Apéndice 2. La revolución religiosa de las Ordenes Mendicantes (siglos XIII-XV)
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DENTRO del marco general y de las líneas de fuerza de la llamada Alta Edad Media, uno de los hechos más importantes es, sin duda, la aparición de las órdenes mendicantes, franciscanos y dominicos principalmente. De los diversos aspectos que ese fenómeno ofrece se estudia aquí, de una manera especial, la reforma, la «revolución pacífica de los frailes», que éstos llevan a cabo en la Iglesia, y el nuevo estilo de vida religiosa que ponen en marcha durante los siglos XIII al XV.
Los mendicantes aparecen como una exigencia de perfección y de reforma religiosa, vivida por la Iglesia del siglo XII. Suponen, además, una nueva etapa y modalidad en la vivencia del cristianismo tal como lo habían vivido en siglos anteriores los anacoretas, los monjes (principalmente los benedictinos y las distintas ramas derivadas de los mismos) y los canónigos regulares. Los mendicantes o frailes rompen el esquema anterior de vida cristiana y suponen un elemento decisivo en la interpretación del Evangelio y en la influencia en la sociedad.
Su origen se debe a dos hombres excepcionales: Francisco de Asís (1182-1226) y Domingo de Guzmán (1170-1221). El primero, un laico, hijo de mercader, se convirtió a la pobreza y fundó una pequeña comunidad. Por orden del Papa escribió dos reglas sucesivas —1221 y 1223— basadas en el seguimiento de Cristo y su Evangelio a través de una vida pobre. Renunció a ser sacerdote. El segundo, canónigo español, nacido en Caleruega (Burgos), encuentra su vocación en un viaje por el Languedoc francés. La herejía albigense y de los cátaros determina su dedicación, junto con unos compañeros, a la conversión de estos herejes. El Papa Honorio III aprueba su obra en 1215. Lo mismo había hecho Inocencio III con la obra de Francisco en 1210.
A pesar de ser espíritus distintos, Francisco y Domingo están unidos por un mismo ideal de perfección y de renovación de la Iglesia y la sociedad. Los dos se complementan. Representan la exigencia y la conciencia crítica de una sociedad cristiana. Sin duda, por esto encuentran tanto eco en la sociedad medieval. En 1263 había más de mil cien conventos de frailes menores (franciscanos) y más de 1.400 al comienzo del siglo XIV. En esta misma época había alrededor de 500 conventos de dominicos repartidos por toda la cristiandad. Junto a los frailes (primera orden) aparecen las órdenes femeninas de dominicas y clarisas (segunda orden) que siguen de cerca el ideal de los fundadores. Y está sobre todo la «Orden Tercera», compuesta por laicos que permanecen en el siglo viviendo el ideal evangélico.
Las diferencias de los mendicantes con respecto a los monjes y clero anteriores, así como su influencia en la Iglesia difícilmente se pueden resumir en unas breves líneas. Intentaremos dar las principales: a) en primer lugar, en vez de instalarse en la soledad, los mendicantes se establecieron en las ciudades. De este modo pudieron estar en contacto con los problemas más agudos de la sociedad del siglo XIII, con las categorías sociales nuevas del mundo urbano en plena expansión, b) En segundo lugar, la vida y la acción de los mendicantes no quedaba limitada a un solo monasterio. Gozaban de una movilidad extraordinaria. «La carta de sus conventos, a finales del siglo XIII, es la carta urbana de la Cristiandad». c) El fraile no se retira del mundo para entregarse a la oración y el trabajo manual. De ahora en adelante los frailes se dedicarán a la predicación y a la formación del pueblo. Para ello tuvieron que acudir a las escuelas urbanas —propias de la Orden o fundadas por la Iglesia y el Estado— formándose en los métodos de la escolástica. d) De este modo los mendicantes están profundamente inmersos en toda la vida de la Edad Media. Podemos considerarlos como un fermento que actúa a todos los niveles: a nivel popular, a nivel universitario, a nivel de dirección de la Iglesia y a nivel misionero.
Uno de los aspectos más interesantes de la vida de los mendicantes es, sin duda, su presencia en la Universidad. Pero, al hablar de la acción de los mendicantes en la Universidad, hemos de distinguir claramente entre franciscanos y dominicos. Hay aspectos comunes y aspectos que los diferencian. En 1219 y 1221 recibieron los dominicos sendas cátedras en París, y en 1231 entraron también los franciscanos con una cátedra en dicha universidad. Las dos órdenes tuvieron que sufrir la oposición del clero secular, que, en su actitud conservadora, tenía por incompatible la actividad docente con el ideal mendicante. Los mismos papas tuvieron que intervenir reiteradamente a lo largo de los siglos XIII-XV para defender a los mendicantes.
La presencia de los mendicantes en las universidades supuso un impulso de la escolástica, dando lugar a las dos corrientes cristianas dentro de la misma: el franciscanismo y el tomismo.
a) El franciscanismo: Sabido es que San Francisco prefirió ser ignorante por el Evangelio. No entraba en sus propósitos ni la ciencia ni la universidad. Bien pronto, sin embargo, tuvo que plantearse la Orden el problema de la enseñanza. La corriente franciscana o agustiniano-franciscana se inicia con Alejandro de Hales (1180-1245). Se halla inmerso dentro del pensamiento platónico-agusti-niano que había llegado a hacerse tradicional en el período de formación de la escolástica. Su principal discípulo será San Buenaventura (1221-1274). De San Buenaventura arranca toda una pléyade de pensadores franciscanos que exponen la doctrina del maestro y la defienden contra la irrupción desbordante del aristotelismo tomista. Las diferencias entre ambas corrientes se mantendrán partiendo de principios distintos: el franciscanismo, de raíz pla-tónico-agustiniana, dará más importancia al amor y a la voluntad; la tomista, basándose en Aristóteles, exaltará el valor del intelecto.
Pero la corriente franciscana no se acaba en estos dos autores. Tendrá eximios representantes —con caracteres y originalidad propios— en las distintas universidades de Europa. Mencionamos las principales: Rogerio Bacon (1210-1292), de la Universidad de Oxford, fundador de la ciencia experimental. Raimundo Lulio (1235-1315). En el lulismo, la filosofía es inseparable de la empresa medieval de la salvación. Duns Scoto (1266-1308) y sus seguidores, para quienes la filosofía debe ser obra exclusiva de la razón; la teología sólo puede versar sobre lo revelado, nunca objeto de demostración.
Terminemos citando al último gran pensador de la Edad Media, Guillermo de Ockham (1280-1350). Su doctrina se conoce con el nombre de nominalismo o determinismo, por tener en su base el problema de los universales a los que concibe como puros nombres o términos.
Diremos, para terminar, que la corriente de pensamiento franciscana impregna el pensamiento, la vida y la piedad de la Edad Media, haciendo de ella uno de los motores más poderosos del pensamiento.
b) El tomismo: La corriente aristotélico-escolástica o simplemente tomista es obra predominan temente dominicana. Por inspirarse en Aristóteles invierte los términos y punto de partida de la es cuela franiscana. La Fides quaerens intellectum —la fe en busca de inteligencia, de San Anselmo y de los filósofos y teólogos franciscanos— se convierte en los tomistas en Intellectus quaerens fidem —una razón iluminada por la fe—. La razón tiene la pri macía.
Tanto en el texto de esta obra como en el dossier sobre el tomismo hemos hablado de los principales representantes de esta escuela, así como de la peripecia con que se inicia en el siglo XIII. No nos detendremos, por tanto, en dar nombres que ya conocemos.
c) Hagamos, a modo de conclusión, un balance entre las dos corrientes. Si la evolución del tomis mo fue en conjunto conservadora y uniforme, la franciscana tomó con el tiempo un sesgo más revo lucionario, sobre todo a partir de Duns Scott y Ockham. A través de estos dos pensadores llega mos a Juan Hus, Jerónimo de Praga —quemados respectivamente como herejes en 1415 y 1416 res pectivamente— a M. Lutero (m. 1546) y J. Calvino (m. 1564). Gracia y libre albedrío se oponen diametralmente. El hombre frente a Dios es un esclavo. El hombre está predestinado por Dios y no puede hacer nada contra esto.
Tendríamos, pues, en la escolástica franciscana tardía el origen de la filosofía y del pensamiento modernos.
4. La innovación más revolucionaria de los mendicantes fue, sin duda, la predicación tanto a los fieles como a los infieles y herejes. Los dominicos se llamaron «hermanos predicadores», domini canes, perros fieles del Señor en la lucha contra el error y la herejía.
Esta defensa de la verdad y lucha contra el error por medio de la predicación la ejercieron los mendicantes en diversos frentes.
a) A nivel popular. por medio de la predicación itinerante, los medicantes se acercan a la masa de los fieles. A ellos se debe en parte la difusión de la devoción popular tan típica de la Edad Media: El «Ave María» se convierte en una plegaria universal de la cristiandad a partir, aproximadamente, de 1220. Sabido es que los dominicos extienden por toda Europa la devoción del Rosario. A esta época va vinculada la devoción de la Eucaristía, las devociones de los santos, las procesiones y peregrinaciones. Se multiplican las cofradías que encuadran al pueblo cristiano ofreciéndole fiestas, emociones, socorros materiales y espirituales. La piedad se apodera del pueblo con una solicitud cada vez más afectuosa. La difusión del «nacimiento» o pesebre viene de los franciscanos. Suya es también esa actitud de retorno a la naturaleza que caracteriza la sensibilidad y la estética del siglo.
Dentro de esta línea de predicación podríamos citar una lista interminable de predicadores que recorren toda Europa. Baste con los nombres de San Vicente Ferrer, San Antonio de Padua, San Bernardino de Siena, San Juan Capistrano, etc. Todos los grandes predicadores de esta época proceden de los mendicantes.
b) Los infieles. Otro frente de actividad de los mendicantes fueron los infieles. Al apostolado me diante la palabra en países cristianos unieron una acción misionera entre infieles, que contribuyó en gran manera a sustituir la cruzada violenta por la evangelización pacífica.
Desde el comienzo de su existencia, franciscanos y dominicos realizaron misiones en el norte de Africa. Sabido es que el mismo San Francisco se trasladó al norte de Africa. Durante los siglos XIII-XV se mantendrán allí las misiones de franciscanos. El apostolado entre musulmanes tuvo entre los mendicantes una atención y unos apóstoles excepcionales. San Raimundo de Peñafort impulsó la creación de dos escuelas de lenguas orientales. Como ya indicamos, Santo Tomás de Aquino escribió la Summa Contra Gentiles a petición de San Raimundo de Peñafort. Raimundo Lulio, además de dedicarse él mismo a la conversión de los musulmanes, fundó en Mallorca un convento de franciscanos, que más que cruzados habían de ser misioneros, para ir a Tierra Santa.
No se agota aquí la acción misionera de los mendicantes. Los dominicos penetraron desde Polonia hacia Ucrania, fundando la misión de Kiev, destruida más tarde por los mongoles. Célebre es la misión de los franciscanos, presidida por Juan de Pian entre los mongoles de la Hora de Oro. Franciscanos y dominicos penetraron desde Persia hasta China en la primera mitad del siglo XIV.
c) La represión de la herejía. Lógicamente hemos de mencionar aquí a las órdenes mendicantes en la lucha contra los herejes —cátaros, albigenses, etc.— y otros movimientos que en el interior de la Iglesia se desarrollan a lo largo de toda la Edad Media. Los más conocidos, los begardos y los «hermanos del libre espíritu», que tanta importancia tienen en la espiritualidad del siglo XIV y que, en cierta manera preanuncian la Reforma del siglo XVI.
Frente a todos estos movimientos, la iglesia oficial actúa con la predicación, la condenación o excomunión y, sobre todo, por medio de la Inquisición.
La Inquisición va vinculada casi desde el principio a los dominicos, de la que ejercieron casi, con exclusividad, el cargo de inquisidores generales. Tribunales de vigilancia, represión y castigo de los herejes, representan el aspecto más negro de la Iglesia y de la fundación de los dominicos, cuyo lema era la Verdad. La historia y la influencia de los mismos desborda el límite de estas líneas. A la Inquisición y a los dominicios irán vinculadas para siempre «la caza de brujas» durante los siglos XIV-XV y la gran represión de herejes durante el período de la Reforma (siglos XVI-XVII), sobre todo en España, Francia e Italia.
5. La revolución pacífica del evangelio que representan los mendicantes comprende otros muchos aspectos. Podríamos citar por ejemplo, el artístico. Muchos de los movimientos literarios, pictóricos, etc., van vinculados a personas y conventos de los mendicantes. Recuérdese en pintura al Ioto, a Fray Angélico, etc.
Pero, sin duda, lo más interesante para nosotros, es su carácter transformador de la sociedad y de la Iglesia. Es lo que se ha llamado «la transformación pacífica del evangelio». En efecto, San Francisco se presenta en la sociedad de la Alta Edad Media como un intérprete de los ideales de perfección evangélica, de vuelta al Evangelio, por la que tantos habían luchado y suspirado. En este sentido, todos están de acuerdo en ver en Francisco y Domingo el mayor esfuerzo por vivir el Evangelio sin glosa ni comentario. Tal cual es y tal como fue vivido por Cristo. El poder de atracción que ejerció la figura de estos dos hombres sobre toda la cristiandad, ya no se repetirá nunca. Afecta a las personas y a las estructuras, desde el Papa hasta los simples fieles.
Desde esta perspectiva podemos calibrar el papel que los mendicantes ejercieron en la Reforma de la Iglesia, tanto «en el cuerpo como en la cabeza». Sin duda, a través de las órdenes mendicantes es como podemos ver encarnado el espíritu de renovación y reforma que late en la Iglesia a lo largo de estos tres siglos y que desembocará en la Reforma Luterana del siglo XVI.
Como ejemplo de lo que venimos diciendo, baste señalar que de las órdenes mendicantes salieron las grandes corrientes de espiritualidad —la devotio moderna— y los grandes santos y apóstoles que proclamaron con su vida y su palabra la renovación y Reforma de la Iglesia. Valga por todos, el ejemplo de Jerónimo Savonarola —segunda mitad del siglo XV— que se enfrentaba a los abusos del Papa de Roma. Su gesto sólo se puede hacer desde la integridad y la limpieza evangélica.