Apéndice 2. Las Memorias
De Mienciclo E-books
ENTRE las memorias de Cristina de Suecia hemos encontrado un fragmento que consideramos oportuno insertar aquí y en este momento. Se trata de una especie de «testamento» para las generaciones venideras, para nosotros, lectores del siglo XX. Es un alegato, una defensa de la condición humana y al mismo tiempo una defensa de Cristina de Suecia hecha por la propia Cristina de Suecia:
«¡Dichoso el mortal que no siente jamás los extravíos de la pasión!, y dichosa la mujer que nace con un alma impasible, indiferente. Solemos admirar los caracteres fuertes, pero deberíamos compadecerlos. Esta misma naturaleza ardiente que en lo bueno nos empuja hasta el exceso, con la misma violencia nos impulsa en sentido contrario. Aquellos progresos sorprendentes que en mi infancia coronaban con el éxito mis estudios podían hacer presagiar las tempestades de mi vida. Ese ardor por los libros, por la caza, por todo, en fin, se convirtió en un volcán cuando la naturaleza empezó a hablar en mí, es decir, cuando bajo el fuego de la juventud mi alma estalló en explosiones. ¡Oh, vosotros que os enorgullecéis de vuestros hijos extraordinarios, compadecedlos, verted lágrimas sobre ellos! Pues serán desgraciados toda su vida; no conocerán otra cosa que los excesos, los desvarios; pasarán atormentados sobre las olas de este mundo, mientras los demás mortales viven la vida corriente, de hombres vulgares, y son espectadores, muchas veces injustos, a los que les es muy fácil condenar los extravíos y las grandes irregularidades de las víctimas quemadas por un exceso de alma.
»Es casi dulce, en el ocaso de la vida, echar una mirada atrás, sobre los días tempestuosos que hicieron mi existencia. Y, si tuviera que comenzar de nuevo mi carrera, ¿querría una vida como la que he pasado, entre tormentos del alma, o preferiría la de una persona vulgar? No lo sé, pero es muy fastidioso pasarse la vida vegetando.
»La historia ha hablado mucho de Gustavo Adolfo. Dios quiso hacerme nacer de este gran hombre, en medio de la deslumbrante fama que consiguió en todo el Norte. No, el prejuicio del nacimiento no es tan pueril, y los estoicos con su desprecio afectado hacia lo que llamaban una insignificante “gloriecilla”, obraban de mala fe, o quizá divagaban, como ocurre a veces aun a los más sabios. Cuando un hombre que estremece al mundo llega a desaparecer, algo de su importancia se proyecta sobre sus hijos, y sin necesidad de gozar de ninguna predestinación para tener un papel grandioso de héroe, se encuentra uno embarcado en él, y obligado a no ser menos, a comportarse en ese papel de un modo que cause satisfacción general.
»Dios me preserve de la audacia de pretender que he continuado a Gustavo Adolfo, el león del Norte. Pero, en fin, he hecho lo posible, ensayándome bien que mal en el heroísmo. Juzgaréis sobre mis tentativas en estas memorias.
»Suecia acababa de adquirir una preponderancia extraordinaria bajo este último rey, de manera que, convertida yo en soberana y arbitro de los destinos del Norte, al abordar ese trono tenía que ser algo o retirarme, sin meterme en lo que no me correspondía.
»Pero estoy avanzando demasiado de prisa. Gustavo Adolfo había desposado en 1620 a la princesa electora María Eleonora de Brandemburgo. Entre las familias reales no había ninguna princesa ambiciosa, ninguna joven Semíramis en esperanza, que no desease casarse con él, asociándose a la gloria de este monarca del hemisferio boreal, y esto tanto más vivamente cuanto más se extendía el cisma del cual él se mostraba como el Mahoma victorioso, causando emoción en las conciencias. No se trataba sólo de una gloria forjada por la admiración, sino que, siguiendo los dogmas que se profesaban, se le seguía conteniendo el aliento, se seguían con interés y con entusiasmo los pasos de un conquistador que hacía triunfar una causa sagrada, al menos para esta región de Europa. Cualquier ministro protestante, por pequeño que fuese, montaba su sermón del domingo sobre las grandezas de ese héroe, y entonaba un himno de alabanzas, y no había burgo ni ciudad donde el nombre de Gustavo Adolfo no trajese confianza, y fuese glorificado y bendecido por sus correligionarios. Era muy distinto en las cortes, donde las princesas casaderas soñaban con altas pretensiones matrimoniales, y donde se arreglaban alianzas sólidas y ventajosas. El rey de Suecia era un excelente partido.
»Gustavo Adolfo arrojó el pañuelo a los pies de la princesa electora de Brademburgo, hija mayor del elector. Yo no estaba aún en este maravilloso mundo cuando esto aconteció, ya que esta feliz María Eleonora fue mi madre.
»No era una belleza de perfección acabada, pero había en ella algo quizá mejor que la belleza, es decir, una conjunción de todas las buenas cualidades que armonizan tan bien con nuestro sexo, y que enaltecen incluso los encantos mediocres. Jamás hubo unión más dulce que ésta. Nada faltó al rey para su felicidad doméstica, mientras hubo la esperanza de tener sucesión; pero después, poco a poco, las ilusiones fueron cayendo, y el rey se encontró a la postre en la incertidumbre de saber para quién ampliaba un reino tan hermoso como era el suyo.
»No quiero decir que mi madre no hiciera sus esfuerzos; había dado ya a su esposo una princesa, muerta a temprana edad; después, había perdido un hijo de pocos meses, y definitivamente se temía la extinción de la dinastía, precisamente cuando ésta había alcanzado el apogeo de su esplendor. Se comprende el disgusto general, pues es sabido que en Suecia no es asunto fácil un cambio de dinastía, es decir, la entronización de una nueva estirpe real. Hay mucha gente que defiende sus derechos de elección, y que por nada del mundo dejarían de hacer valer sus prerrogativas hereditarias. ¡Tenemos una nobleza muy ambiciosa!
»Pero felizmente hice mi llegada, muy a tiempo para aclarar las cosas. Ocurrió lo que tanto se había deseado; fue en un viaje por Finlandia, cuando la reina, en Abo, se encontró encinta de mí, con gran satisfacción suya. Pero toda esta alegría se desvaneció muy pronto. Nació una niña, en lugar del heredero varón que tanto se esperaba. La reina me ha asegurado que todos los signos contribuyeron a engañarla, y la convencieron de que daría a luz un hijo. Por entonces, se creía en los sueños, y ella los tuvo misteriosos, como también los tuvo el rey. A lo que se añaden las predicciones, siempre complacientes, de los astrólogos. También hacía su papel la esperanza, que mi venida al mundo se encargó de disipar. ¡Ay! Yo nací para destruir tantas ilusiones, y entré en la vida en medio del desencanto de la corte, el dolor de los astrólogos, y la tristeza de todos los que deseaban que el fuerte cetro de Gustavo fuera a parar a manos dignas de llevar su peso.
»La corte estaba de vuelta en Estocolmo. El rey también se encontraba allí, pero enfermo, incluso de gravedad, pues los adivinos creyeron poder predecir que mi nacimiento traería consigo la muerte del rey, o la de la reina, o la mía propia. La conjunción de los astros, según ellos, decía eso. Nací (en diciembre de 1626), cubierta desde los pies hasta las rodillas; sólo las piernas y la cabeza estaban libres; pero tenía una voz fuerte; doble circunstancia que contribuyó a confirmar todavía las esperanzas, y a prolongar el error incluso después de mi nacimiento. También las parteras me consideraron como un niño grande, lo que hizo correr la alegría por todo el palacio, alegría que pronto llegaría a su fin. ¡Qué turbación la de las mujeres cuando vieron su equivocación! No sabían cómo deshacer el malhadado equívoco.
»El rey tenía un ánimo alegre, y había razón para malhumorarse. Nadie se atrevía a decirle la verdad; a todo el mundo se le encogía el corazón viéndole tan contento, lleno de un gozo tan poco justificado. El rey habría acabado dándose cuenta de que su júbilo no encontraba eco, y de que él era el único que se regocijaba en medio de una especie de duelo; por ello, la princesa Catalina tomó sobre sí la ingrata tarea de anunciarle la verdad.
»Mi buena tía era, desde luego, un diplomático con faldas, y no escatimó las precauciones oratorias; a fuerza de medias palabras, de insinuaciones, de paliativos, llegó sana y salva a buen puerto; pero todo eso no era necesario. Siempre dueño de sí mismo, y colocándose por encima del alcance de las adversidades, aquel gran príncipe no mostró ninguna sorpresa; me tomó en sus brazos con ternura, me prodigó los gestos de su afecto; ni más ni menos que si todos sus deseos estuvieran colmados. Dijo a la princesa: “Demos gracias a Dios, hermana, y espero que esta hija me valdrá por un hijo varón. Ruego a Dios que me la conserve, puesto que me la ha dado.”
»La princesa quiso halagar sus esperanzas, expresándole que él era aún muy joven, y que la reina también reunía las condiciones para darle un heredero. Pero él respondió sin vacilar: “Hermana mía, estoy contento; ruego que Dios me la conserve”. Me dejó ir con su bendición, y hasta mostró una satisfacción que sorprendió a todo el mundo, una satisfacción que el sentimiento paternal excitaba en su gran alma. No hay grandes alegrías sin un Te Deum; por tanto, mandó cantar el Te Deum, y ordenó que se hicieran todos los festejos acostumbrados para los herederos varones, mostrándose en esta ocasión tan grande como en todas las demás ocasiones de su vida.
»En cuanto a la reina, tardaron mucho en decirle la verdad; era necesario atender a su restablecimiento, para no agravar sus dolores físicos.
»No sé si se debe a la adulación, o si se ha querido explotar mi tendencia hacia la iglesia ortodoxa; pero desde que entré en ella, e incluso desde que se empezaron a conocer mis veleidades por cambiar de religión, no hacen más que repetirme que, debido a un malentendido, que no deja de tener un significado misterioso, fui bautizada siguiendo los ritos católicos. Se dice que un ministro luterano (nótese que era el capellán del rey) me marcó en la frente el signo de la cruz con agua bautismal, enrolándome así, sin saberlo, en la milicia de mi elección. El santo hombre (dicen para justificar su error) había celebrado un poco demasiado a Baco con ocasión de mi venida al mundo, y sus libaciones le habían llevado hasta el punto de no saber lo que se hacía; cosa bastante probable, y que no desdice de las costumbres del clero sueco, ya que el hábito hace ley; con todo, ese género de error no es admisible, y si se reflexiona sobre la importancia que tienen todavía entre nosotros los presagios, y si se piensa cuánta gente está dispuesta a deformar las cosas más insignificantes para convertirlas en pronósticos, se comprenderá que todo ese asunto es una ficción inventada por el deseo de cosas maravillosas.
»Sea de ello lo que sea, la tradición dice que Gustavo Adolfo, al enterarse de semejante infracción contra el ceremonial del luteranismo, tuvo la ocurrencia de decir bromeando: “Será muy hábil, esta pequeña, ya que nos ha engañado a todos”.
»Mi nacimiento trajo un buen desmentido a los astrólogos de la corte, pues sus predicciones no hicieron morir a nadie. El rey curó de su enfermedad, mi madre se repuso bien del parto y yo tenía buena salud; además, para gran mentís de esos señores, yo era una niña.
»No sé qué gran hombre llegó, en su extravagancia, a dar pomposamente gracias a Dios por no haber nacido hombre; yo, en secreto, hago acción de gracias por lo contrario. Gracias a mi sexo he escapado a los vicios de mi país, vicios que no tienen nada de amable, nada de anacreóntico; se trata solamente de libertinaje desenfrenado, un desorden continuo en todas las clases de la sociedad. Es agradable reinar, se dice; no entraré aquí a discutir los pros y los contras; pero al menos, a mí me ha ido bien sobre el trono, y he gozado de una independencia suprema, independencia que conservaría después hasta mi muerte. Es bien sabido que he declarado la guerra al matrimonio.
»Pero esto no es todo. Si hubiera sido hombre, el mal ejemplo con seguridad me hubiera pervertido. La atracción, la seducción de lo que uno ve hacer, las palabras convincentes, como las que se pueden encontrar en los textos de Horacio y otros cantos del placer, todo eso me habría llevado a desórdenes que son encantadores en poesía, pero odiosos en la realidad. Los licores fuertes, las orgías, he aquí los más caros deleites de mis subditos. Sí, si las virtudes de los reyes deben atravesar sin peligro la cadena cotidiana de los desórdenes, les es necesario, para ser buenos suecos, hacer amplias concesiones a Baco.
»¡Y mi temperamento, ese temperamento ardiente, todo él combustible, que me ha consumido! ¿Acaso yo, con este carácter, habría podido mantenerme por encima de ese ambiente de bellezas de rubios cabellos, de esas blancas escandinavas, de esas walkirias contemporáneas, que realizan en torno de los reyes las seducciones que según los Escaldas, están reservadas a los elegidos de Odín? Sí, mi temperamento me habría arrastrado hacia las mujeres y hacia los excesos que de allí se siguen, tanto más cuanto que jamás ha habido un carácter más acomodaticio que el mío para aceptar las costumbres de los países en los que he vivido. Con más razón, me habría plegado a las de los suecos, aunque sólo fuera por adquirir popularidad ...
»Pero lo sé demasiado bien; los encantos engañosos y fantásticos del amor han llenado muchos de mis días; feliz yo si hubiera saboreado sus locuras, su veneno, sin transportarme. Pero, en fin, estos episodios están bastante dispersos en mi odisea, lo que no habría sido igual en caso de que hubiera sido hombre, ya que las seducciones que me habría permitido me habrían rodeado todos los días.
»La reina, mi madre, tenía tanto las virtudes como las debilidades de las mujeres. Jamás se consoló de mi nacimiento. ¡Una hija! Demasiado buena, demasiado mujer quizá, sufría interiormente por el disgusto que suponía, y creía adivinar en su esposo: éste fue, sin duda, el origen de su aversión hacia mí, aversión que ella sólo sabía justificar alegando mi fealdad y el hecho de mi sexo. La verdad es que sobre lo primero no se equivocaba, pues yo era oscura como una pequeña mora.
»Pero no ocurría lo mismo con mi padre. Y yo respondía a su cariño con unas demostraciones, unas señales de afecto, por encima de mi edad. ¿Qué puedo deciros? Yo estaba bajo el imperio de una simpatía que algunos espíritus fuertes se complacen en negar. No sé qué instinto me hacía distinguir perfectamente estos diversos sentimientos de mis progenitores. Desde la cuna supe apreciarlos en su justo valor.
»Una fatalidad me perseguía y parecía legitimar la escasa ternura de mi madre. ¿Qué podía hacer yo, pobrecilla, si una viga cayó a través de mi cuna, a poco de nacer? Conservé la vida gracias a uno de esos pequeños milagros que el azar siempre tiene a su disposición, y que las buenas gentes suelen atribuir a la Providencia. Mi maternal enemiga vio en esa caída un signo de reprobación. Siempre imbuida de sortilegios, de signos del porvenir, se empeñaba, siguiendo la costubre de su país, en ver el dedo de Dios en todas partes, despojando al azar de todos sus caprichos pasados, presentes y futuros ...
»Mil incidentes pusieron en peligro mis frágiles días. Pero en lugar de morir, parecía que yo era conservada por un milagro constante; he crecido en medio de esas vicisitudes, bajo los rigores de un destino que se complacía en las llagas y en los golpes.
»Tengo mis cicatrices que atestiguan los peligros de mi juventud, pero sólo me ha quedado bien visible un ligero defecto en el talle, defecto que habría podido corregir si hubiera querido darme la molestia.
»Mi padre encontraba nuevos motivos de amor en esos peligros acumulados sobre la existencia de su hija. ¡Cuántas cosas se decían sobre esa sucesión de pequeñas catástrofes! Se llegó a afirmar que el rey Segismundo de Polonia, rencoroso pretendiente a la corona de Suecia, de la cual estaba excluido por su fe católica, pagaba los pretendidos atentados. Era él quien me causaba esas peripecias. Era un traidor, y eso era todo. Y se las arreglaba con una diabólica apariencia de casualidad para conspirar contra mi vida ...
»Es muy posible que Gustavo Adolfo, fervoroso reformado como era, prestase oídos a esas insinuaciones. Su odio a la rama gustaviana católica, rama que se contentaba con Polonia a modo de consuelo, mientras esperaba algo mejor, era muy pronunciado. Estoy tentada a creer que prestaba fe a las imputaciones de las damas de palacio; lo conjeturo por la prisa que se dio en hacerme coronar.
»El gran Gustavo convocó al efecto a los Estados Generales poco después de mi bautismo. Hizo que me rindieran homenaje los representantes de la nación, y Suecia, de rodillas, en el día de la ceremonia, me adoró en mi cuna.
»¡Perecederas glorias del mundo! En lugar de sucumbir a las asechanzas, me vi rodeada de laureles y de palmas; dormí los sueños de la infancia bajo sus sombras belicosas; mi primer vagido fue entre trofeos, en contraste marcado entre las fragilidades humanas y las pompas de la tierra. La fortuna y la victoria perdían, por complacencia conmigo, su carácter feroz y belicoso, y jugueteaban con mi niñez. El trono fue mi cuna, apenas nacida tuve que subir a él, y se vio a una Majestad que, sin importarle las grandezas que planeaban sobre ella, reclamaba el pecho de su nodriza en medio de las genuflexiones de todos los grandes del imperio.»