Buscar por relevancia Buscar por título
Enviar este artículo por e- mail
cerrar

Añadir un comentario a este artículo
cerrar

Enlazar con este artículo
cerrar

Apéndice 2. La literatura americana: de Ed wards a Melville

De Mienciclo E-books

Share/Save/Bookmark

ES en Boston —en el año 1639— donde se instala la primera imprenta en lo que luego serían los Estados Unidos de América. Pero es en Filadelfia, y gracias a Benjamín Franklin, donde aparece Pamela o la virtud recompensada, de Samuel Richardson, célebre escritor inglés en su tiempo. Por aquellos días, de fuerte preeminencia puritana, la piedad y la pedagogía «edificantes» eran los temas impuestos. Y, si la importación de libros —de Europa— daba lugar a un activo tráfico, la moralina eclesiástica se empeñaba en la persecución de obras «licenciosas», a la cual ni siquiera escapó la «virtuosa» Pamela, blanco de las diatribas del intransigente Jonathan Edwards, quien participaba del concepto de que «toda obra de imaginación es engañosa», lo cual viene a ser una pura redundancia.

La primera novela de un autor de imaginación en territorio de Norteamérica es The power of sympathy, insípido engendro atribuido a William Hill Brown (1765-1793) o a una dama de Boston, Sara Enworth Morton (1759-1846). Se ha dicho que con esta novela, en 1789, los autores americanos, autóctonos o inmigrados, a falta de Bastilla, emprenden la lucha por la imaginación.

A The Power seguirán Charlotte Temple, de Susannah H. Ronson (1762-1824) y The Coquette, de otra dama, Hanna Webster Foster (1759-1840), ambas agraciadas en su época con gran número de reediciones.

Pero, a partir de la Proclamación de la Independencia y de la Constitución Federal, los tres grandes temas que monopolizarán los empeños de los escritores americanos serán: la experiencia vivida, o la vida misma, con la epopeya de los pioneros, la odisea espiritual de los inmigrados puritanos, y la producción panfletaria política e incluso revolucionaria.

El primero de estos grandes temas es el que señalará, con más vehemencia y perdurabilidad, las características de la gran narrativa americana: tendencia al reportaje, gusto por la aventura, culto al héroe solitario, una cierta rudeza y una cierta fe en el éxito. Es la literatura de la frontera, y esta palabra tiene una connotación especial para los norteamericanos; «no se trata de delimitaciones entre dos naciones, sino entre la nación y la nada, el vacío, el espacio inmenso que se extiende hacia el Oeste». De Creve-Coeur y Fenimore Cooper a Jack London; de Bret Hart o Mark Twain a Melville —la gran pradera prolongándose en el inmenso mar— el tema está vigente en la literatura norteamericana.

La persecución religiosa de que habían sido víctimas los primeros emigrados, en el siglo XVII, forjó no solamente su carácter sino que determinó el otro de los grandes temas que surge del contexto de la literatura americana. Aquellos hombres y mujeres, después de haber sido capaces de expatriarse por conservar su fe, deseaban propagarla por escrito. He ahí también una de las razones de la muy temprana preocupación por crear escuelas públicas: la necesidad de que los hijos de Dios pudieran leer los textos sagrados. Obras como las de William Bradford (1589-1657), Nathaniel Ward (1578-1652), Cotton Mather (1663-1728), autor de una curiosa Historia de la brujería en Nueva Inglaterra, o John Winthrop (1605-1676), que escribió una filosofía política y religiosa de la libertad cívica; o Roger William (1603-?), quien ya en 1640 había osado escribir «… toda soberanía, origen y fundación del poder en la ciudad descansa en el Pueblo». Con lo cual preanuncia el tercero de los grandes temas de la literatura norteamericana: el de la política insurreccional o libertaria.

Paradójicamente, la tradición puritana había marcado con rasgos indelebles, como se ha señalado, a lo que pronto será la novela americana: el lenguaje bíblico, la energía en la descripción, una cierta tendencia a la buena conciencia; pero también recuerdos de terror, de caza de brujas, de oscurantismo, que engendran con facilidad una literatura contestataria, ya que estos intolerantes se habían expuesto en un principio a riesgos enormes y habrían asumido la aventura de lo desconocido para sustraer su fe a la arbitrariedad de otras iglesias; pese a su rigor, han mostrado el camino a los rebeldes y han fundado el sueño americano sobre las bases de su primera sublevación.

Con la aparición de Benjamín Franklin (1706-1790), el primer gran escritor norteamericano, y también de James Otis (1725-1783), John Adams (1735-1826), John Dickinson (1732-1808) y el poeta Philip Treneau, entre otros, el tercero de estos grandes temas deja su gran señal de presencia en la literatura norteamericana: el del compromiso social y político de los escritores, su anticonformismo, en general no violento y con raras llamadas a la acción directa, que se prolongará hasta nuestros días en escritores como Henry D.Thoreau, Upton Sinclair, Dos Passos, Steimbeck, Dreiser, Mailer, los dos Miller, Jack Keruac, William Bourroughs, etc.

Habiéndonos ya referido someramente a los grandes temas de la literatura norteamericana, toca señalar ahora una característica constante —la mayor, quizás— entre todas las que identifican la literatura del gran país. Esto es su consustanciación con el medio, es decir, su fidelidad al espíritu nacional. El contexto geográfico y social ha sido, en realidad, no sólo la atmósfera sino también el gran personaje en la literatura norteamericana desde sus orígenes hasta hoy. Y ello se da incluso en aquellos autores que han escrito sus obras viviendo fuera de los Estados Unidos y hasta utilizando, no pocas veces, escenarios y hasta personajes ajenos al país, tales los casos de Henry James, W. Irving, Henry Miller o Hemingway. En un país en que los particularismos y la herencia colonial jugaban en favor de la dispersión, el instinto colectivo de conservación y de unidad se abrió paso y se transfiguró en reflejo y testimonio auténtico de la vida de la nación, desde sus comienzos.

Veamos cómo se plasman las grandes rutas, que a veces se entrecruzan entre sí, las que —diferenciadas— van a confluir para formar la literatura de Norteamérica: primero, la preocupación por pertenecer a un mundo nuevo, en el que el escritor explora la historia; una especie de obsesión indígena, con la reiteración de ciertos rasgos: la presencia de los primeros americanos, anteriores aún a los pioneros; el color local, la historia autóctona, la gesta de los colonizadores, no tanto por orgullo nacional como por un movimiento de conciencia culpable, heredado de los escrúpulos puritanos. Segundo: el cosmopolitismo —que no es dispersador, sino aglutinante— de la escuela neoyorkina, plasmada luego en escritores, tan dispares sólo en apariencia, como O. Henry o B. Malamund. Tercero: la literatura del Sur y la de Secesión, con representantes tan notables que resulta innecesario nombrarlos. Cuarto: la novela del Oeste o de la frontera, de Fenimore Cooper a Edna Ferber. A tal esquema habría que agregar la novela negra romántica (Poe, N. Hawthorne), que se prolongará en la moda sombría del horror «gótico» y que llegará a nuestros días con los escritores duros y el Thriller (D. Hammet, R. Chandler). Dentro de esas grandes direcciones caben todas las demás, que son consecuencias de los grandes episodios en la gesta de la nación: la literatura de la generación perdida, la de la opulencia, la de los escritores negros y judíos, la de la era de Hollywood y del jazz, etc.

Para, de algún modo, caracterizar el camino de la literatura norteamericana comprendida entre la insurrección anticolonialista y su consolidación como nación, nos hemos de valer sobre todo, de cuatro nombres notables, omitiendo otros, a fin de no convertir el presente informe en un mero catálogo.

James Fenimore Cooper (1789-1851), autor de La pradera y El último de los mohicanos, entre varias. Aún más que su obra, su vida responde al arquetipo americano. Nacido en la frontera, se hace marino; debuta como novelista después de desembarcar (¿no se repite esto, luego, en Jack London y en Eugene O'Neill, por ejemplo?). Viaja a Europa y allí conoce a Walter Scott y a La Fayette. Novelista de la pradera, se identifica por diferentes motivos con su país. No sólo nació en el año crucial en que la publicación de The power of sympathy coincide con la proclamación de la Constitución Federal, sino que también su juventud está unida al nacimiento de la nación. Su padre, el juez Cooper, es el clásico tipo de jefe de pioneros. Especulador feliz y político hábil, negocia la compra de tierras para labrar, funda Coopertown, de la que él será primer magistrado, y vive entre colonos en los confines del bosque con su familia. Es el símbolo mismo del patriarca en esta tierra que creará un pueblo.

El conflicto entre naturaleza y sociedad —los indios y los cazadores de los bosques sólo cazan para comer; los habitantes de la ciudad, por el contrario, cazan por placer o para saciar su gula— es mostrado con un grado de lucidez extrema, en el análisis de la sociedad de su tiempo y establece una constante temática que luego será recogida por escritores de la talla de William Faulkner, entre otros.

Nathaniel Hawthorne (1804-1864), fue agraciado por un tiempo con una sinecura diplomática en Europa gracias a su amistad personal con el presidente Pierce. Es autor, entre otras obras, de The Scarlet Letter y The marble Faun, así como de numerosos cuentos magistrales.

Uno de los personajes más difundidos de Washington Irving, Rip van Winkle, se duerme en un valle perdido, antes de la guerra de la Independencia, y se despierta veinte años más tarde, después de la victoria, para encontrarse como un extraño en un mundo nuevo. Para Hawthorne, en cambio, no hay lagunas históricas; asume y rechaza la historia que, sin embargo, lo atrae con todo su peso. »La historia —dice uno de sus personajes— es un cadáver, cuya helada mano amordaza a los vivos». Hawthone abraza la doctrina trascendentalista —Emerson es su teórico—, doctrina que formuló los grandes postulados del pensamiento norteamericano a poco de comenzar el siglo XIX: la virtud, que redime del pecado si éste actuaba como liberador de la conciencia; el rechazo de una tradición conformista represiva; el valor del conocimiento intuitivo y de la improvisación moral, en donde ya se puede ver la ética frustrada de la frontera. En The Scarlet Letter —una de las novelas más importantes de todos los tiempos— ya encontramos esa filosofía antipuritana, con la idea fundamental de los transcendentalistas: la virtud del pecado cometido bajo el impulso de la espontaneidad. La misma que se patentiza en tantos cuentos de Poe; filosofía que es toda una interpretación del contexto americano, resultado de la penetración de los pioneros a través de un paisaje hostil al que la civilización aporta ley al mismo tiempo que la idea de su transgresión.

Edgar A. Poe (1809-1849) es uno de los primeros escritores profesionales de los Estados Unidos, y su obra principal radica en sus colecciones de cuentos y narraciones breves. Muy desgraciado en su vida personal, es quizás el primer escritor norteamericano que ejerce fuerte influencia en la literatura europea (Baudelaire, Villiers de l'IsleAdam). De una originalidad casi sin antecedentes expresos, no por ello Poe —su obra— resulta ajeno al contexto norteamericano, aserto que no escapó a la penetración de los primeros grandes analistas de la vida estadounidense, como Tocqueville. En la obra de Poe figuran muchas de las constantes literarias ya señaladas: un universo hostil, enorme, aplastante (el Niágara, por ejemplo, sirve de telón para muchas de sus historias), la arriesgada travesía marítima de los descubridores, al término de la cual otros miedos les esperan; el terror metafísico puritano; la huida, la evasión de los hombres en ruptura con el viejo mundo. En fin, un universo siempre en fuga: los navíos de sus cuentos arrastrados por la borrasca; símbolo de la oscuridad y el vacío, que evoca el Cosmos, cuyo asalto será un día vocación americana.

Muchos de los escritores norteamericanos se ocuparon del mar. Aquí sólo nos interesan los primeros, los que marcaron rumbos. El primero de ellos fue Fenimore Cooper, marino él mismo y escritor del mar. Los padres peregrinos del Mayflower llegaron a través del mar, y el mar será el gran escenario del sueño americano, junto a la conquista de la pradera. Pero este mar, quizá mero escenario hasta entonces, adquiere en Poe (Gordon Pym, Manuscrito encontrado en una botella) y, sobre todo en Melville, una jerarquía ambivalente, un símbolo oscuro, rico, trascendente.

Herman Melville (1819-1891) fue una especie de iceberg: durante mucho tiempo sólo se vio en su obra lo anecdótico; fue necesario llegar al siglo XX para descubrir lo demás, lo que estuvo increiblemente oculto, la extraordinaria importancia de sus creaciones y su influencia en toda la literatura occidental.

Melville, como su amigo Hawthorne, tiene el gusto por el símbolo y por la significación oculta. El narrador, Ismael —único sobreviviente del Pequod— evoca, evidentemente, a su homónimo el profeta errante que da testimonio del pueblo judío. Moby Dick —la mayor de las obras de Melville— admite varias lecturas: una es la superficial y obvia; la otra, la auténtica, es la que otorga trascendencia inmortal al libro. El Pequod, comandado por el capitán Ahab, se hace a la mar en procura de ballenas; una de ellas —un enorme cetáceo blanco, apodado Moby Dick— será el objeto de la obsesiva persecución de Ahab y la causa de su desgracia y la de todos. Melville es también lector de Emerson y su obra da testimonio del trascendentalismo, tomado de Hawthorne. Pero Moby Dick es aún algo más que eso. El combate encarnizado y fatal entre Ahab y la ballena es símbolo de la lucha contra el Mal (o la «malignidad intangible»). El capitán —el hombre que desataría esas fuerzas— encarna a la vez a un héroe y a un hombre, ese hombre que podrá ser destruido pero no vencido, como luego sostendrá Hemingway, heredero innegable de Melville en su más hermoso libro: El viejo y el mar.

Con Melville, la literatura norteamericana, nacida de la mano de Franklin, alcanza ya valor y trascendencia universal.