Apéndice 2. Los Clásicos Infantiles Literatura Para Adultos
De Mienciclo E-books
HASTA el siglo XVIII no existía una literatura propiamente infantil o juvenil. A los niños se les destinaban únicamente los libros de texto de las escuelas y las obras de la literatura clásica de Grecia y Roma; «los padres leían novelas, periódicos, libelos, y sus hijos a Homero, Virgilio, Plutarco. La región de la infancia era la antigüedad». Pero cuando el latín dejó de ser la lengua de la literatura por antonomasia y la sociedad adulta estimó que sus propias lecturas no convenían a los niños, se advirtió la necesidad de construir dentro de la literatura una parcela específica para ellos.
Así, libros de tan complicada lectura que aún hoy se siguen estudiando, como Las mil y una noches, Robinson Crusoe, Los viajes de Gulliver y Alicia en el País de las Maravillas, y autores como Julio Verne, Jonathan Swift, Lewis Carroll…, etc., pasan a engrosar las bibliotecas juveniles. Sin embargo, análisis detenidos de estas obras realizados por algunos críticos revelan que, bajo formas aparentemente inocuas, subyacen discursos rebosantes de críticas, innovaciones y simbologías que suponen, con frecuencia, verdaderas revoluciones de las concepciones literarias.
Tal es el caso de Lewis Carroll, autor de los libros Alicia en el País de las Maravillas y Alicia a través del espejo, entre otros. Carroll aporta una visión enteramente nueva de la infancia: frente a la concepción de que el niño no significa ni puede aportar nada hasta que llegue a ser adulto, Carroll describe el mundo autónomo que poseen, en el que todo es incierto y los acontecimientos traspasan los límites de la lógica. Con Alicia en el País de las Maravillas inicia una revolución del lenguaje desarrollando el significado mágico de la palabra, olvidado por nuestra cultura, que sólo había cultivado las estructuras de la realidad con arreglo a unas leyes enteramente lógicas. Con esto, la magia que encontraba en su realidad cotidiana el hombre primitivo había sido erradicada en su totalidad. A partir de «Alicia», Carroll es considerado por algunos críticos como un auténtico precursor de la literatura moderna y como el creador de las nuevas tendencias literarias que encuentran vigencia en la actualidad. Una vez analizado, muy someramente, parte del significado de la obra de Lewis Carroll, cabe preguntarse si realmente un niño puede comprender su contenido y si este tipo de literatura puede ser considerada lectura de adolescentes. Lo que es indudable es la estrecha relación de la personalidad del autor con el mundo infantil y su profundo interés por él, debido quizás a vivencias personales de su infancia y adolescencia, etapa que no logró traspasar, según algunos críticos, lo cual le llevó a una incapacidad de comunicación con los adultos. Este hecho, unido a un intento de evasión de la realidad, poco gratificante para él, hace que Lewis Carroll encuentre en los niños, y más concretamente en Alicia Lidell, inspiradora de su «Alicia», unos excelentes interlocutores; pero afirmar que su literatura está destinada a ellos es totalmente erróneo, como numerosos estudios y el tiempo mismo han demostrado.
Otro tanto sucede con Jonathan Swift, creador de la conocidísima y magnífica obra Los Viajes de Gulliver, pionero de la literatura fantástica, y, ante todo, reconocido como uno de los escritores satíricos más grandes de Europa. Sus críticas a la sociedad de la época son corrosivas, como se advierte en la siguiente cita del «Viaje a Laputa», tercer viaje del libro antes citado: «Había un ingeniosísimo doctor que parecía perfectamente versado en la naturaleza y arte del gobierno. Este ilustre personaje había dedicado sus estudios con gran provecho a descubrir remedios eficaces para todas las enfermedades y las corrupciones a que están sujetas las varias índoles de la administración pública, por los vicios y flaquezas de quienes gobiernan, así como las licencias de quienes deben obedecer. Por ejemplo: puesto que todos los escritores y pensadores han convenido en que hay una estrecha y universal semejanza entre el cuerpo natural y el político, nada puede ser más evidente que la necesidad de preservar la salud de ambos y curar sus enfermedades con las mismas recetas. Es sabido que los senadores y grandes consejeros se ven con frecuencia molestados por humores redundantes, hirvientes y viciados; por numerosas enfermedades de la cabeza y más del corazón; por fuertes convulsiones y por graves contracciones de los nervios y tendones de ambas manos, pero especialmente de la derecha; por hipocondrías, flatos, vértigos y delirios (…). En consecuencia, proponía este doctor que, al reunirse un senado, asistieran determinados médicos a las sesiones de los tres primeros días, y al terminar el debate diario, tomaran el pulso a todos los senadores. Después de maduras consideraciones y consultas sobre la naturaleza de las diversas enfermedades, debían volver al cuarto día al Senado, acompañados de sus boticarios, provistos de los apropiados medicamentos». «Una descripción tan contundente de los políticos del siglo XVIII esclarece las causas del desplazamiento hacia un ámbito de lectores adolescentes a que se vio sometido Swift, puesto que éstos se quedan generalmente prendados de la forma, sin duda apasionante, y no llegan a entresacar todo el contenido crítico de relatos de este tipo. Con esta maniobra se convierten en inofensivas o nocivas obras destinadas esencialmente a condenar los aspectos más censurables de una sociedad imperfecta. Sergio Pitol estima que Swift prolonga la tradición moralista de Bacon, pero que en Los Viajes de Gulliver «la creación de islas y reinos de ficción es un pretexto para fustigar con una indignación salvaje la brutalidad y la tontería humanas…».
En Julio Verne, sin embargo, encontramos otro tipo de lecturas subterráneas que poco a poco van siendo descubiertas por algunos estudiosos actuales. Durante muchos años, su obra fue considerada como literatura de recreo y descanso, como una especie de quinta asignatura, despojada, por tanto, de cualquier intención o significado complejo. La obra de Verne se reduce para muchos de sus lectores a la propuesta que hace Hetzel, su editor, en el primer volumen de la edición ilustrada de los Viajes Extraordinarios: «Las obras aparecidas y las que tienen que aparecer de Julio Verne tienen el propósito de resumir todos los conocimientos geográficos, geológicos, físicos, astronómicos, amasados por la ciencia moderna, y de rehacer bajo la forma atrayente y pintoresca que le es propia, la historia del universo…».
Como vemos, un plan vasto, pero no muy artístico; a lo único que aspira, en realidad, es a introducir el sentimiento positivo que recorría la época, el sentimiento de la técnica. Se trataba de integrar la ciencia y la máquina en nuestra vida cotidiana. Lo novelesco era el soporte en que se abordaba ese discurso sobre la ciencia y el maquinismo. Las previsiones de Verne proceden de un razonamiento documentado y lógico, y ninguna de ellas parecía irrealizable en el futuro o admitía trampear con las posibilidades futuras de la ciencia ni defraudar la confianza del lector. Una vez obtenida la estupefacción y el deslumbramiento, se apresura a demostrar que lo inexplicable no resiste al análisis, que todo se reduce a los límites de la razón humana.
Para algunos críticos, Verne es un escritor que jamás nos hablará de un mundo ajeno al nuestro, que nunca se alejará del mundo viviente; siguiendo al ensayista George Borgeaud, «más bien pensaba que no se ha descubierto nada mejor que la maravia de existir ni de la potencia de lo concreto, sólo se extrae de sus libros la certidumbre de que la vida vale la pena de ser vivida, que el hombre le descubrirá su sentido, que las máquinas de su intervención le permitirán violar sus secretos y quizá los elementos de una eternidad». Aquí estamos delante del Verne que durante decenios es leído como un fabulador de aventuras positivas, de positivismo humano, objetivo y burgués. No hay duda de que las novelas de Verne son metáforas de la época, como apunta el semiólogo Roland Barthes: «el plutonismo verniano está ligado a las tareas técnicas del siglo industrial: efracción de la tierra, explotación de las minas, apertura de las rutas, de las vías férreas». «Esta roturación —sigue Barthes— se vincula al desciframiento de la naturaleza, de hacerla rendir, de dotarla de rentabilidad»; y que toda la simbología que recorren sus novelas está unida al industrialismo, a la idea de progreso, a la idea de que la técnica, dominando la Naturaleza, hará de la tierra un edén y al hombre más libre. Pero debajo de esta armadura lógica, de esta apología de la herramienta y de la ciencia, laten significaciones más profundas; un nuevo Verne abstraído como escritor de la infancia va surgiendo, ocupando poco a poco la dimensión de lo adulto; es en este espacio donde se empieza a estudiar desde diversas perspectivas y metodologías —psicología, estructuralismo, sociología— el sentido de sus viajes, de sus inventos, de la mecánica, de los personajes. De tal modo que empezamos a recuperar sus perfiles más legítimos, sus obsesiones, sus esencias más peculiares.
Para Michel Foucault, uno de los filósofos más interesantes y originales del siglo, «los relatos de Verne están maravillosamente penetrados de discontinuidades, el texto que narra se rompe a cada instante, cambia de signo, se invierte. Detrás de los personajes positivos reina todo un teatro de sombras con sus rivalidades y luchas nocturnas». Como si el subconsciente del autor se viera asaltado de pronto con cierto antipositivismo, por sombras que nublan su visión del mundo. Pero donde el filosofo francés ha ido más lejos es en la concepción del sabio que descubre a Verne. Para el autor de los Viajes Extraordinarios, el sabio está situado siempre en el lugar de lo imperfecto. En el peor de los casos encarna el mal, o bien es un exiliado, o un suave maniático. Al sabio siempre le falta algo. De ahí un principio general: saber e imperfección están ligados; y una ley de proporcionalidad: cuanto más inteligente es el sabio, más perverso, demente y ajeno al mundo es; en cambio, cuanto más positivo, más se equivoca. De todos modos, sigue explicando Foucault, el sabio es para Verne un personaje vital, ya que lucha, tanto si es benéfico o maléfico, «contra el mundo más tópico —mundo neutro, blanco, homogéneo, anónimo—, el sabio crea el desequilibrio e impele al mundo contra la muerte y la inmovilidad. El mundo, por este desequilibrio, renace y es devuelto a una nueva juventud».
Marcel Brion, otro estudioso de Verne, nos desvela una nueva faceta tan interesante como la de Foucault. Centra su análisis en el «viaje». En Verne el viaje es, según Brion, un «viaje iniciático»: el héroe atraviesa sus propias aventuras como un ritual, purificándose en el hielo, en el fuego, en el agua, para poder conseguir la metamorfosis. La aventura, que él identificaba con «la verdad» y que da sentido a ese viaje, va perdiendo fuerzas cuanto más avanza el relato, y «va cristalizando una verdad más profunda, más bella o más sombría en el ánimo del personaje que empieza a transfigurarse en otro». Para Brion, el Viaje al centro de la Tierra es el más típico de los «viajes iniciáticos» de Verne. Explica que «Axel, el héroe de la novela, es tan poco apto para la aventura que intenta sabotearla hasta que penetra en el cráter de Sneffells. Axel es el metal pobre que debe ser templado en el fuego de la tierra (el volcán) y endurecido en el mar subterráneo y, finalmente, machacado por los peligros. La iniciación de Axel comienza en una gruta que simboliza la matriz, el seno de la madre, y en cuya concavidad se prepara para su nacimiento el nuevo hombre; las siguientes grutas son otras tantas matrices donde se expande y se refuerza su yo». Asimismo, el centro de la tierra no puede considerarse como un lugar físico, sino como el eje donde Axel encontrará su identidad, el móvil y final del viaje que le purifica.
Michel Serres, otro erudito de Verne, lo valora como uno de los pocos escritores franceses que ha conseguido plasmar gran parte de la tradición esotérica y mítica europea. Desde este planteamiento apunta que Verne ha enriquecido considerablemente el mito del Minotauro, el del descenso a los infiernos, etc.; que sus viajes son la encarnación de la Odisea y que Axel es un Ulises moderno, vencedor de toda una serie de pruebas de iniciación. En el libro Tres rusos, tres ingleses, Serres descubre un interesante desarrollo del mito del Éxodo. Se trata de un viaje en el que los personajes han de pasar por mil calamidades para llegar, final y felizmente, a un maravilloso «país prometido».
Con todos estos estudios se intenta llegar a desterrar la idea de un Verne «autor para la juventud», de un Verne concebido única y exclusivamente como escritor de formas maravillosas y novelas de anticipación científica. Hemos intuido aquí la multitud de lecturas que nos reservaba, hemos apreciado también que sus narraciones son tremendamente complicadas y exigen un estudio detenido que pueda sacar a la luz el caudal de riqueza mítica y esotérica camuflada tras argumentos con apariencia inofensiva.
Para el escritor francés Raimond Roussel, la faceta de anticipación científica de las novelas de Verne está condenada al olvido en virtud del progreso mismo de la ciencia, mientras que sus múltiples lecturas subterráneas, la mítica, por decirlo de alguna manera, que subyace en su obra, perdurará para situarlo en el nivel que le corresponde, que poco o nada tiene que ver con la juventud.