Apéndice 2. Las familias eclesiásticas en el Rena cimiento italiano
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LOS MEDICIS
COSME de Médicis, conocido también como Cosme el Viejo (Florencia, 1389-Careggi, 1464), perteneciente al partido güelfo, defensor de los papas en la Edad Media contra los gibelinos que apoyaban a los emperadores de Alemania, se enfrentó con éxito a los Albizzi, otra destacada familia güelfa de Florencia, y logró arrebatarles el poder que hasta 1429 había permanecido en sus manos.
Gracias a este hecho, jalonado sin duda por luchas intestinas y conjuras de todo tipo, como era costumbre en la época, la ciudad del Arno pasaría a convertirse en el más importante centro de la cultura, del arte y del pensamiento italianos. Comparte con Roma, y también con Venecia, la primacía entre las ciudades de Italia por la abundancia y la importancia de sus tesoros artísticos.
Los Albizzi se eclipsaron sin pena ni gloria. Por el contrario, no es fácil imaginar lo que hubiera sido de Florencia sin los Médicis, porque una y otros forman un vínculo indisoluble en los tiempos dorados del Renacimiento florentino en el que iban a florecer dos grandes pasiones: libros y construcciones. El propio Cosme, que en política interior instituyó el llamado Consejo de los Cien, no descuidaba por ello sus inclinaciones intelectuales. Rodeado siempre de un esclarecido grupo de doctos amigos, unas veces por propia iniciativa y otras porque así se lo sugerían quienes componían su escogido círculo, compró el mejor Plinio que existía en un convento de Lübeck, Alemania. La biblioteca de los Médicis llegó a ser famosa, y cuando fue saqueada en 1494, otro Médicis, el cardenal que había de convertirse en León X, se ocupó de recuperar la colección pieza por pieza.
En suma, con Cosme el Viejo se abrieron de par en par las puertas de Florencia para dar paso a una nueva corriente liberadora del pensamiento que arrumbaba el espíritu escolástico, a una auténtica revolución espiritual con ciertos ribetes de paganismo. No hay que olvidar, sino antes bien subrayar, que «el soplo de la helenidad vivificó las letras con traducciones como las de Aristóteles, confiadas al erudito Juan Aegirópulos». A este Cosme, mercader y banquero de papas y de reyes, que supo entender y difundir la esencia de la filosofía platónica a través de la Academia que fundó e hizo presidir por el médico, filósofo y filólogo Marsilio Ficino (1433-1499), el destino le había reservado uno de los más brillantes papeles con que pueda soñar un hombre. Ni él ni sus hijos, ni sus nietos fueron príncipes de nombre, pero sí de hecho. Paradójicamente, cuando sus descendientes llegaron a convertirse en tales, el pueblo los consideró como opresores.
El origen de la familia Médicis ha sido objeto de los juicios más dispares. Hay quien hace remontar su estirpe a cónsules y emperadores, mientras que otros los dejan en simples plebeyos y hablan decarboneros y de hosteleros. Tampoco faltan quienes los incluyen en la categoría de doctores, sin especificar más. Poco importa; lo que es incontrovertible es que Cosme el Viejo se opuso a la oligarquía, fue encarcelado y condenado más tarde a cinco años de destierro, y cuando regresó, reclamado por una Florencia que le añoraba, el pueblo le aclamó como padre de la patria. Sus ambiciones políticas armonizaban con las lógicas ambiciones de paz y prosperidad de la mayoría de los ciudadanos, en particular los de condición humilde. Supo gobernar con prudencia y moderación, pero también con firmeza cuando lo exigía la ocasión. Su política internacional se basó ante todo en conseguir la independencia de Florencia y de Italia. Cuando murió, casi octogenario, el pueblo, conmovido, le tributó honras fúnebres excepcionales.
Bajo el poder de su hijo, Pedro I de Médicis, las luchas entre las diversas facciones cobraron de nuevo virulencia, probablemente porque este gobernante no pudo rayar jamás a la misma altura de su padre. Mas la estrella de los Médicis brillaría una vez más con deslumbrante esplendor al aparecer en escena Lorenzo de Médicis, hijo de Pedro y de Lucrecia Tornabuoni, que ya en sus años juveniles fue llamado con toda justicia el Magnífico. En diversos pasajes de sus escritos, Ficino expresa su maravilla por la facilidad con que el adolescente ha sabido penetrar las más profundas raíces del platonismo, sobresaliendo entre sus condiscípulos.
Sus biógrafos no pueden evitar referirse a la fealdad de su rostro —innegable si le hicieron justicia, como es de esperar, los pintores de la época—; dicen también que su voz era desagradable a fuer de ronca, pero afirman que «estaba dotado de una elocuencia irresistible y que poseía cualidades morales fascinadoras». Tuvo que ser así, puesto que al quedar huérfano de padre cuando apenas contaba veinte años, el Consejo de los Cien decidió confiarle la suerte de Florencia. Educado como un príncipe, supo regir como un rey los destinos de un pueblo republicano. Acumuló tanto poder, tan grande fue su ejecutoria, que exacerbó el odio de algunos nobles. La conspiración de los Pazzi perpetrada en un lugar santo, la catedral de Florencia, sólo triunfó a medias. Julián, hermano de Lorenzo, tres años mayor que éste, murió asesinado a puñaladas. El Magnífico, herido en la garganta, se defendió, pero habría corrido la misma suerte que su desdichado hermano de no haber contado con la ayuda de sus fieles que lograron salvarle metiéndole en la sacristía. El pueblo, lejos de secundar la acción de los Pazzi, se lanzó a la calle y al grito de «¡Palla, Palla!» (la divisa de los Médicis) dieron muerte a todos los adversarios de la familia Médicis que se cruzaron en su camino.
Florencia amó a Lorenzo el Magnífico por su ingenio, por su generosidad y su constante afán de embellecerla. Y también porque en lugar de aislarse en medio de su círculo refinado e intelectual, supo distraer al pueblo con torneos, con cortejos triunfales, con alegres «mascharate» que culminaban en el carnaval, ocasión pintiparada para que la gente, il popolo, se entregase a diversiones desatinadas, entre las cuales una de las menos reprobables consistía en insultarse por medio de canciones picantes y mordaces, atribuidas algunas de ellas al propio dueño y señor de la ciudad. Bien pudiera ser, puesto que su vida, desde el punto de vista moral, no fue precisamente edificante. Así era su época, una mezcla deluces y de sombras. Había que vivir, gozar de la existencia sin preocuparse del pecado ni del arrepentimiento. Se conspiraba, se asesinaba y se cortejaba con marcada preferencia a las mujeres casadas, en su mayor parte ligeras de cascos y en absoluto esquivas. En este ambiente tan poco propicioal respeto del hombre por el sexo opuesto, destaca sin duda el casto amor, amor platónico, que Lucrecia Donati supo inspirarle.
La evolución del pensamiento y el irresistible avance de las ciencias naturales fueron causa de una crisis general de la fe a la que, por supuesto, a pesar de expresarse siempre como cristiano dogmático, no fue ajeno al nieto del Gran Cosme. Aconsejado por Pico della Mirandola quiso que el dominico Girolamo Savonarola, predicador de extraordinario renombre, acudiera a Florencia para que con su oratoria amonestase a los ciudadanos inmersos en plena vorágine de la corrupción de las costumbres. Desde su llegada a la ciudad, el fraile demostró claramente su hostilidad hacia los Médicis. Movido por su celo de salvar a una sociedad enferma, no respetó a nada ni a nadie. Manda, oh, Dios, un azote a este pueblo era una de las invocaciones a las que solía recurrir para aterrorizar a su público. El resto es bien conocido de todos; ocioso es repetirlo.
En 1492, un año después de la feroz persecución, verbal al menos, de Savonarola, extinguíase la vida de Lorenzo el Magnífico, el más grande de los Médicis, el auténtico hombre del Renacimiento. Su muerte fue el principio del fin para los de su casa, aunque no se produjese de forma rápida sino antes bien con altibajos y mientras iba gastándose la decadencia de una época que languidecería definitivamente en el siglo XVII.
En una familia que de tal modo había sabido destacarse, nacieron no sólo banqueros, artistas, poetas, guerreros, príncipes, traidores e incluso asesinos, sino también una futura reina de Francia, Catalina, cardenales y dos papas, León X y Clemente VII.
El primer papa Médicis, León X (1475-1521), era hijo de Lorenzo el Magnífico y de su esposa Clarisa Orsini. Habiéndole destinado su padre a la carrera eclesiástica, el pequeño Juan sería protonotario a la tierna edad de siete años, abad de Montecasinc a los once y cardenal a los trece. Estudió derecho canónico en Pisa, recibió el capelo cardenalicio en 1492 y, nombrado aquel mismo año legado pontificio del patrimonio y del dominio florentino, vivió en sus posesiones de la Toscana hasta que sobrevino el hundimiento de la señoría medicea. Naturalmente se vio obligado a huir, circunstancia que le ayudó a completar su formación cultural, aunque ya su padre habíase ocupado de darle una educación esmerada. Combatió contra los franceses, que le hicieron prisionero pero no supieron vigilarlo, por lo que el sagaz y arrojado Médicis no tardó en escapárseles de las manos. Poco después participaba en el Congreso de Mantua (1512) y conseguía que les fuera permitido a los Médicis volver a establecerse en Florencia.
El 11 de marzo de 1513 era elegido pontífice sin simonía. En Roma, rodeado de una corte fastuosa, no supo corregir los escándalos de la Curia, ni tampoco enderezar la reforma religiosa o poner coto a los primeros excesos de Martín Lutero. Bondadoso, simpático, ocurrente, su gran defecto parece haber consistido en pensar exclusivamente en los intereses italianos, aunque, eso sí, sin perder jamás de vista el mantenimiento del Estado mediceo en Florencia y el encumbramiento de la familia en general. Contrajo alianzas con Carlos V y Francisco I y protegió las artes, las ciencias y las letras; mas en realidad no favoreció la aparición de ningún auténtico genio, ni que ejerciera un patrocinio demasiado acertado sobre los ya existentes, Miguel Angel y Rafael por ejemplo. En realidad, tal vez por ser hijo del Magnífico, defraudó a muchos. Ariosto, el poeta más brillante del Renacimiento, relata así su decepción tras la visita efectuada al Vaticano: «Cuando fui a Roma a besar el pie a León, éste se inclinó desde su alta silla, me tomó la mano y me besó en ambas mejillas. Además, me eximió de la mitad de los derechos de sello que debía pagar; y luego, con el corazón lleno de esperanza, pero manchado de barro, me retiré para cenar en el Carnero.»
Julio de Médicis(1478-1534), hijo natural de Julián, asesinado en plena juventud, y sobrino por tanto del Magnífico, ejerció como cardenal un papel preponderante en la Curia papal durante el pontificado de su primo, León X. Cuando éste falleció, pretendió sucederle, mas la oposición de los Colonna y la intervención diplomática de Carlos V desbarataron sus propósitos que, por otra parte, no tardarían en ser coronados por el éxito tras el breve pontificado, algo más de un año y ocho meses, de Adriano VI (1459-1523). Con el nombre de Clemente VII ocupó el solio pontificio el 18 de noviembre de 1523, en un momento de grave tensión entre España y Francia puesto que la victoria de Pavía y el tratado de Madríd habían proporcionado a Carlos V la hegemonía absoluta en Italia. Clemente VII se extravió entre las intrincadas redes de la política de su tiempo y, con sus artimañas, provocó el salvaje saqueo que asolaría Roma. Al parecer tampoco fue ajena a tan gran desastre la belicosa facción de los Colonna, noble familia romana empeñada a toda costa en que uno de los suyos, el indómito cardenal Pompeo, se convirtiese en pontífice.
Vistas así las cosas, podría decirse que este Médicis fue funesto para el papado en particular y para Italia en general. Sea como fuere, lo cierto es que su equivocada actuación desencadenó el proceso de regeneración imprescindible para que resurgiera la potencia espiritual y universal de la jerarquía católica romana.
En el aspecto artístico Clemente VII, haciendohonor a su ilustre apellido, se ocupó, entre otros menesteres dentro de este mismo campo, de que Buonarrotti se pusiera a trabajar seriamente en las tumbas de la familia en la sacristía de San Lorenzo, y le asignó además una casa, libre de renta, en las inmediaciones del templo, con el fin de que el gran escultor pudiera estar poco menos que a pie de obra. Por otro lado, le encargó el proyecto de la Biblioteca Laurentina, en cuya arquitectura, como es sabido, introdujo Miguel Ángel conceptos revolucionarios.
Sólo resta decir que la reconciliación del pontífice con Carlos V le valió a aquél la creación del ducado de Florencia y su vinculación a los Médicis. Como dato curioso y desde luego rigurosamente histórico, añadiremos que si bien Clemente VII no pareció conceder excesiva importancia a la cuestión luterana alemana, en cambio se opuso a complacer las veleidades de Enrique VIII que deseaba cambiar de esposa. Poco antes de morir, ratificó la legitimidad del matrimonio del monarca y Catalina de Aragón, actitud que provocó el cisma inglés.
Las tumbas mediceas
Tanto León X como Clemente VII habían pensado que fueran sus padres, es decir Lorenzo el Magnífico y Julián de Médicis respectivamente, los primeros en ocupar sendos sepulcros en la sacristía de San Lorenzo. Sin embargo, el cardenal Hipólito de Médicis, que se hizo cargo del asunto, era de distinto parecer. Prefirió que se empezase por otros miembros de la familia, con los mismos nombres de pila, Lorenzo y Julián, pero pertenecientes a la siguiente generación. El sepulcro de Lorenzo II, duque de Urbino, incluye la famosa estatua conocida como Il Pensieroso; mientras que en el de Julián II, a quien Maquiavelo pensó dedicarle El Príncipe, talló Miguel Angel la arrogante figura de Il Capitano. Reclinadas sobre los sarcófagos se encuentran cuatro estatuas que representan el Día, la Noche, la Aurora y el Ocaso.
En el altar mayor de la misma iglesia, al pie de la escalera, tres rejas marcan el lugar donde está enterrado Cosme de Médicis el Viejo. En el centro de la sacristía vieja, de Brunellecchi, están los sepulcros de Juan de Médicis y de Piccarda Boeri, es decir el padre y la madre de Cosme, realizados por Buggiano. En una pieza contigua, un magnífico sarcófago en pórfido y bronce, obra de Verrocchio, guarda los restos de Juan y Pedro de Médicis, hijos de Cosme el Viejo.
Es obvio que ninguno de estos enterramientos puede ser comparado con la grandiosidad y la belleza de las tumbas esculpidas por Miguel Angel en memoria de dos jóvenes infinitamente menos dignos que sus antepasados de semejante honor.
LA FAMILIA BORGIA
Esta familia española originaria de Játiva (Valencia) debe su fama en especial a cuatro de sus miembros: Calixto III (1378-1458), Alejandro VI (1492-1503), César, duque de Valentinois (1475-1507), y Lucrecia, duquesa de Ferrara, título compartido con el que sería el tercero y último de sus esposos.
De todos ellos, Calixto III es el que sale mejor librado en la historia de esta influyente familia acerca de la cual se ha dicho de todo, de todo lo malo, por supuesto. El primer pontífice español, elevado al solio en 1455, gozaba de justo renombre como jurista. Obispo de Valencia durante más de cuatro lustros, cardenal y consejero de Alfonso de Aragón, ciñó la tiara pontificia merced a los muchosméritos que en él concurrían y de los grandes servicios prestados al papa Martín V. Como embajador cerca de este pariente de los Colonna, el entonces cardenal Alonso de Borja empleó todas sus dotes de persuasión para inducir al antipapa Clemente VIII a que renunciara a la usurpada dignidad.
A los setenta y siete años, «viejo, gotoso, pero incansable en la lucha y las ambiciones, llegó al trono pontificio casi inesperadamente hasta para él mismo». Es de suponer que en aquellos momentos recordaría las palabras que en su lejana juventud le había dedicado el dominico Vicente Ferrer, quien al oírle predicar le anunció grandes venturas y le llamó gloria de la familia y de la nación.
A los ochenta años, próxima ya su muerte, predicó la cruzada contra los turcos. Los humanistas italianos, a quienes no les caía bien aquel anciano extranjero, poco amigo de las letras clásicas y del arte, le acusaron de haber mandado quitar el oro y la plata de los códices miniados del Vaticano para que sirviera de moneda en la cruzada emprendida. También se le echó en cara su desmedido nepotismo, cuando una multitud de parientes, más o menos cercanos, se instaló en su corte para ser favorecidos y encumbrados. En el asunto del oro, de la plata y de los turcos, probablemente no les faltaba razón a sus acusadores; pero, por lo que al nepotismo se refiere, olvidaban que esta tendencia no la había instituido el primer papa Borgia, sino que había sido la tónica predominante en la política interior de varios pontífices italianos, y el medio que había hecho la fortuna de muchas de las grandes familias romanas como los Pamphili, los Borghese, los Barberini, etcétera.
A pesar de las dos obsesiones que se le reprochan, las ya citadas de los turcos y de su familia, fue un hombre honesto y un buen sacerdote que jamás se convertiría en piedra de escándalo y vivió apartado de las conjuras y de las desenfrenadas pasiones en las que sería maestro consumado Rodrigo Borgia o Borja, su sobrino predilecto, cardenal a los veinticinco años y vicecanciller de la Iglesia.
Cuando muere su tío, él es el único que ha permanecido junto al lecho del dolor para asistirle en los últimos momentos. Todos los demás, incluso sus hermanas, abandonaron al papa agonizante por temor a las represalias de sus enemigos. Pedro Luis, hermanos de Rodrigo, capitán general de la Iglesia y prefecto de Roma, tuvo que huir y encerrarse en la fortaleza de Civitavecchia con un grupo de sus leales para librarse de una muerte segura y rápida.
Mientras, en Roma, el joven cardenal Borgia no se inmuta. Deja que el populacho saquée su palacio y también, como no puede hacer nada para impedirlo —aunque sí contribuyó a la fuga de su hermano, acompañándolo hasta Ostia—, deja que sean perseguidos y asesinados los amigos italianos de su familia e incluso los mercenarios que la servían.
Se queda y triunfa, nadie le acosa, nadie pretende arrebatarle la vida. Su simpatía arrolladora, unida a un atractivo físico indudable, han conseguido que sea, de momento, el único de los Borgia capaz no sólo de no inspirar odio, sino de ser amado y bien acogido en todas partes.
El nuevo papa, Pío II, Eneas Silvio Piccolomini, en cuya elección había sido decisivo el voto de Rodrigo y al que siempre había dado muestras de sincera amistad Calixto III, tomó bajo su protección al cardenal sotabense. El afecto casi paternal que éste le inspiraba aparece reflejado en la afectuosa carta que le escribrió a Siena, amonestándole por su conducta poco acorde con su condición eclesiástica. He aquí algunos párrafos del documento en cuestión:
«Hemos oído, que hace tres días varias damas sienesas se reunieron en los jardines de Juan Bichi, y que tú, olvidando tu dignidad, estuviste con ellas desde la una hasta las seis de la tarde acompañado de un cardenal, que ya que no por el decoro de la sede apostólica, al menos por su edad, debía haber recordado sus deberes. Nos han dicho que se bailó de modo poco honesto: no faltó ningún aliciente amoroso, y tú te condujiste como un joven secular… Se dice que no se habla de otra cosa en Siena, y todos ríen de tu frivolidad…»
Según un cronista de la época, Gaspar de Verona, los treinta años de Rodrigo Borgia atraían a las mujeres «como el imán al hierro». En tales condiciones, ¿cómo apartarse de la tentación si la naturaleza le había dotado de una exuberante facultad de amar física y no platónicamente? Lo que el buen papa Piccolomini calificaba, en un latín fluido y elegante, de «frivolidad» convirtió a Borgia en padre de varios hijos. Entre ellos, los que más habrían de influir en su existencia serían los habidos con Vanozza Cattanei: Juan, César, Lucrecia y Jofre. El profundo cariño que le inspiraban le llevó a dar el primer paso en falso al reconocerlos públicamente, una vez elevado al solio pontificio, el 11 de agosto de 1492 con el apoyo político de Ascanio Sforza y de Ludovico el Moro.
Los Borgia poseían el sentido de la fastuosidad, y no cabe duda de que en la Italia renacentista hallaron el marco ideal para su temperamento y sus aficiones. La coronación de Alejandro VI, cuando frisaba en los sesenta años y aún conservaba la arrogante planta y el encanto que distingue a los seductores natos, fue un espectáculo que superó a todo cuanto se había hecho anteriormente en ocasiones similares. Las calles fueron adornadas con profusión de arcos de triunfo, de tapices, de flores. En todas partes aparecía la figura del toro, emblema de su casa, y millares de banderolas proclaman: «Roma era grande bajo César, y ahora que reina Alejandro VI todavía es más grande: César era un hombre, él representa a Dios».
El papa Borgia fue bien acogido por todos, a excepción de los Orsini y los Colonna, sus rivales encarnizados. A pesar de su agitada vida amorosa, defendió los derechos y prerrogativas del Pontificado, favoreció las órdenes religiosas y las misiones, protegió las ciencias y las artes y, entre sus actos más trascendentales, figura el de haber fijado (1493-1494) a los reyes de España y de Portugal los límites de sus respectivos dominios en el nuevo mundo, asunto cuyo arbitraje le había sido encomendado.
Al principio gobernó con tino y justicia, que se vinieron abajo cuando su amor paternal le indujo a preparar el camino para que su hijo César pudiera sucederle llegado el momento. Para empezar, o mejor dicho para continuar, puesto que el joven César gozó desde muy niño de extraordinarias distinciones, pretendió dar a su hijo un Estado; y para lograrlo rompe con Aragón y se alía con Francia; deshace los matrimonios de su hija Lucrecia a tenor de los intereses de su hermano; confisca los bienes de los Colonna; anula los derechos feudales en la Romaña y las Marcas; saca dinero de donde puede con tal de ayudar al duque de Valentinois… Y, claro es, la gente empieza a murmurar; todo aquel que desempeña un cargo importante o posee riquezas teme ser víctima del veneno de los Borgia, administrado con la mayor sangre fría por el padre o por sus hijos César y Lucrecia. La bola de nieve, como ocurre siempre en las murmuraciones, va aumentando. Unos y otros creen a pies juntillas lo que terceras personas aseguran haber presenciado; surge el odio que va a ensombrecer el horizonte de los Borgia y a mancillar su apellido, convirtiéndolo en-bandera de los más atroces delitos, incluido el incesto. Luego, con el paso del tiempo y el frío análisis de los hechos, numerosos y notables historiadores se han mostrado unánimes en afirmar que las malas lenguas de la época se excedieron en sus acusaciones contra los Borgia.
Para ilustrar los procedimientos siniestros y expeditivos que practicaban sin reparo alguno las familias nobles de la época, bastará decir que el primogénito de Alejandro VI y la Vannozza, Juan, segundo duque de Gandía, murió asesinado. Su cadáver, cosido a puñaladas, fue rescatado de las aguas del Tíber. Cuando revestido con sus ropas ducales fue conducido a su sepultura de Santa María del Popolo, rodeado por sus familiares, sacerdotes, nobles y españoles de toda condición, a la luz de ciento veinte antorchas, sobre todos los llantos se alzó el alarido desgarrador del padre, que desde una ventana oscura del castillo de Sant'Angelo llamaba al hijo muerto. Más adelante, bajo Julio II, los restos de aquel joven licencioso y bello, fueron trasladados a Gandía (Valencia), en unión de los del primer duque del mismo título enterrado años antes, en Santa María del Popolo.
La vida de Lucrecia, frágil y hermosa, ha sido ya tan comentada, tanto se ha dicho sobre ella en distintas épocas y lugares, que mejor será no mencionarla aquí, salvo de pasada. La existencia de Jofre, el hermano menor, casado por deseo de su padre con Sancha de Aragón, parece ser que discurrió de forma más anodina.
Volviendo a César Borgia, que fascinó a Maquia-velo y fue objeto de su admiración, no nos resistimos a copiar esta descripción trazada en 1493 por uno de sus contemporáneos:
«… el otro día pude ver a César en su propia casa, en el Trastevere. Iba a salir de caza y llevaba un traje completamente nuevo; estaba vestido de seda, con el arma al costado, y apenas un leve círculo recordaba la sencilla tonsura. Cabalgamos juntos mientras charlábamos. De todos los que le tratan, yo soy uno de los más íntimos. Es hombre de gran espíritu, muy superior y de carácter exquisito; sus maneras son las del hijo de un potentado, tiene el genio sereno y animoso, respira alegría. De una gran modestia, su actitud es con mucho superior y de mejor efecto que la de su hermano, el duque de Gandía, que no carece tampoco de cualidades. El arzobispo de Valencia no ha sentido jamás la menor vocación por el sacerdocio, pero hay que considerar que la prebenda le proporciona más de dieciséis mil ducados.»
Por desgracia Maquiavelo, quien había visto en él al posible agrupador de las fuerzas de la península frente a la invasión extranjera, se equivocó en sus cálculos. César busca la alianza con Luis XII de Francia, que le nombra duque de Valentinois en 1498, meses después de haber renunciado a la dignidad cardenalicia. Un año después se desposa con Carlota de Albret, hermana del rey de Navarra. Sus planes son muy ambiciosos; su actuación en Italia se desarrolla bajo la protección del monarca francés, pero mantiene al propio tiempo una alianza secreta con Fernando V de Aragón. El joven Borgia sueña con la conquista de la Romaña, la anexión de Florencia y la Toscana, la expulsión de los franceses. Sus primeras acciones bélicas constituyeron un franco éxito, en parte debido a la gran habilidad diplomática de César, que traiciona a quienes pretendían traicionarle.
Durante un lustro fue aclamado como un gran capitán. Luego, bruscamente, su suerte cambió de rumbo. Contrajo la malaria, la misma enfermedad que en 1503 provocaría el fallecimiento de su padre. A pesar de ello, debilitadas sus fuerzas, siguió dando muestras de temeridad y arrojo. Pío III le concedió su protección durante el breve tiempo que duró su pontificado, veintisiete días. Julio II, su sucesor, será, aunque trate de disimularlo, mucho menos benévolo. Finge, pero respira tranquilo cuando el Borgia obligado por las circunstancias —el papa della Rovere no se ha privado de empeorarlas—, abandona definitivamente Italia a bordo de una galera que le conduce a España en calidad de prisionero. En su patria de origen conocerá los calabozos de varias cárceles: en Valencia, en Chinchilla, en Medina del Campo… Por añadidura, la viuda de su hermano Juan, que vivía en España, había solicitado que fuera juzgado por el asesinato de su marido. Consciente de que su vida peligra, César Borgia lleva a cabo una espectacular evasión, con la complicidad del capellán y de un sirviente.
De todas formas, como había escrito Maquiavelo meses antes: «se encamina poco a poco hacia su tumba». No tan lentamente; su fuga de la fortaleza de Medina del Campo tuvo lugar el 25 de octubre de 1506, y César Borgia, nombrado capitán general de los ejércitos de su cuñado, el rey de Navarra, que le había dado cobijo en su corte y quien a la sazón se enfrentaba a los partidarios del conde de Agramont y de Luis de Beaumont, moriría atravesado por una lanza el 12 de marzo de 1507, al pie del castillo de Viana, tras una enloquecida carga en solitario contra el enemigo.
Las tumbas de Calixto III y de Alejandro VI
Los restos mortales de los dos papas Borgia reposan en la iglesia de Santa María di Monserrato. Se trata, como es sabido, de la iglesia nacional de los españoles, construida en Roma por el quinto Antonio Sangallo en 1495. Los nichos, protegidos por sencillas lápidas de mármol con el escudo de ambos pontífices, se encuentran situados en la primera capilla, a la derecha, la misma, por cierto, que guardó el cadáver del rey Alfonso XIII hasta sutraslado, todavía reciente, al Panteón de Reyes de El Escorial.
Por tratarse de un hombre que amó tanto el boato y la teatralidad, lo espectacular en una palabra, sorprende la sobriedad del enterramiento de Alejandro VI, máxime si se tiene en cuenta que mandó construir los apartamentos Borgia en el Palacio del Vaticano, decorados con las sibilas que pintó Pinturicchio, y donde, en cierta ocasión se organizó una especie de ballet en el que aparecieron cuarenta danzarinas moras, vestidas y desnudas.
Un santo en la familia de los Borgia
Para terminar señalaremos que en el seno de esta familia que tanto dio que hablar en el pasado, también vio la luz un santo, San Francisco de Borja, en el siglo Francisco de Borja y Aragón, marqués de Lombay y duque de Gandía (1510-1572). Por línea paterna era bisnieto del papa Alejandro VI, y de Fernando el Católico por la materna. Como es sabido, la muerte de la emperatriz Isabel de Portugal, reina de España y emperatriz de Alemania por su matrimonio con Carlos V, fue causa de que este noble español decidiese ingresar en la Compañía de Jesús, de la que después llegaría a ser general. Después de una existencia admirable y piadosa al servicio de la religión, como auxiliar y continuador de San Ignacio de Loyola, abandonó este mundo el 27 de septiembre de 1572.
No hace falta aclarar que este Borja, con su apellido claro y rotundo, no italianizado como el de sus parientes establecidos en Roma y otras ciudades italianas, todo cuanto obtuvo —y no se puede pedir más— fue en gracia a sus singulares merecimientos.
LA FAMILIA COLONNA
Sobre el abigarrado y siempre formidable telón de fondo del Renacimiento italiano, destaca una noble familia romana, la de los Colonna, descendientes de los condes de Tuscolo.
En el siglo XV, Ottone Colonna (1368-1431) subió al solio pontificio con el nombre de Martín o Martino V. Le correspondió llevar a buen puerto la nada fácil tarea de restablecer la unidad de la Iglesia, acabando de una vez por todas con el cisma de Occidente. En su calidad de único pontífice de la cristiandad, elegido por los votos de los cardenales en el concilio de Constanza, el 11 de noviembre de 1417, Martín V rechazó la propuesta francesa de residir en Aviñón y, apenas quedó disuelto el concilio, se instaló en Roma.
Fue un personaje austero, de costumbres sencillas, dotado de una gran firmeza de carácter y dispuesto por tanto a restablecer la mermada autoridad de sus antecesores. Concluyó concordatos que resultaban más favorables para la Santa Sede que otros varios firmados con anterioridad; tuvo, además, el indiscutible mérito de introducir en el Sacro Colegio personalidades de reconocida virtud, y logró, con este paso, restablecer la autoridad papal sobre los cardenales.
Hombre de vasta cultura, favoreció la creación poética desarrollada según mitos antiguos, tanto que durante su reinado compuso Maffeo Veggio, en latín, el libro decimotercero de la Eneida. También se ocupó de restaurar las ruinas de Roma y de reconstituir el Estado Pontificio.
Más adelante, el papa Colonna no pudo sustraerse al nepotismo y favoreció de forma desmesurada a todos sus parientes.
Otro de los miembros de esta familia que alcanzó fama y gloria en la milicia fue Próspero Colonna, militar ilustre que luchó a favor de España y a quien Carlos V otorgó el mando del ejército imperial. No olvidemos que también las huestes de los Colonna participaron en el asedio del castillo de Sant'Angelo y en el posterior saqueo de Roma.
Otro Colonna, Giovanni, fue sin duda un intelectual, puesto que Petrarca relata que, acompañado por aquél, escalaba frecuentemente las gigantescas bóvedas de las termas de Diocleciano. Allí, en el aire puro, en el silencio profundo, ante la vista que se extendía a sus pies, conversaban; «no sobre los negocios, ni sobre la política, ni sobre cuestiones domésticas, sino, puesta la mirada en las ruinas, sobre la historia, insinuándose la preferencia de Petrarca por la Roma pagana y la inclinación de Giovanni por la Roma cristiana. La conversación se extendía luego sobre temas de filosofía y de arte».
Hubo también un Giovanni cardenal, que abrazó la carrera eclesiástica para satisfacer los deseos de su tío, el cardenal Pompeo Colonna, y que al parecer se limitó a cumplir sus funciones en el campo eclesiástico. Su tío, en cambio, fue guerrero y político antes que príncipe de la Iglesia. Nacido en Roma en 1478, creció en el odio a los Orsini, un odio al que éstos correspondían con idéntico encarnizamiento. Las pugnas entre miembros y partidarios de ambas familias ensangrentaron durante largo tiempo las calles de la ciudad y los campos de los Estados Pontificios. Se sucedían las luchas sin cuartel, las conspiraciones truculentas inspiradas por el afán de afirmar la preeminencia de uno y otro bando, siempre con el objetivo final de que fuera uno de los suyos, un Colonna o un Orsini quien ocupase la silla de San Pedro.
El indomable orgullo de Pompeo Colonna le impulsó a conspirar contra todos los pontífices contemporáneos suyos. León X le concedió la púrpura cardenalicia, consciente de que otorgaba tal dignidad a un adversario de su familia. Lo más seguro es que con aquel acto pretendiese aplacar al irascible Pompeo, un auténtico «huracán» al decir de sus biógrafos. Inútil empeño; cuando otro Médicis (Clemente VII) ocupó la sede vacante por el fallecimiento de Adriano VI, el cardenal Colonna habíase opuesto por dos veces a su candidatura. No contento con esto, como representante del partido español e imperial, se constituyó en centro de la facción anticlementina. Otra de sus «hazañas» consistió en marchar con sus hombres sobre Roma, el 20 de septiembre de 1526, y, al grito de «Imperio, Colonna y libertad», saquear el Vaticano sin perdonar la propia basílica de San Pedro. Es decir, se anticipó por su cuenta al célebre saqueo de 1527 en el que también participaron sus huestes, sumándose al grupo de las fuerzas españolas y alemanas. En esta última ocasión, sin embargo, el belicoso cardenal se mostró más humano; se sabe que trató de mitigar los horrores de la guerra e incluso tomó parte activa en la liberación de Clemente VII.
Alejado de Roma, Pompeo Colonna se convertía en virrey de Nápoles el año 1530. Y allí murió dos años más tarde, alabado por su firmeza, pero, sobre todo, aborrecido por el pueblo, víctima de una larga serie de presiones fiscales.
Terminamos este breve repaso a la familia Colonna con una obligada referencia al personaje femenino más entrañable de la misma: Vittoria Colonna (1490-1547); hija de Fabrizio Colonna, gran condestable de Népoles, marquesa de Pescara por su matrimonio con Fernando de Avalos, fue un auténtico dechado de virtudes que nadie puso en duda salvo el Santo Oficio receloso, cuando ya esta gran dama se acercaba al fin de su existencia, de su amistad con ilustres pensadores y hombres de letras que no podían por menos de sentir el influjo de la Reforma sin dejar de ser fieles hijos de la Iglesia.
La marquesa de Pescara, viuda desde muy joven, sin hijos, adquirió justo renombre en el campo de la poesía por sus composiciones dedicadas a la memoria de su esposo o inspiradas por temas sagrados y morales.
Es famosa su amistad con Miguel Angel Buonarrotti, así como la correspondencia que se cruzó entre ellos y el no menos famoso amor platónico que el genial escultor sintió hacia tan noble dama convirtiéndola en musa de varios de sus poemas.
LA FAMILIA ORSINI
Esta noble familia principesca, en constante pugna con los Colonna, tan vinculados entre sí por el odio que no es posible mencionar a una de las dos facciones sin pensar inmediatamente en la otra, apareció en Italia, que se sepa, hacia el siglo XII. Su primer personaje conocido fue Ursus, sobrino del papa Celestino III, y con este punto de arranque surgirían los nuevos Orsini a quienes les estaba reservado desempeñar un papel preponderante en el Renacimiento hasta que César Borgia los eliminara, al mismo tiempo que a los Colonna, del mapa político y eclesiástico de la época.
De Francisco Orsini, duque de Gravina, y de Paolo Orsini, que quisieron formar parte de la liga creada en Magiones (1502) para hacer frente a las rápidas conquistas de César Borgia, sabemos que fueron asesinados. Igual suerte le correspondió, pocos meses después, a otro de los Orsini más notables, el cardenal Gianbattista. Encerrado en el castillo de Sant’Angelo bajo la acusación de haber querido envenenar al pontífice, el envenenado fue él. Es el momento cumbre del veneno borgiano, la cantarella que habría de proporcionar tan triste fama a sus descubridores, probablemente por tratarse de un procedimiento más sutil que el puñal o la espada, más en boga hasta entonces. Era este Orsini, al decir de los historiadores, un hombre muy acaudalado, poderoso y tan valiente que, llamado por Alejandro VI, no dudó en presentarse en el Vaticano de noche y sin escolta, «aunque su bella amante le había suplicado que no se moviera, presagiando alguna desgracia, porque había tenido un sueño en el que el vino se convertía en sangre». Resulta conmovedor el rasgo de heroicidad que protagonizó esta misma mujer en su afán de salvar al cardenal: disfrazada con un traje masculino llegó ante la presencia del pontífice y le ofreció una maravillosa perla, célebre por su oriente. A cambio de su desprendimiento, sólo obtuvo un cadáver.
Virginio Orsini fue capitán general de las tropas de Fernando de Aragón; Mario Orsini, uno de los generales encargado por los Diez de la Guerra de la defensa de Florencia. A él se debe, precisamente, que Miguel Angel Buonarrotti abandonase la ciudad precipitadamente porque, cuando en su papel de arquitecto y magistrado, se encontraba inspeccionando las líneas en San Miniato, comentó con Mario Orsini el poco juicio de Malatesta Baglione al haber emplazado sus ocho piezas de artillería, sin guardia, al pie de los bastiones, y aquél le dio la siguiente respuesta: «Habéis de saber que todos los de su casa son traidores, y con el tiempo también él traicionará a esta ciudad».
Giovanni Giordano Orsini fue el esposo de una hija de Julio II, Felicia della Rovere, en tanto que un primo de ésta, Nicolás, contraía matrimonio con Laura Orsini, supuesta hija natural de Alejandro VI. Con este tipo de enlaces no se pretendía, claro está, satisfacer las inclinaciones amorosas de unos jóvenes, sino estrechar alianzas que sirvieran determinados propósitos de las familias eclesiásticas de la época. Tanto es así que ni siquiera un Colonna, Francisco, señor de Palestrina, vaciló en tomar por esposa a una dama perteneciente a la facción enemiga de su familia, Orsina Orsini.
En tiempos menos apasionantes pero sin duda mucho más sosegados, Pedro Francisco Orsini, nacido en Nápoles el año 1649, ocupó con toda dignidad el solio pontificio desde 1724 hasta 1730. Fue el segundo Benedicto XIII, y también el único legal, porque el primero (1328-1423), como se sabe, fue el aragonés Pedro de Luna, el antipapa y máximo exponente de la decadencia del papado medieval, a caballo de los siglos XIV y XV.