosotros, que trae aquí cerca a unos sacerdotes, que incluso trabajan tres o cuatro horas, pero que luego tienen que ponerse allí, en un rincón, a rezar el breviario». Los mismos obreros se sintieron frustrados. Muchos sacerdotes no hicieron caso y siguieron enrolados en los sindicatos obreros, en ocasiones de dirigentes de los mismos. Ello motivó que el 24 de junio de 1959 el cardenal Pizzardo condenara definitivamente aquella experiencia excepcional.
Algo había quedado muy claro: que estaban en juego dos concepciones y dos espiritualidades. El Vaticano seguía hablando de una espiritualidad de huida, mientras que los sectores más avanzados del cristianismo pensaban en una encarnación, en la primacía que debe darse al evangelio sobre la regla. Juan XXIII, que había vivido tan de cerca estos problemas en Francia, convocaría milagrosamente el Concilio Vaticano II e iniciaría un nuevo estilo y un nuevo método en la Iglesia: dialogar, no condenar.